El gran hotel Budapest

Los hoteles siempre han sido un buen lugar para ambientar una historia. Personajes que vienen y van, encuentros azarosos, secretos escondidos en habitaciones, romances en las habitaciones, gemelas siniestras que aparecen tras la esquina de un pasillo enmoquetado… Wes Anderson utiliza un lujoso, pero también decadente, hotel como leit motif para su última película, un divertimento donde da rienda suelta a su colorista manera de dirigir y su personal sentido del humor. El gran hotel Budapest es un juego de muñecas rusas: una chica acude a un cementerio para dejar una llave de hotel en la tumba de un laureado escritor. Junto a ella comienza a leer una novela, la historia que al escritor le contó un antiguo botones y ahora propietario del decrépito Hotel Budapest, un relato que constituye el grueso de la película. Ambientada en la década de los años 30, en el ficticio país de Zubrowka -suponemos que está cercano a Genovia, Latveria o Syldavia-, El gran hotel Budapest sigue las aventuras de su conserje, Monsieur Gustave, quien se ve involucrado en el asesinato de una anciana huesped y amante que le ha dejado un valioso cuadro en herencia, detonante de una serie de peligrosas situaciones en las que Gustave contará con la ayuda de un botones novato y una joven pastelera.

Si el cine de Wes Anderson siempre ha tenido una cierta querencia por la estética retro, es en El gran hotel Budapest donde el director ha podido sumergirse totalmente en ella. Esta apuesta va desde la elección del formato de 3:4 para la trama ambientada en los 30, el formato de pantalla propio del cine de aquella época, hasta la utilización de miniaturas evidentes para crear los decorados del hotel y sus alrededores, pasando por la inspiración argumental en las obras del novelista austriaco Stefan Zweig, autor, entre otras, de Carta de una desconocida. Todo en El gran hotel Budapest remite a un pasado de lujo, glamour y estética cuidada, reflejando la clara intención nostálgica de Anderson al recrear un mundo y una manera de hacer cine que ya han desaparecido. Sin embargo, la forma acaba prevaleciendo demasiadas veces sobre el fondo, de tal manera que lo artificioso de El gran hotel Budapest acaba convirtiéndose en el gran protagonista de la función, en detrimento de la emoción.

No ayuda, en este sentido, que la película a veces parezca una mera excusa argumental para coleccionar el mayor número de cameos. Ahí están rostros habituales en el cine de Anderson como Bill Murray, Owen Wilson o Jason Schwartzman, junto a nombres como Tilda Swinton, Saoirse Ronan, Edward Norton, Willem Dafoe o el casi debutante Tony Revolori. Sin embargo, la gran estrella de la película es un fabuloso Ralph Fiennes, quien lejos de sus papeles torturados por los que es más conocido, da toda una lección de ligereza y sentido de la comedia.

El gran hotel Budapest se queda lejos de las películas más redondas de Anderson como Moonrise Kingdom, Fantastic Mr. Fox o The Royal Tenenbaums, pero no deja de ser como uno de los pasteles que aparecen en ella: llenos de color, dulces en extremo, muy apetecibles al primer mordisco pero seguramente poco alimenticios a la larga.

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