TINTÍN EN LA ERA POP

Cuando era pequeño me regalaron “Las siete bolas de cristal”, el primer álbum de Tintín que recuerdo. Sobre todo, me acuerdo de que aparecía una momia inca que, en una pesadilla del reportero de edad indefinida, cobra vida y se cuela por una ventana en el dormitorio de Tintín para estrellar una bola de cristal contra el suelo. Toda la escena me producía escalofríos de terror e incluso procuraba leer el cómic sin abrir esa página.

rascar1

Traumas infantiles aparte, con este regalo Tintín se unió a otros personajes de cómic recurrentes de mi infancia como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Astérix o Mafalda. Mis primas catalanas tenían unas cuantas aventuras de Tintín en su casa y recuerdo haber leído ahí “La estrella misteriosa” o “Vuelo 714 para Sidney”. Sin embargo, donde más tebeos de Tintín leí fue en la sala de espera del dentista, donde había varios álbumes para que los niños que teníamos ortodoncia nos distrajéramos antes de que llegara la hora de la tortura mensual. La consecuencia directa de este hábito de lectura es que hubo unos cuantos ejemplares que nunca pude terminar de leer y de los que sólo recuerdo fragmentos sueltos e inconexos.

tintin-movie-poster

Por eso, cuando veía en el cine la película que ha hecho Spielberg sobre el personaje de Herge no estaba seguro de qué partes del argumento estaban sacadas de los libros y cuáles habían sido inventadas por el guionista… con la excepción de la lucha final entre el capitán Haddock y el villano de la función que me produjo cierta vergüenza ajena. Pero hasta que después leí sobre la película en Internet, no me di cuenta de que era una mezcla de “El secreto del unicornio” con “El cangrejo de las pinzas de oro”. Quizás por no ser un experto en Tintín pude disfrutar más de la película, una de las cintas más entretenidas que he visto en los últimos años, con un toque a lo Indiana Jones más que evidente en algunos momentos. Además, he de decir que la animación no resulta tan terrorífica como me pareció al ver el trailer. Sí, la animación por captura de movimiento siempre regala momentos en los que nos lleva a visitar el Uncanny Valley, pero en este caso no llega a los niveles de películas de Zemeckis como “Marte necesita madres” (echadle un vistazo al trailer si sois valientes). La adaptación del estilo de dibujo de Herge al mundo de las tres dimensiones es uno de los grandes aciertos de la película, así como el diseño de los títulos de crédito con referencias a todas las aventuras de Tintín.

El gran problema de esta versión cinematográfica a lo grande de Tintín es que es muy entretenida y… nada más. No hay emoción ninguna en esta película vacía de todo sentimiento, nada que recuerdes cinco minutos después de haber salido del cine. Es como montar en una montaña rusa, un viaje divertido y adrenalítico que se agota en sí mismo. Pasas un rato de lo más entretenido, pero el cine es algo más que emociones primarias.

QUE EL VASTO MUNDO SIGA GIRANDO

El siete de agosto de 1974, a las siete y cuarto de la mañana, Philippe Petit subió a la terraza de la Torre Sur del World Trade Center y atravesó el cielo de Manhattan caminando por un cable de acero hasta la Torre Norte. Fue un paseo de cuarenta y tres metros de longitud a más de cuatrocientos metros de altura que el funámbulo repitió ocho veces delante por encima de las cabezas de miles de personas que pudieron ver como su ciudad se convertía, por un día, en la pista de circo más grande del mundo.

QUE EL VASTO MUNDO SIGA GIRANDO

Este episodio de la historia de Nueva York sirve como elemento conductor, o más bien como leit-motif, para el escritor Colun McCann en su novela “Que el vasto mundo siga girando” (“Let the great world spin” es su título original), publicada el año pasado y galardonada con algunos de los principales premios del panorama literario estadounidense. Aparte de Phillip Petit y su paseo por el cielo, en sus páginas encontramos historias de prostitutas enganchadas al caballo y mujeres de la alta sociedad, artistas bohemios y emigrantes irlandeses, dibujantes de grafittis y pioneros de Arpanet, vidas diversas que terminan entrecruzándose durante unos instantes o confluyendo para siempre.

Sin embargo, cuando ayer terminé de leerlo, me dio la impresión de que la auténtica protagonista del libro es Nueva York, desde el Bronx hasta Park Avenue, un universo de personas con sus pequeñas y grandes tragedias y alegrías, una ciudad de ciudades que es fácil imaginar, para lo bueno o para lo malo, como capital de nuestro planeta. Y qué mejor símbolo de la evolución, los cambios, el drama, de Nueva York que sus Torres Gemelas…

EL ÚLTIMO VIERNES

Y así, casi sin avisar, ha llegado el último viernes de las vacaciones. Como era de esperar, al final no he hecho ni la mitad de cosas que me había propuesto para estos días libres. Pero, a cambio, he hecho otras que no tenía planeadas, como seguir aprendiendo a tirarme de cabeza al agua, comer rosquillas caseras hechas por la abuela de Diego, ver los trece primeros episodios de “Glee” y leer varios libros. Alguno resultó ser un rollo, así que mejor destaco los dos que más me gustaron: “Bilbao-New York-Bilbao”, de Kirmen Uribe, y “Nocilla Experience”, de Agustin Fernández Mallo (que me ha gustado más que “Nocilla Dream”). Ambos tienen en común una estructura narrativa aparentemente caótica en la que historias, anécdotas, datos, citas y evocaciones se suceden las unas a las otras sin una continuidad evidente. Pero cuando los terminas de leer, descubres que todo tenía un sentido y que el viaje a través de sus páginas ha sido ligero y enriquecedor. Es curioso, pero a veces, al leerlos, tenía la sensación de estar leyendo un blog o de navegar a través de la red, yendo de enlace en enlace. Internet es la nueva literatura.

YO

Hace unas semanas me lei “Yo”, subtitulado como “otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez”. Como ya pasaba con “Viviendo del cuento” y “El arte (conversaciones imaginarias con mi madre)”, este libro es mucho más que una recopilación de tiras. La aparente sencillez de los dibujos esconde un análisis introspectivo del autor, que desnuda sin miedo sus fantasmas y contradicciones y los comparte con el lector. En este libro, seguramente, es donde Juanjo Sáez se muestra más sincero y auténtico. A veces hace reír y otras veces, emociona.

Aunque fuera irónicamente, no me extraña que uno de los epígrafes que describen el contenido del libro sea “autoayuda”. Escribir y leer son formas de conocerse mejor.

EL MUSEO DE LA INOCENCIA

Ayer terminé de leer “El museo de la inocencia”, el último libro del escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Nobel de Literatura en el año 2006, y me dio la sensación de haberme pasado las dos últimas semanas recorriendo las calles y las casas de Estambul, viviendo el Bósforo y viendo como iba evolucionando la ciudad desde los años setenta hasta nuestros días: los lujosos restaurantes para la minoría privilegiada rica y supuestamente occidentalizada, las mansiones de madera a orillas del mar, los cines de verano al aire libre donde se proyectaban melodramas populares, las casas humildes del barrio de Cukurkuma, tan cerca de Taksim y la torre Galata, por donde yo he tenido la suerte de pasear varias veces en la vida real…

“El museo de la inocencia” es una historia de amor entre puro y desquiciante, el que siente Kemal, un hombre de clase alta que, poco antes de la fiesta de compromiso con su novia, se reencuentra con Fusum, una pariente lejana más joven y más pobre que él por la que se siente inmediatamente atraído. Con este material, Pamuk podría haber escrito un melodrama monumental de pasiones desatadas pero convencionales. En su lugar, nos encontramos con el relato de un amor saboteado por su propio protagonista, víctima de sus miedos y su sometimiento a las convenciones sociales de su entorno, una pasión enloquecida hasta lo enfermizo y que Kemal sublima a través de los pequeños objetos cotidianos que le recuerdan a Fusum y con los que va construyendo su museo personal, mucho menos inocente de lo que su nombre dice.

Pamuk participa en su novela como un personaje más, interviniendo como mero cronista de los recuerdos y pensamientos de Kemal, narrador absoluto de los hechos. El lector se enfrenta a la disyuntiva de optar entre creer si, como dice su protagonista, vivió una historia de amor hermosa que le llenó de felicidad o si, en realidad, nos encontramos ante el relato de una obsesión egoísta que destruyó la vida de todos los que se vieron implicados en ella. Los verdaderos sentimientos y deseos de Fusum nos permanecen siempre ocultos y sus acciones y palabras son siempre interpretadas por Kemal de manera que reafirmen su amor. ¿Pero es Kemal un narrador fiable?

Al fin y al cabo, lo que ocurre en el interior de la cabeza y el corazón de la otra persona siempre termina siendo un misterio para nosotros. Todo aquel que haya vivido un amor oculto o unidireccional (es decir, prácticamente todos) sabrá entender y justificar a Kemal. ¿Quién no ha terminado guardando algún objeto vulgar e inservible, convirtiéndolo en una pieza de valor incalculable, sólo porque fue tocado, usado o tuvo relación con esa persona, ese momento especial? Nuestras casas terminan convirtiéndose en museos de nuestras propias vidas.

EL CISNE NEGRO

Durante siglos, todos los cisnes fueron blancos. O más bien, en el ideal de Cisne no cabía la posibilidad de que fuera de otro color que no fuera el blanco. Una tercera manera de explicarlo: la frase “todos los cisnes son blancos” era un silogismo que se tenía por una verdad absoluta. En el siglo XVII los europeos llegaron a Australia y se encontraron con lo imposible: cisnes negros. El silogismo se hizo añicos y la verdad no resultó ser tan absoluta.

Esta es la historia que cuenta Nassim Nicholas Taleb en las primeras páginas de “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable”, el libro que he estado leyendo estos últimos días. Un Cisne Negro serían esos fenómenos inesperados, imprevistos e impensables que, sin embargo, suceden y tienen un gran impacto en nuestras vidas, como los atentados del 11S, el auge de Internet o la actual crisis económica. Durante páginas y páginas, Taleb nos recuerda que la vida real no funciona por modelos racionales, platónicos o matemáticos, afirma que “simplemente no podemos predecir” y que en lugar de buscar las pruebas que confirmen nuestras hipótesis, teorías y planteamientos, debemos de fijarnos en las que las desmientan, en esas pruebas negativas que, sin embargo, son silenciosas y casi invisibles. Sí, Taleb es fan de Popper. Y sí, yo tampoco me resisto a hacer chistes con el nombre de este filósofo.

Taleb también es fan de Hume y, como el filósofo de las bolas de billar, no se fía nada de la inducción y las relaciones de causa y efecto. Dice que la Historia no es esa sucesión de hechos encadenados que se explican los unos a los otros, sino que la Historia avanza a saltos y por accidentes casuales como el descubrimiento de América. De hecho, Taleb habla de la falacia narrativa y dice que la realidad no se puede explicar mediante narraciones que sólo establecen relaciones entre los hechos cuando estos ya han sucedido.

El libro carga, sobre todo, contra las actuales teorías económicas sobre el funcionamiento de la Bolsa, especialmente contra los modelos basados en la curva de Gauss y en la teoría de juegos. Estos modelos, al no tener en consideración los sucesos altamente improbables e impredecibles, no funcionan en la vida real… como la propia vida real se encarga de demostrarnos una y otra vez.

Cuando Diego vio el libro sobre la mesilla me pregunto si era “uno de esos libros de autoayuda”. Yo le dije que no, que era un ensayo. Pero una vez terminado de leer, me parece que sí que se podría considerar un libro de autoayuda, ya que, en realidad, sus más de 300 páginas se dedican a recordarte que lo evidente no es tan evidente, que lo que damos por seguro no es tan seguro, que lo más inesperado e improbable puede llegar a darse y que no hay que tener miedo a los Cisnes Negros. No podemos predecir cuando llegarán ni cómo serán, pero debemos de tenerlos siempre en cuenta para aprovecharnos de los buenos y protegernos de los malos.

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS

Dorothy me ha pasado un meme literario, en el que hay que enumerar los diez libros que más nos han gustado, y cinco de los que más detestes.

Empiezo con diez libros que me han gustado, sin un orden especial.

La montaña mágica, de Thoman Mann. Un año entero estuve leyéndome los dos tomos en que se compone esta obra magna, acompañando al joven Hans Castorp en su estancia en un sanatorio para tuberculosos a principios del siglo XX. Leer esta novela es como montarse en una máquina del tiempo al momento en que nacieron las ideologías que han marcado el último siglo.

Oceáno Mar, de Alessandro Baricco. Todas las novelas de Baricco tienen algo especial, pero en ésta es donde más equilibrados quedan realismo y fantasía. Me gusta porque su estilo limpio, sencillo y poético resulta fácil de leer sin perder poder evocador. Escribir bien no significa escribir barrocamente.

Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Pero también se puede ser muy denso y escribir muy bien. Las novelas de Javier Marías tienen muy poca acción y mucho pensamiento. Transcurren más en la mente de sus protagonistas que en la realidad, y tienen meandros y largas digresiones. Yo estoy seguro de que, si algún escritor español gana el Nobel en los próximos años, será él.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Es una elección que resulta tópica, pero nadie puede negar que es un gran libro (eso sí, es mejor olvidarse de las últimas novelas publicadas por el autor).

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio. De los libros que tuve que leer en el colegio, quizás es el que más me gustó. Cuando pienso en la España franquista, siempre recuerdo este día de campo en la sierra madrileña en el que no pasa nada… y pasa tanto.

Middlesex, de Jeffrey Eugenides (autor también de la estupenda Las Vírgenes Suicidas). Ganadora del premio Pulitzer, esta saga de una familia de ascendencia griega que se establece en Detroit en los años 30, contada por un hombre intersexual, es, quizás, la gran novela americana de esta década.

La música del azar, de Paul Auster. Es difícil quedarse con sólo una novela de Auster, pero a ésta le tengo cariño por ser una de las primeras que lei (y que presté y nunca me devolvieron, grrrr).

Digamos que me llamo Gantenbein, de Max Frisch, autor injustamente olvidado a quien debería releer, porque ahora mismo se me mezclan en la cabeza varias novelas suyas (que las descubrí en la librería de mi madre un verano y me las lei todas seguidas).

Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. La Historia de la Humanidad abarca unos pocos milenios, pero el Universo tiene quince mil millones de años… Bill Bryson resume brevemente todo ese período. Nunca la geología fue tan divertida.

Pyongyang, de Guy Delisle. Esta nóvela gráfica es el mejor retrato que he leido de la desconocida capital de Corea del Norte, un país con un regimen político que parece nacido de la mente de George Orwell.

Si volviera a hacer la lista, seguramente cambiaría algunos libros por otros (y pondría cosas de Atxaga, Fernández Mallo, Truman Capote, Knut Hansun, Tagore, Lorca o Shakespeare). Los libros que no me han gustado nada los enumero a continuación:

La Reina de las Nieves, de Carmen Martín Gaite.
Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.
Lo inhóspito, de Gonzalo Torné de la Guardia.
El insensible, de Andrew Miller.
Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago.

Evidentemente, he leido bestsellers mucho peores, pero al menos esos no engañan con pretensiones de ser gran literatura. Estos cinco libros, personalmente, me resultaron muy difíciles de leer, por farragosos y vacuos, por alambicados y cursis, por incoherentes, por su carencia total de originalidad o simplemente, porque les tengo mania (de hecho, estoy seguro de que la novela de Juan Marsé es un buen libro).

Si alguien quiere seguir con el meme, es libre de hacerlo, no voy a obligar a nadie.