La fiesta (afónica) de Mika

Aun quedaba una hora para que se abrieran las puertas de La Riviera y la cola de personas que esperaban para entrar comenzaba a convertirse en una espiral sobre sí misma. Aunque pasar del Palacio de los Deportes en su último concierto en Madrid a la sala a orillas del Manzanares es un indicativo de la caída de su popularidad, creo que Mika conserva el tirón suficiente para poder llenar un recinto algo mayor.

Una vez dentro de La Riviera se notaba que el público tenía ganas de pasárselo bien. Algunos fans comenzaron a lanzar caramelos y a inflar globos mientras sonaban el Into the Groove de Madonna o el Meddle de Little Boots, entre otros temas. Pocos minutos después de las nueve se apagaron las luces y la banda salió al escenario, todos uniformados con pantalones grises, camisas blancas, tirantes y gorras. Con Relax, take it easy comenzó la fiesta pop de un Mika que no dejó de bailar y sonreír en toda la noche. Antes de empezar la segunda canción, tuvo que disculparse ante el público en su más que aceptable español por no estar en las mejores condiciones para cantar y explicó que había estado a punto de suspender el concierto, pero que había preferido arriesgarse y contaba con nuestra ayuda para salir airoso. Aunque hubo momentos en que temí que Mika tuviera que poner fin al concierto antes de lo previsto al verle sufrir con temas como Rain o Stardust, el chico que sabía demasiado suplió sus problemas vocales con su encanto personal y esa complicidad que consigue crear tanto con sus seguidores como con los músicos que le acompañan sobre el escenario, al que subieron también una veintena de fans para hacer una especie de coro en algunos momentos de la noche.

Al igual que The Origin of Love, el concierto fue un claro reflejo de que Mika está atravesando un buen momento en lo personal. La noche fue una fiesta en la que apenas hubo lugar para las canciones más tristes o melancólicas de su repertorio: no hubo Over my shoulder, ni Happy Ending, ni tampoco (inexplicablemente) Overrated o Make you happy. El repertorio se centró principalmente en las canciones de su último disco y en los temas más famosos de su ópera prima, mientras que The boy who knew too much sólo estuvo representado por Blue Eyes, Rain y We Are Golden, que tuvo el honor de cerrar el concierto. Era el punto final a una noche que tuvo grandes momentos como una versión prolongada hasta los diez minutos de Love Today, un tema que cada vez me parece mejor; un Love you when I’m drunk con el estribillo adaptado al español (“sólo te quiero, sólo te quiero, yo te quiero con una copa, una copa de más”) y un Elle Me Dit cantado en francés, como corresponde. Con canciones así y con la fidelidad a prueba de bombas (y afonías) de sus seguidores, Mika no debería preocuparse demasiado por su futuro en la industria.

Lagarto Amarillo en el Mercado de San Antón

Como ya dije, Lagarto Amarillo son uno de los grupos ascendentes en el actual panorama musical español, como demuestra el hecho de que participen en iniciativas como los conciertos Break & Music, patrocinados Kit Kat y los 40 Principales. Fue el pasado jueves, a las dos de la tarde, en un peculiar escenario: el Mercado de San Antón.

Segunda planta: Lagarto Amarillo

A pesar de lo extraño de la hora y del lugar, el grupo de los hermanos Mora firmó un notable concierto acústico en el que el grupo puedo demostrar su buen hacer. Fueron cinco temas pertenecientes a su tercer trabajo, Estoy mintiendo de verdad. Comenzaron con Parte de mí, para seguir con Por eso (Kantamelade), Una vez más y Dejarse la piel. El broche final lo puso Culpable, emocionante canción que ya es parte de la historia del pop español: fue el último tema que interpretó Antonio Vega sobre un escenario antes de morir, como bien contó mi hermano en su blog.

Coca Cola Music Experience

Coca Cola celebró el pasado viernes la segunda edición de su Coca Cola Music Experience, un macroconcierto pensado con el público juvenil en mente. En esta ocasión invitaron a varios blogueros a ver el evento desde dentro, y este blog tuvo la suerte de ser uno de ellos. Acompañado por Joserra, aka Vidilla, en calidad de fotógrafo, pudimos ver las tripas del laberíntico Palacio de los Deportes, asomarnos a los camerinos de los artistas (tres para Simple Plan, dos para Pablo Alborán, por cierto), ver alguno de los ensayos y saludar a Tony Aguilar, locutor emblemático de los 40 (aquellos tiempos míticos de Fan Club, cuando éramos más jóvenes y menos pretenciosos).

Fotografía: Joserra Fudio

A las seis comenzaron las primeras actuaciones de la noche con una selección de artistas nóveles que están buscando su lugar en el mundo de la música, una serie de nombres que van desde el pop de Guevara o Efecto Pasillo hasta el rock más potente de Everlyn, pasando por las propuestas más bailables de Abraham, Auryn -la boyband que nunca agradecerá lo suficiente no haber sido elegidos para representar a España en el Festival de Eurovisión de 2011- o Xuso Jones, cuyo Buy the DJ a round no tiene nada que envidiar a muchos temas dance cantados por artistas anglosajones. Después llegó la hora de los ascendentes Lagarto Amarillo y de uno de los platos fuertes de la noche, los canadienses Simple Plan, que demostraron que su pop-rock juvenil, un estilo que dominan como nadie al otro lado del Atlántico, tiene mucho más tirón entre el público español del que podría pensarse y que su repertorio va mucho más allá de Welcome to my life.

Fotografía: Joserra Fudio

Poco después de las once de la noche salía a escena la gran estrella de la velada: Pablo Alborán. Después de una ajetreada semana de promoción por el lanzamiento de Tanto, su segundo (o tercero, si contamos su disco en acústico) trabajo, durante la que ha hecho maratonianas firmas de discos de más de siete y ocho horas de duración, el malagueño comenzaba su concierto con Perdóname y miles de gargantas cantaban con él. Al tercer tema, Alborán se quedó sólo en el escenario y se sentó al teclado para interpretar el tema por el que muchos le descubrimos: Solamente Tú. Las fans -especialmente las que llevaban haciendo cola desde la noche anterior- se derritieron.

Fotografía: Joserra Fudio

En menos de dos años, Pablo Alborán se ha convertido en el artista que más discos vende en España, alcanzando cifras que el mercado nacional llevaba mucho tiempo sin ver. La historia es sencilla: chico joven y guapo sube sus canciones a Youtube, va ganando seguidores, ficha por una discográfica y suponemos que la maquinaría publicitaria hace lo demás… Pero no deberíamos desconfiar en el criterio de las masas: el público es mucho menos tonto de lo que se suele pensar y si no hubiera “algo más” detrás del producto Alborán, seguramente su éxito no habría sido tan rotundo. Escuchándole en directo, queda claro que la fórmula de hacer canciones de amor cercanas es mucho más compleja de lo que parece. Alborán domina el arte de cantar bonito y sabe perfectamente que no es necesario hacer alardes vocales ni abusar del deje flamante para transmitir lo que quiere contar. Su música no es innovadora ni especialmente original, pero el hecho es que sus canciones dan la impresión de que dentro de años serán clásicos. Seguramente, ese clasicismo sea el secreto de su éxito.

La fiesta terminó con la actuación sorpresa de Carlos Jean, quien hizo bailar a los que aun aguantaban en pie. Así se puso el punto final al Coca Cola Music Experience, una oportunidad de conocer de primera mano la realidad y el futuro de la música comercial española.

Bon Iver en Vistalegre: Expresionismo Abstracto

Como en tantas ocasiones, conocí a Bon Iver gracias a Diego, que me incluyó Skinny Love en un recopilatorio casero. Como en otras tantas ocasiones, al principio no le presté demasiada atención a la canción hasta que la redescubrí por mí mismo. Creo que fue al saber cómo había nacido ese tema cuando me fije más en ella y en el resto de For Emma, forever ago. Algo me fascinó en la idea de un disco grabado por una sola persona, recuperándose de una mononucleosis y dos rupturas (una amorosa y otra con la banda con la que Justin Vernon había tocado hasta entonces, DeYarmond Edison), en una cabaña perdida de Wisconsin, a lo largo de un invierno. El frío, la soledad, el aislamiento, la calma… eran sólo algunas de las sensaciones que me transmitía esa colección de nueve canciones. Después llegaron el EP Blood Bank y Bon Iver, Bon Iver. Escuchar este segundo disco es para mí como contemplar una obra de Rothko. Al principio, es algo hermético, que no terminas de comprender, pero poco a poco empiezas a descubrir decenas de matices y de sensaciones que terminan resultando tan relajantes como emocionantes.

Esperaba con ganas poder ver a Bon Iver en directo y por fin, el mismo domingo en que también tocaban en Madrid Scissor Sisters, Vetusta Morla y DJ Shadow, llegó el momento. Uno puede imaginar que un concierto de Bon Iver debe de ser algo tirando a lo acústico y lo intimista, pero el ambiente en Vistalegre pocas horas antes de las nueve recordaba más a los momentos previos a la actuación de una estrella de rock: chicos barbudos y chicas rubias apretujados delante de un escenario decorado con telas de saco de arpillera que colgaban de lo alto. Las armonías vocales de las dulces chicas de The Staves hicieron el rato de espera más llevadero hasta que, por fin, llegó la hora esperada y Justin salió al escenario acompañado de un octeto de músicos. Cuando arrancaron con Perth, descubrimos que el concierto iba a ser potente y espectacular, más cercano, en efecto, al rock que al folk. Si en disco, Bon Iver me suena a Rothko, en directo puedo decir que me hizo pensar en Pollock, más enérgico y crudo, pero igualmente emocionante.

Porque ése es el material básico con el que está construida la música de Bon Iver, las emociones puras. Supongo que, por eso, a la hora de enfrentarse a una canción como Woods, Justin Vernon prefiere ocultarse entre las sombras de un escenario que estuvo sumergido en la penumbra casi toda la noche, iluminado por focos rojos y verdes y un centenar de bombillas a modo de candelabros repartidos entre los músicos, y esconder su voz detrás de efectos electrónicos y loops. Hacerlo así es la única manera de protegerse y no sentirse desnudo delante de miles de personas. Es por eso también que hacer una crónica del concierto resulta algo trivial, porque es imposible describir en palabras la emoción que transmiten en directo canciones como Holocene, Creature Fear, Blood Bank, Michicant, Calgary o esa Skinny Love coreada por todos los asistentes. Tras un bis en el que sonaron The Wolfes (Act I and II) y For Emma, concluyó un estupendo concierto el que perdonamos algunos errores de sonido (aunque imagino que coordinar a un grupo de nueve excelentes músicos que cambian continuamente de instrumentos sin que haya errores debe de ser un trabajo tremendamente complicado), así como la ausencia de Lump Sum y algún otro tema de su primer disco. Se hace imprescindible que Bon Iver edite algún disco o DVD en directo para poder verlo y escucharlo una y otra vez.

Amaral en La Riviera: Estrella de Rock

Después de grabar su disco doble Gato Negro, Dragón Rojo, Amaral concluyeron su contrato con EMI y decidieron hacer el camino de vuelta hacia la independencia, produciendo ellos mismos el que es su sexto disco de estudio, Hacia lo Salvaje, publicado en su propio sello. Quizás sentirse liberados de las imposiciones de una gran multinacional les ha permitido ser más ellos mismos que nunca y hacer un disco más intenso, directo y oscuro que sus anteriores trabajos. Esta evolución se nota claramente en su directo: basta comparar cómo Estrella de Mar deja de ser una etérea canción de pop electrónico en su versión grabada para transformarse en una canción rockera, contundente y casi sucia, una metamorfosis que también experimentan otros temas de su repertorio como No sé qué hacer con mi vida, cantado por una sinuosa Eva Amaral enroscada al micrófono.

Eva ya lo había dejado claro al inicio del concierto: había llegado el momento de poner fin a la gira de presentación de Hacia lo Salvaje, así que tocarían las doce canciones del disco “y otras cosas”. Fue precisamente la canción que da título al disco con la que arrancó el concierto, seguida de Esperando un resplandor, El Universo sobre mí y Kamikaze. Tanto los temas nuevos como los viejos fueron coreados por igual: hubo momentos en que toda la Riviera cantaba al unísono junto a Eva, en una especie de sing-along colectivo. Daba la impresión de que en vez de en una sala de fiestas estábamos en un gran estadio escuchando a los zaragozanos.

No faltaron otros clásicos de la banda como Días de Verano, Como Hablar o Moriría por Vos. A estas alturas Amaral tiene un repertorio suficientemente amplio como para que un concierto suyo no decaiga en ningún momento, canciones que uno podía considerar quemadas a golpe de radiofórmula y que en directo vuelven a revelarse como pequeñas joyas entre el rock y el folk. Entre las sorpresas que nos dio la banda estuvo la interpretación de Tardes a cargo de Juan y las versiones de Have you ever seen the rain de Creedence Clearwater Revival y un homenaje a Chavela Vargas, Rogaciano. También hubo guiños a otros clásicos durante el bis: Sin ti no soy nada se fundió por momentos con el Only the Lonely de Roy Orbison y Revolución con el Heroes de David Bowie. Cuando suba la marea puso fin a más de dos horas de concierto que dejaron claro por qué Amaral son de los pocos grupos de este país que han vendido millones de copias sin haber perdido ni un ápice de credibilidad.

Jens Lekman en la Sala Copernico

Siempre recordaré que conocí a Jens Lekman la última noche de emisión de la añorada Fly Music. Era de madrugada y emitieron el videoclip de Sipping on the sweet nectar y yo me quedé hipnotizado por esa especie de crooner de voz clásica cantando un tema puramente pop con un fondo que me recordaba a la música disco. Era como escuchar el Love is in the air del nuevo siglo. Después descubrí el disco Night falls over Kortedala, repleto de joyas musicales que nos recuerdan que los suecos son capaces de convertir el pop en pequeñas obras de orfebrería musical.

Cuatro años después, Jens Lekman ha publicado un nuevo disco y la gira de presentación le ha traído, por fin, a nuestro país. Había ganas de verle y todos le recibimos con una ovación cuando salió al escenario de la Sala Copérnico, acompañado de una banda compuesta por su batería, su bajista, una sonriente violinista y el teclista más rubio y feliz de toda Escandinavia. Jens, mucho más guapo en directo de lo que imaginaba, arrancó el concierto con Become Someone Else’s, centrando gran parte del mismo en los temas de I know what love isn’t y el Ep An argument with myself, sus dos últimos trabajos, más intimistas -quizás- que el luminoso Night falls over Kortedala. A lo largo de la noche, fue compartiendo con el público las anécdotas que han servido como inspiración a sus canciones (una temporada que trabajó en una joyeria, un intento frustrado de encontrarse con Kirsten Dunst) y que nunca se sabe hasta que punto son ciertas o pura invención. Después de cerrar esa primera parte de la noche con un Sipping on the sweet nectar que sonó más Love boat que nunca y con el publico completamente entregado, llegó la hora de los bises con An argument with myself, Higher Power y A postcard for Nina. Y después, de propina y acompañado solamente por su teclista, nos cantó la que describió como su canción más antigua, Tram #7 to Heaven, un momento emocionante para poner final a un concierto prácticamente impecable en todos los sentidos. Lástima que no hubiera tiempo para repasar mas temas de Kortedala…

SONIDOS DE PRIMAVERA EN VIERNES

Prácticamente nada recuerda que en el recinto del Parc del Forum se celebró, hace ya ocho años, el ambicioso Foro Universal de las Culturas (y que tuve la suerte de visitar): mucho hormigón, agonizantes zonas verdes y algunas estructuras de tamaño desmesurado en su contexto actual. Sin embargo, como pude comprobar en la primera edición del Summercase, el lugar resulta ideal para la organización de festivales de música. Y después de seis horas de coche, ahí estábamos Diego y yo, dispuestos a disfrutar del programa del Primavera Sound para el viernes.

La jornada comenzó agradablemente entre las sombras y los cómodos asientos del Auditori del Forum escuchando a Laura Marling, una cantante británica con tres discos ya a sus espaldas y que sabe combinar sonidos intimistas y melancólicos con ciertos ecos medievales en sus dos primeros trabajos y un cierto aire country en el último. El público escuchó en respetuoso silencio alguna de sus mejores canciones (Rambling Man) y echó en falta otras (The Beast). Cuando terminó, llegamos a tiempo para ver casi todo el concierto de Other Lives, un quintento de Oklahoma cuyo estilo es descrito por la Wikipedia como folk, pero que por actitud y sonido podrían convertirse en los próximos Arcade Fire. O al menos, eso comentamos cuando terminamos de escucharles.

Después vimos el final del concierto de The Chameleons, una veterana banda británica de post-punk, en el escenario vecino y nos dimos una vuelta por el recinto. Descubrimos los escenarios dedicados a los artistas del metal, el hardcore y otros estilos que no pueden estar más alejados del pop: grupos que repiten el mismo riff de guitarra durante minutos disfrazados de monjes ortodoxos y con la cara tapada por una capucha que sólo tenía aperturas para los ojos (sí, el cantante cantaba a través de la tela) o que actúan rodeados de antorchas, cráneos de cabra colgados del escenario y con una cruz invertida a modo de micrófono. El infierno hecho música. Entre alucinados y divertidos, ascendimos hacia la luz para ver salir al escenario a Rufus Wainwright, todo un divo, y después irnos a uno de los conciertos que más nos apetecía ver, el de Girls. Este dueto de San Francisco (cuyo cantante nació en el seno de la secta de los Niños de Dios, por cierto) parecen venir directamente de finales de los años 60, con un sonido a pop californiano con toques quizás psicodélicos y una actitud en el escenario entre despreocupada y espontánea. Vomit es, a pesar de ese título, una de las canciones más emocionantes del 2011.

Mientras sonaba Afrocubism a lo lejos, nos dispusimos a cenar algo antes del concierto de The Cure. Apostamos por la comida tex-mex y, aunque la chica le puso empeño, sus burritos no llegan ni a la suela de los zapatos de los de la cadena Taco del Mar. Poco antes de las diez, nos sentamos en la zona verde para ver a Robert Smith y sus chicos, al igual que otros miles y miles de festivaleros. A diferencia de otras viejas glorias de los ochenta, su sonido es brillante y el repertorio es generoso: tres horas estuvieron sobre el escenario, repasando su larga y fructífera carrera: Llullaby, High, Friday I’m in love, Just like heaven, The walk, Friday I’m in love, Boys don´t cry… Quizás un tanto excesivo para un festival en el que el resto de los artistas dispusieron de menos de una hora para hacer sus conciertos, pero también es cierto que eran el plato fuerte del día (menos para los amantes del metal de los escenarios inferiores, que seguramente disfrutaron mucho con Napalm Death). Diego y yo decidimos dar una vuelta por las tiendas del festival y terminamos en el stand de Ray-Ban viendo un miniconcierto acústico de Joe Crepúsculo. Sonaron sus éxitos Suena brillante y Enséñame a amar (yo eché en falta Batalla de Robots) y la cincuentena de personas que estaban escuchándole terminaron bailando como locas y provocando la desesperación de los encargados de vigilar el stand cuando empezaron a usar los puffs publicitarios de la marca como balones hinchables de los que se lanzan en los conciertos.

Y así llegamos al concierto de The Drums. Nadie me había advertido de que su cantante baila como Leonardo Dantés, así que cuando comenzó a dar saltitos y moverse como una vedette me quedé bastante boquiabierto. La banda tiene dos discos que siguen una misma formula que puede terminar resultando repetitiva, pero que les ha permitido hacer una serie de canciones de sonido eficaz como Best Friend, Forever and Ever, Amen, How it ended y el ya clásico Let’s go surfing, que tocaron esa noche después de haberla retirado de su repertorio.

Eran ya las dos cuando llegó la hora de disfrutar de The Rapture. Aunque How deep is your love me parece una de las mejores canciones del 2011, el resto del disco no me había llamado especialmente la atención. Sin embargo, el directo del grupo les hizo ganar muchos enteros en mi apreciación. Su mezcla de sonidos guitarreros con elementos electrónicos puede hacer pensar en unos Delorean estadounidenses, pero con un cantante infinitamente más carismático. También me hicieron pensar en la ELO cuando el teclista se puso a tocar el saxo. Al final de su actuación, empezaron a sonar los teclados noventeros de How deep is your love y todos nos pusimos a bailar. Fue la manera perfecta para cerrar nuestro paso por este viernes del Primavera Sound.

MANIOBRAS ORQUESTALES EN LA OSCURIDAD

En mi primera educación musical, aparte de Enrique y Ana y las adaptaciones infantiles de canciones de éxito que hacían en “Sabadabada” y “El Kiosko”, tuvieron un gran peso un par de casettes de temas grabados de la radio con las que mi madre amenizaba nuestros viajes en el fabuloso Talbot Horizon. Police, Supertramp, Rod Stewart, Bruce Springsteen, “La noche no es para mí”, “Yo no te pido la luna”… eran parte del repertorio. Dos canciones eran mis favoritas: “Moon Light Shadow” de Mike Oldfield, y “Enola Gay” de OMD. “Maniobras Orquestales en la Oscuridad”, explicaba mi madre.

Entre videoclips de Tocata y teclados Casio, descubrí más canciones de OMD en aquellos años dominados por sintetizadores y maquillajes inverosímiles. Los noventa trajeron grunge y britpop y se encargaron de convertir el synthpop de OMD y compañeros de generación en algo obsoleto, pasado de moda y tan ridículo como “la música de Ross”. Aunque Andy McCluskey seguía publicando discos con el nombre de la banda, estos pasaban completamente desapercibidos.

Pero el tiempo pasa y pone a todo el mundo en su lugar. La buena música no entiende de etiquetas y esto, añadido a la resurrección del synthpop a través de grupos como Hurts, Cut Copy, The Presets y demás, ha hecho que los grupos de los 80 hayan recuperado el reconocimiento que merecían. Andy McCluskey volvió a reunirse con Paul Humphreys a finales de la pasada década para una serie de conciertos que les llevó, por ejemplo, a la edición del Summercase de 2007. En 2010 publicaron “History of Modern”, un disco en el que se homenajean a sí mismos y la excusa para hacer una nueva gira.

Este martes las maniobras orquestales se desarrollaron en la oscuridad de la sala Heineken. El público adulto se mezclaba con jóvenes que han (re)descubierto a OMD. Todos se rindieron a los bailes epilépticos de McCluskey y el sonido impoluto de los teclados Roland de Humphreys y el resto de la banda. Los cuatro temas que tocaron del último disco no desentonaron en un concierto en el que repasaron todos sus grandes clásicos y algunos temas menos conocidos. Ahí estaban “Messages”, “If you leave”, “Locomotion”, “Souvenir”, la energética “Tesla Girls”, la melancólica “Souvenir”… Por supuesto, los temas más ovacionados de la noche fueron “Enola Gay”, “Electricity” -su primer sencillo y la canción que cerró el concierto- y la magistral “Maid of Orleans”.

Sólo eché en falta algunos temas de los discos de OMD de los noventa como “Pandora´s Box” o “Dream of me”, aunque considerando que Humphreys no formaba parte de la banda en aquella época, entiendo que quede un tanto obviada: sólo tocaron “Sailing on the seven seas” y “Walking on the Milky Way”. De todas formas, salí feliz del concierto de un grupo que forma parte de la banda sonora de mi vida desde la infancia. 2011 nunca ha sonado tanto a 1981.

THE VICTIMS

Detrás de mí, un grupo de chicas y chicos llevaba camisetas negras en las que ponía, en el mismo tipo de letra que usa The Killers, “Victims”. Yo aventuré que podría ser el nombre oficial del club de fans del grupo. El caso es que nos hizo gracia. Antes, los dioses de la música habían premiado nuestra entrega y el haber llegado al Palacio casi más de dos horas antes del inicio del concierto. La puerta de atrás, donde estaban los autobuses del grupo y donde Diego, el primero en llegar, vio a Brandon entrar en el recinto, flaquísimo y con un jersey rosa, fue la primera en abrirse, así que pudimos entrar con calma y colocarnos cerca del escenario mientras que los demás aun esperaban en el exterior. Pasamos el rato viendo las flores, debatiendo si las palmeras eran artificiales o no, contando los micrófonos que había y cantando el “Bohemian Rhapsody” que nos pusieron para pasar el rato.

Los teloneros eran Louis XIV, de quienes no había oido hablar hasta hace dos días. A diferencia del grupo de tercera que teloneó a Oasis, estos sonaron potentes y conectaron con el público. A mí me sonaron a grupo de rock de finales de los setenta, aunque mi impresión puede venir causada por el hecho de que el guitarrista vistiera como un componente de Fleetwood Mac y cantara con un falsete a medio camino entre los BeeGees y Supertramp.

Media hora después y con unos minutos de retraso, comenzó la cuenta atrás y The Killers salieron al escenario. Brandon Flowers llevaba su cazadora de plumas favorita. El chico es demasiado mono y simpático para ser un dios del rock, pero se le perdona todo. Comenzaron por todo lo alto con “Human”, con unos juegos de luces realmente espectaculares. Siguieron cantando las peores y mejores canciones de su último disco, y tampoco faltó ninguno de sus temas más representativos. La masa coreó casi todos los temas, completamente entregada. A ratos les dio por la épica (“All the thing I’ve done” o “Sam’s Town”) y a veces por el pop más desenfadado (“Joy Ride” o “This is your life”), pero si alguien pensaba que el rock de estadio había muerto, ayer pudo comprobar que estaba equivocado. Hubo momentos en que Brandon me recordó a Bono, y otros en los que el grupo me hizo pensar en los mejores momentos de Simple Minds (quizás por todos los uo-o-ohs que suenan en sus canciones… y si no suenan, el público los corea igual, como pasó con “Smile like you mean it”). A la entrada, yo bromeé diciendo que habría bailarines y fuegos artificiales… y al final, cuando saltaron llamas de fuego y se encendieron decenas de bengalas como si fueran los ochenta, resultó que sólo me equivoqué con lo de los bailarines. Pero todo se andará… Yo estaré ahí para verlo.

CHAMPAGNE SUPERNOVA

Ayer fui al concierto de Oasis y fue espectacular. No sé si es porque mis expectativas no eran muy elevadas o porque, dados los antecedentes, no estaba seguro de que el concierto se fuera a celebrar hasta que no viera a Liam y Noel sobre el escenario. De cuatro veces que he tenido en mi mano una entrada para ver a Oasis, se ha suspendido en dos ocasiones. La última vez fue en Salamanca, pocas horas antes de empezar el concierto y cuando ya estábamos en la ciudad. De hecho, la primera vez que pude verles, en Zaragoza en 1997, el concierto estuvo a punto de cancelarse por culpa de una huelga de transportes en Francia. Al final vinieron Oasis, pero no el decorado de la gira.

Tengo muchas anécdotas relacionadas con el que fue mi grupo favorito en mis años universitarios. En mi carpeta llevaba, por un lado, una foto de Oasis y por el otro, una de Blur. Cuando mce79 me regaló “(What’s the story?) Morning Glory”, que salió justo cuando cumplía los 19, no escuché otra cosa durante varios días seguidos. Mi hermano y yo solíamos cantar “Wonderwall” a voz en grito en el coche cuando pasábamos por el pantano de Yesa. No me he comprado ninguno de los discos malos de Oasis (es decir, desde “Be here now” a “Don’t believe the truth”), pero tengo casi todos los singles que han editado. Los primeros fueron “Wahetever” y “Don’t look back in anger”, que compré en mi viaje de estudios a Amsterdam. El último, “The importance of being idle”, me lo traje de Milán. Eso sí, mi favorito es el sencillo de “Wonderwall”, encontrado en el Corte Inglés de Bilbao, que incluye esta maravilla llamada “The Masterplan“. Mi hermano me trajo de su interail por tierras británicas una llavero con el escudo del apellido Gallagher. Y se puede decir que mi corte de pelo habitual sigue estando inspirado en el de Liam y su desprecio por la gomina.

Ayer puede comprobar que las canciones de Oasis se han convertido en clásicos indiscutibles. Siguen sonando con la fuerza de entonces y además, no han perdido frescura. No suenan a antiguo. Los Gallagher han hecho mucho morralla en los últimos años, pero pocos grupos de los 90 habrán firmado tantas buenas canciones. “Champagne Supernova”, penúltimo tema que tocaron ayer, antes de su clásica versión de “I am the walrus”, sonó enorme, apoteósica, épica y no me estoy dejando llevar por el fanatismo. Liam, con sus gafas de sol y su abrigo, sigue mirando hiératico y soberbio al público cuando no le toca cantar. Parece mentira que alguien que apenas se mueve sea capaz de llenar tanto un escenario y conseguir que todo el mundo tenga los ojos clavados en él. Pensándolo bien, no me sorprende tanto que el concierto estuviera lleno de jóvenes veinteañeros y de adolescentes sudorososas cantando a voz en grito lo de “Where were you while we were geting high?”