YO

Hace unas semanas me lei “Yo”, subtitulado como “otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez”. Como ya pasaba con “Viviendo del cuento” y “El arte (conversaciones imaginarias con mi madre)”, este libro es mucho más que una recopilación de tiras. La aparente sencillez de los dibujos esconde un análisis introspectivo del autor, que desnuda sin miedo sus fantasmas y contradicciones y los comparte con el lector. En este libro, seguramente, es donde Juanjo Sáez se muestra más sincero y auténtico. A veces hace reír y otras veces, emociona.

Aunque fuera irónicamente, no me extraña que uno de los epígrafes que describen el contenido del libro sea “autoayuda”. Escribir y leer son formas de conocerse mejor.

EL MUSEO DE LA INOCENCIA

Ayer terminé de leer “El museo de la inocencia”, el último libro del escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Nobel de Literatura en el año 2006, y me dio la sensación de haberme pasado las dos últimas semanas recorriendo las calles y las casas de Estambul, viviendo el Bósforo y viendo como iba evolucionando la ciudad desde los años setenta hasta nuestros días: los lujosos restaurantes para la minoría privilegiada rica y supuestamente occidentalizada, las mansiones de madera a orillas del mar, los cines de verano al aire libre donde se proyectaban melodramas populares, las casas humildes del barrio de Cukurkuma, tan cerca de Taksim y la torre Galata, por donde yo he tenido la suerte de pasear varias veces en la vida real…

“El museo de la inocencia” es una historia de amor entre puro y desquiciante, el que siente Kemal, un hombre de clase alta que, poco antes de la fiesta de compromiso con su novia, se reencuentra con Fusum, una pariente lejana más joven y más pobre que él por la que se siente inmediatamente atraído. Con este material, Pamuk podría haber escrito un melodrama monumental de pasiones desatadas pero convencionales. En su lugar, nos encontramos con el relato de un amor saboteado por su propio protagonista, víctima de sus miedos y su sometimiento a las convenciones sociales de su entorno, una pasión enloquecida hasta lo enfermizo y que Kemal sublima a través de los pequeños objetos cotidianos que le recuerdan a Fusum y con los que va construyendo su museo personal, mucho menos inocente de lo que su nombre dice.

Pamuk participa en su novela como un personaje más, interviniendo como mero cronista de los recuerdos y pensamientos de Kemal, narrador absoluto de los hechos. El lector se enfrenta a la disyuntiva de optar entre creer si, como dice su protagonista, vivió una historia de amor hermosa que le llenó de felicidad o si, en realidad, nos encontramos ante el relato de una obsesión egoísta que destruyó la vida de todos los que se vieron implicados en ella. Los verdaderos sentimientos y deseos de Fusum nos permanecen siempre ocultos y sus acciones y palabras son siempre interpretadas por Kemal de manera que reafirmen su amor. ¿Pero es Kemal un narrador fiable?

Al fin y al cabo, lo que ocurre en el interior de la cabeza y el corazón de la otra persona siempre termina siendo un misterio para nosotros. Todo aquel que haya vivido un amor oculto o unidireccional (es decir, prácticamente todos) sabrá entender y justificar a Kemal. ¿Quién no ha terminado guardando algún objeto vulgar e inservible, convirtiéndolo en una pieza de valor incalculable, sólo porque fue tocado, usado o tuvo relación con esa persona, ese momento especial? Nuestras casas terminan convirtiéndose en museos de nuestras propias vidas.

EL CISNE NEGRO

Durante siglos, todos los cisnes fueron blancos. O más bien, en el ideal de Cisne no cabía la posibilidad de que fuera de otro color que no fuera el blanco. Una tercera manera de explicarlo: la frase “todos los cisnes son blancos” era un silogismo que se tenía por una verdad absoluta. En el siglo XVII los europeos llegaron a Australia y se encontraron con lo imposible: cisnes negros. El silogismo se hizo añicos y la verdad no resultó ser tan absoluta.

Esta es la historia que cuenta Nassim Nicholas Taleb en las primeras páginas de “El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable”, el libro que he estado leyendo estos últimos días. Un Cisne Negro serían esos fenómenos inesperados, imprevistos e impensables que, sin embargo, suceden y tienen un gran impacto en nuestras vidas, como los atentados del 11S, el auge de Internet o la actual crisis económica. Durante páginas y páginas, Taleb nos recuerda que la vida real no funciona por modelos racionales, platónicos o matemáticos, afirma que “simplemente no podemos predecir” y que en lugar de buscar las pruebas que confirmen nuestras hipótesis, teorías y planteamientos, debemos de fijarnos en las que las desmientan, en esas pruebas negativas que, sin embargo, son silenciosas y casi invisibles. Sí, Taleb es fan de Popper. Y sí, yo tampoco me resisto a hacer chistes con el nombre de este filósofo.

Taleb también es fan de Hume y, como el filósofo de las bolas de billar, no se fía nada de la inducción y las relaciones de causa y efecto. Dice que la Historia no es esa sucesión de hechos encadenados que se explican los unos a los otros, sino que la Historia avanza a saltos y por accidentes casuales como el descubrimiento de América. De hecho, Taleb habla de la falacia narrativa y dice que la realidad no se puede explicar mediante narraciones que sólo establecen relaciones entre los hechos cuando estos ya han sucedido.

El libro carga, sobre todo, contra las actuales teorías económicas sobre el funcionamiento de la Bolsa, especialmente contra los modelos basados en la curva de Gauss y en la teoría de juegos. Estos modelos, al no tener en consideración los sucesos altamente improbables e impredecibles, no funcionan en la vida real… como la propia vida real se encarga de demostrarnos una y otra vez.

Cuando Diego vio el libro sobre la mesilla me pregunto si era “uno de esos libros de autoayuda”. Yo le dije que no, que era un ensayo. Pero una vez terminado de leer, me parece que sí que se podría considerar un libro de autoayuda, ya que, en realidad, sus más de 300 páginas se dedican a recordarte que lo evidente no es tan evidente, que lo que damos por seguro no es tan seguro, que lo más inesperado e improbable puede llegar a darse y que no hay que tener miedo a los Cisnes Negros. No podemos predecir cuando llegarán ni cómo serán, pero debemos de tenerlos siempre en cuenta para aprovecharnos de los buenos y protegernos de los malos.

TODO ESTÁ EN LOS LIBROS

Dorothy me ha pasado un meme literario, en el que hay que enumerar los diez libros que más nos han gustado, y cinco de los que más detestes.

Empiezo con diez libros que me han gustado, sin un orden especial.

La montaña mágica, de Thoman Mann. Un año entero estuve leyéndome los dos tomos en que se compone esta obra magna, acompañando al joven Hans Castorp en su estancia en un sanatorio para tuberculosos a principios del siglo XX. Leer esta novela es como montarse en una máquina del tiempo al momento en que nacieron las ideologías que han marcado el último siglo.

Oceáno Mar, de Alessandro Baricco. Todas las novelas de Baricco tienen algo especial, pero en ésta es donde más equilibrados quedan realismo y fantasía. Me gusta porque su estilo limpio, sencillo y poético resulta fácil de leer sin perder poder evocador. Escribir bien no significa escribir barrocamente.

Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías. Pero también se puede ser muy denso y escribir muy bien. Las novelas de Javier Marías tienen muy poca acción y mucho pensamiento. Transcurren más en la mente de sus protagonistas que en la realidad, y tienen meandros y largas digresiones. Yo estoy seguro de que, si algún escritor español gana el Nobel en los próximos años, será él.

Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Es una elección que resulta tópica, pero nadie puede negar que es un gran libro (eso sí, es mejor olvidarse de las últimas novelas publicadas por el autor).

El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio. De los libros que tuve que leer en el colegio, quizás es el que más me gustó. Cuando pienso en la España franquista, siempre recuerdo este día de campo en la sierra madrileña en el que no pasa nada… y pasa tanto.

Middlesex, de Jeffrey Eugenides (autor también de la estupenda Las Vírgenes Suicidas). Ganadora del premio Pulitzer, esta saga de una familia de ascendencia griega que se establece en Detroit en los años 30, contada por un hombre intersexual, es, quizás, la gran novela americana de esta década.

La música del azar, de Paul Auster. Es difícil quedarse con sólo una novela de Auster, pero a ésta le tengo cariño por ser una de las primeras que lei (y que presté y nunca me devolvieron, grrrr).

Digamos que me llamo Gantenbein, de Max Frisch, autor injustamente olvidado a quien debería releer, porque ahora mismo se me mezclan en la cabeza varias novelas suyas (que las descubrí en la librería de mi madre un verano y me las lei todas seguidas).

Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson. La Historia de la Humanidad abarca unos pocos milenios, pero el Universo tiene quince mil millones de años… Bill Bryson resume brevemente todo ese período. Nunca la geología fue tan divertida.

Pyongyang, de Guy Delisle. Esta nóvela gráfica es el mejor retrato que he leido de la desconocida capital de Corea del Norte, un país con un regimen político que parece nacido de la mente de George Orwell.

Si volviera a hacer la lista, seguramente cambiaría algunos libros por otros (y pondría cosas de Atxaga, Fernández Mallo, Truman Capote, Knut Hansun, Tagore, Lorca o Shakespeare). Los libros que no me han gustado nada los enumero a continuación:

La Reina de las Nieves, de Carmen Martín Gaite.
Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.
Lo inhóspito, de Gonzalo Torné de la Guardia.
El insensible, de Andrew Miller.
Llámame Brooklyn, de Eduardo Lago.

Evidentemente, he leido bestsellers mucho peores, pero al menos esos no engañan con pretensiones de ser gran literatura. Estos cinco libros, personalmente, me resultaron muy difíciles de leer, por farragosos y vacuos, por alambicados y cursis, por incoherentes, por su carencia total de originalidad o simplemente, porque les tengo mania (de hecho, estoy seguro de que la novela de Juan Marsé es un buen libro).

Si alguien quiere seguir con el meme, es libre de hacerlo, no voy a obligar a nadie.

TODAVÍA NO ME QUIERES

Anoche terminé de leerme el libro que Vir me regaló por mi cumpleaños: Todavía no me quieres, de Jonathan Lethem. Es la historia de los componentes de un grupo de rock de Los Ángeles que está dando sus primeros pasos -aun no tienen nombre- y que ha conseguido escribir su primera gran canción. No es una novela coral, ya que el eje de la narración es la bajista del grupo, Lucinda, y sus relaciones con los distintos personajes que pueblan la novela: una directora de zoo de dominante personalidad, un hombre que se queja en una línea telefónica, un artista contemporáneo aficionado a olfatear sobacos ajenos, un guitarrista que sólo sabe tocar sentado o una canguro en una bañera, entre otros.

A veces me daba la impresión de que la extravagancia de los personajes es un tanto forzada y otras pensaba en que Lethem escribe como si Paul Auster hiciera novela juvenil (esto no es necesariamente algo negativo), pero la novela, en conjunto me ha parecido ágil, entretenida y con momentos brillantes a la hora de describir con palabras las emociones que provoca una canción (uno siente que está escuchando realmente “Ojos Monstruosos”) o los entresijos de una relación sexual que termina convirtiéndose en una historia de loco amor. Pero, sobre todo, recordaré Todavía no me quieres por este diálogo y una frase en concreto.

-¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? -preguntó a Matthew.
-¿Qué?
Le cogío del brazo, le cogió del cuello y lo atrajo hacia ella susurrándole a su mejilla nervuda y áspera. Tenía tanta hambre que se lo comería.
-Cómo se te marcan las venas de los antebrazos. Y la musculatura que te recorre la cintura. Me encanta que seas delgado.
-Eso es muy superficial, Lucinda.
No se puede ser profundo sin superficie.

Ahora me toca leer Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond. Ya os contaré.

SVALBARD

Mientras iba al trabajo esta mañana y sentía como se me congelaba la cara, me he acordado de un sitio donde sí que hace frío de verdad: Svalbard. Ahí la tierra está cubierta de nieve y hielo prácticamente todo el año y la gente se desplaza con tríneos arrastrados por perros a través de las amplias y blancas llanuras. Los pueblos son pequeños, con casas de madera oscura. Las gentes del lugar cuentan historias sobre hermosas brujas de edades milenarias, islas que los osos polares han convertido en su propio reino y extraños lugares donde se rumorea que el Magisterio encierra a los niños que ha robado en todo el mundo para hacer siniestros experimentos con los que descubrir la auténtica naturaleza del Polvo y Sus Materias Oscuras. Al anochecer las Luces del Norte brillan en el cielo como si fueran la puerta a otros universos.

Luces del Norte

Al menos, eso es lo que recuerdo del viaje que hice por esas tierras junto a Lyra Belacqua durante los meses que estuve leyendo la trilogía escrita por Philip Pullman (“La Brujula Dorada”, “La Daga Sutil” y “El Catalejo Lacado”), una historia para jovenes de todas las edades sobre la muerte de Dios. Sí, de eso va la historia. No sé a qué mente de Hollywood se le ocurrió que podría hacer una película para toda la familia con ese material…

Durante un tiempo pensé que Svalbard era una tierra mítica, pero un día vimos en el mapamundi que decora mi cuarto de baño que no: ahí estaba Svalbard, muy al norte, un archipiélago de grandes islas perdido en el Círculo Polar Ártico. Incluso hay un pequeño islote llamado “Isla de los Osos”.

Svalbard

Lo que no hay, seguramente, son brujas, ni aeronautas que viajan en globo, ni épicas batallas entre ángeles y espectros, pero sí que es el lugar donde se custodia el futuro del planeta: en febrero de este año se abrió ahí el Banco Internacional de Semillas, un proyecto noruego para conservar millones de semillas de las especies vegetales de todo el planeta y preservarlas de cualquier posible desastre natural.

Quizás algún día la salvación de la Humanidad esté, de verdad, en Svalbard.

EL MUNDO CON NOSOTROS

Hace un par de día terminé de leerme “El mundo sin nosotros”, de Alan Weisman. Lei un reportaje sobre el libro en El Pais Semanal y me pareció curioso… Desgraciadamente, lo más interesante ya estaba contenido en ese artículo. El libro me pareció una acumulación de datos con más o menos interés, pero con poca coherencia en conjunto. No me quedó claro qué quería contar el tal Weisman, aparte de que, si de repente desapareciéramos de la faz del planeta, la Naturaleza se encargaría en pocos siglos de borrar prácticamente toda huella de nuestra presencia. Sólo nos sobrevivirían los plásticos (hasta que la evolución creara microorganismos capaces de alimentarse de ellos), las estatuas de bronce, la cerámica o los residuos radioactivos, entre muy pocas cosas. Con el tiempo, la única huella que quedará de nosotros estará a millones de kilómetros en el espacio, en los discos y placas con información sobre el planeta que llevan las sondas Voyager y Pioneer.

Por cierto, algunos científicos han criticado esta y otras iniciativas similares, ya que califican de ingenuo y peligroso dar tanta información al Universo sobre como localizarnos. ¿Qué pasa si esos mensajes son interceptados por una raza de peligrosos alienígenas, mentes frías que nos observan desde el otro extremo de sus telescopios? Por lo pronto, en Turquía ya han grabado a un UFO sobrevolando el planeta. O al menos, eso dice ese periódico con tanta credibilidad llamado The Sun. Seguro que Antena3 se hace eco de la noticia… si consiguen emitir, claro.

Pero para fenómeno paranormal el que vi yo ayer en Tele5: Enrique Anaut ha vuelto. Ahora trabaja como actor en “Yo soy Bea”. Eso sí que es una resurrección.

EUROCAMPEONES

Es difícil hablar hoy de otra cosa que no sea la victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa. Me fascina la épica que destilan los titulares de la prensa. Torres y Casilla han sido convertidos en los superhéroes de la nación, junto con Villa, Cesc, Güiza de Bermúdez y los Xabis. Se unen a nuestro panteón de dioses nacionales junto con Nadal, Gasol, Alonso, Contador, Pereiro, David Cal, Gema Mengual, Marta Domínguez… Qué lejos quedan estos días en los que España no se comía un colín en deportes ni por casualidad.

Hoy se nota que la gente está más contenta y hasta nos sentimos un poco mejor. Así se nos olvida que los niveles de inflación están por encima del 5%. ¿Cuándo dejaremos de hablar de “desaceleración” para hablar de “frenazo”? A mí es que esto de la crisis sea opinable no me termina de convencer.

En “El economista camuflado”, Tim Harfod cuenta que el mercado es justo y equilibra el precio de las cosas. Un Frapuccino cuesta más de cuatro euros porque hay gente dispuesta a pagar cuatro euros por él. Por eso, Harford es partidario de que el Estado tenga una mínima participación en el campo de la economía, ya que éste se maneja por sus propias leyes y se autorregula a sí mismo. Harford afirma, más o menos, que los países pobres lo son porque ellos quieren y se dejan ahogar en su propia red de corrupción interna, y pone como ejemplo a China, que, una vez abrazó el capitalismo, comenzó a enriquecerse a velocidad de vértigo (la explotación del trabajador, la contaminación ambiental, la falta de respeto a los derechos humanos y la existencia de enormes bolsas de pobreza en el país eran pequeños “detalles sin importancia” para el autor). Por su parte, Phillip Pullman Jared Diamond, en “Colapso”, afirma que el enriquecimiento de China, India, Brasil y otros países con economías emergentes son incompatibles con la situación actual. El mercado mundial no está preparado para asumir las demandas de las nuevas clases consumidoras de este país. El sistema está estructurado para que una minoría de la población viva en la riqueza mientras que la mayor parte de la humanidad sobrevive como puede.

Visto lo visto, creo que el señor Diamond tenía razón y que la desaceleración actual no es culpa sólo de las subprimes estadounidenses ni de la subida de los precios del petróleo. El mundo se está transformando de arriba abajo, para bien o para mal, y lo estamos viendo cada día. En diez años, China será el nuevo lider mundial (si no lo es ya). A no ser que McCain arregle el desaguisado en que ha convertido George W. Bush su país y pueda reequilibrar la balanza entre Occidente y Oriente.

Y el señor Harford, aunque nos hable de capuccinos y ponga ejemplos fácilmente comprensibles, no tiene razón al afirmar que el mercado es justo e imparcial. Si todo el mundo comprara productos para consumir, quizás sí lo fuera: las cosas costarían lo que la gente está dispuesta a pagar por ellas. Pero cuando hay personas que se dedican a acumular cualquier producto sólo para especular con ellos y hacer que suba su precio artificialmente, ya sean viviendas o arroz, las reglas del juego se rompen.

¿Demasiado complicado? Sigamos con el fútbol, entonces… OEOEOEOEOEOE!!!

COLAPSO

Hace varios meses me lei “Colapso”, un libro de Jared Diamond que analiza el proceso histórico por el que varias grandes civilizaciones del pasado desaparecieron por completo, muchas de ellas en muy poco tiempo y justo cuando habían alcanzado su mayor momento de esplendor. Entre todas ellas, me estremeció la historia de la isla de Pascua.

Cuando los primeros occidentales llegaron a la isla de Pascua en el siglo XVIII quedaron fascinados por los moai, las gigantescas esculturas de piedra que se encuentran por todo el lugar. No conseguían entender cómo los primitivos habitantes de una isla diminuta (163 kilómetros cuadrados), alejada de toda tierra conocida (el lugar habitado más cercano son las islas Pitcairn, a más de dos mil kilómetros de distancia: no es de extrañar que sus pobladores la llamaran Te pito o te henua, que significa “el ombligo del mundo”) habían sido capaces de tallarlos, transportarlos por la isla y levantarlos en sus plataformas. La explicación más lógica fue, evidentemente, que fueron ayudados por extraterrestres. Siempre me ha fascinado esta fascinación de los alienígenas por tallar las cosas en piedra, como si fuera el material del futuro… ¿No habrán descubierto el plástico en Aldebarán?

No obstante, la respuesta estaba en la Botánica.

El paisaje actual de la isla de Pascua es el de una extensa pradera de hierba en la que apenas existen algunos matorrales de mediano tamaño. Sin embargo, los estudios científicos han demostrado que, en la época en la que se crearon los moais, el paisaje era muy distinto: una densa selva subtropical cubría la isla, y proveía a la docena de tribus que se habían dividido el territorio de todo lo necesario para subsistir. En Pascua crecía una especie de palmera, ahora extinta, más alta y de madera más resistente que cualquiera de las que ahora existen en el planeta. Con ella se construyeron viviendas, herramientas y todo lo necesario para trasladar a los moai desde la cantera de Rano Raraku hasta sus emplazamientos definitivos. La selva, además, era el hogar de numerosas especies de aves y mamíferos que servían de alimento. Simplificando las cosas, podemos decir que en la isla de Pascua se vivía muy bien, y los conflictos entre las tribus se reducían a ver quien construía el moai más alto.

Hasta que la selva desapareció.

Los habitantes de la isla la explotaron por encima de sus posibilidades y acabaron talando todas las palmeras. Con la extinción de las palmeras, la selva terminó desapareciendo y con ella los animales. En unos años, lo que había sido una cultura floreciente, colapsó por completo. Los moais ya no pudieron transportarse y muchos de ellos siguen en la cantera, inacabados. El hambre se extendió por la isla y sus habitantes dejaron de tallar enormes esculturas de piedra para hacer pequeñas figuritas de madera que muestran a figuras humanas famélicas, con los huesos marcados y caras esqueléticas. No se conservan muchas muestras de estas obras de arte ya que terminaron siendo usadas como combustible por la escasez de madera. La extinción de numerosos animales hizo que la dieta de los pobladores de Pascua se basara, fundamentalmente, en la carne de rata. Finalmente, apareció el canibalismo. La llegada de los pueblos occidentales no mejoró las cosas, ya que supuso la llegada de enfermedades nuevas y de la esclavitud. Se calcula que la isla de Pascua pudo tener una población cercana a los treinta mil habitantes. A principios del siglo XX, apenas un centenar de personas eran descendientes directos de los primeros pobladores de la isla de Pascua.

Ahora podemos sustituir “palmeras” por “petróleo” y empezar a afilar los cuchillos. No os olvidéis de que hemos empezado a cultivar maiz, no para que sea un alimento, sino para usarlo como combustible. Millones de personas van a morir de hambre para que nuestros coches sigan andando unos añitos más…

DIA 3

Anoche me quedé leyendo hasta las tres de la mañana. Y sí, terminé llorando, aunque el final no era tan absolutamente pesimista como pensé que iba a ser. Lo que tengo claro es que La Carretera ha sido uno de los libros que más me ha impactado en los últimos tiempos, aparte de ser uno de los mejor escritos que he leido nunca. Incluso ha hecho que me reconcilie un poco con No es país para viejos, que está basada en una novela del mismo autor, Cormac McCarthy. Ahora me voy a leer Lo inhóspito, de Gonzalo Torné de la Guardia. A ver qué tal está.

El concierto de Editors fue épico, dramático, intenso, tremendo, original, ruidoso y sensible. Pocas veces mi primera impresion de un grupo había sido tan equivocada. Es cierto que al principio pueden parecer melodramáticos y artificiosos, pero una vez que te quitas los prejuicios y empiezas a escuchar de verdad, las poderosas guitarras y la inconfundible voz de Tom Smith se te meten dentro de la cabeza y resuenan en todos los recovecos de tu cuerpo. Por una especie de milagro, el sonido de La Riviera del martes fue casi impecable y el cantante, una mezcla de Edward Norton y un enloquecido pastor de la iglesia del Rock, demostró tener mucho más carisma y presencia escénica que otros compañeros de promoción, como, por ejemplo, The Killers.

Y hoy mi vida en directo goza de la compañía de la MTV en sus multiples facetas. El fenómeno Porta me fascina, no por su música, que he de reconocer que tiene su punto (sus rimas me dan algo de risa, pero no me provocan vergüenza ajena como las de Haze), sino porque me parece la definición más clara de “producto” tal y como nos enseñó Risto Mejido. Por cierto, OT6 está a la vuelta de la esquina… Yupi!

Empiezo a tener ganas de saber cuando terminará este paro temporal… paciencia, ace, paciencia.