LA NOCHE CAE SOBRE MANHATTAN

La noche cae sobre Manhattan y millones de bombillas se iluminan.

Una de las cosas que más me apetecía de Nueva York era disfrutar de las vistas nocturnas de la ciudad. Hubiera podido prescindir de la excursión al mirador del Empire State, pero sí quería subir al Top of the Rock, de cuya existencia me enteré gracias a Joserra. Para mí, el Rockefeller Center era el sitio donde se patina sobre hielo en invierno a la sombra de la estatua dorada de Prometeo. No sabía que se podía subir hasta la terraza del edificio más alto y contemplar la jungla de asfalto en todo su esplendor. La metáfora más fácil es la de las miles de estrellas que brillan en una galaxia, o la de los diamantes en un joyero, pero en realidad se quedan cortas. A mí, particularmente, me sorprendieron dos cosas: la cantidad de aviones y helicópteros que circulan por encima de Manhattan (como luciérnagas voladoras en la noche); y el incesante ruido del tráfico y las sirenas de las ambulancias, los camiones de bomberos y los coches de policía, la banda sonora perfecta para la ciudad que nunca duerme (como si fuera el latido de su corazón y el zumbido metálico de sus venas urbanas).

No fue la única cosa que hice por primera vez en Nueva York. Por fin pude ir al auténtico MOMA (antes era demasiado pequeño para apreciarlo, y en el 2003 estaba cerrado por reforma y hubo que conformarse con el MOMA de Queens), paseé por el puente de Brooklyn, entré en la Grand Central Station y en el vestíbulo del Chrysler Building y vi la fachada de las Naciones Unidas, un lugar donde no me importaría trabajar algún día. Para mi próxima visita, querría ir a Ellis Island, visitar The Cloisters, caminar por el Brooklyn de Paul Auster y subirme a la noria de Coney Island (si es que sigue abierta). Y ver muchos más musicales en Broadway.

SENSES WORKING OVERTIME

Como dice Madonna, “I don’t like cities, but I like New York. Other places make me feel like a dork”.

Times Square sería algo así como la Puerta del Sol en Madrid, sólo que aquí sí que está permitido colocar rótulos luminosos sin valor histórico. Me da la impresión de que cada año hay más y que el despliegue de pantallas y luces de neón se va extendiendo por las calles vecinas. Los sentidos quedan sobreexcitados por tanto estímulo visual. Cada vez que pasaba por ahí me fijaba en algún detalle nuevo en el que antes no había reparado. El resultado es que uno tiene la sensación de que Nueva York le invade sin remedio, aunque sea a golpe de publicidad. Al fin y al cabo, ésta es la inagotable capital del capitalismo, donde todo se hace a lo grande y la actividad nunca se detiene. Desde claustros románicos hasta pagodas budistas, no hay nada que no se pueda encontrar en La Ciudad. Todas las demás son pueblos comparados con ella. Menos Madrid, claro, que es como NY, pero en pequeñito.