Diez años

Hace unos días renové el dominio y el hosting de este blog. Tampoco es especialmente caro, pero en estos tiempos de media jornada tengo que pensar en cada gasto. A este no le di muchas vueltas. En cinco segundos le di al enlace de “Renovar la suscripción” que venía en el mail y a los cinco segundos el aviso del banco saltaba en el móvil.

Da igual que apenas escriba y apenas lea ya nadie lo que escribí en su momento, son diez años de historia y vida personal almacenadas en la red de redes. A veces leo artículos de la década pasada y me sorprendo de varias cosas: en primer lugar, el hecho de que algunos ni siquiera recuerdo haberlos escrito. En segundo lugar, me fascina la ligereza con la que hablaba de mi vida diaria aunque fuera de manera más o menos literaria. Ahora no sería capaz de hacerlo: ¿Seré más pudoroso? ¿O será que ya no me pasan tantas cosas interesantes? En todo caso, en nueve de cada diez ocasiones me gusta releerme. En la décima siento vergüenza retrospectiva, pero nunca borro nada. No hay que arrepentirse de los errores.

Al final he descubierto para quien escribía este blog: para mí.

La media jornada

Hace un par de semanas comencé a trabajar en una nueva empresa después de unos tres meses en el paro. No tiene nada que ver con mi anterior experiencia laboral: he cambiado una multinacional por una pyme, los rascacielos en el centro de la ciudad por una nave industrial en un polígono, la americana y la corbata por vaqueros y camiseta, un trayecto de hora y media por diez minutos en coche, la jornada completa por la media jornada… Todo es mejor ahora.

Porque, ¿de qué sirve un sueldo si toda la vida gira en torno al trabajo? ¿Si no tienes tiempo para hacer realidad tus proyectos personales? ¿Si tienes sueño durante todo el día por culpa de los madrugones?

Sé que no me haré millonario, pero soy feliz con este trabajo.

Tu nombre

Hace unos días estaba en la cocina preparando la comida cuando Diego llegó a casa.

-Hola, Diego, dije mientras troceaba un calabacín.

Diego entró en la cocina y se me quedó mirando en silencio, sonriendo.

-¿Qué?, le pregunté un poco extrañado.
-Me gusta escucharte decir mi nombre, respondió.

Y yo también sonreí.

Un desayuno para empezar el año

El Año Nuevo no empieza de verdad hasta que terminan las vacaciones de Navidad. De hecho, el 1 de enero es una especie de limbo resacoso en el que confluyen el año que se va y el que llega sin ser uno u otro. Pero cuando llega la hora de volver al curro, entonces sí. Hay es donde los propósitos de Año Nuevo se enfrentan con la cruda realidad. Entrar en la oficina era constatar que el año nuevo no iba a ser demasiado diferente a los doce meses que acabábamos de dejar atrás.

Para contrarrestar este drama, yo tuve un pequeño ritual que comenzó por no tener leche en la nevera. Volví de Pamplona la noche del día uno y descubrí que no tenía nada para desayunar, así que me fui al Vips y seguramente pedí unas tortitas, unos huevos revueltos y un café con leche. En aquellos tiempos en que mi sueldo de redactor en cutreproductora apenas superaba los 650 euros, desayunar fuera de casa era un lujo, así que me tomé mi tiempo para saborear cada mordisco. Y descubrí que era la mejor manera de comenzar el año, así que mantuve la costumbre durante los años siguientes: el primer día que volvía a trabajar después de las vacaciones de Navidad, me levantaba temprano y me tomaba un buen desayuno.

¿Cumplía después mis propósitos de Año Nuevo? Eso ya es otra historia. Aunque en este 2018 voy a hacer un esfuerzo especial para conseguirlo.

La nostalgia es una trampa cálida y confortable

Este fin de semana vi T2: Trainspotting, la secuela de Trainspotting. Esta última es un clásico de los noventa, su continuación no puede ser un clásico de los diez porque ni se lo propone ni lo desea. En realidad, es una manera eficaz de desmontar el mito, de demostrar que aquellos personajes eran lo que parecían: una pandilla de perdedores con un alto concepto de sí mismos. Quizás por eso haya leído tantas críticas negativas sobre T2: a nadie le gusta reconocer que, veinte años después, es imposible seguir viviendo como cuando eras joven. La inmadurez se revela en toda su grandiosidad para mostrarse como lo que es: un fracaso personal.

Este tren ya no volverá a pasar

Es cierto que los lugares cambian, la música evoluciona, las modas se transforman, la sociedad avanza. Hay que asumirlo del mismo modo que uno debe asumir sus propios cambios. Intentar volver al pasado, revisitarlo, resucitarlo, es una trampa tentadora pero fatal: la nostalgia sólo conduce a la irrelevancia. Que sintamos que nuestro presente es peor quizás sea la forma que tiene la vida de revelarnos que somos más sabios y realistas que cuando éramos jóvenes. El esfuerzo es saber combinar esta sabiduría con el idealismo juvenil, las ganas de comerse el mundo, los planes de futuro… Ya sabemos que los sueños no se hacen realidad, asumámoslo, pero ¿quién puede vivir sin ellos?

Así que voy a dejar de sentir nostalgia por los tiempos que ya no volverán y empezaré a sentirla por los tiempos que me esperan.

Esperar

El sábado quedamos a tomar cañas en horario infantil para celebrar el cumpleaños de una amiga. Mientras media docena de niñas correteaban a nuestro alrededor, su marido me preguntó:

-¿Y? ¿Sigues en el paro ahora mismo, qué haces?
-Sí, ahí estoy, esperando oportunidades laborales…

Noté que Diego me miraba mal, así que añadí más verbos a mi discurso.

-Buscando oportunidades, sembrando, esas cosas, ya sabes.

Pero, en realidad, sé que las oportunidades acaban llegando por sorpresa y son en gran medida incontrolables. Por supuesto que hay que buscar, claro que hay que esforzarse. Pero con eso sólo no basta: al final casi todas las historias de éxito se resumen en “estar en el sitio adecuado en el momento adecuado”. Eso sí, ni sabemos cuál es el sitio ni cuál es el momento. Los libros de autoayuda dicen que cada uno se busca su destino, que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero eso sólo es una forma de tranquilizarnos y refugiarnos de la evidencia de que el destino sólo existe en la teología protestante y que la única recompensa que nos asegura el esfuerzo es que estemos satisfechos con nosotros mismos. Al final, como decía Woody Allen en Match Point, todo depende de que el azar determine si la bola cae en nuestro campo y en el contrario.

Y mientras espero a que llegue el juego decisivo, sigo entrenando con mi raqueta.

Tío canguro, bebé tiburón

Hace unos días acudí a la llamada de socorro de mi hermano y me acerqué a su casa para echarle una mano cuidando de sus hijos mientras él teletrabajaba y su mujer trabajaba de verdad. Me encargué de dar una vuelta a Sobrina Pequeña con el carrito mientras iba a comprar pan y descubrí el mágico mundo de los malabarismos que hay que hacer para abrir puertas, empujar carrito y llevar una barra bajo el brazo. Descubrí también que las aceras son rugosas para mecer a los niños y hacer que se duerman antes. Eso, o quizás porque mi conversación era muy aburrida, el caso es que la niña se durmió al minuto de salir de casa. Me senté en un banco al sol como un jubilado y después volvimos a casa. Revisión de pañales y a jugar en la mantita a descubrir nuevas texturas y ruidos. ¿Qué pasará dentro de la mente de un bebé de seis meses? Ése es un enigma que nunca resolveremos.

Después mi hermano fue a buscar a Sobrino Mayor a la guardería y nos tocó darles de comer a ambos. Miguel alimentaba a la pequeña y yo le daba cucharadas de papilla de frutas al mayor, con la inestimable ayuda de IPad. Sobrino sigue hablando en su idioma propio de bebé, pero maneja la tableta con la destreza de un profesional. Miguel le dijo que yo no conocía la canción de Baby Shark… y en menos de 30 segundos ya estábamos todos escuchándola.

Wikipedia me ha chivado que el vídeo que originó la locura infantil por esta canción es coreano. Eso sí, no queda muy claro quién compuso este tema que se mete en la cabeza y no se despega en días. No lo escuchéis nunca, es mucho más peligroso que aquello de el pollito Pío…