El retorno a la inocencia

A veces leo textos del estilo “carta a mi yo adolescente”: Querido yo de 15 años, no te preocupes, todo va a ir bien, esa de ahí acabará siendo tu mujer y por favor, deja de llevar pantalones campanolos e invierte en Google, blablabla. No está mal, es bonito. Quizás no sea cierto del todo, porque no siempre todo mejora… pero también es verdad que si podemos escribir a nuestro yo del pasado es porque hemos sobrevivido.

En todo caso, a veces a mí me gustaría que me escribiera mi yo de 20 años para que me pusiera los puntos sobre las ies o, por lo menos, me recordara cómo era esos tiempos en los que uno tenía decenas, centenares de proyectos, ideas e ilusiones. Esos tiempos en los que parecía más sencillo entusiasmarse con las cosas y no tendía a relativizarlo todo. Esa época en la que predominaban los absolutos y tenía claro que, a pesar de que el futuro estaba lleno de incertidumbre, había un destino brillante esperándome en el horizonte. Sí, la adolescencia es una tragedia y sí, crecer es aprender lecciones de la vida. Pero a veces echo de menos la alegría inconsciente del empezar a ser adulto.

La ventaja es que, mientras que nuestro yo futuro aun no existe, nuestro yo pasado está encerrado dentro de nosotros mismos. Sólo hay que ser capaz de descubrirlo en nuestro interior, pararse a escuchar a ese niño interior… y dejar que te pregunte por qué has dejado de hablar con el acento de la mamma. Sí, no he podido resistirme a hacer un chiste de Los Simpsons. Esto es lo que decía del relativizarlo todo cuando uno tiene 40. Se ve que la inocencia es la capacidad de tomarse las cosas en serio, sin dobles lecturas.

Enigma, el proyecto ideado por el alemán Michael Cretu, había conseguido un apabullante éxito en todo el mundo a principios de 1991 con su primer disco, MCMXC A.D, gracias a una ingeniosa -aunque quizás algo cansina a la larga- mezcla entre electrónica, new age y canto gregoriano. Sinceramente, nadie esperaba que el grupo pasara de la categoría de One Hit Wonder, pero los caminos del Pop son inescrutables y el segundo disco de Enigma, The Cross of Changes, lanzado a finales de 1993, conseguía igualar prácticamente el éxito del primero.

La formula consistió esta vez en mezclar música tradicional asiática con electrónica y cambiar al Marques de Sade, los principios de la lujuria y la sensualidad de su ópera prima por una relajada espiritualidad casi paulocoelhiana. “No tengas miedo a ser débil, no seas demasiado orgulloso por ser fuerte” canta Andreas Harde en Return to innocence, el primer sencillo del disco y el mayor éxito del grupo en las listas de Estados Unidos. Le acompañaban la cantante alemana Sandra, esposa por aquel entonces de Cretu, a los coros, y un pegadizo sampler de una canción popular de la tribu Amis, de origen taiwanés. Sus intérpretes eran Difang e Igay Duana, un matrimonio de granjeros que había grabado la canción durante un intercambio cultural en Francia en 1988 cuando ambos superaban los 65 años de edad. La grabación cayó en manos de Cretu, quien creyó que estaba libre de derechos y la utilizó sin pedir autorización. Los Duana le demandarían en 1998, llegando a un acuerdo confidencial por el que cobraron una buena cantidad de dinero en royalties y el reconocimiento como coautores de la canción. Ambos morirían, con pocas semanas de diferencia, en el año 2002.

Seguramente, gran parte del éxito de la canción se deba a su videoclip, que debió de fascinar a algún directivo de la MTV Europea, donde era muy fácil verlo en cualquier momento del día. Como todo en la carrera de Enigma, la idea es tan sencilla como eficaz: rebobinar la vida desde la vejez hasta la infancia en un entorno mediterráneo (no consigo que Internet me confirme si se grabó en España, pero lo sospecho). El director es Julian Temple, director de películas como Absolute Beginners o Las chicas de la Tierra son fáciles, así como de videoclips como Do you really want to hurt me, de Culture Club; Come on Eileen, de Dexys Midnight Runners; Smooth Operator, de Sade; Free Fallin’, de Tom Petty; I’m your baby tonight, de Whitney Houston; Everything I do, I do it for you, de Bryan Adams; For tomorrow, de Blur; o Mary, de Scissor Sisters. Seguro que habéis visto alguno.

Okay, Radiohead: 20 años de “OK Computer”

Llevaba varios días leyendo artículos en la red sobre el vigésimo aniversario de la publicación de Ok Computer y estaba algo extrañado porque mi memoria relacionaba ese disco con el otoño de 1997 más que con el verano. Pero no, el tercer disco de Radiohead se publicó el 21 de mayo de 1997 en Japón, el 16 de junio en Reino Unido y el 1 de julio en USA (oh, aquellos tiempos sin P2P ni Spotify). Quizás me lo regalaron por mi cumpleaños (es el 11 de octubre) y de ahí mi recuerdo. Total, en 1997 los “discos del momento” tenían vidas largas, aguantaban meses en las listas y de ellos se extraían sencillos y más sencillos, con sus correspondientes videoclips y promoción. Y tampoco había tantos “discos del momento”, no como ahora, que como no escuches el disco de moda la misma semana que se publique/filtre ya se convierte en historia antigua al mes siguiente. Así que, llevado por esa nostalgia por tiempos mejores que nos envenena el presente, saqué mi OK Computer de la estantería para que me acompañe en mis atascos diarios.

I know a place where some cars go…

La leyenda cuenta que el mundo entero se rindió a Radiohead con este disco maravilloso, uno de los mejores de la historia de la música, y que a partir de entonces la banda sólo publicó obras maestras. Yo, que estaba ahí y lo vi con mis propios ojos, os puedo decir que, aunque hay partes que son verdad (OK Computer ES maravilloso), otras no lo son tanto (desde Hail to the thief la carrera de Radiohead está llena de altibajos, con más bajos que altis). Y por supuesto, para entonces Radiohead ya nos había legado Creep, un himno para esa Generación X dominada por el pesimismo en unos tiempos en los que el concepto “orgullo friki” sólo produciría risas de conmiseración, y sobre todo, ya nos había conquistado con The Bends. Al fin y al cabo, ese disco ya contenía temas como My iron lung, Fake plastic trees, (Nice Dream), Street Spirit (Fade out), Black Star o Just, por los que cualquier grupo mataría. OK Computer no supone una ruptura respecto a The Bends sino que es más una evolución lógica, una versión ampliada, corregida y destilada de los aciertos de éste.

Escuchado veinte años después, OK Computer no resulta tan oscuro ni complejo como la leyenda lo hace parecer. Hay momentos guitarreros que le enlazan con el britpop de Oasis (Airbag pero, sobre todo, Electioneering), pero las grandes influencias del disco están más atrás en el tiempo, en Pink Floyd, Beach Boys y The Beatles. Aunque cuentan que un 80% del disco fue grabado en vivo en una gran mansión alquilada a Jane Seymour, Ok Computer da la impresión de ser un trabajo minucioso y muy meditado, donde cada nota, cada acrode, cada arpegio ha sido pensado hasta el último milímetro para que todo ajuste. Es un disco excelentemente producido: hasta las distorsiones electrónicas suena limpias. De hecho, lo más oscuro de disco seguramente sean las letras: no tanto por su contenido sino por lo que cuesta descifrar lo que canta Thom para unos oídos no anglosajones. Claro, que una vez leídas las letras, está claro que en OK Computer lo importante es cómo se canta, no lo que se canta. Quitándole trascendencia a su trabajo, la banda dice que tanto Paranoid Android como Karma Police tienen su origen en bromas privadas entre ellos, divertimentos musicales con los que pasar el rato a los que quizás no deberíamos darles segundas lecturas. Y sin embargo, estas historias sobre airbags, policías del karma y accidentes de avión acaban siendo un buen retrato del estado de ánimo colectivo del fin de siglo, una época en la que la tecnología comenzaba a dominar el mundo, una desazón añadida a la típica angustia existencial que provocan los cambios de milenio. El milenarismo iba a llegar con el efecto 2k, acordaos. Y Thom, además, te lo canta directamente: prácticamente todos los temas de OK Computer te tratan de tú.

Si OK Computer se ha convertido en uno de los grandes discos de la historia es seguramente a lo equilibrado de su contenido: a diferencia de otros discos donde los sencillos más famosos acaban eclipsando al resto de canciones, aquí todos los temas brillan a gran altura. De hecho, casi todos han sido utilizados en algún momento como banda sonora de películas, anuncios o series (yo recuerdo especialmente una escalofriante escena de A dos metros bajo tierra con Lucky de fondo). También es innegable la influencia que ha ejercido en grupos posteriores, desde los Muse de Time is running out hasta los Arcade Fire de Funeral y Neon Bible. Fitter Happier pegaría tanto en el Human After All de Daft Punk como en el English Electric de OMD. No surprises es, seguramente, la canción a la que Coldplay querían parecerse en temas como Trouble o Fix you.

¿Y qué fue después de Radiohead? Pues, como ya he dicho antes, consiguieron el éxito masivo y una masa de seguidores fieles que aplauden todos sus discos incondicionalmente. Y sobre todo, decidieron aplicarse el consejo que cantan en The Tourist, el tema que cierra el disco con un “Hey man, slow down, slow down / Idiot, slow down, slow down”, y sumergirse en el, este sí, oscuro, electrónico y minimalista díptico que forman Kid A y Amnesiac. Pero de ellos ya hablaremos en 2020 y 2021.

Adiós, Robert, adiós

La última casette que me compré, creo recordar que a 200 pesetas en un Simago en liquidación a finales de los noventa fue 23am, el segundo disco de Robert Miles en el que jugaba más a ser un músico New Age que un DJ. Ni las casettes, ni los Simagos, ni las pesetas, ni el propio Roberto Concina conseguirían mantener su popularidad al llegar el siglo XXI.

No puedes hacer fotos de las descargas digitales

2017 no es 2016, pero el 9 de abril moría en Ibiza a los 47 años Robert Miles. Creador del sonido dream, un estilo de trance que devolvía las melodías a las pistas de baile después de los años de ritmo sin límites ni formas del bakalao más duro (y que nació, según cuenta la leyenda, para que a los asistentes a las raves italianas se les pasara el subidón y volvieran a sus casas sanos y salvos), Robert Miles coleccionó números uno y discos de oro gracias a los sencillos de Dreamland, su disco de debut: Children, Fable y One and one, un tema compuesto por Billy Steinber (coautor de Like a Virgin, Eternal Flame y I drove all night, entre otros clásicos), el simpar Rick Nowels (Heaven is a place on earth, The power of goodbye, media discografía de Lana del Rey) y Marie-Claire D’Ubaldo (compositora y primera cantante de Falling into you, de Celine Dion), grabado primero por la polaca Edyta Górniak pero convertido en un éxito en la versión de Roberto con la voz de Maria Nayler. Los 90 no habrían sido lo mismo sin ellos.

Que el ritmo no pare

Katy Perry está volcada en la promoción de Chained to the rhythm, sencillo de presentación de su próximo disco, el quinto de su carrera (aunque el primero, su disco de pop cristiano llamado Katy Hudson, no cuenta). Hace un par de días estrenó su videoclip, una visita a un colorista parque de atracciones con un lado siniestro que no tarda en hacerse evidente. Sí, en efecto, como un episodio de Black Mirror o su madre ¿o abuela?, The Twilight Zone. Su director es Mathew Cullen, amiguito de Guillermo del Toro y responsable de otro clips para Katy Perry como Dark Horse o California Gurls, así como de Pork and beans de Weezer o Chasing Pavements, de Adele.

Este trasfondo oscuro de la canción ya ha sido comentado durante estos días, pero es interesante resaltar la ironía de utilizar sonidos y conceptos puramente pop para hablar de esa cultura pop que nos rodea y nos aliena. Podemos suponer, llevados por nuestros prejuicios, que Sia ha sido la responsable de aportar el componente intelectual al tema mientras que los productores y compositores Ali Payami y Max Martin se ha encargado de incorporar el infalible toque sueco para convertir en zombie al oyente. La aportación de Katy será la fabulosa rima de “bubble” con “trouble” y Skip Marley, el nieto del mismísimo Bob Marley, se habrá encargado de su rap.

La primera vez que escuché el tema me recordó al reciente Me and the rhythm de Selena Gomez, no-sencillo de su disco Revival del que es una de sus mejores canciones. Comparte con Chained to the rhythm la cadencia y el ADN sueco: está producido por Mattman & Robin, equipo detrás del Cake by the ocean, de DNCE o Run away with me, de Carly Rae Japsen. En efecto, ya sabéis que todo el pop que se hace en la actualidad sale de un ordenador emplazado en Estocolmo. Con estrofas como ésta (“Yeah all I need / Is the rhythm, me & the rhythm / Nothing between / Yeah the rhythm, me & the rhythm / And I know, I know, I know / I can’t fight it”), la canción podría ser el testimonio de una víctima de los efectos lobotomizadores del pop a los que se refiere Katy Perry.

Sin embargo, la referencia más evidente sería Slave to the rhythm, el clásico de los ochenta de Grace Jones. Trevor Horn, de The Buggles y Art of Noise, tuvo la idea de hacer un disco que consistiera en diversas variaciones de una misma canción. Primero se lo propuso a Frankie Goes To Hollywood, a quien les había producido Welcome to the pleasure dome, pero finalmente lo hizo con Grace Jones. Tanto la canción como su videoclip –en realidad, un recopilatorio de imágenes sacadas de otros videos de la cantante dirigidos por el fotógrafo y artista Jean-Paul Goude (a quien los más jóvenes del lugar conocerán por las fotos con las que Kim Kardahian rompió Internet)- definieron estéticamente los ochenta. En este caso el ritmo directamente se encarga de esclavizar a la gente cual Gran Hermano orwelliano: “Work to the rhythm / live to the rhythm / Love to the rhythm /slave to the rhythm”.

En los 90, esa década bipolar en la que lo mismo nos deprimíamos en la lluviosa Seattle como nos entregábamos al desenfreno en todo tipo de raves y rutas del bakalao, tuvimos una visión mucho más simpática del ritmo. Corona nos cantó The Rhythm of the Night y Snap hizo uno de los himnos del Eurodance con Rhythm is a dancer. Eran los tiempos del ritmo de la noche. Años después Bastille ya se encargó de revelarnos su lado oscuro con Of the night, un inquietante mashup de ambos clásicos. Su videoclip puede producir depresiones.

En fin, ya lo cantó Gloria Estefan en Rhythm is gonna get you, el ritmo te va a atrapar. Nada mal para una palabra de seis letras compuesta sólo por consonantes.

Lady Gaga: “Joanne”

Su mejor portada hasta la fecha

Lady Gaga siempre se guarda un as en la manga para utilizarlo en el momento adecuado. Entre estos comodines usados a lo largo de su carrera podemos contar la reedición de The Fame acompañada del EP The Fame Monster, que le ayudó a asentarse como una gran estrella de pop sin tener que lanzar un disco nuevo; su disco Cheek to Cheek junto a Tony Bennet y su actuación en los Oscars de 2015 con un popurrí de temas de Sonrisas y Lágrimas, que le sirvieron para recordarle al mundo que sabe cantar y que puede cultivar otros estilos musicales más allá de la chatarra electrónica de RedOne; su trabajo como actriz en American Horror Story, que le sirvió para ganar un Globo de Oro a la Mejor Actriz; y como no, su reciente actuación en el intermedio de la Superbowl, que le ha venido muy bien para demostrarle al mundo que la Mother Monster sigue viva y recordarnos que puede presumir de tener unos cuantos temas ya icónicos en su repertorio. Por supuesto, todas estas jugadas tienen un objetivo principal: seguir siempre de actualidad en los medios y las redes a pesar de que las ventas de sus últimos trabajos sean un tanto –o un mucho- decepcionantes.

Porque, aunque Joanne ha sido el cuarto disco consecutivo de Lady Gaga en conseguir el número uno del Billboard, sus ventas han estado muy lejos de ser millonarias. En la lista de fin de año de Billboard apenas ocupa el puesto 108, mientras que en la británica se encuentra en el 84. Tampoco los dos sencillos que se han publicado hasta ahora –Perfect Illusion y Million Reasons– han pasado de la parte media de las listas ni se han escuchado mucho en radios. Quizás Million Reasons tenga un poco más de recorrido después de la Superbowl, ya se verá. O puede que sea John Wayne el que cabalgue hacia lo más alto.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Joanna haya sido un terrible fracaso, ya que ha cumplido con creces su principal función: permitir que Lady Gaga escape de la trampa en la que se había convertido su carrera después del terrible ArtPop. Jugando a ser una cantante country, una americana de pura cepa (a pesar de que ella es italiana y le gusta la pizza, gracias Desahogada), una chica dispuesta a perderse en las carreteras del Medio Oeste, Stefani Joanne Germanotta ha podido romper con la obligación autoimpuesta de ser electrónica, rompedora y eternamente original. Adiós a los trajes de carne y los chistes sobre Jeff Koons, bienvenidos los sombreros rosas y las historias personales. Lady Gaga ha dedicado su cuarto disco a su tía Joanne Stefani Germanotta, fallecida en 1974 a los 19 años. A pesar de que nunca la conoció, la cantante cuenta que su tía siempre ha sido una figura que ha ejercido una fuerte influencia sobre su familia y su carrera. No hay nada como volver al hogar para recuperar la senda perdida.

Y no hay nada como contar con la ayuda de Mark Ronson y BloodPop (el hombre detrás del Sorry de Justin Bieber, la canción que todos quieren plagiar) como compositores y productores para purificar tu sonido. Y si además en los créditos del disco figuran nombres como Beck, Florence Welch, Kevin Parker (de Tame Impala), Josh Homme (de Queens of the Stone Age), Father John Misty o Hillary Linsey (compositora country que ha trabajado con Carrie Underwood, Lady Antebellum o Keith Urban) en vez de RedOne, Zedd o David Guetta, parece que la apuesta por el cambio de sonido va en serio. Sin embargo, la personalidad (o el personaje) de Lady Gaga acaba prevaleciendo y, en el fondo, Joanne no es un disco tan distinto a los que le preceden. El country-rock de temas como A-Yo o Dancin in circles estaría en realidad más cerca de Shania Twain que de Dolly Parton; canciones como Diamond Heart o John Wayne (cuya letra podría haber firmado perfectamente Lana del Rey: “I crave a real wild man/ I’m strung out on John Wayne”) parecen salidas de una versión acústica de Born this way; y quizás los temas más interesantes del disco son precisamente los que más se distancian de esa apuesta country: ahí están el rock ochentero de Perfect Illusion; esa especie de revisitación del Guilty de Barbra Straisand y Barry Gibb que es Hey Girl, el dueto con Florence Welch; o Come to Mama, una canción a la que le falta un “Christmas” en la letra para haberse convertido en el villancico pop que hubiera asegurado unos ingresos fijos a Lady Gaga cada Navidad venidera.

Y es que Lady Gaga siempre se ha destacado por combinar los aciertos que salvan su carrera con errores garrafales que nos hacen dudar del criterio de sus managers. Ahí están la horrible portada de Born this way, la elección de sencillos como Judas o You & I, las vomitonas de colores de Swine y toda la era ArtPop en general, las pretensiones artísticas de extrema seriedad en las que cae una y otra vez a lo largo de su carrera… Puede que el videoclip de John Wayne estrenado esta semana, en el que vuelven los vestidos estrafalarios y las coreografías torponas, sea uno de estos tropiezos.

En todo caso, ya hemos visto que Gaga es capaz de reinventarse como Madonna y que, en cualquier momento, nos sorprenderá con algún nuevo éxito multiplatino, aunque puede que sea en dos, diez o quince años.

Canciones para una película de autor: Greatest Love Of All


Todos pensábamos que la ganadora del Oscar a Mejor Película En Habla No Inglesa iba a ser Elle o Neruda, o quizás Julieta. Pero nos equivocábamos: una vez anunciadas las nominaciones ninguna de esta tres películas conseguía una plaza en el quinteto final y el puesto de gran favorita lo ocupaba la alemana Toni Erdmann, una “comedia” dirigida por Maren Ade que ya había llamado la atención en el festival de Cannes y que había ganado en las categorías más importantes de los premios del cine europeo. Una vez vista la película, todos los elogios y galardones recibidos se quedan cortos: original e inclasificable, Toni Erdmann es cine del que llamamos “de autor” -de autora en este caso-, pero también una película que habla sobre padres e hijas, sobre cómo ser feliz en este mundo ultracapitalista, sobre cómo ser fiel a uno mismo y a sus deseos, además de dar varias ideas sobre cómo celebrar las mejores fiestas con tus compañeros de empresa.

Y todo esto lo consigue Ade mediante una narración que avanza libremente, oscilando entre la comedia y el drama, lo elegante y lo cutre, lo cotidiano y lo surrealista, una propuesta que puede desconcertar al espectador… o atraparle profundamente. Lo que es innegable es que quien la vea no podrá olvidar la escena en la que cobra protagonismo este clásico de Withney Houston, Greatest Love Of All.

Greatest Love Of All fue el séptimo y último sencillo extraído del disco de debut de Whitney, Whitney Houston, publicado en febrero de 1985, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su carrera, un baladón en el que dio rienda suelta a todo su poderío vocal. Fue número uno en el Billboard durante tres semanas de mayo de 1986, sucediendo en lo más alto de la lista a West End Girls de Pet Shop Boys y precediendo a Live to tell, de Madonna. Oh los 80, qué grandes eráis.

Greatest Love Of All era una versión de The Greatest Love Of All, una canción de George Benson grabada en 1977 para la banda sonora de la película The Greatest, biopic de Muhammad Ali en la que el boxeador se interpretaba a sí mismo. Al igual que con Nothing’s Gonna Change My Love For You, que Benson grabó primero pero siempre será un tema de Glenn Medeiros, el tema ya esté ligado para siempre a la figura de Whitney. De hecho, Gordon Lightfoot, que en 1987 puso una demanda en los juzgados alegando que el tema plagiaba una parte de su If you could read my mind, acaba retirándola por respeto a la cantante.

¿Y cuál es el amor más grande de todos? Pues nada menos que el amor a uno mismo: “Learning to love yourself / It is the greatest love of all”. Así visto, éste puede ser el mensaje de Toni Erdmann.

Resumen musical anual

En los años 90, cuando el Eurodance dominaba las pistas de baile y, por consiguiente, la radiofórmula, yo sabía distinguir perfectamente los sencillos de Snap, Culture Beat, 2 Unlimited o Corona sin problemas. Mi madre, devoradora de música desde los años sesenta, decía, en cambio que eran todas la misma canción. Hagamos ahora un flashforward hasta 2016 y me encuentro en la misma situación: no soy capaz de distinguir los temas del llamado Tropical House o “folkito fresquito” que ahora dominan el panorama comercial. Major Lazer, Kygo, The Avener, Lost Frequencies… ¿no acaban haciendo todos la misma canción, con los mismos tics y las mismas bases musicales? Los que llegaron para superar el EDM han acabado saturando el mercado y agotando a mis oídos. En fin, siempre nos quedará Calvin Harris, que escapó de la serpiente y volvió a cantar en un sencillo. My way es mi videoclip favorito de 2016.

Calvin, además, es de los que ha sabido que en el actual mercado publicar un disco es irrelevante. Un sencillo o dos te bastan para mantenerte en el candelero y construir tu carrera. Enrique Iglesias lo sabe y su Duele el corazón fue número uno en medio universo latino y países como Hungría, República Checa, Suiza o Rumanía. Shakira lo ha puesto en práctica con La Bicicleta y Chantaje. Justin Timberlake ha hecho de su Can’t stop the feeling fue una de las canciones más escuchadas del año. Jennifer Lopez lo intentó con Ain’t your mama, curiosamente ignorado en USA y UK, un éxito en el resto del mundo. Maroon 5 también se han apuntado a la moda con Don’t Wanna Know. Con permiso de Twenty One Pilots, Zara Larsson y The Chainsmokers han conseguido convertirse en dos de los artistas revelación de 2016 sin ningún disco a sus espaldas. En un mundo donde importan más las reproducciones en Spotify y los visionados en Youtube que las ventas reales, el LP parece un concepto del pasado.

Sin embargo, la carrera de los artistas sigue midiéndose por sus discos de larga duración, ya que parece que estos son declaraciones de intenciones y definen etapas estilísticas o temáticas. Adele ha sido la que más millones de copias ha vendido este año con 25, a punto de superar los 20 millones de ejemplares. Eso sí, hay que decir que ninguno de los sencillos que publicó este año ha conseguido igualar la fama de Hello o los que se extrajeron de 21. También hay que decir que el esfuerzo que hace en promocionarlos en casi nulo y así es como When we were young y Water under the bridge se han quedado sin videoclip.

Beyoncé ha sido la segunda artista más vendedora del año con Lemonade, disco con el que seguramente arrasará en la próxima edición de los Grammy. Paradójicamente, lleva sin tener un sencillo de auténtico éxito desde los tiempos de Sasha Fierce: se ha escuchado más en radios su colaboración con Coldplay en Hymn for the weekend que cualquier tema de Lemonade. Rihanna, en cambio, siempre se asegura tener un sencillo de éxito: por mucho que se suponga que Anti es su intento de hacer un disco coherente y ambicioso, al final no es tan diferente al resto de trabajos de su discografía. Lady Gaga apostó por el rock y el country en Joanne: quizás nunca vuelva a vender como en los tiempos de The Fame Monster pero por lo menos ha superado el bache creativo de ArtPop. Tras Hotline Bling, Drake se confirmó como una estrella global después de varios discos a sus espaldas gracias a One Dance. Lo mismo ha hecho The Weeknd, instalado ya entre los artistas más vendedores de la mano de Daft Punk. O Sia, convertida a estas alturas de su carrera en una inverosímil estrella pop. Bruno Mars no consiguió colocar 24K Magic en el número uno, pero viendo como agotó las entradas para su gira mundial en minutos no parece que tenga razones para preocuparse. Britney Spears, en cambio, quiso hacer un regreso por todo lo alto con Glory, pero se quedó a medio gas. Tampoco fue buen año para Kanye West: ser Dios en la tierra y estar casado con Kim Kardashian es demasiado para un hombre solo. La estrellita del pop del año ha sido, seguramente, Ariana Grande con su Dangerous Woman. Y si en años anteriores Miley Cyrus y Justin Bieber ya nos demostraron que nunca hay que despreciar a las estrellas del pop adolescente, este año fue Zayn el que nos dio Mind of mine, uno de los discos de pop más redondos del año. El más guapo de One Direction era el que tenía más talento.

Entre los favoritos de la crítica de este años nos encontramos con viejos conocidos como Bon Iver o Radiohead, mientras que lo nuevo de James Blake, The Last Shadow Puppets, M83 o Anohni fue algo ignorado en comparación con sus trabajos anteriores. También gustaron muchos los discos de la hermanísima Solange o Blonde, de Frank Ocean, que pueden terminar resultando más largos que un día sin pan. Sospecho que el paso del tiempo no les sentará nada bien. Creo, en cambio, que cualquier día Michael Kiwanuka se convertirá en una gran estrella. 2016 fue también el año en que vimos publicado, por fin, un nuevo disco de The Avalanches, quince años después de su debut. Un poco menos -11 años- les ha costado a los Rolling Stones publicar otro disco. Ellos siguen fieles al rock, ese estilo que cada vez vemos menos en las listas, al igual que Red Hot Chili Peppers, Metallica, Kings of Leon o Biffy Clyro.

Y como no, 2016 será el año que recordaremos por haberse llevado a George Michael, Leonard Cohen, Prince, Sharon Jones, Glenn Frey, Juan Gabriel, Manolo Tena, Black, Pete Burns… No olvidaremos como se despidió de todos nosotros David Bowie en Lazarus.

¿Y en España? El reguetón se ha convertido en el gran dominador del mercado de sencillos, con Maluma y J Balvin en cabeza. La sombra de La Voz es muy alargada en nuestra lista de ventas, mientras que en otoño nos dimos un baño de nostalgia y cobras recordando la primera edición de Operación Triunfo. Los 40 Principales nos sorprendieron al comenzar a pinchar a grupos como Love of Lesbian, Sidonie, Crystal Fighters o The XX, algo que tiene su lógica si tenemos en cuenta que no hay ciudad de España que no tenga su festival de música indie: hay ahí un enorme mercado por explotar. Volvimos a fracasar en Eurovision a pesar de llevar nuestra mejor propuesta en años y de que el Say Yay de Barei haya sido uno de los temas de esta edición más escuchados en Spotify. Y en 2017, nuevos discos de Lori Meyers, Los Planetas y La Casa Azul a la vista.