La cápsula del tiempo

Deje de vivir en Pamplona en 1998 y, sin embargo, cuando vuelvo aun sigo esperando que todo esté como lo dejé. Pero no, el Ayuntamiento se empeña en cambiar las calles ampliando aceras y sembrando rotondas, a los dueños de bares y tiendas de toda la vida les da por jubilarse y dejarte sin referencias vitales, la Naturaleza hace que los árboles crezcan y hasta mi madre decide aprovechar la jubilación para renovar la casa de arriba abajo. Al final, lo único que permanece prácticamente intacto es mi cuarto. En el corcho de la pared sigue colgado el horario del último semestre de carrera y una docena y media de trozos de papel clavados con chinchetas y pines, cada uno de ellos con el numero de teléfono de algún amigo: los números fijos de sus casas de alquiler o paternas, nada de móviles. En los cajones aun guardo apuntes de la carrera y en las estanterías se amontonan casettes innombrables como Máquina Total 6 o Bombazo Mix 2, entre otros engendros. En una esquina de la mesa, un discman recuerda tiempos mejores y en otra se refugian un puñado de disquetes que sobrevivieron al Efecto 2000.

Es todo inútil y, sin embargo, me resisto a quitar esos recuerdos de un tiempo anterior. Queda ya tan poco de aquella época y del chico que fui que tirarlos a la basura sería como borrar del todo mi pasado. Y no, hay momentos de mi vida que aun no quiero olvidar.

41

Hoy se cumplen 41 años de mi llegada al mundo.

Los 40 se celebran por todo lo alto. Tienen cierto componente de meta alcanzada, de antes y después. Cumplir cuarenta años supone que has atravesado las tenebrosas aguas de la adolescencia, de la primera juventud y de la segunda. Ya eres, por fin, un adulto, por mucho complejo peterpanesco que puedas tener.

Pero, ¿los 41? En comparación, resultan algo anodinos aunque sean número primo. Ya está, ya es innegable, soy un cuarentañero (chiste que podía tener gracia hace 365 días, ahora ya resulta cansino y repetitivo) ¿Qué sucede a partir de ahora? ¿La decadencia? ¿Eso se celebra?

Luego me miro en el espejo y, canas aparte, me veo mejor que hace cinco, diez, quince o veinte años. Llegará algún día en que la fuerza física me abandonará, no tendré energías para aguantar el gimnasio y mis huesos serán frágiles, pero aun no. Aun no me resigno a dejar de lado planes, proyectos y sueños. Aun no ha llegado la hora de arrojar la toalla y abandonar el convencimiento de que el futuro me sigue reservando sorpresas y momentos brillantes. Con una ventaja añadida: a partir de los cuarenta tienes la piel curtida para aguantar decepciones y fracasos. A estas alturas del juego ya sé que la vida es una sucesión de dramas y comedias, una montaña rusa de vertiginosas subidas y bajadas y cambiantes escenarios. Y aunque me esperan altibajos en el mañana, cada vez tengo una mayor sensación de llevar las riendas de mi propia existencia.

Así que sí que tengo muchas cosas que celebrar. ¡Tarta para todos!

Hablemos

La conversación está dominada por el tema catalán. Todo el mundo tiene una opinión sobre el asunto y tiene que expresarla. Hablan en voz alta y, sin embargo, muy pocos parecen tener interés en escuchar al otro. Menos aun parecen dispuestos a cambiar su postura. Y así el ambiente va enrareciéndose y algunos terminan por creer que tienen derecho a todo. Los últimos en aparecer han sido los que creen tener derecho a comportarse violentamente por las calles. Leer las noticias nacionales es cada vez más preocupante y triste.

Por eso deberíamos relajarnos y hablar y pensar antes de actuar. Podemos hablar de Cataluña y España, claro, pero hay muchos otros asuntos en el mundo. Sí, la política internacional, la economía, el Brexit, los refugiados, el cambio climático… Sobre todo, el cambio climático.

Pero echo de menos la época en la que hablábamos de cosas pequeñas e insignificantes, cuando éramos personas y no aspirantes a gurús. No hace falta ser trascendentes, no hace falta trascender. Opinemos menos y narremos más: contemos nuestras pequeñas historias. La verdad está en ellas, en que la segunda palabra que haya aprendido a decir tu sobrino sea “aipad”; en que han aparecido pequeños brotes en la esquina del jardín donde planté semillas de trébol, un lugar donde nunca conseguí que creciera la hierba; en las agujetas que dejan los ejercicios de gemelos; en las risas al volver, medio borrachos, de madrugada en autobús de la boda de la hermana de Diego; en todo eso que no nos podrán quitar.

Ambiciones

“Ambition makes you look pretty ugly”, cantan Radiohead en Paranoid Android, y la verdad es que la ambición no tiene muy buena prensa. A los niños educados en la tradición católica siempre nos enseñaron la importancia de la humildad y la sencillez, valores que no parecen llevarse bien con la ambición, más cercana a conceptos como la avaricia y la soberbia, pecados capitales ambos. Sea por lo que sea, definirse como ambicioso no parece lo más adecuado.

Y sin embargo, también nos enseñan que uno puede conseguir todo lo que se propone, a luchar por los sueños y todo eso… Incluso algunos llegan a insinuar que el universo conspirará a tu favor para que lo logres. Se supone que es una especie de secreto o algo así. Definirse como soñador o luchador suena mucho mejor que reconocer que uno tiene grandes ambiciones. Pero en el fondo, ¿no son lo mismo? La RAE pone su granito de arena para indicar que la ambición es “el deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama”. Los romanos, por su parte, la representaron con alas a la espalda. La ambición te hará volar.

En Memoria de Almator, Rosa Regás se pregunta si la inspiración no será la capacidad de obsesionarse con algo. Es una frase a la que le llevo dando vueltas desde que la lei, hace ya casi veinte años. Quizás la ambición sea también la capacidad de obsesionarse con un objetivo.

En todo caso, lo único que he aprendido con los años es que procrastinando no se llega a ningún sitio.

Los dinosaurios han muerto

A veces me acuerdo de esta historia.

En el reparto de aficiones científicas infantiles, a mí me tocaron las estrellas y los planetas y a mi hermano, los dinosaurios. Después, ni yo me convertí en astrónomo ni él en paleontólogo, pero conservamos nuestro interés en ambos temas. Por eso, no es de extrañar que mi hermano fuera hace años a una exposición en Barcelona con reproducciones de dinosaurios en sus hábitats primitivos. Creo que algunos incluso se movían.

-¿Qué tal la exposición?
-Bien, muchos muñecos, estaba bien montada. Pero había mucha gente.
-Muchos niños, supongo.
-Sí, de hecho vimos a la salida a un niño pequeño que no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarlo, pero no había manera. Daba una pena…
-Quizás pensaba que iba a ver dinosaurios de verdad.
-Sí, puede ser.

A veces me acuerdo de ese niño y siento un poco de esa tristeza infinita que debió de sentir al descubrir que no iba a ver dinosaurios de verdad… porque todos esos animales formidables que llenaban sus libros de cuentos murieron hace millones de años. Desaparecieron para siempre de la faz de la tierra y sólo nos quedan de ellos un puñado de fósiles y mucha imaginación. Nunca veremos un dinosaurio vivo. ¿Cómo no llorar por un hecho tan irremediablemente definitivo cuando se tienen siete años?

Punto de partida

Mientras me acompañaba a firmar la indemnización y el finiquito, la técnico de Recursos Humanos, me dijo:

-Quizás ahora no lo veas así, pero tienes que tomarte esto como una oportunidad.

No lo dijo con suficiente convencimiento. Parecía que ni ella misma se creía la tópica frase. Yo tampoco terminaba de creer que hubiera recurrido a algo tan manido. Por supuesto que terminar un trabajo es una oportunidad para buscar nuevos y mejores caminos laborales y vitales. También es una putada, todo hay que decirlo.

-¿Cuándo te vas? Pues nada, si necesitas algo, ya sabes donde estamos.

Éstas fueron las palabras de adiós de mi ya exjefa cuando fui a despedirme de ella antes de salir del despacho por última vez. Sonreía de oreja a oreja mientras las pronunciaba. Me quedé mirándola con estupefacción un instante y me fui.

Vuelvo a la casilla de salida. Eso sí, con más puntos de sabiduría y energía que la última vez que estuve aquí.

Canciones para un viaje a Japón: “Japón”

Este verano nos vamos tres semanas a Japón. Ayer me puse a leer artículos sobre cómo utilizar el transporte público japonés y me empecé a poner de los nervios… Luego ya me dijeron que es más fácil de lo que parece. En todo caso, yo sólo quiero comprobar si entre miles de tornillos viven en Japón.

Unos dicen que son fieles al emperador, otros dicen que son fieles al ordenador… Mecano publicaba Japón en verano de 1984 como sencillo de presentación de Ya viene el sol, su tercer disco, el menos exitoso de su carrera y quizás el más synthpop de todos. De hecho, la canción más popular de ese trabajo fue Hawaii-Bombay, publicada ya como cuarto y últimos sencillo en primavera de 1985. Recuerdo una actuación en el Un Dos Tres un viernes y cómo la semana que viene todos los niños y niñas cantábamos en el patio del colegio que Hawaii y Bombay son dos paraísos que a veces me monto en mi piso en dura competencia con otros éxitos de momento de Hombres G y Alaska y Dinarama. Si sobrevivisteis a la EGB, supongo que conoceréis el chiste:

-¿Cuál es el chocolate favorito de Alaska?
-…
-Milka
-…
-Ya sabes: “Mil-Kampanas suenan en mi corazón”

De hecho, no sería hasta muchos años después que descubriría que el título de “Mil campanas” es Ni tú, ni nadie, y que “La calle desierta, el lugar ideal” era ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

Pero la de Japón nunca fue un éxito entre los niños de mi clase. Yo la recuerdo con cariño porque fue la primera canción de Mecano que conocí y me gustó. Quizás sería por su ritmo machacón marcado por ruidos de máquinas (que Nacho Cano grabó en una fábrica) o porque la letra me hacía gracía aunque no terminaba -ni termino- de entenderla (“No son rubios, no son bajos, son tipo reloj, en un metro hay dos, donde sale el sol”). Escuchada ahora, está claro que es puro Mecano: tiene el toque kitsch típico del grupo envuelto en esos sintentizadores y arreglos que intentaban poner a España en la modernidad. Y es gracias a estos sintentizadores y esa falta de vergüenza que las canciones de Nacho han envejecido mucho mejor que las composiciones más solemnes y pretenciosas de José María. Porque, en serio, ¿qué preferís? ¿Me colé en una fiesta o No es serio este cementerio? ¿Barco a Venus o Naturaleza Muerta? ¿El club de los humildes o Stereosexual? Menos mal que José María nos dio pectorales, Me cuesta tanto olvidarte y Aire

Pero la pregunta es… ¿será Japón como Japón?

Last Plane To London

Verano en Londres. ¡Existe!

Estoy harto de que todo el mundo llame “London Calling” a sus álbumes con las fotos de su viaje a Londres, a sus artículos contando su experiencia londinense o que lo use como hashtag ingenioso de sus tweets o instafotos… Creo que hasta yo lo he hecho, aunque por lo menos yo sabía que era una canción de The Clash e incluso puedo tararearla. Pero no, mi resumen de este fin de semana homenajea uno de los momentos más disco de la ELO: Last Train to London, fabuloso sencillo de finales de 1979 del álbum Discovery (Disco Very, Very Disco, claro que sí, Jeff Lynne).

Hace unos meses Adele anunció que terminaría la gira de 25 con dos conciertos en Wembley. Como las entradas se agotaron a los diez minutos, amplió los conciertos con dos fechas más. Nosotros, como buenos Adeliers, compramos las entradas para el sábado 1 de julio y para allá que nos fuimos el viernes. ¡Adiós World Pride, Hello London!

Era tan evidente que nadie quería irse de Madrid ese fin de semana que el avión tenía asientos libres como si fueran los años ochenta. El vuelo se hizo corto gracias a las carreras de Mario Kart en la Nintendo Switch: Diego siempre gana, yo siempre pierdo, pero nos divertimos igual. En dos horas aterrizamos en Gattwick y en una hora llegamos a nuestro hotel. Abandonamos las maletas y nos tiramos a las calles: uno de los amigos con lo que íbamos no había estado aun en la capital de la Pérfida Albión, así que había que enseñarle las postales consiguientes. Mientras paseábamos, hacíamos comparaciones con Nueva York. Algunos preferían la metrópolis. Yo, después de haber visto en directo esta Semana Santa la decadencia de la América trumpiana, me quedo ahora mismo con este Londres inesperadamente soleado y veraniego.

Esto es “soleado y veraniego” en Londres

Vale, hubo algún momento lluvioso y por la noche refrescaba, pero hizo mejor tiempo que cualquier otra vez que haya estado en la ciudad. Paseamos por la calle Carnaby como buenos chicos pop, comimos en un japonés, fuimos a una tienda de juguetes donde compré un osito Paddington para mi sobrina pequeña, llegamos hasta Piccadilly Circus (¡están arreglando los carteles luminosos!), bajamos a Trafalgar Square y de ahí fuimos al Big Ben y el Parlamento (¡está en obras!), cruzamos el río y acabamos tomándonos un café caro a la sombra del Ojo de Londres. Vuelta al hotel, una ducha, ropa nueva y cena en un turco con amigos residentes en Londres (al fin y al cabo, debe de haber más españoles viviendo en Londres que en la provincia de Soria). Unas pintas de cerveza en un pub pusieron punto final a la noche.

Adele nos escribió el sábado a primera hora de la mañana.

No show for you, my Adeliers

Nos quedamos sin concierto, así que no hubo más remedio que consolarse devorando un contundente desayuno inglés. Huevos revueltos, salchichas, bacon, patatas, tostadas. De todo menos setas, claro. Lástima que no hubiese porridge de deliciosa avena vigoréxica… Como no fue consuelo suficiente, acabamos saqueando una tienda de discos y películas aprovechando las generosas ofertas británicas y la caida de la libra esterlina. Gracias, ingleses, por votar Brexit. Yo me compré lo nuevo de Calvin Harris, la reedición del OK Computer y el Melodrama de Lorde, además de clásicos como Rebelde sin Causa, Lawrence de Arabia, El Mago de Oz o THX1138. Y como de repente teníamos todo el sábado libre, optamos por seguir consolándonos con un musical. Lógicamente, no había entradas para Los Miserables ni El libro de Mormón (por la obra de teatro de Hatty Potter ni nos molestamos en preguntar, doy por hecho que están todas las entradas vendidas hasta la próxima década), así que acabamos optando por Motown, The Musical. Reconciliados ya con Londres, nos entregamos a las actividades típicas de la ciudad, como ir al Museo Británico a ver momias egipcias, frisos robados al Partenón, el jarrón Portland y la copa Warren, comer pescado con patatas y pastel de carne en un pub, acercarnos al palacio de Buckingham a saludar a Isabel II o pasar el rato en Saint James Park viendo pelícanos y ardillas.

Oca feliz

Motown, The Musical es un montaje con libreto de Berry Gordy, el fundador del mítico sello musical de Detroit, la “Motor City”. Por supuesto, ya que es el productor y está contando sus memorias, él queda como un santo, un visionario, un héroe afroamericano que sólo quería compartir la grandeza de la música negra con el mundo. Su relación con Diana Ross nunca fue nada turbia, Florence Ballard era una chica poco profesional que no aparecía en los ensayos, Berry siempre dejó que sus artistas fueran libres y tuvieran el control de sus carreras y el musical Dreamgirls es una falacia sin ninguna base real. Aunque a veces los actores parecen estar jugando a Tu cara me suena, hay que reconocer que sus intepretaciones son vocalmente impecables, al igual que el vestuario y la escenografía.

Después del musical, cenamos auténtica comida típica de Londres: chicken tikka masala.

El domingo por la mañana fuimos a la Tate Gallery. El sol iluminaba la catedral de San Pablo, los rascacielos de cristal y las decenas de grúas que pueblan el horizonte de Londres. Aquí La Burbuja Inmobiliaria siempre ha campado a sus anchas.

Huyendo de la gentrificación

“Aquí, en cuanto se cae algo, en seguida construyen apartamentos de lujo”, me dijo mi amiga Virginia, residente en Londres desde hace muchos años, mientras comíamos fetuccinis en los establos de Camden Market. “No saben la que han líado con el Brexit”, respondió cuando le pregunté por el tema y me explicó la larga lista de requisitos burocráticos -y la cantidad de libras que hay que pagar- para tramitar permisos de residencia y demás papeleos. Hay nubes oscuras en el futuro, pero junto a los canales, los puestos de camisetas y el olor a comida de los cuatro rincones del planeta en el aire nos podemos olvidar de ellas. Y así nos despedimos de Londres… después de una frenética carrera por los pasillos de Heathrow para no perder nuestro avión.

El jardinero constante

El año pasado Diego y yo nos fuimos a vivir de alquiler a un pequeño adosado en un pueblo cercano a las montañas madrileñas. Como todo buen pequeño adosado, tiene su patio trasero adosado, que cuando lo alquilamos consistía en una superficie vacía recubierta del cesped artificial más barato que se haya puesto jamás a la venta en Leroy Merlin. Pero yo prometí que haría de ese horror un bonito jardín y me puse manos a la obra… Comencé por un estrecha franja lateral, la única no cubierta por el plástico verde, y planté un mandarino y semillas de flores. El mandarino terminó muriendo y lo único que creció fueron malas hierbas. Logré algo tan difícil como que se me secaran tres cactus en sus tres macetas que puse en un alfeizar de la ventana. Cuando llegó el otoño, decidí que ya había pasado la época de jugar a ser jardinero y que en primavera tendría una nueva oportunidad.

Y el otoño pasó y el invierno también. Los Reyes Magos me trajeron un invernadero para que jugara a los semilleros: plantaba cosas y para cuando brotaban, ya me había olvidado de si eran lechugas, tomates, sandías o tomillo. Luego me olvidaba de ellas durante un día o dos y ya sólo tenía hojas secas. Finalmente llegó el mes de marzo, caluroso y soleado en estos tiempos de cambio climático. Era un fin de semana en el que estaba solo en casa y me dije a mí mismo: éste es el momento. Arranqué el cesped falso para cubrirlo de semillas de verde hierba y me encontré un erial de arena y piedras. Uno espera que toda la tierra esté hecha de tierra oscura y esponjosa -al fin y al cabo, el planeta se llama Tierra, no Piedra, Gravilla o Arena-, pero no me desanimé. Cogí mi pala y mi rastrillo y empecé a quitar piedras y piedras. Y arena y arena. Y más piedras. Y algo de arena.

Una pequeña pausa para el postureo y sigo

Después llegó la hora de esparcir la tierra y las semillas. Aunque ahora que lo pienso… ¿quizás tendría que haber esparcido primero las semillas y luego la tierra? El caso es que lo más difícil ya estaba hecho: ahora sólo quedaba esperar a que la hierba brotara y verla crecer. El ciclo de la vida es maravilloso, un milagro lleno de luz, lleno de color… Todo mentira. Pasaban los días y ahí no crecía nada de nada. Quizás el hecho de que el invierno decidiera volver con una última e inesperada nevada tuvo algo que ver. O puede que influyera más el que todos los pájaros del vecindario decidieran que mi patio era un buffet libre de deliciosas semillas. ¿Venden espantapájaros en Leroy Merlin? ¿Dónde está el gato cuando se le necesita? Ah, sí, durmiendo o comiendo latas de atún.

Pero al final, por sorpresa, un día empezaron a brotar unas hojitas verdes del suelo. Y cada día eran más abundantes y más altas. ¡Había creado vida en las condiciones más desfavorables! Me sentía como Matt Damon en Marte. El mar de hierba se extendía hasta el horizonte.

Las verdes praderas de ace76

…bueno, no, en realidad había conseguido que crecieran algunos matojos, pero considerando el punto del que había partido, estaba más que satisfecho. ¡Había creado vida en las condiciones más desfavorables!

Hoy, en equipo de investigación, la verdad sobre las verdes praderas de ace76

La hierba fue creciendo y llegó ese día en la vida de todo ser vivo en el que hay que atravesar un ritual de madurez. Las palomas salen del nido, a los ciervos les salen cuernos, los adolescentes hacen su primer botellón y el cesped tiene que ser segado (“Como se cortal cespe, Yahoo Respuestas”). Desempolvé una cortacesped que había aparecido en el garaje durante la mudanza y me paseé por la hierba con la misma habilidad jardinera de Homer Simpson. Ay, quien fuera Ned Flanders o el vasco de Bricomanía… Google decía que al cesped hay que mimarlo después de cortarlo, ya que puede debilitarse al perder superficie para realizar la fotosíntesis.

¿Sabéis qué pasó después de cortar el cesped? Llegó la ola de calor. El fuego que caía del cielo. La Flama.

Ahora tengo un jardín de color amarillo (“Como se repoblal cespe seco, Yahoo Respuestas”). Me siento como el profesor Bacterio de la jardinería, experimentando con inocentes hierbecitas… pero a Dios pongo por testigo que algún día tendré un jardín recubierto de cesped verde y brillante, con árboles y flores y plantas trepadoras. Y gnomos y setas.

Pero sí, ser jardinero aficionado requiere constancia y esfuerzo. Como me dijo Diego un día: “Antonio, no basta con tener ilusión, para tener un jardín hay que trabajar y esforzarse”. Y yo pensado que, como decía Paulo Coelho, si deseaba con todas mis fuerzas que la hierba creciera, el Universo entero conspiraría en mi favor… De una cosa estoy convencido, los de Mister Wonderful tienen contratado a un jardinero profesional, seguro.

Juegos de niños

Este fin de semana yo pensaba dedicarlo a hacer poco o nada. Seguramente, nada. Pero finalmente terminé haciendo de canguro de mi sobrino de veintiun meses por una serie de catastróficas desdichas (esto es por añadirle dramatismo al relato, las circunstancias no fueron tan catastróficas ni tan desdichadas). Mi hermano me dio toda una serie de indicaciones para garantizar la supervivencia de su retoño:

-Enciende de vez en cuando el aire acondicionado (vale, misión sencilla, +1 punto de buen tío y padrino).
-Cuando se despierte de la siesta, le das de comer este potito y este yogur con esta cucharilla (parece más complicado, +10 puntos de buen tío y padrino).
-Y si notas que huele mal y tiene caca en el pañal, tendrás que cambiarle (glups, con esto me garantizo cien puntos o una vida extra).

El caso es que terminamos de comer, el niño se me durmió en brazos y tuve que depositarle cuidadosamente en su cuna. Y ahí estuvo, durmiendo tranquilamente la siesta durante dos horas. Mi hermano me dijo que notaría perfectamente cuando el sobrino la daría por terminada: en efecto, comenzó a moverse, después abrió los ojos, se puso en pie y me miraba alargando los brazos para que le sacara de su cárcel portatil. Así que le liberé y le dejé correr por el salón mientras iba a la cocina a por el potito y la cuchara, mientras informaba a mi hermano de la situación por wasap. “Tienes que ponerle los calcetines, Antonio”, leí. Y en ese momento Íñigo entraba por la puerta con sus pequeños calcetines en las manos. Chico listo. Unos selfies por wasap para tranquilizar a la familia y a merendar. La merienda consistió básicamente en perseguir al niño con la cuchara llena de potito en la mano y metérsela en la boca mientras él agarraba un juguete o diseccionaba un libro. Lo del avión es cierto.

Y una vez alimentado, el niño se dedicó a cumplir sus obligaciones de niño: jugar, corretear, lanzar cosas por el suelo, reirse mucho, babear un poco y hablar en su idioma propio. En el caso de mi sobrino, Iñiglosia. Está muy bien ser niño, porque eres inagotable e incansable. Eso no está tan bien para sus cuidadores, que sí se agotan y se cansan. Menos mal que existe la Patrulla Canina. Y menos mal que mi sobrino está en su etapa “he descubierto el arte”, consistente en aplastar la punta de los rotuladores contra el papel. Es una especie de puntillismo dadaista que haría las delicias del Grupo CoBrA. Aunque lo más divertido es jugar a la destrucción total: lo más divertido de montar construcciones con los bloques es desmontarlas y lanzar las piezas por toda la habitación. Lo mismo ocurre con las letras imantadas de la nevera: las reorganiza un rato, moviéndolas de un lado a otro, cogiendo una con cuidado y volviéndola a poner, y de repente, con una risa loca, las esparce por el aire con las dos manos. Yo intenté enseñarle a jugar a recoger, pero no tuve éxito. Tendría que haber probado a cantarle lo del azúcar y la pildora como Mary Poppins… Pero es que no soy una institutriz mágica, soy el padrino búfalo del siglo XXI. Y se ve que soy también una especie de juguete, que lo mismo sirve para montar a caballito como para hacerle volar por los aires levantándolo en brazos: no falla, si ves que va a llorar o protestar por cualquier cosa, lo coges en brazos y haces un overhead squat con él (¡Aplicación práctica del Crossfit!) y la sonrisa aparece instantáneamente en su cara. Eso sí, cada día que pasa pesa más…