Padre e hijo

En Semana Santa Diego y yo fuimos a Nueva York. Como sólo somos dos viajeros, casi nunca tenemos fotos los dos juntos: yo fotografío a Diego, Diego me fotografía a mí. Eso estábamos haciendo en el parque que hay junto al arranque del puente de Brooklyn cuando dos chicas orientales se nos acercaron y nos preguntaron si queríamos que nos hicieran una foto.

Después estuvimos hablando unos minutos. Nos preguntaron de dónde éramos y nos contaron que una de ellas vivía desde hacía tiempo en Nueva York y que la otra había venido desde Japón a visitarla. Diego le dijo que en verano iríamos de vacaciones a Japón y ella nos dijo si iríamos a Hokkaido, su isla. Diego le dijo que seguramente no tendríamos tiempo, y entonces ella preguntó:

-Os parecéis mucho, ¿sois padre e hijo?

Yo me quedé mudo. Diego se río y dijo que no, que éramos pareja. Las dos chicas japonesas soltaron unas risitas y se disculparon. Nos despedimos y cada uno siguió su camino por Nueva York. Vale, soy diez años mayor que Diego, pensaba yo, ¿pero tanto se me nota? ¿Tendré que empezar a usar cremas antiarrugas y teñirme el pelo para no parecer un abuelito? Luego llegamos a la conclusión de que, del mismo modo que a los occidentales nos cuesta calcular la edad de los orientales y nos parecen todos iguales, seguramente a ellos les pase lo mismo con nosotros. Esa idea hizo que me quedara más tranquilo.

Un poco después leí este comic de Scandinavia and the World en el que explican que en Japón, al no existir el matrimonio homosexual, hay parejas en las que el mayor adopta al pequeño para formar así una familia a los ojos de la ley. Y entonces vi la pregunta de nuestra breve amiga japonesa con ojos muy diferentes…

La trampa de la sonrisa

Una de mis primeras experiencias laborales, cuando aun era un joven y tierno estudiante de la ECAM, fue trabajar por las tardes como comercial del Burger King. Tenía que ir piso a piso, chalet a chalet, por calles perdidas de Aravaca y Las Rozas para ofrecerles a la gente la tarjeta vip del Burger King, una estupenda oferta de 30 2×1 en menú Big King y demás comida basura. Entre los múltiples trucos de comercial que aprendí aquellos meses, uno de los principales era la sonrisa: hay que sonreír al cliente para ganarte su confianza, relajarle y hacerle partícipe de la fiesta que es tu oferta. Eso vale para todo: enciclopedias, suscripciones al Círculo de Lectores y contratos de Gas Natural. Así que ahí iba yo, hecho un aterrorizado manojo de nervios, pero siempre sonriente.

Con el tiempo me he dado cuenta de que esa sonrisa falsa se ha convertido en la máscara bajo la que me oculto cuando estoy nervioso, tenso o no sé cómo reaccionar. A veces surge en los momentos más inoportunos, como cuando alguien llora tras una película o cuenta una historia dramática. “¿Te estás riendo, Antonio?”, me preguntó Diego en una de estas ocasiones. Y yo tuve que decir que no y aprender a relajar el rostro en esas situaciones. Toda manía se puede desaprender con esfuerzo. Y esto vale también para los castings.

El eterno retorno

Anoche, 16 años después de su estreno y 6 desde aquella desastrosa edición presentada por Pilar Rubio y que ganó Nahuel, TVE estrenó la novena edición de Operación Triunfo. Hubo gallos, hubo desafines, hubo drama y hasta hubo algo de música. ¿Qué más se puede pedir?

Los cinéfilos han disfrutado como niños con Blade Runner 2049, algo que no debería haber sucedido si nos atenemos a lo que ha pasado con las puesta al día de otros clásicos de los 70 y 80 como Alien o Tron. En televisión algunos también hemos disfrutado mucho con la resurrección de Twin Peaks y esperamos con ansia el estreno de la siguiente temporada de Expediente X. Otros cuentan las horas hasta el estreno de este viernes de los nuevos episodios de Stranger Things, un producto mediocre cuyo éxito reside en su componente referencial y la nostalgia forzada por los años ochenta.

Vivimos en un eterno retorno en el que todo vuelve, incluso Dinastía. La palabra “remake” se ha incorporado sin problemas a nuestro lenguaje cotidiano. La pregunta es: si todo es una reiteración de algo ya hecho, ¿qué podrá resucitar dentro de diez años? ¿Qué será verdaderamente representativo de nuestros días?

Lo que me preocupa es que, sin darnos cuenta, estemos haciendo lo mismo con nuestras vidas. ¿Vivimos un eterno retorno en el que repetimos continuamente los errores del pasado mientras que, a la vez, intentamos revivir nuestros grandes éxitos personales? Mucha gente vive los cambios en su rutina diaria como una situación desagradable que le produce desazón y nervios, ¿será por eso que preferimos vivir en esta constante repetición de acciones, hábitos y referencias? ¿Estamos intentando, por todos los medios, que el escenario no cambie?

Y sin embargo, todos sabemos que la resistencia es fútil. Al final, todo acabará en ruinas.

La cápsula del tiempo

Deje de vivir en Pamplona en 1998 y, sin embargo, cuando vuelvo aun sigo esperando que todo esté como lo dejé. Pero no, el Ayuntamiento se empeña en cambiar las calles ampliando aceras y sembrando rotondas, a los dueños de bares y tiendas de toda la vida les da por jubilarse y dejarte sin referencias vitales, la Naturaleza hace que los árboles crezcan y hasta mi madre decide aprovechar la jubilación para renovar la casa de arriba abajo. Al final, lo único que permanece prácticamente intacto es mi cuarto. En el corcho de la pared sigue colgado el horario del último semestre de carrera y una docena y media de trozos de papel clavados con chinchetas y pines, cada uno de ellos con el numero de teléfono de algún amigo: los números fijos de sus casas de alquiler o paternas, nada de móviles. En los cajones aun guardo apuntes de la carrera y en las estanterías se amontonan casettes innombrables como Máquina Total 6 o Bombazo Mix 2, entre otros engendros. En una esquina de la mesa, un discman recuerda tiempos mejores y en otra se refugian un puñado de disquetes que sobrevivieron al Efecto 2000.

Es todo inútil y, sin embargo, me resisto a quitar esos recuerdos de un tiempo anterior. Queda ya tan poco de aquella época y del chico que fui que tirarlos a la basura sería como borrar del todo mi pasado. Y no, hay momentos de mi vida que aun no quiero olvidar.

41

Hoy se cumplen 41 años de mi llegada al mundo.

Los 40 se celebran por todo lo alto. Tienen cierto componente de meta alcanzada, de antes y después. Cumplir cuarenta años supone que has atravesado las tenebrosas aguas de la adolescencia, de la primera juventud y de la segunda. Ya eres, por fin, un adulto, por mucho complejo peterpanesco que puedas tener.

Pero, ¿los 41? En comparación, resultan algo anodinos aunque sean número primo. Ya está, ya es innegable, soy un cuarentañero (chiste que podía tener gracia hace 365 días, ahora ya resulta cansino y repetitivo) ¿Qué sucede a partir de ahora? ¿La decadencia? ¿Eso se celebra?

Luego me miro en el espejo y, canas aparte, me veo mejor que hace cinco, diez, quince o veinte años. Llegará algún día en que la fuerza física me abandonará, no tendré energías para aguantar el gimnasio y mis huesos serán frágiles, pero aun no. Aun no me resigno a dejar de lado planes, proyectos y sueños. Aun no ha llegado la hora de arrojar la toalla y abandonar el convencimiento de que el futuro me sigue reservando sorpresas y momentos brillantes. Con una ventaja añadida: a partir de los cuarenta tienes la piel curtida para aguantar decepciones y fracasos. A estas alturas del juego ya sé que la vida es una sucesión de dramas y comedias, una montaña rusa de vertiginosas subidas y bajadas y cambiantes escenarios. Y aunque me esperan altibajos en el mañana, cada vez tengo una mayor sensación de llevar las riendas de mi propia existencia.

Así que sí que tengo muchas cosas que celebrar. ¡Tarta para todos!

Hablemos

La conversación está dominada por el tema catalán. Todo el mundo tiene una opinión sobre el asunto y tiene que expresarla. Hablan en voz alta y, sin embargo, muy pocos parecen tener interés en escuchar al otro. Menos aun parecen dispuestos a cambiar su postura. Y así el ambiente va enrareciéndose y algunos terminan por creer que tienen derecho a todo. Los últimos en aparecer han sido los que creen tener derecho a comportarse violentamente por las calles. Leer las noticias nacionales es cada vez más preocupante y triste.

Por eso deberíamos relajarnos y hablar y pensar antes de actuar. Podemos hablar de Cataluña y España, claro, pero hay muchos otros asuntos en el mundo. Sí, la política internacional, la economía, el Brexit, los refugiados, el cambio climático… Sobre todo, el cambio climático.

Pero echo de menos la época en la que hablábamos de cosas pequeñas e insignificantes, cuando éramos personas y no aspirantes a gurús. No hace falta ser trascendentes, no hace falta trascender. Opinemos menos y narremos más: contemos nuestras pequeñas historias. La verdad está en ellas, en que la segunda palabra que haya aprendido a decir tu sobrino sea “aipad”; en que han aparecido pequeños brotes en la esquina del jardín donde planté semillas de trébol, un lugar donde nunca conseguí que creciera la hierba; en las agujetas que dejan los ejercicios de gemelos; en las risas al volver, medio borrachos, de madrugada en autobús de la boda de la hermana de Diego; en todo eso que no nos podrán quitar.

Ambiciones

“Ambition makes you look pretty ugly”, cantan Radiohead en Paranoid Android, y la verdad es que la ambición no tiene muy buena prensa. A los niños educados en la tradición católica siempre nos enseñaron la importancia de la humildad y la sencillez, valores que no parecen llevarse bien con la ambición, más cercana a conceptos como la avaricia y la soberbia, pecados capitales ambos. Sea por lo que sea, definirse como ambicioso no parece lo más adecuado.

Y sin embargo, también nos enseñan que uno puede conseguir todo lo que se propone, a luchar por los sueños y todo eso… Incluso algunos llegan a insinuar que el universo conspirará a tu favor para que lo logres. Se supone que es una especie de secreto o algo así. Definirse como soñador o luchador suena mucho mejor que reconocer que uno tiene grandes ambiciones. Pero en el fondo, ¿no son lo mismo? La RAE pone su granito de arena para indicar que la ambición es “el deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama”. Los romanos, por su parte, la representaron con alas a la espalda. La ambición te hará volar.

En Memoria de Almator, Rosa Regás se pregunta si la inspiración no será la capacidad de obsesionarse con algo. Es una frase a la que le llevo dando vueltas desde que la lei, hace ya casi veinte años. Quizás la ambición sea también la capacidad de obsesionarse con un objetivo.

En todo caso, lo único que he aprendido con los años es que procrastinando no se llega a ningún sitio.