La nostalgia es una trampa cálida y confortable

Este fin de semana vi T2: Trainspotting, la secuela de Trainspotting. Esta última es un clásico de los noventa, su continuación no puede ser un clásico de los diez porque ni se lo propone ni lo desea. En realidad, es una manera eficaz de desmontar el mito, de demostrar que aquellos personajes eran lo que parecían: una pandilla de perdedores con un alto concepto de sí mismos. Quizás por eso haya leído tantas críticas negativas sobre T2: a nadie le gusta reconocer que, veinte años después, es imposible seguir viviendo como cuando eras joven. La inmadurez se revela en toda su grandiosidad para mostrarse como lo que es: un fracaso personal.

Este tren ya no volverá a pasar

Es cierto que los lugares cambian, la música evoluciona, las modas se transforman, la sociedad avanza. Hay que asumirlo del mismo modo que uno debe asumir sus propios cambios. Intentar volver al pasado, revisitarlo, resucitarlo, es una trampa tentadora pero fatal: la nostalgia sólo conduce a la irrelevancia. Que sintamos que nuestro presente es peor quizás sea la forma que tiene la vida de revelarnos que somos más sabios y realistas que cuando éramos jóvenes. El esfuerzo es saber combinar esta sabiduría con el idealismo juvenil, las ganas de comerse el mundo, los planes de futuro… Ya sabemos que los sueños no se hacen realidad, asumámoslo, pero ¿quién puede vivir sin ellos?

Así que voy a dejar de sentir nostalgia por los tiempos que ya no volverán y empezaré a sentirla por los tiempos que me esperan.

Esperar

El sábado quedamos a tomar cañas en horario infantil para celebrar el cumpleaños de una amiga. Mientras media docena de niñas correteaban a nuestro alrededor, su marido me preguntó:

-¿Y? ¿Sigues en el paro ahora mismo, qué haces?
-Sí, ahí estoy, esperando oportunidades laborales…

Noté que Diego me miraba mal, así que añadí más verbos a mi discurso.

-Buscando oportunidades, sembrando, esas cosas, ya sabes.

Pero, en realidad, sé que las oportunidades acaban llegando por sorpresa y son en gran medida incontrolables. Por supuesto que hay que buscar, claro que hay que esforzarse. Pero con eso sólo no basta: al final casi todas las historias de éxito se resumen en “estar en el sitio adecuado en el momento adecuado”. Eso sí, ni sabemos cuál es el sitio ni cuál es el momento. Los libros de autoayuda dicen que cada uno se busca su destino, que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero eso sólo es una forma de tranquilizarnos y refugiarnos de la evidencia de que el destino sólo existe en la teología protestante y que la única recompensa que nos asegura el esfuerzo es que estemos satisfechos con nosotros mismos. Al final, como decía Woody Allen en Match Point, todo depende de que el azar determine si la bola cae en nuestro campo y en el contrario.

Y mientras espero a que llegue el juego decisivo, sigo entrenando con mi raqueta.

Tío canguro, bebé tiburón

Hace unos días acudí a la llamada de socorro de mi hermano y me acerqué a su casa para echarle una mano cuidando de sus hijos mientras él teletrabajaba y su mujer trabajaba de verdad. Me encargué de dar una vuelta a Sobrina Pequeña con el carrito mientras iba a comprar pan y descubrí el mágico mundo de los malabarismos que hay que hacer para abrir puertas, empujar carrito y llevar una barra bajo el brazo. Descubrí también que las aceras son rugosas para mecer a los niños y hacer que se duerman antes. Eso, o quizás porque mi conversación era muy aburrida, el caso es que la niña se durmió al minuto de salir de casa. Me senté en un banco al sol como un jubilado y después volvimos a casa. Revisión de pañales y a jugar en la mantita a descubrir nuevas texturas y ruidos. ¿Qué pasará dentro de la mente de un bebé de seis meses? Ése es un enigma que nunca resolveremos.

Después mi hermano fue a buscar a Sobrino Mayor a la guardería y nos tocó darles de comer a ambos. Miguel alimentaba a la pequeña y yo le daba cucharadas de papilla de frutas al mayor, con la inestimable ayuda de IPad. Sobrino sigue hablando en su idioma propio de bebé, pero maneja la tableta con la destreza de un profesional. Miguel le dijo que yo no conocía la canción de Baby Shark… y en menos de 30 segundos ya estábamos todos escuchándola.

Wikipedia me ha chivado que el vídeo que originó la locura infantil por esta canción es coreano. Eso sí, no queda muy claro quién compuso este tema que se mete en la cabeza y no se despega en días. No lo escuchéis nunca, es mucho más peligroso que aquello de el pollito Pío…

Padre e hijo

En Semana Santa Diego y yo fuimos a Nueva York. Como sólo somos dos viajeros, casi nunca tenemos fotos los dos juntos: yo fotografío a Diego, Diego me fotografía a mí. Eso estábamos haciendo en el parque que hay junto al arranque del puente de Brooklyn cuando dos chicas orientales se nos acercaron y nos preguntaron si queríamos que nos hicieran una foto.

Después estuvimos hablando unos minutos. Nos preguntaron de dónde éramos y nos contaron que una de ellas vivía desde hacía tiempo en Nueva York y que la otra había venido desde Japón a visitarla. Diego le dijo que en verano iríamos de vacaciones a Japón y ella nos dijo si iríamos a Hokkaido, su isla. Diego le dijo que seguramente no tendríamos tiempo, y entonces ella preguntó:

-Os parecéis mucho, ¿sois padre e hijo?

Yo me quedé mudo. Diego se río y dijo que no, que éramos pareja. Las dos chicas japonesas soltaron unas risitas y se disculparon. Nos despedimos y cada uno siguió su camino por Nueva York. Vale, soy diez años mayor que Diego, pensaba yo, ¿pero tanto se me nota? ¿Tendré que empezar a usar cremas antiarrugas y teñirme el pelo para no parecer un abuelito? Luego llegamos a la conclusión de que, del mismo modo que a los occidentales nos cuesta calcular la edad de los orientales y nos parecen todos iguales, seguramente a ellos les pase lo mismo con nosotros. Esa idea hizo que me quedara más tranquilo.

Un poco después leí este comic de Scandinavia and the World en el que explican que en Japón, al no existir el matrimonio homosexual, hay parejas en las que el mayor adopta al pequeño para formar así una familia a los ojos de la ley. Y entonces vi la pregunta de nuestra breve amiga japonesa con ojos muy diferentes…

La trampa de la sonrisa

Una de mis primeras experiencias laborales, cuando aun era un joven y tierno estudiante de la ECAM, fue trabajar por las tardes como comercial del Burger King. Tenía que ir piso a piso, chalet a chalet, por calles perdidas de Aravaca y Las Rozas para ofrecerles a la gente la tarjeta vip del Burger King, una estupenda oferta de 30 2×1 en menú Big King y demás comida basura. Entre los múltiples trucos de comercial que aprendí aquellos meses, uno de los principales era la sonrisa: hay que sonreír al cliente para ganarte su confianza, relajarle y hacerle partícipe de la fiesta que es tu oferta. Eso vale para todo: enciclopedias, suscripciones al Círculo de Lectores y contratos de Gas Natural. Así que ahí iba yo, hecho un aterrorizado manojo de nervios, pero siempre sonriente.

Con el tiempo me he dado cuenta de que esa sonrisa falsa se ha convertido en la máscara bajo la que me oculto cuando estoy nervioso, tenso o no sé cómo reaccionar. A veces surge en los momentos más inoportunos, como cuando alguien llora tras una película o cuenta una historia dramática. “¿Te estás riendo, Antonio?”, me preguntó Diego en una de estas ocasiones. Y yo tuve que decir que no y aprender a relajar el rostro en esas situaciones. Toda manía se puede desaprender con esfuerzo. Y esto vale también para los castings.

El eterno retorno

Anoche, 16 años después de su estreno y 6 desde aquella desastrosa edición presentada por Pilar Rubio y que ganó Nahuel, TVE estrenó la novena edición de Operación Triunfo. Hubo gallos, hubo desafines, hubo drama y hasta hubo algo de música. ¿Qué más se puede pedir?

Los cinéfilos han disfrutado como niños con Blade Runner 2049, algo que no debería haber sucedido si nos atenemos a lo que ha pasado con las puesta al día de otros clásicos de los 70 y 80 como Alien o Tron. En televisión algunos también hemos disfrutado mucho con la resurrección de Twin Peaks y esperamos con ansia el estreno de la siguiente temporada de Expediente X. Otros cuentan las horas hasta el estreno de este viernes de los nuevos episodios de Stranger Things, un producto mediocre cuyo éxito reside en su componente referencial y la nostalgia forzada por los años ochenta.

Vivimos en un eterno retorno en el que todo vuelve, incluso Dinastía. La palabra “remake” se ha incorporado sin problemas a nuestro lenguaje cotidiano. La pregunta es: si todo es una reiteración de algo ya hecho, ¿qué podrá resucitar dentro de diez años? ¿Qué será verdaderamente representativo de nuestros días?

Lo que me preocupa es que, sin darnos cuenta, estemos haciendo lo mismo con nuestras vidas. ¿Vivimos un eterno retorno en el que repetimos continuamente los errores del pasado mientras que, a la vez, intentamos revivir nuestros grandes éxitos personales? Mucha gente vive los cambios en su rutina diaria como una situación desagradable que le produce desazón y nervios, ¿será por eso que preferimos vivir en esta constante repetición de acciones, hábitos y referencias? ¿Estamos intentando, por todos los medios, que el escenario no cambie?

Y sin embargo, todos sabemos que la resistencia es fútil. Al final, todo acabará en ruinas.

La cápsula del tiempo

Deje de vivir en Pamplona en 1998 y, sin embargo, cuando vuelvo aun sigo esperando que todo esté como lo dejé. Pero no, el Ayuntamiento se empeña en cambiar las calles ampliando aceras y sembrando rotondas, a los dueños de bares y tiendas de toda la vida les da por jubilarse y dejarte sin referencias vitales, la Naturaleza hace que los árboles crezcan y hasta mi madre decide aprovechar la jubilación para renovar la casa de arriba abajo. Al final, lo único que permanece prácticamente intacto es mi cuarto. En el corcho de la pared sigue colgado el horario del último semestre de carrera y una docena y media de trozos de papel clavados con chinchetas y pines, cada uno de ellos con el numero de teléfono de algún amigo: los números fijos de sus casas de alquiler o paternas, nada de móviles. En los cajones aun guardo apuntes de la carrera y en las estanterías se amontonan casettes innombrables como Máquina Total 6 o Bombazo Mix 2, entre otros engendros. En una esquina de la mesa, un discman recuerda tiempos mejores y en otra se refugian un puñado de disquetes que sobrevivieron al Efecto 2000.

Es todo inútil y, sin embargo, me resisto a quitar esos recuerdos de un tiempo anterior. Queda ya tan poco de aquella época y del chico que fui que tirarlos a la basura sería como borrar del todo mi pasado. Y no, hay momentos de mi vida que aun no quiero olvidar.