El gran despropósito

“¿Gatsby? ¿Qué Gatsby?” se pregunta Daisy Buchanan en los primeros minutos de la adaptación cinematográfica que Baz Luhrmann ha hecho del clásico de Scott Fitzgerald. Seguramente, esa misma pregunta se hagan los que hayan leído el libro e incluso los que sólo conocen su argumento o su prestigio. ¿Qué Gatsby es éste? ¿Qué nos quiere contar Luhrmann con este despliegue de música, decorados y efectos digitales? ¿Qué tipo de película es El Gran Gatsby?

The Great Gatsby

Es muy fácil trazar paralelismos entre El Gran Gatsby y Moulin Rouge!, el mayor triunfo comercial y artístico en la carrera del director australiano. Ambas comparten el toque iconoclasta, multireferencial y anacrónico que Luhrmann ha convertido en su sello de identidad autoral, así como una serie de recursos narrativos. Las dos películas se estructuran como un largo flashback en la que uno de los protagonistas recuerda una historia de un pasado glorioso y mítico desde un presente oscuro y gris. Esta estructura le permite a Luhrmann utilizar y abusar de la voz en off de un narrador relegado a ese papel: ni al final de Moulin Rouge!, ni al final de El Gran Gatsby, contar esa historia ha tenido utilidad alguna para sus narradores. Los parecidos no terminan ahí: mientras que en una se trataba de transformar el Paris de 1900 y el Moulin Rouge en un escenario mítico, aquí se trata de hacer lo mismo con el Nueva York de los años 20, algo que es evidente en los vertiginosos planos aéreos entre los rascacielos de la urbe y en el intento de convertir las grandes fiestas de Gatsby en un universo propio, exagerado y marcado por el horror vacui. Donde en Moulin Rouge! se bailaba el can can mezclado con versiones de Madonna y Nirvana, aquí se bailan el charleston y el foxtrot mezclados con versiones de Beyoncé, temas de Lana del Rey y la Rhapsody in Blue de George Gershwin.

Sin embargo, utilizando los mismos elementos, los resultados no podrían ser más dispares. Mientras que Moulin Rouge! es un espectáculo audio-visual fascinante, El Gran Gatsby es una película rotundamente fallida. El toque fantástico y anacrónico le puede sentar muy bien a un musical protagonizado por personajes arquetípicos dominados por pasiones mayores que ellos mismos, pero no funciona cuando se trata de contar una historia dramática donde los personajes necesitan ser algo más que una acumulación de tópicos. El hada verde no puede convertirse mágicamente en la luz verde que ilumina la casa de Daisy. En ningún momento de El Gran Gatsby tiene uno la sensación de estar viendo actuar a unos personajes creíbles y comprensibles. Tobey Maguire, Joel Edgerton y la prácticamente debutante Elizabeth Debicki deambulan por la película como si fueran elementos más del atrezzo, mientras que Carey Mulligan aporta su encanto particular a una Daisy Buchanan a la que, en el fondo, nunca llegamos a entender, mientras que Leonardo DiCaprio es víctima del sinsentido con el que Luhrmann ha dirigido y escrito esta película. DiCaprio, generalmente un buen actor, parece un principiante en escenas tan ridículas como la merienda en casa de Nick en la que se reencuentran Daisy y Gatsby.

Aparte de los indiscutibles méritos de su dirección artística, su vestuario y su banda sonora, sólo hay una virtud que podría salvar a El Gran Gatsby del olvido: el film de Luhrmann es, seguramente, la primera gran mala película de la década, una película que se puede volver a ver aceptando todos sus excesos y despropósitos como una travesura voluntaria de su autor… aunque sospecho que éste no era el caso.

2 comentarios en “El gran despropósito”

  1. A mí sí me gustó, y aparte de no aprovechar mejor todas las canciones grabadas, solo le reprocharía que no hacía falta 2 horas y media para contar esta historia.

    Sobre todo cuando el conflicto de la segunda mitad es tan banal. Mientras que el amor “prohibido” de Romeo y Julieta o Christian y Satine son historias universales y eternas, comprendes que tengab que llevarse en secreto y acabe mal, en la sociedad tan moderna y despendolada que te pintan en el Gran Gatsby, no se acaba de entender dónde está el problema. No sé si será cosa de la película o del material original, pero lo vi anticuado y puritano, eso de ver durante media hora a los personajes discutiéndose sobre “tienes que decírselo”, “¿me llamará?”.

    Y tampoco coincido con que al narrador del Gran Gatsby no le sirva de nada contar la historia, si precisamente lo usa como terapia y es lo que le permite seguir adelante.

    En lo demás, sí que puedo estar de acuerdo o entender tu punto de vista.

    ¡Un abrazo!

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