La cápsula del tiempo

Deje de vivir en Pamplona en 1998 y, sin embargo, cuando vuelvo aun sigo esperando que todo esté como lo dejé. Pero no, el Ayuntamiento se empeña en cambiar las calles ampliando aceras y sembrando rotondas, a los dueños de bares y tiendas de toda la vida les da por jubilarse y dejarte sin referencias vitales, la Naturaleza hace que los árboles crezcan y hasta mi madre decide aprovechar la jubilación para renovar la casa de arriba abajo. Al final, lo único que permanece prácticamente intacto es mi cuarto. En el corcho de la pared sigue colgado el horario del último semestre de carrera y una docena y media de trozos de papel clavados con chinchetas y pines, cada uno de ellos con el numero de teléfono de algún amigo: los números fijos de sus casas de alquiler o paternas, nada de móviles. En los cajones aun guardo apuntes de la carrera y en las estanterías se amontonan casettes innombrables como Máquina Total 6 o Bombazo Mix 2, entre otros engendros. En una esquina de la mesa, un discman recuerda tiempos mejores y en otra se refugian un puñado de disquetes que sobrevivieron al Efecto 2000.

Es todo inútil y, sin embargo, me resisto a quitar esos recuerdos de un tiempo anterior. Queda ya tan poco de aquella época y del chico que fui que tirarlos a la basura sería como borrar del todo mi pasado. Y no, hay momentos de mi vida que aun no quiero olvidar.

41

Hoy se cumplen 41 años de mi llegada al mundo.

Los 40 se celebran por todo lo alto. Tienen cierto componente de meta alcanzada, de antes y después. Cumplir cuarenta años supone que has atravesado las tenebrosas aguas de la adolescencia, de la primera juventud y de la segunda. Ya eres, por fin, un adulto, por mucho complejo peterpanesco que puedas tener.

Pero, ¿los 41? En comparación, resultan algo anodinos aunque sean número primo. Ya está, ya es innegable, soy un cuarentañero (chiste que podía tener gracia hace 365 días, ahora ya resulta cansino y repetitivo) ¿Qué sucede a partir de ahora? ¿La decadencia? ¿Eso se celebra?

Luego me miro en el espejo y, canas aparte, me veo mejor que hace cinco, diez, quince o veinte años. Llegará algún día en que la fuerza física me abandonará, no tendré energías para aguantar el gimnasio y mis huesos serán frágiles, pero aun no. Aun no me resigno a dejar de lado planes, proyectos y sueños. Aun no ha llegado la hora de arrojar la toalla y abandonar el convencimiento de que el futuro me sigue reservando sorpresas y momentos brillantes. Con una ventaja añadida: a partir de los cuarenta tienes la piel curtida para aguantar decepciones y fracasos. A estas alturas del juego ya sé que la vida es una sucesión de dramas y comedias, una montaña rusa de vertiginosas subidas y bajadas y cambiantes escenarios. Y aunque me esperan altibajos en el mañana, cada vez tengo una mayor sensación de llevar las riendas de mi propia existencia.

Así que sí que tengo muchas cosas que celebrar. ¡Tarta para todos!

Hablemos

La conversación está dominada por el tema catalán. Todo el mundo tiene una opinión sobre el asunto y tiene que expresarla. Hablan en voz alta y, sin embargo, muy pocos parecen tener interés en escuchar al otro. Menos aun parecen dispuestos a cambiar su postura. Y así el ambiente va enrareciéndose y algunos terminan por creer que tienen derecho a todo. Los últimos en aparecer han sido los que creen tener derecho a comportarse violentamente por las calles. Leer las noticias nacionales es cada vez más preocupante y triste.

Por eso deberíamos relajarnos y hablar y pensar antes de actuar. Podemos hablar de Cataluña y España, claro, pero hay muchos otros asuntos en el mundo. Sí, la política internacional, la economía, el Brexit, los refugiados, el cambio climático… Sobre todo, el cambio climático.

Pero echo de menos la época en la que hablábamos de cosas pequeñas e insignificantes, cuando éramos personas y no aspirantes a gurús. No hace falta ser trascendentes, no hace falta trascender. Opinemos menos y narremos más: contemos nuestras pequeñas historias. La verdad está en ellas, en que la segunda palabra que haya aprendido a decir tu sobrino sea “aipad”; en que han aparecido pequeños brotes en la esquina del jardín donde planté semillas de trébol, un lugar donde nunca conseguí que creciera la hierba; en las agujetas que dejan los ejercicios de gemelos; en las risas al volver, medio borrachos, de madrugada en autobús de la boda de la hermana de Diego; en todo eso que no nos podrán quitar.

Ambiciones

“Ambition makes you look pretty ugly”, cantan Radiohead en Paranoid Android, y la verdad es que la ambición no tiene muy buena prensa. A los niños educados en la tradición católica siempre nos enseñaron la importancia de la humildad y la sencillez, valores que no parecen llevarse bien con la ambición, más cercana a conceptos como la avaricia y la soberbia, pecados capitales ambos. Sea por lo que sea, definirse como ambicioso no parece lo más adecuado.

Y sin embargo, también nos enseñan que uno puede conseguir todo lo que se propone, a luchar por los sueños y todo eso… Incluso algunos llegan a insinuar que el universo conspirará a tu favor para que lo logres. Se supone que es una especie de secreto o algo así. Definirse como soñador o luchador suena mucho mejor que reconocer que uno tiene grandes ambiciones. Pero en el fondo, ¿no son lo mismo? La RAE pone su granito de arena para indicar que la ambición es “el deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama”. Los romanos, por su parte, la representaron con alas a la espalda. La ambición te hará volar.

En Memoria de Almator, Rosa Regás se pregunta si la inspiración no será la capacidad de obsesionarse con algo. Es una frase a la que le llevo dando vueltas desde que la lei, hace ya casi veinte años. Quizás la ambición sea también la capacidad de obsesionarse con un objetivo.

En todo caso, lo único que he aprendido con los años es que procrastinando no se llega a ningún sitio.

Los dinosaurios han muerto

A veces me acuerdo de esta historia.

En el reparto de aficiones científicas infantiles, a mí me tocaron las estrellas y los planetas y a mi hermano, los dinosaurios. Después, ni yo me convertí en astrónomo ni él en paleontólogo, pero conservamos nuestro interés en ambos temas. Por eso, no es de extrañar que mi hermano fuera hace años a una exposición en Barcelona con reproducciones de dinosaurios en sus hábitats primitivos. Creo que algunos incluso se movían.

-¿Qué tal la exposición?
-Bien, muchos muñecos, estaba bien montada. Pero había mucha gente.
-Muchos niños, supongo.
-Sí, de hecho vimos a la salida a un niño pequeño que no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarlo, pero no había manera. Daba una pena…
-Quizás pensaba que iba a ver dinosaurios de verdad.
-Sí, puede ser.

A veces me acuerdo de ese niño y siento un poco de esa tristeza infinita que debió de sentir al descubrir que no iba a ver dinosaurios de verdad… porque todos esos animales formidables que llenaban sus libros de cuentos murieron hace millones de años. Desaparecieron para siempre de la faz de la tierra y sólo nos quedan de ellos un puñado de fósiles y mucha imaginación. Nunca veremos un dinosaurio vivo. ¿Cómo no llorar por un hecho tan irremediablemente definitivo cuando se tienen siete años?

Punto de partida

Mientras me acompañaba a firmar la indemnización y el finiquito, la técnico de Recursos Humanos, me dijo:

-Quizás ahora no lo veas así, pero tienes que tomarte esto como una oportunidad.

No lo dijo con suficiente convencimiento. Parecía que ni ella misma se creía la tópica frase. Yo tampoco terminaba de creer que hubiera recurrido a algo tan manido. Por supuesto que terminar un trabajo es una oportunidad para buscar nuevos y mejores caminos laborales y vitales. También es una putada, todo hay que decirlo.

-¿Cuándo te vas? Pues nada, si necesitas algo, ya sabes donde estamos.

Éstas fueron las palabras de adiós de mi ya exjefa cuando fui a despedirme de ella antes de salir del despacho por última vez. Sonreía de oreja a oreja mientras las pronunciaba. Me quedé mirándola con estupefacción un instante y me fui.

Vuelvo a la casilla de salida. Eso sí, con más puntos de sabiduría y energía que la última vez que estuve aquí.

Canciones para un viaje a Japón: “Japón”

Este verano nos vamos tres semanas a Japón. Ayer me puse a leer artículos sobre cómo utilizar el transporte público japonés y me empecé a poner de los nervios… Luego ya me dijeron que es más fácil de lo que parece. En todo caso, yo sólo quiero comprobar si entre miles de tornillos viven en Japón.

Unos dicen que son fieles al emperador, otros dicen que son fieles al ordenador… Mecano publicaba Japón en verano de 1984 como sencillo de presentación de Ya viene el sol, su tercer disco, el menos exitoso de su carrera y quizás el más synthpop de todos. De hecho, la canción más popular de ese trabajo fue Hawaii-Bombay, publicada ya como cuarto y últimos sencillo en primavera de 1985. Recuerdo una actuación en el Un Dos Tres un viernes y cómo la semana que viene todos los niños y niñas cantábamos en el patio del colegio que Hawaii y Bombay son dos paraísos que a veces me monto en mi piso en dura competencia con otros éxitos de momento de Hombres G y Alaska y Dinarama. Si sobrevivisteis a la EGB, supongo que conoceréis el chiste:

-¿Cuál es el chocolate favorito de Alaska?
-…
-Milka
-…
-Ya sabes: “Mil-Kampanas suenan en mi corazón”

De hecho, no sería hasta muchos años después que descubriría que el título de “Mil campanas” es Ni tú, ni nadie, y que “La calle desierta, el lugar ideal” era ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

Pero la de Japón nunca fue un éxito entre los niños de mi clase. Yo la recuerdo con cariño porque fue la primera canción de Mecano que conocí y me gustó. Quizás sería por su ritmo machacón marcado por ruidos de máquinas (que Nacho Cano grabó en una fábrica) o porque la letra me hacía gracía aunque no terminaba -ni termino- de entenderla (“No son rubios, no son bajos, son tipo reloj, en un metro hay dos, donde sale el sol”). Escuchada ahora, está claro que es puro Mecano: tiene el toque kitsch típico del grupo envuelto en esos sintentizadores y arreglos que intentaban poner a España en la modernidad. Y es gracias a estos sintentizadores y esa falta de vergüenza que las canciones de Nacho han envejecido mucho mejor que las composiciones más solemnes y pretenciosas de José María. Porque, en serio, ¿qué preferís? ¿Me colé en una fiesta o No es serio este cementerio? ¿Barco a Venus o Naturaleza Muerta? ¿El club de los humildes o Stereosexual? Menos mal que José María nos dio pectorales, Me cuesta tanto olvidarte y Aire

Pero la pregunta es… ¿será Japón como Japón?