EL VASO MEDIO LLENO

La primera vez sufrí, pero con el tiempo mis piernas se han hecho más fuertes y el trayecto de vuelta a casa desde la entrada de la urbanización me va costando cada vez menos. Todavía me bajo de la bicicleta al llegar a la cuesta más empinada, pero el día en que la suba de un tirón estaré en condiciones de disputar la Flecha Valona. Cuando paso cerca del campo de equitación, siempre veo a una mujer sobre su caballo, cabalgando tranquilamente. Al verla, no puedo dejar de acordarme de Betty Draper y me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado mi vida desde que abandoné el centro de Madrid y me trasladé a esta urbanización de mansiones dondes los jabalíes y zorros (y los armadillos y los koalas, dicen algunos) atraviesan las calles y se cuelan en los jardines.

Cuando hace buen día, puedo salir al jardín a desayunar mientras el perro juguetea con el perro del vecino a pesar de que les separa una valla y el gato exige mimos matutinos. Las macetas que antes adornaban el alfeizar de mi ventana reposan ahora en unos escalones. Algunas de ellas han florecido, otras lo harán pronto. Después navego por las redes sociales o practico la alquimia con el Ipad hasta que llega la hora de bajar al gym. Si no me apetece ir en bicicleta, cojo el bus. El conductor ya me conoce y me saluda amablemente. Los veintipico minutos que dura el trayecto los dedico a escuchar música. El gimnasio de la urbanización vecina es pequeño pero lo tengo para mí solo. Mi monitor me ha hecho una buena tabla y con un poco de esfuerzo por mi parte luciré abdominales este verano en la piscina. Notarme más fuerte hace que me sienta mejor.

Por las tardes he estado haciendo un curso. He aprendido cosas nuevas y he conocido otras visiones sobre lo que es estar en el paro. He descubierto también que el café en los 100 montaditos sólo cuesta un euro. A veces, antes de ir a clase, quedo con mis amigos para comer. A veces, después de ir a clase, quedo con mis amigos para cenar. O voy con Diego a nuestro nuevo cine favorito, los Manoteras. Entre semana están desiertos, las pantallas son enormes y el precio de las entradas es más que razonable. En algunas ocasiones no he ido al curso porque he estado trabajando como figurante en una teleserie o porque he participado en un par de concursos de televisión con suertes muy distintas. Ha sido divertido.

Y si no hay ningún plan, vuelvo a casa en el semivacío autobús nocturno mientras veo cómo las luces de los aviones se confunden con las estrellas en el cielo de Madrid. Por las noches abrazo a Diego y, a veces, si él se duerme antes, juego a sincronizar nuestras respiraciones y en seguida me duermo yo también.

6 thoughts on “EL VASO MEDIO LLENO”

  1. Evidentemente, hay días de vaso medio vacío, pero prefiero ver mi nueva vida y mis nuevas rutinas con un poco de optimismo. Ya habrá días malos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *