The working dead

Los viernes tengo que entrar media hora antes al trabajo, un pequeño peaje que hay que pagar para que salgan las horas semanales y tener la tarde del vienes libre y jornada intensiva algunas semanas del verano. Para ello, tengo que levantarme antes para coger el autobús de las montañas más temprano y al final acabo llegando a la oficina con media hora de antelación, treinta minutos que dedico a desayunar con calma un café con una barra de pan (integral, por supuesto) con aceite (pero sin asco tomatoso) en la cantina mientras escribo en mi diario (porque no todo lo que me sucede en la vida puede ser contado en las redes sociales). El pasado viernes me distraje mirando por la ventana y vi a la masa humana que salía de las bocas de metro y cercanías en dirección a Torre Picasso a través de los tuneles y parques de cemento de Azca. Avanzaban lenta pero inexorablemente hacia el rascacielos, prácticamente todos al mismo ritmo, ellos con los trajes y corbatas que son nuestro uniforme, ellas con algo de más variedad pero la obligación de ser monas y profesionales a la vez. Y me fue inevitable pensar en una de zombies.

Y a la vez imaginé que seguramente cada uno de ellos piense que los zombies son los demás.

El trabajo del día

Voy a escribir sobre CrossFit. No sé si me va a salir un texto jocoso o motivacional, o una mezcla de ambos. Allá vamos.

Bienvenidos a la secta

Hace años, cuando era bohemio y emprendedor -o como dirían otros, un parado más instalado en casa de su novio-, este blog tenía artículos patrocinados por los que, en ocasiones, sacaba hasta 30 o 40 euros al mes. Sí, una misería comparado con lo que saca Dulceida de su Instagram y El Rubius de su Youtube, pero siempre es más que nada. Me lo pagaban con transferencias a PayPal, que es algo así como pagarte con dinero de mentira, bitcoins o ecus, así que me acostumbré a buscar webs donde poder pagar con ese sistema. Hay menos de las que me gustaría, pero las paginas de bonos como Groupon o LetsBonus son muy generosas en ese sentido. Si tuvieran valor real, aceptarían hasta billetes del Monopoly. El caso es que uno de sus mails publicitarios anunciaban «1 mes de CrossFit. Intensidad y exigencia para tu cuerpo» por unos 25 euros y el vigoréxico que hay en mí sintió curiosidad y lo compró.

El 1 de septiembre de 2014 entré por la puerta del Box -porque el CrossFit no se hace en gimnasios, se hace en almacenes y naves industriales con el suelo de goma- a hacer mi sesión de prueba. Si la primera vez que probé el spinning creí que los muslos me iban a reventar, aquel día pensé que iba a echar los pulmones por la boca. Después de una hora de tortura, entré en el vestuario bañado en sudor y estuve unos diez minutos tratando de recuperar el aire y controlar los latidos de mi corazón. Vi pasar toda mi vida por delante de mis ojos y una luz blanca al final del tunel. Bueno, no tanto, pero casi. Y había pagado todo un mes… Afortunadamente, las seis clases siguientes eran introductorias y consistieron en empezar a tomar contacto con los movimientos básicos del CrossFit. Primero aprendíamos la técnica con picas blancas de plástico -sí, como palos de escoba- y luego lo intentábamos con la barra vacía -vacía, pero ya pesa veinte kilos de muerte y destrucción-.

Uno piensa que levantar pesas no tiene más ciencia que agarrar la pesa con las dos manos y subirla por encima de su cabeza, pero no tarda en desengañarse: es casi tan difícil levantar una pesa con la técnica adecuada como aprender a bailar El lago de los cisnes sin volverse loca. La respiración, la espalda recta, las piernas fuertes, los abdominales apretados, la cadera proporcionando energía… ¿La cadera? Sí, la cadera acaba siendo la clave del Crossfit. Da igual que tengas los brazos como melones, si no mueves la cintura con decisión y levantas los pies del suelo, nunca serás un buen espartano. Parece que estamos hablando de reguetón, pero no. Es CrossFit. O como dice la Wikipedia, «un sistema de acondicionamiento físico basado en ejercicios constantemente variados, con movimientos funcionales, ejecutados a alta intensidad».

O en otras palabras, «vuelve a hacer con cuarenta años lo que (no) hiciste en clase de Educación Física durante la EGB». Eso lo descubrí un día que llegué a la Caja y sucedió esto:

-Vais a coger esas almohadillas, os ponéis contra la pared y vais a hacer el pino.

¿EL PINO? Pero si yo apenas logré hacer una cosa que llamaban el puntal, el pino era una cosa para gimnastas avanzados dotados para ello por la Naturaleza, seres privilegiados con una genética prodig…

-Antonio, coge la almohadilla…
-Pero si yo no sé hacer el pino.
-No te preocupes, ya aprenderás, muajajaja.

Varios intentos en balde después, conseguí mantenerme boca abajo, con los pies apoyados en la pared y los brazos temblorosos, pero yo me sentía como si hubiera derrotado a la selección soviética de gimnasia deportiva en la Olimpiadas de Moscú 1980. Ya estaba pensando en abrazar al osito Misha cuando el monitor dijo lo siguiente:

-Y ahora vamos a hacer hanstanpushaps
-¿Mande?
-Vais a hacer flexiones haciendo el pino. Bajáis la cabeza hasta el suelo y luego arriba otra vez.

Me derrumbé entre carcajadas nerviosas. Luego decidí intentarlo y luego decidí que lo conseguiría. Y al final lo conseguí.

Ése es el proceso de evolución crossfitera: al principio piensas que es imposible, luego lo intentas y más tarde lo consigues. Un día descubres que eres capaz de hacer el pino y otro día logras subir una cuerda, hacer dominadas o no caerte de las anillas. Algunos hacen este proceso en minutos, a otros nos lleva meses o seguimos intentándolo semana tras semanas: yo sé que algún día llegaré a encadenar más de tres saltos dobles a la comba y que algún día lograré hacer un muscle up. Ese día ya me retiraré.

…y por supuesto, lo haré sin camiseta

Al final, eso es lo que he aprendido del CrossFit: si no lo intentas, nunca lo conseguirás. Si lo intentas, nadie te garantiza que alcances la perfección, pero seguramente algún avance lograrás. Salir de la zona de confort, poner a prueba tus límites y toda esa palabrería que suena entre épica y ridícula, ya sabéis. Pero al final acabas comprobando que tiene su parte de verdad: el esfuerzo tiene recompensa, tanto en CrossFit como en cualquier otra actividad diaria. Puede que no llegues a Esparta, pero igual pasas por Atenas o Corinto, que son muy bonitas también y no tiran a los niños débiles por precipicios.

El retorno a la inocencia

A veces leo textos del estilo «carta a mi yo adolescente»: Querido yo de 15 años, no te preocupes, todo va a ir bien, esa de ahí acabará siendo tu mujer y por favor, deja de llevar pantalones campanolos e invierte en Google, blablabla. No está mal, es bonito. Quizás no sea cierto del todo, porque no siempre todo mejora… pero también es verdad que si podemos escribir a nuestro yo del pasado es porque hemos sobrevivido.

En todo caso, a veces a mí me gustaría que me escribiera mi yo de 20 años para que me pusiera los puntos sobre las ies o, por lo menos, me recordara cómo era esos tiempos en los que uno tenía decenas, centenares de proyectos, ideas e ilusiones. Esos tiempos en los que parecía más sencillo entusiasmarse con las cosas y no tendía a relativizarlo todo. Esa época en la que predominaban los absolutos y tenía claro que, a pesar de que el futuro estaba lleno de incertidumbre, había un destino brillante esperándome en el horizonte. Sí, la adolescencia es una tragedia y sí, crecer es aprender lecciones de la vida. Pero a veces echo de menos la alegría inconsciente del empezar a ser adulto.

La ventaja es que, mientras que nuestro yo futuro aun no existe, nuestro yo pasado está encerrado dentro de nosotros mismos. Sólo hay que ser capaz de descubrirlo en nuestro interior, pararse a escuchar a ese niño interior… y dejar que te pregunte por qué has dejado de hablar con el acento de la mamma. Sí, no he podido resistirme a hacer un chiste de Los Simpsons. Esto es lo que decía del relativizarlo todo cuando uno tiene 40. Se ve que la inocencia es la capacidad de tomarse las cosas en serio, sin dobles lecturas.

Enigma, el proyecto ideado por el alemán Michael Cretu, había conseguido un apabullante éxito en todo el mundo a principios de 1991 con su primer disco, MCMXC A.D, gracias a una ingeniosa -aunque quizás algo cansina a la larga- mezcla entre electrónica, new age y canto gregoriano. Sinceramente, nadie esperaba que el grupo pasara de la categoría de One Hit Wonder, pero los caminos del Pop son inescrutables y el segundo disco de Enigma, The Cross of Changes, lanzado a finales de 1993, conseguía igualar prácticamente el éxito del primero.

La formula consistió esta vez en mezclar música tradicional asiática con electrónica y cambiar al Marques de Sade, los principios de la lujuria y la sensualidad de su ópera prima por una relajada espiritualidad casi paulocoelhiana. «No tengas miedo a ser débil, no seas demasiado orgulloso por ser fuerte» canta Andreas Harde en Return to innocence, el primer sencillo del disco y el mayor éxito del grupo en las listas de Estados Unidos. Le acompañaban la cantante alemana Sandra, esposa por aquel entonces de Cretu, a los coros, y un pegadizo sampler de una canción popular de la tribu Amis, de origen taiwanés. Sus intérpretes eran Difang e Igay Duana, un matrimonio de granjeros que había grabado la canción durante un intercambio cultural en Francia en 1988 cuando ambos superaban los 65 años de edad. La grabación cayó en manos de Cretu, quien creyó que estaba libre de derechos y la utilizó sin pedir autorización. Los Duana le demandarían en 1998, llegando a un acuerdo confidencial por el que cobraron una buena cantidad de dinero en royalties y el reconocimiento como coautores de la canción. Ambos morirían, con pocas semanas de diferencia, en el año 2002.

Seguramente, gran parte del éxito de la canción se deba a su videoclip, que debió de fascinar a algún directivo de la MTV Europea, donde era muy fácil verlo en cualquier momento del día. Como todo en la carrera de Enigma, la idea es tan sencilla como eficaz: rebobinar la vida desde la vejez hasta la infancia en un entorno mediterráneo (no consigo que Internet me confirme si se grabó en España, pero lo sospecho). El director es Julian Temple, director de películas como Absolute Beginners o Las chicas de la Tierra son fáciles, así como de videoclips como Do you really want to hurt me, de Culture Club; Come on Eileen, de Dexys Midnight Runners; Smooth Operator, de Sade; Free Fallin’, de Tom Petty; I’m your baby tonight, de Whitney Houston; Everything I do, I do it for you, de Bryan Adams; For tomorrow, de Blur; o Mary, de Scissor Sisters. Seguro que habéis visto alguno.

Mineola, 1983

Como dice la canción, yo tengo una tía en América. Más en concreto, una hermana de mi madre que se casó con un americano al que conoció mientras estudiaba la carrera y, tras la graduación, acabó viviendo en Mineola, un pueblo de casas unifamiliares a pocos kilómetros de Nueva York. Sí, es el típico barrio que aparece en las películas y series estadounidenses, donde los niños van en bicicleta por las calles, se hacen barbacoas en los jardines de un verde impoluto, se lava el coche los domingos en el garaje y suceden cosas extrañas en los desvanes y sotanos. Bueno, yo lo único extraño que viví es que una noche el sótano se inundó con un par de palmos de agua negra, pero seguro que algún vecino tenía encerrado a su hijo gemelo siniestro en algún ático o hacía experimentos científicos ilegales en sus ratos libres. ¿Acaso no veis películas?

La primera vez que estuve ahí fue en verano de 1983 (eso sí que es la prehistoria). Mi madre nos agarró a mi hermano y a mí, uno de cada mano, nos montamos todos en un avión y acabamos en otro continente. O en otro mundo, porque eso es lo que parecía Mineola para un par de niños salidos de la Pamplona de entonces. ¡Decenas de canales de televisión! ¡Y en algunos sólo ponían dibujos animados a todas horas! ¡Y había miles de tipos distintos de galletas! ¡Y de helados! ¡Y no se entendía nada porque estaba en otro idioma, pero qué más daba! Ese veranos jugamos durante horas al comecocos, comimos caramelos con la cara de ET en el paquete y vimos dinosaurios en un museo. Una mañana nos metimos en los jardines de los vecinos para poner en marcha sus aspersores y después mi tía nos riñó, pero no mucho.

Sí, era como estar en una película. Ése es el efecto que me causa Estados Unidos cada vez que voy: todo resulta familiar aunque no lo hayas visto nunca en tu vida y a la vez causa cierta extrañeza porque todo es diferente a lo que tienes en casa, más grande, más colorido, más artificial. Como decía mi amigo Joserra, «aquí se alimentan de golosinas». Yo siempre he creído que esa tendencia a hacer todo a lo grande, desde los rascacielos hasta los briks de leche y zumo por galones en vez de litros, es porque tienen mucho espacio que ocupar. Ahorrar es un concepto antiamericano, casi comunista.

Pero todo cambia con el tiempo. Diego y yo fuimos a Nueva York hace unas semanas. A diferencia de 1983, viajar a Estados Unidos ya no es viajar al futuro. De hecho, incluso parece que en ciertas cosas ellos se han quedado atascados en el pasado y Europa les ha llegado a adelantar. La globalización ha terminado por homogeneizar las sociedades occidentales, las calles del centro están llenas de franquicias idénticas en todos los puntos del globo, la gentrificación la inventaron en Manhattan y la perfeccionaron en Brooklyn, la Quinta Avenida parece estar en una leve y mugrienta decadencia y la Torre Trump cuenta con doble protección policial. No hay marcha en Nueva York, decían.

Lo que no cambia nunca es Mineola. Ahí siguen las casitas, los jardines, los árboles proyectando su sombra sobre las aceras, los garajes y los desvanes… Y el olor. La casa de mi tía sigue oliendo igual ahora que en 1983. Y entonces espero cruzarme en cualquier momento conmigo mismo a los seis años, saliendo del sotano corriendo con algún juguete en la mano.

Yo fui uno de los niños de Stranger Things

Cuarta época

26 de abril de 2004 -es decir, el Paleolítico-: doy mi primer paso como bloguero y comienzo a escribir una bitacora personal en Blogia. La posibilidad de escribir lo que quisiera como quisiera cuando quisiera me pareció muy interesante. Al fin y al cabo, por aquel entonces ya llevaba años escribiendo un diario y aun tenía frescos mis años de estudiante de Comunicación Audiovisual y de Guión. Incluso trabajaba en una productora de videos invisibles -en el sentido de que nadie les prestaba atención cuando se emitían en los vuelos de Iberia. El blog se fue definiendo a sí mismo con el tiempo y yo satisfacía mis ganas de escribir mientras mi vida profesional y personal atravesaba períodos turbulentos.

22 de febrero de 2008 -es decir, el Neolítico: me traslado de Blogia a WordPress y nace vivoenlaerapoppuntocom. Qué derroche, pagar un dominio y un hosting. Un pequeño capricho y una pequeña ambición, imagino. También es cierto que Blogia funcionaba cada día peor. Seguí escribiendo lo que me apetecía como me apetecía cuando me apetecía. Un día fui portada de Meneame y el contador de visitas saltó por los aires. Los artículos eran excusas para hablar en los comentarios: al poco tiempo llegó Facebook, llegó Twitter, llegaron las redes sociales y la burbuja de la blogosfera estalló.

18 de junio de 2012 -es decir, la Edad de Bronce: como buen parado español me veo en la obligación de disfrazarme de emprendedor. Dejo de hablar de mí mismo -al fin y al cabo, la vida de parado tiende a ser deprimente y repetitiva- y opto por reconvertir Vivo en la Era Pop en un blog temático sobre música y cultura pop. Quizás así me descubrían en Vanity Fair o Vogue como influencer y sabelotodo cultural. No sucedió, aunque sí que me invitaron a ir al Coca Cola Music Experience Festival y una vez escribí una columna para la revista Vanidades. Me pagaron con fama, o eso dijeron, pero de eso no se come. Sí que me pagaron algunos artículos patrocinados sobre interesantísimos temas. Sin embargo, al final escribir el blog se convirtió en una especie de obligación y no en un escribir sobre lo que quisiera como quisiera cuando quisiera. Los parados no tienen esas libertades.

8 de mayo de 2017 -es decir, el Presente: después de más de un mes de silencio en el que me he planteado cerrar definitivamente este blog, he optado por volver al pasado y al escribir lo que quiera como quiera cuando quiera. Para eso se inventaron los blogs, aunque sospecho que a estas alturas nadie los lee. Ya no soy un parado, mis fantasías audiovisuales ya quedan muy atrás y tengo cuarenta años. Pero sigo viviendo en la era pop. Alguna historia que otra me queda por contar.

Y si alguien quiere contratarme como influencer, sigo dispuesto a escuchar todo tipo de ofertas.

36

Hoy cumplo 36 años y me parece una buena excusa para, por un día, volver al estilo antiguo del blog. Nada de listas, de discos, de canciones antiguas, películas o exposiciones. Hoy hablaré de mí.

36 suena contundente. Esto de estar ya más cerca de los cuarenta que de los treinta empieza a pesar. Además, mis circunstancias personales son bastante diferentes respecto a cumpleaños anteriores: hoy hace diez meses que trabajé por última vez. Empieza a ser también una cifra contundente. Si soy sincero, confiaba en estar trabajando en algo estable cuando llegara esta fecha. Sin embargo, no ha sido así. Estos últimos meses han sido como una montaña rusa: la vida del parado es como estar en la casa de Gran Hermano. Todo se magnifica y uno aprende a celebrar las pequeñas ilusiones por todo lo alto y a encajar las decepciones de la mejor manera posible. Cada entrevista de trabajo, cada propuesta de colaboración, cada elogio, cada crítica… me ayuda a seguir adelante. Al fin y al cabo, de eso se trata: de conservar la confianza en el futuro y de no perder nunca la ilusión de que la vida, al final, nos lleve a un sitio interesante.

Aunque a veces haya que apretar los dientes muy fuerte, controlar esas inexplicables ganas de llorar que entran de vez en cuando y olvidar las noches en que no puedes dormir y hacer un esfuerzo muy grande por no perder la ilusión… Pero, oye, que hoy es mi cumpleaños. Hoy no puede salir nada mal.

¿Qué fue de Martika?

El 1 y el 2 de septiembre se celebra en Sitges la primera edición del festival Poptronik en cuyo cartel destacan artistas como Andy Bell, Soraya Arnelas, Bright Light Bright Light, Cazwell o Martika. ¿Martika? ¿La auténtica Martika? Pues sí, la cantante de Toy Soldiers, ese tema imprescindible en todo recopilatorio de los 80 que se precie, vuelve a los escenarios veinte años después.

Toy Soldiers ocupó lo más alto de la lista del Billboad durante dos semanas de verano de 1989 (haciendo que el Express Yourselfde Madonna no pasara del número 2, por cierto). Fue el debut y el mayor éxito en la carrera de Marta Marrero, una joven californiana de ascendencia cubana y que hasta entonces había sido actriz infantil en programas como Kids incorporated (donde concidió con Fergie, de los Black Eyed Peas, el mundo es un pañuelo). A este baladón le siguieron otros sencillos de menor éxito como una versión dance del clásico de Carole King, I feel the earth move, o Water, un tema de aires latinos. En 1991, Martika publicó su segundo disco, Martika’s Kitcken, utilizando como sencillo de presentación una de las cuatro canciones que Prince había compuesto y producido para ella: Love… thy will be done.

Acompañada de un elegante videoclip en blanco y negro, esta envolvente y brillante canción, que según cuenta Martika empezó como una especie de oración, consiguió un buen puesto en las listas, algo que no logró el disco en el que estaba incluida. En Estados Unidos, Martika’s Kitchen no pasó del puesto 111 en el Billboard, aunque se vendió un poco mejor en el resto del mundo. Y entonces, Martika pareció desaparecer de la faz de la tierra. Cierto es que las ventas de su segundo trabajo habían sido decepcionantes, pero no habría sido la primera artista en conseguir otro éxito después de un fracaso. O por lo menos, podría haber seguido publicando o trabajando para la industria. Pero ella, a sus 22 años, optó por tomarse un descanso para recuperar, quizás, parte de su infancia perdida entre platós de televisión.

Sería a finales de los 90 y principios de los 2000 cuando Martika volvería a los estudios, trabajando como corista para varios artistas latinos. En 2004 creó junto con su marido Michael Mozart el grupo Oppera, proyecto que grabaría dos discos más cercanos al rock pseudogótico que al pop. Ese año Eminem le daría nueva popularidad a Toy Soldiers al incluir un sampler de la misma en Like Toy Soldiers. Finalmente, después de experimentos fallidos como protagonizar y producir una serie para Internet, Martika decidió grabar un nuevo disco y volver a los escenarios de nuevo. Aunque se suponía que The Mirror Ball se publicaría en febrero de este año, lo único que ha visto la luz hasta ahora es Flow with the go, un no muy interesante sencillo que combina música de baile con guiños a su primer éxito y varias frases en español.

Aunque viendo el clip, nadie diría que han pasado veinte años desde que Martika tuvo su último éxito.

RENOVARSE O MORIR

Este blog nació el 26 de abril de 2004 con el nombre de «El blog de ace76» y desde entonces ha sido mi rincón en la red. Sin embargo, todo lo que empieza tiene una final y creo que ha llegado la hora de poner fin al blog de ace76 como tal. Las bitácoras personales que giraban en torno a la vida de su autor hace mucho que dejaron atrás su mejor época, siendo sustituidas por todo tipo de redes sociales. Poco a poco, ace76 y sus vivencias personales se han ido trasladando a ellas y el blog lleva perdiendo cierto sentido desde entonces. Ha llegado la hora de renovarse.

Que los egoblogs hayan muerto no quiere decir que a los blogs no les quede mucha vida por delante. Se han ido convirtiendo en alternativas a los medios de comunicación tradicionales, otras fuentes donde informarse y entretenarse. Vivo en la Era Pop será, a partir de ahora, un humilde rincón donde hablaré de música y cultura pop como en realidad llevo haciendo desde el comienzo del blog. La única diferencia es que me centraré exclusivamente en ello… O al menos, esa es mi intención inicial.

Las aventuras y desventuras de ace76 seguirán siendo narradas en su cuenta de Twitter, en su perfil de Facebook y hasta en su blog de Tumblr . Espero seguir viendoos por ahí, por aquí, y en la vida real.

AVENTURA EN EL PARQUE

Este fin de semana, todo lo que antes me daba miedo se convirtió en una diversión continua. Cabalgué sobre el cielo a lomos de un dragón rojo, descendí vertiginosamente por las laderas de los valles secretos del Himalaya, salí disparado de una bodega regentada por un mono y me pusieron boca abajo mientras Diego me decía: «mira, han plantado vides». Subí en una barcaza y terminé participando en un concurso de camisetas mojadas. Por eso cuando me subí a un barril decidí quitármela antes de que me arrastrara la corriente. Descubrí los secretos del templo de Xiuthtecuhtlee y me sumergí en las profundidades marinas. Bebí el dulce brebaje del Doctor Pimientas y comí patatas fritas con sabor a pollo asado. Di varias vueltas sobre mí mismo. Me subieron a cien metros de altura sobre el suelo y desde allí me dejaron caer, flotar, volar. Recorrí una antigua mina de plata y competí por la victoria desde mi vagoneta roja contra la azul. Giré el volante a la derecha y me encontré de frente con una manada de bisontes. Después compramos un oso panda para que vigile nuestra casa en Madrid.

LA CIUDAD DEL ETERNO VERANO

Durante su estancia de un año en Barcelona, mi hermano la terminó bautizando como la Ciudad del Eterno Verano y puede que sea un nombre que se adecue bastante a la realidad. La capital catalana es una ciudad mucho más agradecida para el turista que Madrid: abierta al mar, con espacios amplios y monumentos llamativos. Seguramente sea consecuencia de las diferentes historias que ambas han vivido y de los distintos momentos de esplendor que vivieron, una en la época de los Austrias y los primeros Borbones; la otra en el siglo XIX, la época en la que se diseñó el Eixample, triunfó el modernismo y se celebraron una exposición universal en 1888 y otra internacional en 1929. Todos estos acontecimientos, sumados al lavado de cara que supuso la organización de los Juegos Olímpicos de 1992, se notan todavía en el paisaje urbano de Barcelona.

Diego y yo dedicamos el sábado a recorrer sus calles. Comenzamos por el Paseo de Gracia y admirando la Pedrera, la Casa Batlló y otras joyas del modernismo. Lástima que el precio de las entradas sea de unos 15 euros en el casa de la primera y de más de 18 euros en el segundo. La azotea que Gaudí diseñó para Casa Milà es una obra de arte espectacular, pero los precios resultan un tanto excesivos (y más tarde descubrimos que es la norma en los monumentos de la ciudad). El paseo desembocó en Plaza Catalunya y siguió por las Ramblas, con sus puestos de flores y animales y sus estatuas humanas. Nos asomamos al Mercado de la Boquería a ver sus puestos de frutas y pescados y terminamos llegando a la estatua de Colón. Comimos en un japonés en el Maremagnum mientras veíamos grandes barcos en el horizonte.

Después llegó el momento de perderse por las callejuelas del Barrio Gótico para ir encontrándonos con Santa María del Mar y la catedral de la ciudad. Encontrar la plaza de San Felipe Neri nos costó un poco, y lo conseguimos gracias al GPS de nuestros móviles. Para mi decepción, la fuente de ese bonito rincón estaba rodeada de verjas y turistas. De ahí, al Metro (que se parece mucho más al de Londres que al de Madrid, por cierto) hasta la estación de la Sagrada Familia. Ahí sí que pagamos los doce euros que cuesta entrar en su interior, subida a las torres no incluida. Hay que reconocer que el trabajo que se ha hecho para completar la obra de Gaudí es meritorio, pero hay algo que no me termina de convencer en el conjunto. El interior es luminoso y grandioso, pero quizás un poco carente del alma que sí tienen las partes edificadas en vida del arquitecto. Quizás hubiera sido mejor dejarla tal y como estaba cuando murió.

Por la noche fuimos a Montjuïc con la intención de ver la fuente mágica en funcionamiento. Sin embargo, como justo al lado se celebraba un festival de habaneras -con un público cuya media de edad no bajaba de sesenta-, el espectáculo musical se había cancelado. Paseamos por el lugar, rodeados de extranjeros y otros turistas. Lo de que Barcelona es una ciudad cosmopolita no es un tópico sin más: hubo momentos en que a nuestro alrededor sólo había extranjeros. Y como buenos turistas despreocupados por lo auténtico, cenamos en un restaurante italiano en la antigua plaza de toros de Barcelona reconvertida en centro comercial hace poco.

El domingo por la mañana nos acercamos al Parque Güell, uno de mis lugares favoritos del mundo, para saludar a su dragón multicolor, pasear por sus galerías de columnas inclinadas y ver Barcelona desde su terraza de trencadis. Agotados después de dos días de festival y turismo, pasamos un buen rato sentados en un banco de piedra, escuchando a un música tocar una especie de mandolina medieval.