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Jeffrey Eugenides: La Trama Nupcial

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Jeffrey Eugenides debutó en 1993 con Las Vírgenes Suicidas, una novela infinitamente superior en todos los sentidos a la adaptación cinematográfica que hizo de ella Sofia Coppola. En 2002, Eugenides publicó la magistral Middlesex, ganadora del premio Pulitzer, apasionante historia sobre una familia de origen griego que tuvo que emigrar a Estados Unidos a principios de los años 20 narrada a lo largo de varias décadas por uno de sus miembros, el joven intersexual Cal. Casi una década hemos tenido que esperar para disfrutar de su tercera novela, La Trama Nupcial, un gran libro si lo comparamos con casi todo lo que se publica pero que quizás no esté a la altura de los dos primeros títulos de su autor.

Con La Trama Nupcial Eugenides ha querido escribir una historia de amor al estilo de las grandes novelas del género del siglo XIX, con ecos claros de Jane Austen, George Eliot y Henry James. Ambientada a principios de los ochenta, La Trama Nupcial gira en torno a tres personajes: Madeleine Hanna, una chica de buena familia de espíritu romántico; Leonard Bankhead, procedente de una familia humilde, alto, guapo, inteligente y carismático; y Mitchel Grammaticus, introvertido, espiritual y con una biografía con muchos puntos en común con la propia vida de Eugenides. Los tres coinciden en las aulas de la universidad de Brown y ahí Mitchell se enamora de Madeleine mientras ésta se enamora de Leonard y éste se enamora de ella… dentro de lo que le permiten sus circunstancias personales. Eugenides sigue los encuentros y desencuentros de estos personajes durante su último curso académico y su primer año después de dejar la Universidad, y lo hace, en efecto, respetando tramas y arquetipos de las novelas a las que quiere homenajear -novelas que, por cierto, son el eje de la tesis de Madeleine, apasionada por la era victoriana-. ¿Dónde se puede encontrar hoy día una trama nupcial? Ésa la pregunta que se plantea Madeleine en sus seminarios de semiótica de la mano de libros como El discurso amoroso, de Roland Barthes, y Eugenides trata de darle una respuesta a través de La Trama Nupcial. A lo largo del libro nos encontramos elementos esenciales como el triángulo amoroso, la influencia de los padres y de las fortunas familiares o los obstáculos que los amantes tienen que salvar para culminar su relación. Y por supuesto, hay una boda.

Sin embargo, Eugenides no se ha atrevido a ambientar su novela en el presente, sino que se ha trasladado hasta 1982… que parece cercano en el tiempo pero del que nos separan ya tres décadas: leyendo en la novela las habituales referencias que hace Eugenides a eventos y personajes populares de los períodos en los que ambienta sus libros, uno siente a veces que le están hablando de una época ya remota. Así mismo, de igual manera que Austen circunscribe sus historias al mundo de la clase alta británica, Eugenides ha tenido que ambientar su novela en un mundo tan cerrado y reducido como el de las universidades y las élites culturales de la Costa Este estadounidense. Afortunadamente, Eugenides es un escritor que sabe utilizar tópicos que podrían haber convertido La Trama Nupcial en un libro de Danielle Steel a través de su dominio del lenguaje y su capacidad para construir personajes que parecen reales: el ritmo que imprime a su escritura es casi cinematográfico, gracias a que siempre sabe escoger las palabras concisas y necesarias para describir acciones y pensamientos. Eugenides sabe ser conciso sin sacrificar la belleza. Por eso, es una pena que el autor parezca a veces cautivo de su propósito de escribir una obra heredera de las novelas decimonónicas. La Trama Nupcial es un libro interesante, emocionante por momentos, muy perspicaz en otros, pero podría haber sido un gran retrato de las clases pudientes de principios de los ochenta si se hubiera liberado de su carácter de experimento metaliterario.

Mark Z. Danielewski: House of Leaves

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House of Leaves es una novela de terror con la que el estadounidense Mark Z. Danielewski debutó en el año 2000. Se la puede calificar como “novela de terror” porque, en efecto, puede hacer que el lector duerma mal dos o tres o cuatro noches por la desazón que producen algunas de las ideas sobre las que está construido el libro, pero en realidad es mucho más que eso. House of Leaves es la historia de Johnny Truant, un joven veinteañero aficionado a las drogas y el sexo que trabaja como aprendiz en una tienda de tatuajes de Los Angeles. Una noche de invierno de 1996 su amigo Lude le despierta porque ha encontrado muerto a su vecino, un anciano ciego llamado Zampanò, y quiere que le acompañe a inspeccionar el apartamento del fallecido. Ahí Truant encuentra centenares de páginas escritas en las que Zampanò disecciona una película titulada “The Navidson Record”, un supuesto documental que narra la historia del famoso fotógrafo Will Navidson, quien se traslada con su familia a una casa en Virginia. Un día, sin previo aviso, una puerta aparece en la pared del salón. Aunque por su posición debería dar paso al exterior de la casa, la puerta conduce a un pasillo sumergido en la oscuridad que conduce a otro pasillo que conduce a una enorme sala que conduce a una sala mayor en la que se encuentra una gigantesca escalera de caracol que desciende en la oscuridad hasta… House of Leaves trata, pues, sobre la grabación de los eventos que sucedieron en una casa encantada tal y como los analiza un anciano ciego tal y como los editó Johnny Truant para publicar el libro, salpicándolo con sus propias notas a pie de página que acompañan a las que hace Zampanò, además de las que hacen los editores del libro. Y en este juego de espejos, muñecas rusas y arquitectura escheriana, el lector no deja de ser una pieza más del engranaje. No es de extrañar que House of Leaves se haya convertido en una novela de culto en el mundo anglosajón.

Una lectura muy adecuada para el metro

Una lectura muy adecuada para el metro

House of Leaves es una de esas obras que van más allá de lo posmoderno, una novela donde lo que se cuenta llega a ser menos importante de como se cuenta. Danielewski juega con los colores (la palabra “casa” siempre aparece escrita en azul, por ejemplo), los tipos de letra, los idiomas, la disposición del texto en las páginas… incluso llega a utilizar el Braille para una de ellas. Leer este libro es entrar en un laberinto tan extraño y cambiante como el que aparece en la casa de Navidson.

Quizás todo sea un truco para superar las 700 páginas.

Quizás todo sea un truco para superar las 700 páginas.

El mérito de Danielewski es haber conseguido que todo este juego estilístico y casi arquitectónico a la hora de presentar House of Leaves al lector tenga unos cimientos profundos. El libro es más que un experimento formal: hay una, dos o tres historias detrás de estas páginas capaces de inquietar, fascinar y emocionar al lector… aunque personalmente me interesaron más las aventuras de Navidson en el interior del laberinto del Minotauro que el descenso a los infiernos y a la locura de Truant.

Todo se entiende en su contexto.

Todo se entiende en su contexto.

A lo largo de sus páginas tenemos sitio también para chistes, ensayos filosóficos, polaroids, collages, las cartas de Pelafina escritas a su hijo desde el sanatorio mental de Whalestoe… Y por si fuera poco también existe Haunted, un interesante disco publicado el mismo año de edición de House of Leaves por Poe, hermana de Marz Z. Danielewski, inspirado en los personajes y escenarios del libro. Afortunadamente para los lectores españoles, por fin se ha traducido el libro a nuestro idioma. La casa de hojas será publicada por Alpha Decay en colaboración con Palido Fuego este próximo otoño.

El gran Gatsby

En 1925 F. Scott Fitzgerald publicaba la que ha terminado siendo su obra más conocida: El gran Gatsby. Aunque fue muy bien recibida por la crítica, no repitió el éxito de ventas de los dos primeros libros de Fitzgerald y no fue hasta unos años después de la muerte de su autor en 1940 cuando la historia de Gatsby empezó a ser considerada como uno de los mejores ejemplos de lo que se suele llamar “la gran novela americana”. Seguramente, gran parte de la visión que tenemos de cómo era la sociedad estadounidense de los años 20 es consecuencia de cómo describió Fitzgerald esos años de prosperidad económica, contrabando de alcohol, mujeres de melena y falda cortas y mucho jazz. Gatsby y los personajes que le rodean se han terminado convirtiendo en arquetipos y son múltiples las referencias a ellos que podemos encontrar en libros, películas y series de televisión.

Portada original de la novela

Portada original de la novela

No es de extrañar, por tanto, que el libro haya sido llevado a la gran pantalla en numerosas ocasiones… aunque nunca con demasiada fortuna. En 1926 se rodó la primera adaptación cinematográfica de El Gran Gatsby, una película muda de la que sólo se conserva un trailer. En 1949 se rodó una versión con Alan Ladd en el papel protagonista mientras que en 1974 Jack Clayton se encargó de dirigir la que es la adaptación más conocida hasta la fecha. A pesar de su exquisita dirección artística y de la presencia en el reparto de Robert Redford y Mia Farrow, la película fue muy mal recibida por la crítica, que la calificó de “carente de vida y alma”. Veremos qué pasa con la que se está vendiendo como la adaptación definitiva de la obra de Fitzgerald y una de las películas de la temporada. El director de Moulin Rouge! y Australia, Baz Luhrmann, vuelve a trabajar con Leonardo DiCaprio después de aquella adaptación contemporánea que hicieron de Romeo y Julieta en 1996. Carey Mulligan, Tobey Maguire, Isla Fisher y Joel Edgerton completan el reparto de un título que terminó de rodarse en enero de 2012 y que, supuestamente, iba a estrenarse el pasado mes de diciembre para optar a la lucha por los Oscars. Aunque los retrasos no suelen ser buena señal, las primeras imágenes que se han visto de El Gran Gatsby nos permiten adivinar que Luhrmann ha creado un espectáculo visual donde ha dado rienda suelta al barroquismo y la extravagancia que han terminado convirtiéndose en sus señas de identidad. Por supuesto, otra característica de sus películas es que cuentan con una cuidada banda sonora. En esta ocasión, entre los artistas que sonarán en El gran Gatsby están Bryan Ferry, Jack White, The XX, Gotye, Lana del Rey, Florence + The Machine o Beyoncé y André 3000 haciendo una versión del Back to Black de Amy Winehouse. Algunos de ellos suenan en el trailer de la película.


¿Estará el contenido a la altura del envoltorio? El 17 de mayo lo sabremos.

Reykjavík línea 11: Knut tenía razón

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Islandia está de moda. Puede que la culpa sea de Björk, Sigur Ros y compañía, de los volcanes de nombre impronunciable que entran en erupción y colapsan el tráfico aéreo, o de la manera -un tanto mitificada- con la que han afrontado la crisis (ya sabéis, encarcelando a los banqueros y con una nueva constitución redactada por el pueblo). Sin embargo, aunque el país escandinavo siguiera siendo esa isla semiolvidada cerca del Ártico, Raúl Portero habría escrito igualmente Reykjavík línea 11, su tercer libro después de La vida que soñamos y La piel gruesa. Portero es un enamorado de Islandia y eso se nota en cada página de esta historia, que podría haberse convertido en la colección de postales turísticas de un forastero y que, sin embargo, consigue transmitir la sensación de haber sido escrita por un islandés, o por alguien que lleva Islandia dentro de sí. Tanto, que al terminar de leerlo, uno tiene la sensación de haber caminado realmente por las calles heladas de esa ciudad donde todos se conocen.

Reykjavík -sus bares, sus pequeños pisos, su frío invierno- es el escenario de un libro que comienza con un flechazo: el que siente el islandés Einar por Arnau, un español que ha decidido instalarse en la capital islandesa después de una depresión. Ambos se buscan y se encuentran, y a la vez que buscan al otro, terminan encontrándose a sí mismos. En cierta manera, su historia de amor -un amor contado con naturalidad y realismo, sin excesos apasionados- es la historia de como dos personas dejan atrás el lastre del pasado para vivir plenamente el presente. ¿El futuro? Ya se verá… Raúl Portero puede dar la sensación de dejar sus libros con finales demasiado abiertos o ambiguos, pero cuando uno descubre en sus páginas finales el significado de la frase “Knut tenía razón”, entiende que todo lo importante ya está más que dicho.

Amores minúsculos

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Amores Minúsculos es el primer trabajo en solitario de Alfonso Casas, a quien descubrí hace dos años como dibujante de la interesante novela gráfica Marica Tú. En esta ocasión, Casas es autor tanto del dibujo como del argumento de una obra en la que se entrelazan pequeños amores que se escriben en minúsculas pero que acaban siendo tan emocionantes -y seguramente mucho más verdaderos- que las épicas historias de amor de los clásicos románticos y los grandes melodramas. Amores minúsculos es la historia de Jaime, un aspirante a novelista que vive esperando a que le pase algo, un algo que llegará en forma de Eva, una de esas chicas especiales que sólo se encuentran una vez en la vida y de las que nunca sabes si desaparecerán con la misma facilidad con la que aparecieron. Pero también es la historia de Nacho, quien se pasa las tardes dibujando en una plaza de Barcelona a los que caminan por ahí, especialmente a un chico rubio por el que se siente atraído aunque no sepa nada de él. Y también es la historia de Laura, una contable que tiene una cita con un cantante-actor-DJ (¿quién no conoce a alguno de estos?), empeñada en descubrir si hay algo debajo de ese montón de nada, una relación en la que nunca quedará claro quién es el seductor y quién el seducido.

Amores minusculos

En los agradecimientos del libro, Casas reconoce que vendió la idea a la editorial con lo que denomina “una horrible descripción”: con un toque de Isabel Coixet y un puntito del constumbrismo de Murakami. En realidad, tampoco andaba tan desencaminado. Amores Minúsculos se mueve continuamente entre lo detallista y el minimalismo, relatando y retratando lugares cotidianos y familiares donde cosas que parecen tan insignificantes como un desayuno continental o un puñado de clips se cargan de contenido emocional. Lo mismo se puede decir del estilo del autor, que sabe dibujar con claridad lo esencial de sus personajes prestando a la vez una atención minuciosa a los entornos y paisajes que les rodean: en este caso, una Barcelona gótica perfectamente reconocible para el lector.

Lo único malo de Amores Minúsculos es que si te pasa como a mí, te lo leerás de una sentada en un par de horas. Lo bueno es que siempre puedes volver a abrirlo por la primera página para disfrutarlo de nuevo.

CRÓNICAS DE JERUSALÉN

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“Crónicas de Jerusalén” es el último libro publicado por el dibujante francocanadiense Guy Delisle y sería el cuarto en una serie que comenzó con la publicación de “Shenzen” en 2000 y siguió con el imprescindible “Pyongyang” (2003) y “Crónicas birmanas” (2007). Al igual que en los títulos anteriores, Delisle se basa en sus experiencias personales para hacer una crónica de su estancia en Israel, país en el que vivió de agosto de 2007 a 2008 junto con sus hijos y su mujer, desplazada ahí por su trabajo para Médicos sin Fronteras.

Delisle es siempre el protagonista absoluto de estos libros y eso hace que el lector se pueda identificar fácilmente con él. Leerlos es ponerse en su piel y ver la realidad de Jerusalen o Corea del Norte a través de sus ojos. Las pequeñas anécdotas, los hechos aparentemente triviales o los detalles costumbristas dicen mucho más de estos lugares que cualquier documental. En sus primeras páginas, por ejemplo, Delisle dibuja su visita a un asentamiento judio situado en la parte oriental de Jerusalén. Termina yendo a un centro comercial donde encuentra su marca favorita de cereales para el desayuno. Después de varias dudas, decide no comprarla, ya que según las ONGs, “comprar en los asentamientos es apoyarlos”. Al salir del local, se encuentra con tres mujeres árabes que salen del mismo supermercado con las bolsas llenas de productos que acaban de comprar. Éste es sólo uno de esos momentos inesperados que retratan a un país dividido en dos bloques trágicamente enfrentados y condenados a entenderse.

Por supuesto, en “Crónicas de Jerusalen”, Delisle también visita los lugares santos, pasea por los barrios de los judios ultraortodoxos, conoce Hebrón de la mano de una organización de antiguos militares israelíes que denuncia la ocupación (y después vuelve a visitar la ciudad junto con los colonos que la ocupan), viaja a Tel Aviv y Ramala, pasa por los chekpoints, dibuja páginas y páginas del muro construido por el gobierno de Israel para marcar su frontera con Palestina, hace turismo, compra un coche, come kebabs…

TINTÍN EN LA ERA POP

Cuando era pequeño me regalaron “Las siete bolas de cristal”, el primer álbum de Tintín que recuerdo. Sobre todo, me acuerdo de que aparecía una momia inca que, en una pesadilla del reportero de edad indefinida, cobra vida y se cuela por una ventana en el dormitorio de Tintín para estrellar una bola de cristal contra el suelo. Toda la escena me producía escalofríos de terror e incluso procuraba leer el cómic sin abrir esa página.

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Traumas infantiles aparte, con este regalo Tintín se unió a otros personajes de cómic recurrentes de mi infancia como Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Astérix o Mafalda. Mis primas catalanas tenían unas cuantas aventuras de Tintín en su casa y recuerdo haber leído ahí “La estrella misteriosa” o “Vuelo 714 para Sidney”. Sin embargo, donde más tebeos de Tintín leí fue en la sala de espera del dentista, donde había varios álbumes para que los niños que teníamos ortodoncia nos distrajéramos antes de que llegara la hora de la tortura mensual. La consecuencia directa de este hábito de lectura es que hubo unos cuantos ejemplares que nunca pude terminar de leer y de los que sólo recuerdo fragmentos sueltos e inconexos.

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Por eso, cuando veía en el cine la película que ha hecho Spielberg sobre el personaje de Herge no estaba seguro de qué partes del argumento estaban sacadas de los libros y cuáles habían sido inventadas por el guionista… con la excepción de la lucha final entre el capitán Haddock y el villano de la función que me produjo cierta vergüenza ajena. Pero hasta que después leí sobre la película en Internet, no me di cuenta de que era una mezcla de “El secreto del unicornio” con “El cangrejo de las pinzas de oro”. Quizás por no ser un experto en Tintín pude disfrutar más de la película, una de las cintas más entretenidas que he visto en los últimos años, con un toque a lo Indiana Jones más que evidente en algunos momentos. Además, he de decir que la animación no resulta tan terrorífica como me pareció al ver el trailer. Sí, la animación por captura de movimiento siempre regala momentos en los que nos lleva a visitar el Uncanny Valley, pero en este caso no llega a los niveles de películas de Zemeckis como “Marte necesita madres” (echadle un vistazo al trailer si sois valientes). La adaptación del estilo de dibujo de Herge al mundo de las tres dimensiones es uno de los grandes aciertos de la película, así como el diseño de los títulos de crédito con referencias a todas las aventuras de Tintín.

El gran problema de esta versión cinematográfica a lo grande de Tintín es que es muy entretenida y… nada más. No hay emoción ninguna en esta película vacía de todo sentimiento, nada que recuerdes cinco minutos después de haber salido del cine. Es como montar en una montaña rusa, un viaje divertido y adrenalítico que se agota en sí mismo. Pasas un rato de lo más entretenido, pero el cine es algo más que emociones primarias.