EL ARTE DE LOS LOCOS

En mi pueblo vive un pastor que recoge cosas del vertedero, objetos de lo más variopinto como muñecos rotos, pedazos de vajilla, juguetes, electrodomésticos estropeados, ropa vieja… Con ellos va construyendo obras de arte que coloca en un prado junto a un carretil, en medio del campo. La sensación que provoca ver ese peculiar museo entre pinos y montañas es de extrañeza y desconcierto. Es como asomarse a las pesadillas, sueños y alucinaciones de la mente de su creador, una experiencia que puede producir tanto rechazo como fascinación.

Hablando el otro día sobre este hombre, yo aseguraba que algún día pasará por ahí algún especialista en “arte de los locos” (también llamado “arte bruto” o “arte marginal”) y descubrirá al viejo pastor. No sería la primera vez en que los supuestos delirios de un enfermo psiquiátrico o un artista autodidacta acaban sorprendiendo al mundo. Una campaña de publicidad hizo que todos descubriéramos a Justo Gallego, un hombre que lleva años construyendo una catedral en Mejorada del Campo.

Catedral de Justo Gallego

Catedral de Justo Gallego

Justo Gallego no tiene conocimientos de arquitectura. De hecho, no tiene planos ni proyecto de obra. “Todo está en mi cabeza”, dice. Y añade que todo lo ha aprendido leyendo libros sobre catedrales y castillos. Pero no es el único arquitecto autodidacta que ha dejado su huella en el planeta.

El Jardín de Roca

El Jardín de Roca

En la ciudad india de Chandigarh, Nek Chand Saini empezó a recoger restos que encontraba en edificios demolidos para crear en medio del bosque un jardín secreto que reflejara su visión del mítico reino de Sukrani. Durante dieciocho años consiguió que las autoridades no descubrieran su obra, situada en un entorno protegido donde estaba prohibido construir. Cuando esto sucedió, en 1975, el jardín tenía ya una superficie de casi 50.000 metros cuadrados con templetes, kioskos, cascadas y cientos de esculturas hechas con materiales reciclados. La opinión pública salvó a su obra de la demolición y ha sido visitada desde entonces por doce millones de personas.

Le Palais idéal

Le Palais idéal

En el pueblo francés de Châteauneuf-de-Galaure vivía un cartero llamado Ferdinand Cheval. Un día cualquiera, en abril de 1879, se encontró una piedra cuya forma despertó algo en su imaginación. Al día siguiente, mientras hacía su ruta diaria en bicicleta, Cheval empezó a recoger las piedras que le gustaban para construir su palacio ideal. Durante más de dos décadas fue levantado muros y torreones salidos de una especie de fantasía de inspiración hindú, egipcia y bíblica. Cuando lo terminó en 1914, al saber que las autoridades no permitirían que fuera enterrado en él, Ferdinand Cheval dedicó otros ocho años a construirse un mausoleo en el cementerio local. Sus vecinos, lógicamente, le consideraban “el tonto del pueblo”. En 1969, el Ministerio de Cultura francés declaró su obra patrimonio nacional.

Nuestro Pueblo

Nuestro Pueblo

Al sur de Los Ángeles, en el distrito de Watts, vivía Simon Rodia, un emigrante italiano que trabajaba en la construcción. En 1921 comenzó a levantar en su tiempo libre una serie de torres a las que llamó “Nuestro pueblo” con metal, alambre, botellas de refresco, trozos de porcelana y otros objetos encontrados en la basura. En total, Rodia construyó un complejo de diecisiete torres, dos de ellas de más de treinta metros de altura. En 1954 terminó de construirlas y poco después, harto de enfrentarse a los vecinos que sospechaban que las torres eran antenas para comunicarse con el enemigo soviético o algo peor, abandonó el lugar y se trasladó a otra localidad californiana llamada Rodríguez donde murió en 1965. La leyenda cuenta que no volvió a ver sus torres. Estas fueron declaradas en 1990 Monumento Histórico. ¿Por qué las construyó? “Tuve la idea de hacer algo grande y lo hice”, explicó Rodia en una ocasión.

La Casa del Búho

La Casa del Búho

En la localidad sudáfricana de Nieu-Bethesda, Helen Martins vivía en la casa que heredó de sus padres. En 1945, harta de llevar una vida aburrida, decidió transformar su entorno y comenzó a decorar obsesivamente su hogar, cubriendo las paredes de la casa con vidrio molido y levantando decenas de esculturas en el jardín. Muchas de ellas miran hacia el este, reflejando la fascinación que sentía su autora por la cultura oriental. A partir de 1964 comenzó a ayudarle en su trabajo un hombre llamado Koos Malgas. La relación entre Martins, blanca, y Malgas, negro, en la Sudáfrica del Apartheid, junto con las “extravagancias” de la dueña de la casa, no hizo más que aumentar las sospechas y el rechazo de sus vecinos. En 1976, después de décadas de exposición al vidrio molido, Martins empezó a quedarse ciega y se suicidó a los 78 años. La obra de su vida, la Casa del Búho, ha inspirado obras de teatro y películas, además de haberse convertido en un museo.

Son sólo algunas personas que, seguramente, decidieron ponerse a crear algo porque no sabían, no eran conscientes de que, según las normas del mundo, no podían hacerlo. Hay muchos más casos de “artistas locos” en la Wikipedia y en el blog de La Taberna del Mar, donde hay varias historias fascinantes.

3 pensamientos en “EL ARTE DE LOS LOCOS

  1. luxaurumque

    Hombre, hay que reconocer que algunos muy bien de la cabeza no están …
    Eso sí, la línea entre la cordura y la locura es taaaaaaaaan tenue.

    Besicos!

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  2. Rocio

    el museo de los horrores, auhhh, yo después de aquello no soy la misma, esos electro… en esas partes con el médico mirando!! digo yo que alguna conexión neuronal está haciendo algo raro fijo…
    Por otro lado, viva el arte y la arquitectura no academicista…se le ve más imaginación..

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