Horror al éxito

Hace unas semanas fuimos a ver a The Horrors en la Sala But. Hacía mucho que no íbamos a un concierto y Diego me regaló el disco y las entradas por mi cumpleaños. No es que sea mi grupo favorito, pero me gusta la música que hacen, entre rock, pop y electrónica. Yo creí que llegarían al gran público con su tercer disco, Skying, que incluso tenía ecos de épica ochentera a lo Simple Minds, pero finalmente se quedaron en tierra de nadie, como tantos otros. Y viendo como se comportó el público durante el concierto, parece que casi todo el mundo los ve así: son correctos pero no entusiasman. Las canciones de V, su último disco, se sucedieron con eficacia, con un sonido distorsionado pero a la vez limpio: todos los elementos del fondo sonoro se distinguían de manera clara. Hubo guiños al pasado, como los ocho minutos de duración de A sea within a sea, el tema que cerraba su segundo disco y que hizo que muchos comenzáramos a prestarles atención.

También cantaron Still Life, canción de Skying y su tema con más reproducciones en Spotify. Sin embargo, me dio la impresión de que el grupo la interpretó con cierta desgana, como por obligación, sin ningún placer. ¿Son The Horrors un ejemplo más de esos artistas que odian su mayor éxito?

¿Será que nos horroriza que lo que mejor hacemos no sea lo que más nos gusta?

Adele en Verona: música entre las ruinas

Poco después de la publicación de 21, Adele se embarcó en una pequeña gira por Europa y Norteamérica. Cuando se anunciaron las fechas, la cantante iba a actuar en Madrid en la Sala Caracol, un recinto de pequeño aforo ideal para una artista cuyo disco de debut había pasado desapercibido por completo para el gran público español. Cuando semana a semana el disco se mantenía en el número uno del Reino Unido, sus ventas se empezaban a contar por millones y en España empezaban a sonar en la radio (primero en Radio 3, luego en el resto del dial) Rolling in the Deep y Someone like you, el concierto se trasladó a La Riviera. Ahí estuve yo, a pocos metros de la diva, y descubrí que un concierto de Adele es algo imprevisible, donde Adele se convierte en la dueña del escenario para hacer con él lo que quiera: entre canción y canción, sentada en una butaca negra mientras bebía ¿té? en un taza grande, nos contaba anécdotas de sus viajes adolescentes a España (es fácil imaginarse a Adele con 15 años como una guiri borracha más en Saloú) y las historias ocultas detrás de cada una de sus canciones. En resumen, aquel concierto podría haberse llamado perfectamente “Una noche de risas y música con Adele”.

Cinco años después, Adele es una gran estrella mundial, la única que vende discos como si viviera en los 90 y la piratería no existiera para ella. Verla en directo en un local de pequeño o mediano aforo se ha convertido en una utopía. De hecho, verla en directo es ya una misión complicada: su gira de este año es solamente la tercera de su carrera y en muchos países sólo actúa en una sola ciudad un par de noches. Era el caso de España, donde como sucede últimamente Madrid había sido relegada al olvido en favor de Barcelona. O el de Italia, donde sólo tendrían la suerte de verla en las ruinas del anfiteatro romano de Verona. Como el concierto era en fin de semana, ahí que nos fuimos, a turistear al norte de Italia.

Desafortunadamente, nadie puede detener la lluvia, ni siquiera Adele, y debido a las tormentas anunciadas desde casi dos semanas antes y que hicieron que los vendedores de ponchos de plástico se forraran, el concierto del día 29 fue más corto que el del día 28 y el resto de la gira. Los temas sacrificados -y por tanto, se puede concluir que Adele los considera los más prescindibles del repertorio de la gira (aviso a navegantes)- fueron I miss you, Don’t you remember, Sweetest Devotion, Chasing Pavements y All I ask. Lo de la lluvia es una teoría sin confirmar; la otra explicación es que, simplemente, Adele se enfadó con el público italiano. Al fin y al cabo, el concierto de esta noche ya ha pasado a la historia porque Adele pidió a una espectadora armada con trípode y cámara profesional que dejara de grabarla. Como a estas alturas todos lo habréis visto en Youtube, os subo una foto de mi móvil en el que se aprecía a Adele cubierta con el chubasquero con el que salió al escenario.

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“Sois el público más colorista que he tenido nunca”, dijo. Eso sí, no se puede decir que fuera el más animado que yo haya visto. A pesar de eso, de la lluvia y de los recortes en el repertorio, sí que puedo decir que fue un gran concierto. Al igual que en la Riviera, el resumen de la noche sería “Una noche de música y risas con Adele”. Ella canta como quiere y hace lo que le da la gana. Abrió con Hello, como era lógico, y cerró con Rolling in the Deep mientras los cañones de confetti derramaban sobre nosotros miles de papelitos escritos con frases de canciones de Adele. Yo conservo uno que pone “Hello” en mi cartera desde entonces. Sin embargo, los momentos más brillantes vocalmente fueron un Set fire to the rain espectacular, un Skyfall que sonó fabuloso gracias a las cuerdas impecables del equipo de músicos que acompaña a la cantante (quien confesó que la primera vez que le pidieron componer un tema Bond se negó aunque lo estaba deseando), y un Million Miles Away en versión acústica que sono paradójicamente íntimo y sencillo en un recinto tan imponente como la Arena de Verona. Aunque es difícil quedarse con un solo momento cuando también hay que hablar de como hizo que todo el mundo encendiera las linternas de sus móviles para llenar de luces las gradas durante Make you feel my love, ese singalong en el que se convierte Someone like you, la siempre energética Rumour has it o la emoción contenida durante Hometown Glory o When we were young, una canción destinada a ir creciendo con los años hasta convertirse en un clásico. Esperad a que Adele la cante cuando tenga 50 años.

Y entre canción y canción, Adele y sus monólogos (el acosador que dio origen a Send my love), Adele y sus juegos con el público (“¿Hay alguien aquí de Islandia? (gritos aislados en una grada) ¿Y de Nueva Zelandaaa? (gritos desde el fondo del recinto) NO WAAAY”), Adele subiendo a niños al escenario, Adele subiendo a un chico y su novio al escenario (algún silbido entre el público, esto es la muy católica y rancia Italia), Adele bromeando sobre su repertorio (“Si alguien esperaba canciones alegres, ahora llegan dos que lo parecen pero no lo son”), Adele siendo una diva sin hacer ningún esfuerzo por serlo (“No soy Beyoncé, pero yo también sudo”). En resumen, Adele siendo Adele y ganándose su sitio entre las más grandes, conquistando el mundo como una Barbra Straisand para el siglo XXI. Sólo le falta hacer cine.

¿Qué se puede esperar de The Vaccines?

Parece que no son buenos tiempos para el rock. Comercialmente, el pop y la música electrónica parecen haberle desplazado de las emisoras y las listas de ventas. Los escándalos de las aspirantes a divas hace tiempo que desplazaron de las noticias y los cotilleos a las aventuras de las estrellas del rock, desde Amy hasta Miley, pasando por Lady Gaga y Britney. Y como la música, en general, ha perdido su poder como parte identificativa de movimientos sociales, el rock como elemento movilizador y aglutinador de masas parece haber desaparecido de la cultura popular. ¿Qué banda puede presumir hoy de estar a la altura de unos Rolling Stones, Led Zeppelin, Deep Purple, U2, Metallica, Guns’n’Roses o Nirvana? ¿Muse? ¿Linkin Park? ¿Green Day?

Quizás al rock le perdieron su grandilocuencia y el mirar por encima del hombro al resto de estilos musicales. Afortunadamente, también sabemos que el rock no morirá y como ejemplo de ello, basta con ver un concierto como el que dieron The Vaccines en la Riviera el pasado viernes. El cuarteto inglés, autor de tres buenos discos y un bonito EP, demostraron sobre el escenario que son dignos herederos del rock más clásico de las islas, con momentos que recuerdan a las bandas que tocaban en garajes y sotanos (la contundente Radio Bikini) y otros más sofisticados, cercanos a los sonidos de los años 70 (la maravillosa Dream Lover y muchos de los temas de su tercer disco, English Graffiti). Desde el arranque del concierto con Handsome y Teenage Icon, pudimos ver a una banda que transmite buen rollo sobre el escenario, encabezados por un muy entonado Justin Hayward-Young que consiguió ganarse al público sin necesidad de grandes aspavientos de estrella. Con un sonido sorprendentemente limpio, The Vaccines fueron desgranando su repertorio, formando básicamente por temas de corta duración y largo disfrute. Detalles como el de invitar a un fan a tocar con ellos Post Break-Up Sex como regalo por su 18 cumpleaños no hacen más que convencerme de que The Vaccines son una banda que sabe molar sin darse demasiada importancia por ello. Gracias a ellos, uno todavía puede seguir confiando en que al rock puro le quedan muchos años de buena vida por delante.

Mika: el cielo es un carnaval

Cinco años después, Mika volvía al Palacio de los Deportes -eso sí, en formato reducido, con unos telones negros cubriendo las gradas y parte de la pista- para presentar No place in heaven, su cuarto disco, un trabajo en el que Mika habla por primera vez abiertamente de su homosexualidad de una forma sincera, melancólica, pero también dinámica, optimista y madura. Seguramente sea su disco más redondo y equilibrado desde su colorista debut, Life in cartoon motion. Puede que el gran público lo haya olvidado y Grace Kelly se haya convertido ya en uno de esos temas que suenan nostálgicamente en M80, pero parece que a Mika ya no le preocupa tanto recuperar el éxito masivo porque al fin y al cabo tiene un grupo de seguidores entregado, fiel y suficientemente numeroso para llenar recintos del tamaño suficiente para desplegar todo su espectáculo.

Mika es, ante todo, un showman de voz privilegiada con un talento musical fuera de serie, una especie de Willy Wonka sin lado siniestro que nos invitó anoche a su propio cielo -ya que los que son como él, supuestamente, no tienen sitio en el cielo oficial-, un paraíso de luz y color a medio camino entre una feria y un cabaret, iluminado por un rótulo de bombillas titubeantes que nos dejaba claro donde estábamos: Heaven. Una caravana que se convertía en el paraíso, un globo terráqueo en formato bola de espejos gigante que de vez en cuando bajaba desde lo alto, y unas grandes puertas celestiales completaban la puesta en escena.

Ese universo juguetón con su pizca de ironía es en el que se mueven las canciones de Mika. Su pop de dibujos animados suena tan bien como siempre cuando toca repasar viejos temas de su repertorio como Grace Kelly, We Are Golden, The Origin of Love, Relax Take It Easy y joyas que deberían haber sido superéxitos como Rain o Love Today. Pero el repertorio de Mika va mucho más allá y tiene sitio para las baladas intimistas que consiguen que un recinto tan frío como el Palacio de los Deportes se conviertan en un rincón cálido y acogedor: brillaron especialmente la clásica Happy Ending, la muy emocionante Underwater u Ordinary Man, con la que cerró el concierto (y muy poco frecuente en los repertorios de esta gira). Todo gana en directo gracias a unos músicos excelentemente conjuntados y un Mika que sabe controlar e improvisar: incluso un corte tan mediocre como el sencillo en francés Boum Boum Boum, de unos aires latinos más cercanos a Julio Iglesias que a Julieta Venegas, sonó coherente dentro de ese carnaval musical, siendo coreado por un público que se sabía todas las canciones al dedillo.

Y es que la conexión entre Mika y su público es espectacular: ellos se encargan de repartirse soles de cartulina fabricados en casa para levantarlos cuando suena Staring at the sun y, por su parte, Mika se lanza a cantar una versión en español de Talk about you con una letra que le acaba de arrojar un espectador (“Todo lo que hago es hablar de ti” suena el estribillo) o sube al escenario a una chica que le ha lanzado un títere inspirado en él para bailar con ella Elle me dit. Son detalles así los que hacen que todos saliéramos del recinto mucho más felices. Al fin y al cabo, “If it’s the end of the world let’s party”.

Maroon 5 en el Palacio de los Deportes

En 2010, Maroon 5 editaron Hands all over, su tercer trabajo. El disco, encabezado por el sencillo Misery, no fue bien recibido por el público y las cosas no pintaban bien para Adam Levine y sus chicos. Él se refugió en The Voice donde coincidió como juez con otra artista que venía de darse un buen batacazo comercial, Christina Aguilera. En 2011 los dos se juntaban para publicar un sencillo que, por estos misterios del mercado musical que lo hacen tan interesante, se convertía en el mayor éxito de sus carreras: Moves like Jagger. No hay nada como silbar en el momento justo.

Cuatro años después de MLJ, Adam Levine es el hombre vivo más sexy del planeta y Maroon 5 han publicado dos discos de pop eficaz e instantáneo que les han hecho ganar nuevos y, sobre todo, nuevas seguidoras. El grupo llevaba ocho años sin actuar en Madrid y se notaba que había ganas de verles: el Palacio de los Deportes -ahora rebautizado Barclaycard Center- había colgado hacía tiempo el cartel de “No hay entradas”. Después de escuchar como teloneros a Nick Gardner -que hizo un interesante mashup entre el Like a Prayer de Madonna y el Take me to church de Hozier- y el curioso reggae canadiense de Magic! -que hicieron una oportuna versión del Message in a bottle de Police-, Maroon 5 salió al escenario abriendo el concierto con Animals mientras que centenares de móviles grababan cada uno de los movimientos de su cantante.

Daba comienzo un recital de cerca de hora y media en el que el grupo repasaba casi todos los sencillos de su carrera, sepultando Hands all over en el olvido y casi prestando más atención a Overexposed que a V, su disco más reciente y, supuestamente, el protagonista de esta gira. En esos momentos se notaba que la mayoría de los asistentes eran fans ganados a raíz de MLJ, ya que temas como Harder to Breathe o Sunday Morning, de su primer disco y algunos de los momentos musicales más brillantes de la banda, fueron recibidos con cierta frialdad por el público que, sin embargo, se volcaba con temas como Sugar, One more night, MapsThis Love y un She will be loved en formato acústico. Claramente el repertorio del concierto está pensado para estos últimos seguidores, yendo a lo seguro, obviando temas desconocidos y momentos más intimistas. Sólo así se entiende que canten Stereo Hearts, el tema en el que Adam Levine colaboró con Gym Class Heroes (a pesar de que sus dotes para rapear sean algo discutibles), mientras que prescinden de Lost Stars, la canción de la banda sonora de Begin Again por la que Levine fue nominado al Oscar. Y aunque convertir el concierto en una sucesión de grandes éxitos hace que uno no se aburra en ningún momento también hace que el conjunto resulte un poco deslabazado e incoherente, carente de alguna progresión o sentido interno.

I'm sexy and I know it
I’m sexy and I know it

Es innegable que Maroon 5 es Adam Levine a pesar de los intentos de éste por darles algún protagonismo al resto de los músicos, dejándoles cantar con él el arranque de Payphone a capella. Levine es de estos hombres que atrae todas las miradas sin necesidad de hacer gran cosa, incluso en noches en las que el cantante no parece especialmente comunicativo ni animado. Adam Levine apenas bailó ni habló con el público. También es verdad que no lo necesita: basta con que camine por el escenario arrastrando el pie de micro enfundando en una camiseta y pantalones vaqueros para que miles de corazones se derritan mientras suben sus fotos a Instagram. Y por supuesto, deslumbrar con ese dominio del falsete a pesar de que sea difícil de apreciar en un recinto como el del Palacio de los Deportes.

Maroon 5 nunca será un grupo alabado por los críticos a pesar de que nos han regalado sencillos tan perfectos como This Love, Makes me wonder o el reciente This summer’s gonna hurt like a motherfucker. Ellos parecen ser conscientes de ello e incluso Adam Levine se permite bromear con ello preguntando cuantos hombres solteros había en el público y recibiendo como respuesta un silencio convertido en griterío cuando preguntó por las mujeres solteras. Maroon 5 es un grupo que hace pop, a veces más elegante, a veces más facilón, para cantar a voz en grito letras como “I really wanna love somebody/
I really wanna dance the night away”. Y en un momento en el que este estilo está dominado por chicas de todo tipo acompañadas de sus DJs escandinavos y en el que los grupos masculinos intentan disimular que hacen pop con tics de falso rock, la apuesta clara por el Pop que hacen Maroon 5 es más que necesaria.

U2, en concierto en Barcelona

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U2 publicaban en febrero de 2009 No line in the horizon, disco en el que la banda irlandesa volvía a colaborar con el productor Brian Eno para hacer un trabajo más experimental y cercano a algunos de sus títulos más emblemáticos de principios de los noventa como Achtung Baby o Zooropa. Los más de cinco años que han transcurrido desde entonces han sido algo complicados para el grupo liderado por Bono, ya que en este tiempo han estado barajando y desechando proyectos como hacer un disco de música electrónica con producción de David Guetta, RedOne o will.i.am. Afortunadamente, a finales de 2013 parece que la banda irlandesa recuperó la energía perdida y consiguieron una nominación al Oscar por Ordinary Love, su canción para la película Mandela.

Después del sencillo benéfico Invisible editado en febrero de 2014, el decimotercer disco de U2 llegaba al público el pasado 9 de septiembre, estando disponible de manera gratuita para todos los usuarios de Itunes y lanzado en formato físico a comienzos de octubre. Songs of Innocence, producido por Danger Mouse, es un regreso a las raíces de U2, un trabajo marcado por el sonido rockero de los primeros tiempos de la banda con letras muy personales que hablan de la infancia de sus componentes en Irlanda, rindiendo homenaje a ídolos de su adolescencia como Joey Ramone o The Clash.

Pero además de un nuevo disco, lo que seguramente esperaban con más ganas los seguidores de U2 era una nueva gira. El Innocence + Experience Tour comenzará el 14 de mayo en Vancouver y recorrerá una veintena de ciudades a lo largo de todo el año. En España se les podrá ver en Barcelona los días 5 y 6 de octubre, dos conciertos para los cuales aún puedes conseguir las entradas. Dos días, dos conciertos y dos leitmotivs diferentes para cada uno de ellos: inocencia y experiencia, de ahí el nombre de la gira. Habiendo visto anteriores conciertos de U2, está claro que la calidad del espectáculo está más que garantizada. Además, la banda se puso a sí misma el listón muy alto con su 360° Tour, en el que consiguieron agotar las entradas en todos sus conciertos, convirtiéndose, con 736 millones de dólares, en la gira de mayor recaudación de la historia de la música.

Miley Cyrus, Bangerz Tour

A pesar de tretas promocionales de última hora (entradas de pista a precio reducido para los socios del Club Fnac, por ejemplo), Miley Cyrus no consiguió llenar el Palacio de los Deportes de Madrid. Se hacía extraño ver un espectáculo pensado evidentemente para grandes recintos sin aglomeraciones de gente entre el público. Seguramente no fue el día más exitoso para una gira que, sin embargo, ya ha conseguido dejar para la posteridad dos o tres imágenes icónicas, como esa reproducción a escala titánica de su recientemente fallecido perro Floyd o la imagen de la cantante sobrevolando sobre el público cabalgando sobre un perrito caliente. No sé qué pasará con el futuro con la carrera de Miley, pero está claro que 2013 fue su año y este Bangerz Tour no es más que el colofón que rubrica su conquista del mundo pop.

Hay algo que distingue a Miley de otras compañeras de generación y de profesión y es su capacidad para no tomarse a sí misma en serio, evitando así seguir el camino que ha llevado a otras como Lady Gaga a la perdición. Desde el comienzo del espectáculo, en el que un primer plano de su cara llena toda la pantalla y ella desciende al escenario por un tobogán con forma de lengua al son de ese imposible dueto con Britney Spears que es SMS (Bangerz), arranca una fiesta al estilo de la mostrada en el videoclip de We Can’t Stop donde golosinas, peluches y dibujos animados se mezclan con porros y sexualidad descarada. Miley Cyrus ejerció de anfitriona de un botellón donde los adolescentes juegan a ser mayores sin perder el descaro de su edad. Como dice la canción con la que se inauguró esta era: “es nuestra fiesta y hacemos lo que queremos”. Y aunque es evidente que todo está milimétricamente estudiado hasta el último detalle, el espectáculo transmite una continua sensación de frescura y desparpajo poco habitual en los conciertos de las grandes divas donde todo es sorprendente (y en ocasiones fríamente) perfecto.

Musicalmente, el grueso del concierto está centrado en el disco que da nombre a la gira, un ecléctico recorrido por las últimas tendencias de la música negra que en directo acaba contagiándose de unas raíces country de las que Miley Cyrus no parece avergonzarse en ningún momento. Sólo dos temas pertenecen a su repertorio anterior a Bangerz: Can’t be tamed y ese Party in the USA que sirve para cerrar el concierto con bailarinas disfrazadas de Monte Rushmore, un Abraham Lincoln que parece oriundo del Bronx, su bailarina enana vestida de Liberty Bell, su bailarina gigante de estatua de la libertad, confetti y fuegos artificiales. A pesar de los problemas de sonido del Palacio de Deportes, pudimos disfrutar de un concierto en el que Miley Cyrus quiere demostrar que, aparte de jugar a la provocación, ella es también una artista. De ahí esos momentos acústicos en los que su banda de músicos le roba el protagonismo en el escenario a los bailarines, ese FU en el que Cyrus se crece como intérprete despechada y vengativa, esos Adore You y Drive en los que da rienda suelta a sus capacidades vocales y la inclusión de versiones como el clásico de The Beatles, Lucy in the Sky with Diamonds, Summertime Sadness, de Lana del Rey y Jolene, uno de los himnos de su madrina, Dolly Parton. En estos momentos, Miley Cyrus hace lo que le apetece y, mientras siga por ese camino, nos tiene conquistados.

La bipolaridad de Celine Dion: La diva en concierto

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Ver a una diva como Celine Dion en concierto no es algo que uno pueda hacer todos los días así que el anuncio de sus conciertos en París se convirtió en una oportunidad difícil de desaprovechar. Eso sí, a la hora de decidir ir a un concierto de la artista canadiense hay que tener en cuenta su bipolaridad artística, su doble cara y su doble troupe de fans: la angloparlante y la francófona. Y en este caso se iba a tratar de lo segundo.

Particularmente, yo soy de los que prefiero acudir a los conciertos sin conocer de antemano el tracklist que en ellos me espera. Me recuerda a cuando algún conocido te desvela la trama de una serie o te cuenta el final de una película dejándola absolutamente “inservible”. En esta ocasión, por razones ajenas a mi voluntad, algo había oído del listado de canciones que la Dion (así, con artículo, como las buenas divas) iba a interpretar en su mini gira parisina, supuestamente para presentar su último álbum en inglés, Loved Me Back to Life.

A las nueve de la noche comenzó el concierto . Sin grandes efectos especiales, Celine Dion apareció en un escenario grande pero sencillo, con el actual y “barato” recurso de la pantalla con proyecciones, que en algunos momentos, sinceramente, no pasaban de ser algo parecido al salvapantallas de iTunes (mi procesador de textos se empeña en que quiero poner atunes). Celine empezó a cantar y mis sospechas (que ya se habían alimentado cuando vi varias trompetas y cero violines) se confirmaron. Comenzó su recital entonando varias de sus canciones en francés para después regalarnos uno de sus primeros singles, Where does  my heart beat now, acompañado de un emotivo montaje audiovisual en el que veíamos a la cantante interpretando esa misma pieza en otros momentos de su carrera artística.

Durante una hora y tres cuartos (escasa duración para los escandalosos precios de las entradas) Celine Dion fue desgranando varias de sus canciones más conocidas en lengua gala intercalándolas con temas en inglés no precisamente de entre sus temas más actuales. En varios momentos del concierto dio la sensación de que Dion pedía disculpas a su público galo cuando se disponía a interpretar alguno de sus éxitos en inglés, a pesar de ser, seguro, consciente de la presencia en el París Bercy de muchos de sus fans más seguidores de sus comerciales singles en inglés que de los más minoritarios éxitos en la lengua del país vecino.

De ahí que en el momento de promocionar su single actual, el potente Loved me back to life compuesto para la de Quebec por la cantante SIA, Celine Dion se encontrara con un público frío, distante, incapaz en muchos casos de cantar con ella las estrofas de, sí, lo es, un singuelazo como Dios manda. Por el contrario, en el momento en el que Celine Dion lo daba todo cantando canciones como Ziggy o la muy tosta Terre el público francés se deshacía en alaridos y gestos de manos al más puro estilo conquistadores del final del mundo.

Y es que, a excepción de las baladas, los singles de Celine Dion en francés son más difíciles, más oscuros, más tenebrosos que sus éxitos en inglés. La sensación de coitus interruptus fue increíble. Acudir a un concierto de la diva y no encontrarse éxitos como A new day has come, I’m alive o, por pedir que no sea, Falling into you (por favor, si alguien localiza una interpretación en directo de esta canción que me la envíe) es algo muy decepcionante.

En lo más estrictamente musical, la interpretación de Celine Dion no deja lugar a la improvisación, perfección absoluta en su voz, que maneja sin ningún tipo de problema y, aparentemente, sin ningún tipo de esfuerzo físico. A ella lo de cantar le sale con la misma facilidad con la que a otros nos sale hablar. Se trata, eso sí, de una perfección interpretativa que, por el contrario, descarta la sorpresa si conoces al dedillo las canciones de la artista. Mismos giros, mismos requiebros, mismo tono, mismas expresiones… nada cambia en la interpretación de Celine Dion respecto a sus grabaciones, algo que, como buena diva que se precie, hace despertar las sospechas de playback tanto entre admiradores como entre detractores.

Lamentablemente, si a esta aburrida linealidad en su voz (siempre prefiero que un cantante haga variaciones, ligeras o no, en sus canciones respecto a lo escuchado en sus discos) le sumamos la selección de un repertorio mayoritariamente en francés y carente casi por completo de singles en inglés, nos encontramos con un aburrido recital más que un concierto. Todo ello hace que incluso cuando interpretó algún éxito en inglés, al estilo de All by myself (voz prodigiosa) o la inevitable My heart will go on ambas canciones se convirtieron en temas que para mí, anglofan, pasaron sin pena ni gloria (como cuando escuchas un random de la cantante en MP3 y pasas los baladones en busca de singles más moviditos).

Curioso fue el momento (que se puede “observar” en el siguiente vídeo) en el que comenzó a interpretar la canción de Titanic y su voz sonaba como si de un robot se tratara.

La Dion, ajena a todo, continuó con su sospechosa interpretación hasta que la orquesta decidió parar. Eso sí, después, interpretación completa de la redicha canción.

En resumen, un concierto imprescindible si amas su repertorio en francés y si en algún momento de tu vida quieres ver a Celine Dion y prescindible si tienes posibles y te puedes acercar a Las Vegas a disfrutar de su espectáculo A new day donde, ahí sí que sí, da rienda suelta a sus más conocidos y anglicistas éxitos.

Ay Celine, menuda noche me Dion.

DCode: crónica comprimida del festival

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Es cierto: Madrid no tiene un festival como el Primavera Sound, ni como el FIB o el Low Cost, pero por lo menos tenemos el DCode. Emplazado en el campus de la Complutense, a pocos metros de la facultad de periodismo y de la Moncloa, el Dcode nos ha ofrecido la oportunidad de ver en un solo día y a muy buen precio a una selección de grupos más que interesantes. El éxito de público de esta última edición es la mejor demostración de que la propuesta ha sido acertada. Eso sí, cabe preguntarse si el recinto no debería ser un poco más amplio para dar cabida a todo el mundo, si el emplazamiento de los distintos escenarios es el más idóneo o si la oferta de comida y bebida fue suficiente (y viendo como durante el concierto de Capital Cities parecía que las existencias de cocacola y refrescos empezaban a escasear, está claro que no).

Pero vamos con lo importante de un festival: la música. Cuando llegamos al recinto, Varry Brava estaba terminando su concierto exhibiendo su querencia por ciertos sonidos propios de ese pop español de los ochenta que quería ser atrevido, elegante y sofisticado. A continuación fue el turno de Izal, grupo que está demostrando que se puede alcanzar el éxito desde la autogestión y que la sombra de Vetusta Morla y de Héroes del Silencio en el rock nacional es alargadísima.

A las seis y media salía al escenario John Grant deleitando al público desde el primer momento con su excelente voz. El veterano cantante, que inició su carrera en solitario en 2010 después de varios años junto al grupo The Czars, es uno de los nombres favoritos de la crítica y en los 45 minutos que duró su concierto demostró el porqué gracias a un repertorio en el que suena como un crooner clásico al que le gustara juguetear con la música electrónica. Grant es un híbrido entre Bryan Ferry y Elton John al que no le diera miedo hablar abiertamente de su homosexualidad y su vida personal. Y aunque quizás hubiera pegado más escucharle en una sala pequeña a altas horas de la madrugada, su concierto fue uno de los grandes momentos de la jornada.

L.A. tomo el testigo de Grant con sus sonidos herederos del grunge de los 90 que han conseguido que Dualize, su tercer trabajo, hayan llegado a un público bastante amplio. Los que ya se han convertido en un grupo de masas son Love of Lesbian, en cuyo concierto no faltaron temas como Club de fans de John Boy, Belize o Segundo asalto, cantada a dúo con Eva Amaral. Antes de que acabaran nos acercamos al tercer escenario -donde también actuaron grupos como Reptile Youth o Kostrok- para ver a Mø, cantante danesa a medio camino entre Lana del Rey y Charli XCX que ha conseguido llamar la atención del panorama indie gracias a un puñado de singles. Vistas la actitud y la energía que derrochaba en el escenario y la contundencia electrónica de sus canciones, sospecho que puede sobrevivir al hype.

Pasaban ya las nueve de la noche y llegaba la hora de ver a los grandes nombres del festival. Después de unos Foals un tanto desconcertantes, Vampire Weekend salieron al escenario. Es curioso, a priori, que un grupo que se cuenta entre los favoritos de algunos de los hipsters más intelectualoides tenga una actitud tan cercana y simpática sobre el escenario. Al fin y al cabo, escuchando sus canciones, uno se da cuenta de que, influencias africanas aparte, su sonido no está muy alejado del pop y el rock más clásicos. Recordemos, eso sí, que en el mundo de la música a veces es más complicado conseguir canciones sencillas y directas que revestir tus composiciones de épica grandilocuente.

Amaral están ya por encima de las absurdas discusiones sobre sí son indies, mainstream o perros verdes. Eva anunció que con este concierto ponían final a la etapa marcada por Hacia lo Salvaje para comenzar a pensar en un nuevo disco. Su hora de actuación se centró principalmente en su último trabajo, aunque también tuvieron tiempo para presentar un nuevo tema, Unas veces se gana y otras se pierde, que nos recordó a los primeros temas de Arcade Fire. Amaral cerró su concierto con la siempre potente Revolución y las masas se prepararon para ver a los cabezas del cartel: Franz Ferdinand.

El grupo de Alex Kapranos acaba de publicar su cuarto disco y venía con la obligación de presentarlo, pero la verdad es que, viendo la fluidez y la coherencia con la que iban intercalando viejas y nuevas canciones, nadie diría que temas como Evil Eye o Right Action apenas llevan un par de semanas en el mercado. Durante hora y media Franz Ferdinand derrocharon energía y no dejaron que el ritmo decayera en ningún momento gracias a una actitud irreprochable sobre el escenario y un repertorio lleno de grandes temas como No you girls, Take me out, Ulysses, Do you want to o ese Can’t stop feeling que mezclaron con el inmortal I feel love de Donna Summer. La única pega que se les puede poner es no haber reservado alguno de sus grandes clásicos para un bis que quedó algo descafeinado, solos de batería a ocho manos aparte.

Agotados de tanto botar, pusimos fin a nuestro paso por el DCode mientras Capital Cities convencían al público de que tienen argumentos suficientes para lograr ser más que la One Hit Wonder a la que el exito masivo de Safe And Sound parece haberles condenado. Pop electrónico, cazadoras blancas, actitud desacomplejada, un trompetista en la banda y versiones del Staying Alive de los Bee Gees son sus armas para conseguirlo.

Arenal Sound 2013: resumen de lo sucedido

El domingo se cerró la cuarta edición del Arenal Sound con unas cifras de asistencia total de 280.000 espectadores -unos 55.000 diarios-, según sus organizadores. Sin embargo, aunque estos datos le conviertan en el festival más multitudinario de España, está claro que aun está muy lejos de la fama y del prestigio que sí tienen otros eventos musicales como el FIB o el Primavera Sound. El Arenal Sound tiene otro espíritu: ofrecer una semana de música y fiesta a precios populares (los 30 euros que puede costar el abono están muy lejos de los precios que se manejan en los festivales anteriormente citados), sin grandes patrocinadores ni despliegues y un cartel en el que no aparecen grandes estrellas ni nombres de moda, pero sí grupos y artistas lo suficientemente interesantes para el aficionado a la buena música. ¿Que se monta un enorme botellón en los alrededores digno de Spring Breakers? ¿Que la gente va a los conciertos en bikini y bañador? Tan cierto como que no hay que hacer una hora de cola para cenar y tan verdadero como que siempre encuentras un sitio donde estar cómodamente sentado sin dejar de escuchar al grupo de turno.

Atardeceres de asfalto y plástico en Arenal Sound
Atardeceres de asfalto y plástico en Arenal Sound

Uno de los grandes atractivos del Arenal Sound es poder ver en pocos días a varios de los grupos más interesantes del pop nacional. Xoel Lopez, McEnroe, Cyan o The Leadings fueron algunos de los nombres que animaron las dos noches previas al festival propiamente dicho. Pudimos ver como Dorian demostraron que también han ganado sobre el escenario la madurez que ya percibimos en La velocidad del vacío, su último disco. También quedó claro que Tormenta de Arena ya se ha convertido en un clásico del pop español de la pasada década (habría que ver cuantos la conocieron gracias a A tres metros sobre el cielo). Lori Meyers, por su parte, supieron no centrar su concierto exclusivamente en los temas de Impronta por mucho que éste haya el disco más vendido de su carrera. Delafé y Las Flores Azules tampoco defraudaron a sus seguidores, sabiendo transmitir ese buen rollo que les ha caracterizado desde sus inicios. Buen rollo, simpatía y pelazo fue también lo que nos ofreció Carlos Sadness desde el desagradecido escenario Coca-Cola, por el que también pasaron grupos como Efecto Pasillo, La Sonrisa de Julia, Canteca de Macao o La Pegatina. We Are Standard derrocharon energía y descaro, un descaro que siempre ha caracterizado a Hidrogenesse quienes, por supuesto, cantaron sus himnos Disfraz de Tigre y No hay nada más triste que lo tuyo. Tampoco Iván Ferreiro renunció a los clásicos de los Piratas, Promesas que no valen nada y Años 80, ni a su emeblemático Turnedó. Bigott y Manel me resultaron un poco más monótonos, aunque no se puede decir que no dieran buenos conciertos, al igual que La Habitación Roja, un grupo del que siempre espero un poco más de lo que me da en directo.

Standstill, en su catedral
Standstill, en su catedral

Mención aparte se merecen Standstill, que presentaron Cénit, un espectáculo basado en las canciones de Dentro de la luz, el disco más reciente de esta ya veterana banda. Imaginería medieval, pantallas góticas y rayos láser acompañaron a unos temas que recuperan las esencias del rock en español y que sonaron espectacularmente bien en un entorno que, a priori, no parece el más propicio para este tipo de propuestas. Para mí fue uno de los mejores momentos de esta edición del Arenal Sound.

Sorprendente fue también la propuesta de Bonaparte. Este grupo afincado en Berlín y liderado por el suizo Tobias Jundt convirtieron el escenario en un circo punk con momentos divertidos y provocadores a cargo de un trío de bailarines que aparecían y desaparecían con todo tipo de coloridas vestimentas (o sin ellas). Temas como Mañana Forever o Computer in love (I’m your glory hole to the universe, dice la letra de esta última, toda una declaración de intenciones) sonaron mucho más contundentes en directo que en sus correspondientes discos.

Entre los grandes nombres internacionales, The Maccabees dieron, seguramente, el mejor concierto del festival, aunque hay que reconocer que su música o su puesta en escena, como la de White Lies, quizás no sean las más adecuadas para un festival playero como el Arenal Sound. Con su rock directo y poco pretencioso, The Fratellis y The Kooks dieron conciertos más eficaces, al igual que unos Klaxons que no escatimaron energía e hicieron bailar a los asistentes -incluida la mujer de su teclista, Keira Knightley- arrancando su actuación con From Atlantis to Interzone y haciendo que todos nos preguntemos a qué esperan para editar su tercer disco. También The Drums tienen pendiente publicar un tercer disco, pero vista la desgana con la que actuaron en Burriana, dudo mucho que lleguemos a verlo. Nada que ver con unos Is Tropical que hicieron feliz a una fan al invitarla a subir al escenario y cantar con ellos Dancing Anymore. Por su parte, Editors cumplieron con creces su papel como cabezas de cartel y demostraron qué tienen un repertorio con suficientes grandes temas e incluso lograron que las canciones de su trabajo más reciente ganaran dimensión en directo. Especialmente destacable fue el cierre de su concierto con una versión alargada de su electrizante Papillon, un tema que sigo sin entender como no se convirtió en un superventas cuando fue publicado.

La caída del cartel en el último momento de los suecos The Sound of Arrows hizo que nos quedáramos sin ver a uno de los grupos de pop electrónico más interesantes (y bonitos) del momento. Sus compatriotas The Royal Concept fueron los encargados de sustituirles y, aunque se esforzaron, hay que reconocer que su mejor momento fue cuando hicieron una versión del Digital Love de Daft Punk. Mucho mejor estuvieron The Whip, gracias a que cuentan en su repertorio con un arma infalible como Trash y unos tremendos guitarrazos. Tampoco decepcionaron Totally Enormous Extinct Dinosaurs, que dieron una lección de como hacer bailar a miles de personas con una propuesta electrónica que no renuncia a matices y sutilezas. Todo lo contrario de un endiosado Steve Aoki, cuyo poder de convocatoria es tan innegable como el poco interés que tuvo una sesión basada en ritmos y subidones tan rudimentarios como los de un tema de relleno del Maquina Total 3. El hecho de que pinche el Get Ready For This de 2 Unlimited como si la canción no tuviera ya más de veinte años es bastante revelador de lo que dio de sí su actuación en el Arenal Sound. Eso sí, no faltaron sus tartazos.