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Miami, una ciudad muy pop

Ya están emitiendo la octava temporada de una de nuestra series favoritas, Dexter. Esto nos sirve como excusa para comentar una reciente visita a la ciudad en la que está ambientada la serie: Miami, una ciudad muy pop.

El cine y la televisión han hecho que Miami esté muy presente en el imaginario popular: además del psicópata forense, a todo el mundo se le vendrá rápidamente a la cabeza la imagen de gangsters cubanos desquiciados, policías horteras, “bad boys”, el tupé de Cameron Diaz… Sólo por esto la ciudad ya puede considerarse un icono, pero aún hay más, el arte pop está muy presente en alguno de los sitios más interesantes a la hora de planificar una visita.

Esta foto (ésta en concreto no es mía sino de Wikipedia; el resto sí, lo prometo) es un ejemplo de las esculturas pop-art del brasileño Romero Britto que podemos encontrar por la calle. ¿Quien es Britto a todo esto? Pues viendo sus obras resulta una mezcla entre Lichtenstein, por la estética comiquera, y Warhol por la reinterpretación de la imagen de iconos populares. ¿Y quién es mas popular que Darth Vader?

Miami

Quien tenga interés en el artista y esté en Madrid puede pasarse por Pop Gallery 11 (Maldonado 11) donde se puede ver una exposición permanente desde mayo del año pasado.

Otro de los lugares más bonitos, más pop y visita obligada es el barrio Art Deco de Miami Beach. Aunque ganaría mucho si hicieran peatonal Ocean Drive, cosa que no creo que suceda, pasear por aquí es como viajar en el tiempo y zambullirse en la imagen colorida que todos tenemos en la cabeza de la ciudad. Hoteles y restaurantes se van alternando entre las palmeras a pocos metros de la playa. La experiencia de tomar un cocktail y observar el ambiente es altamente recomendable.

Miami

Por desgracia, y por unos pocos días, no pude disfrutar del Art Deco Weekend que se celebra anualmente. Como pequeña compensación se puede ver The Art Deco Shop perteneciente a la Miami Desingn Preservation League donde tienen todo tipo de simpáticos objetos retro. Yo ya tengo mi Kit-Cat de recuerdo colgado en mi habitación.

Kit Cat

 

VENEZIA

Durante mi Interail pasé tres noches y dos días en Venecia. Llegué a última hora de la tarde procedente de Verona. De repente, el tren se metió en el mar. En sus últimos kilómetros la vía del ferrocarril discurría por una estrecha franja de tierra rodeada de agua hasta llegar a su destino. Cuando salí de la estación me encontré, de golpe y sin previo aviso, con Venecia. Delante de mí tenía un canal por donde pasaban góndolas y un vaporetto. En la otra orilla, a mi derecha, había una iglesia marmórea. A la izquierda, un puente trazaba un arco de piedra sobre el agua. No había ni coches, ni calles. La luz dorada del atardecer no hacía más que aumentar la extraña sensación de encontrarse dentro de una postal o un decorado. Un tanto aturdido, me monté en un vaporetto para ir al hostal. Creo recordar que se hizo de noche rápidamente y que la ciudad pareció desaparecer. Cuando llegué al albergue hacía frío. Pocos minutos después, comenzó a llover. La tormenta duró toda la noche. Los rayos iluminaban Venecia intermitentemente.

A la noche siguiente también hubo tormenta, así que si tuviera que guiarme por mi experiencia personal, diría que en Venecia el tiempo es una sucesión de sol y lluvia y que todos los días pueden ser primavera, verano, otoño e invierno simultáneamente. Esta foto que hice al mar Adriático es la prueba de que digo la verdad.

dos-mares-en-un-solo-dia

Hay otro detalle que me hace relacionar Venecia con las tormentas. Cuando a la mañana siguiente visité la Galería de la Academía, me pasé varios minutos contemplando el cuadro de Giorgione titulado “La Tempestad”. Los libros lo describen como uno de los cuadros más enigmáticos de la Historia del Arte, ya que se desconoce cuáles son el significado de la escena y la identidad de sus personajes. Lo que sí puedo decir es que las tormentas de Venecia son idénticas a la que rompe las nubes al fondo del paisaje.

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No todo es antiguo en Venecia. En la ciudad se encuentra el museo de Peggy Guggenheim en un edificio inacabado junto al Gran Canal. Da la sensación de que han cortado los pisos superiores del palacio con un cuchillo gigante. Ahí la extravagante heredera de la familia de millonarios, además de enterrar a sus perros en el jardín y coleccionar artistas y amantes, fue reuniendo una interesante colección de arte contemporáneo. Las salas del museo son pequeñas, así que uno se siente como si estuviera caminando por una casa elegante decorada con obras de Kandinsky, Mondrian y Chirico, entre otros muchos. A las doce aparecieron unos camareros y repartieron vasos de Campari en una pequeña terraza junto al Canal. Para que todo fuera perfecto, en aquel momento la vida debería haber sido en blanco y negro, del mismo modo que debería haber sido en Technicolor al estilo de los años sesenta cuando fui a la playa del Lido.

A veces Venecia parece un parque temático del turismo. A las ocho de la mañana, la plaza de San Marcos estaba desierta, y una brisa fresca hacía que las góndolas amarradas se balancearan suavemente. Me atrevería a decir que es uno de los lugares más hermosos que he visto nunca. Era emocionante. Pocas horas después volví a pasar por la plaza y me encontré con hordas de turistas con gorritos y cámaras. Sentí lástima por la ciudad y prácticamente salí corriendo hacias las callejuelas traseras, así que no entré ni en la Basílica, ni en el Palacio Ducal, ni atravesé el Puente de los Suspiros. Esto, unido a la sospecha de que aun me faltan muchos secretos venecianos por descubrir, son buenas razones para volver a la que seguramente es la ciudad más famosa del mundo… con permiso de Nueva York, claro.

SVALBARD

Mientras iba al trabajo esta mañana y sentía como se me congelaba la cara, me he acordado de un sitio donde sí que hace frío de verdad: Svalbard. Ahí la tierra está cubierta de nieve y hielo prácticamente todo el año y la gente se desplaza con tríneos arrastrados por perros a través de las amplias y blancas llanuras. Los pueblos son pequeños, con casas de madera oscura. Las gentes del lugar cuentan historias sobre hermosas brujas de edades milenarias, islas que los osos polares han convertido en su propio reino y extraños lugares donde se rumorea que el Magisterio encierra a los niños que ha robado en todo el mundo para hacer siniestros experimentos con los que descubrir la auténtica naturaleza del Polvo y Sus Materias Oscuras. Al anochecer las Luces del Norte brillan en el cielo como si fueran la puerta a otros universos.

Luces del Norte

Al menos, eso es lo que recuerdo del viaje que hice por esas tierras junto a Lyra Belacqua durante los meses que estuve leyendo la trilogía escrita por Philip Pullman (“La Brujula Dorada”, “La Daga Sutil” y “El Catalejo Lacado”), una historia para jovenes de todas las edades sobre la muerte de Dios. Sí, de eso va la historia. No sé a qué mente de Hollywood se le ocurrió que podría hacer una película para toda la familia con ese material…

Durante un tiempo pensé que Svalbard era una tierra mítica, pero un día vimos en el mapamundi que decora mi cuarto de baño que no: ahí estaba Svalbard, muy al norte, un archipiélago de grandes islas perdido en el Círculo Polar Ártico. Incluso hay un pequeño islote llamado “Isla de los Osos”.

Svalbard

Lo que no hay, seguramente, son brujas, ni aeronautas que viajan en globo, ni épicas batallas entre ángeles y espectros, pero sí que es el lugar donde se custodia el futuro del planeta: en febrero de este año se abrió ahí el Banco Internacional de Semillas, un proyecto noruego para conservar millones de semillas de las especies vegetales de todo el planeta y preservarlas de cualquier posible desastre natural.

Quizás algún día la salvación de la Humanidad esté, de verdad, en Svalbard.

ALBUM DE FOTOS

Cuando viajo, a veces me gusta sentarme un rato y mirar a mi alrededor. Así me doy cuenta de que verdaderamente estoy ahí y no en una especie de parque temático de rascacielos, museos y tiendas. Sin hacer nada, sin fotografiar nada, sólo estar y sentir que formo parte, aunque sea sólo por unos días, de ese lugar.

ace76

Sería difícil escoger mi lugar favorito de Nueva York, pero si tuviera que elegir, me quedaría con el Ferry que va a Staten Island y desde el que se ven Manhattan, New Jersey, la Estatua de la Libertad… mientras decenas de neoyorquinos vuelven a casa o van a trabajar sin hacerle demasiado caso al paisaje.

Ahora es difícil no ver Manhattan con algo de melancolía y pensar en el día en que se derrumbaron las Torres Gemelas. Impresiona un poco ver en Battery Park los restos de la estatua que antes se encontraba entre los dos edificios.

Quizás por haber conocido en su momento las Torres Gemelas y haber subido hasta el piso más alto del World Trade Center, el Empire State Building no me atrae tanto y podría prescindir de su mirador. Sobre todo, desde que he descubierto la existencia del Top of the Rock. De noche, NY impresiona.

Top of the rock

Tampoco me resulta sencillo decir cuál es mi edificio favorito de Nueva York. Hoy me voy a quedar con la inconfundible silueta del Flatiron, cuya construcción terminó hace ya más de un siglo, en 1902.

Otro de mis rincones favoritos de Nueva York está en el Central Park. Me gusta comprobar que Alicia sigue celebrando el NoCumpleaños con la Liebre Marcera y el Sombrerero Loco mientras el gato de Cheshire les contempla, sonriente.

Alicia, Central Park

Esta vez también he podido comprobar que, quitando algunos cambios de iluminación y de orden en algunas salas, el Museo de Historia Natural sigue siendo el mismo que vi de pequeño y que los dinosaurios siguen siendo igual de grandes.

American Museum of Natural History

Eso sí, la próxima vez que vaya a NY, me gustaría ver un musical de Broadway cada noche. Incluso hasta volvería a ver éste:

Y ya está, no volveré a hablar de NY en una temporada, que no os quiero agotar. Pero antes, un par de detalles para los mitómanos. Éste es el portal de la casa de Carrie Bradshow.

Y ésta es la fachada del edificio donde estaban los apartamentos de Rachel y Monica y de Joey y Chendler.

Si no os habéis hartado de fotos, hay muchas más en Flickr.

LA NOCHE CAE SOBRE MANHATTAN

La noche cae sobre Manhattan y millones de bombillas se iluminan.

Una de las cosas que más me apetecía de Nueva York era disfrutar de las vistas nocturnas de la ciudad. Hubiera podido prescindir de la excursión al mirador del Empire State, pero sí quería subir al Top of the Rock, de cuya existencia me enteré gracias a Joserra. Para mí, el Rockefeller Center era el sitio donde se patina sobre hielo en invierno a la sombra de la estatua dorada de Prometeo. No sabía que se podía subir hasta la terraza del edificio más alto y contemplar la jungla de asfalto en todo su esplendor. La metáfora más fácil es la de las miles de estrellas que brillan en una galaxia, o la de los diamantes en un joyero, pero en realidad se quedan cortas. A mí, particularmente, me sorprendieron dos cosas: la cantidad de aviones y helicópteros que circulan por encima de Manhattan (como luciérnagas voladoras en la noche); y el incesante ruido del tráfico y las sirenas de las ambulancias, los camiones de bomberos y los coches de policía, la banda sonora perfecta para la ciudad que nunca duerme (como si fuera el latido de su corazón y el zumbido metálico de sus venas urbanas).

No fue la única cosa que hice por primera vez en Nueva York. Por fin pude ir al auténtico MOMA (antes era demasiado pequeño para apreciarlo, y en el 2003 estaba cerrado por reforma y hubo que conformarse con el MOMA de Queens), paseé por el puente de Brooklyn, entré en la Grand Central Station y en el vestíbulo del Chrysler Building y vi la fachada de las Naciones Unidas, un lugar donde no me importaría trabajar algún día. Para mi próxima visita, querría ir a Ellis Island, visitar The Cloisters, caminar por el Brooklyn de Paul Auster y subirme a la noria de Coney Island (si es que sigue abierta). Y ver muchos más musicales en Broadway.

SENSES WORKING OVERTIME

Como dice Madonna, “I don’t like cities, but I like New York. Other places make me feel like a dork”.

Times Square sería algo así como la Puerta del Sol en Madrid, sólo que aquí sí que está permitido colocar rótulos luminosos sin valor histórico. Me da la impresión de que cada año hay más y que el despliegue de pantallas y luces de neón se va extendiendo por las calles vecinas. Los sentidos quedan sobreexcitados por tanto estímulo visual. Cada vez que pasaba por ahí me fijaba en algún detalle nuevo en el que antes no había reparado. El resultado es que uno tiene la sensación de que Nueva York le invade sin remedio, aunque sea a golpe de publicidad. Al fin y al cabo, ésta es la inagotable capital del capitalismo, donde todo se hace a lo grande y la actividad nunca se detiene. Desde claustros románicos hasta pagodas budistas, no hay nada que no se pueda encontrar en La Ciudad. Todas las demás son pueblos comparados con ella. Menos Madrid, claro, que es como NY, pero en pequeñito.