Tarde para la ira

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Tarde para la ira es la opera prima del actor (y atípico sex symbol) Raúl Arévalo. También ha sido la única película española presente en el Festival de Venecía, donde ha cosechado buenas críticas de la prensa internacional y un premio para la actriz Ruth Díaz. Seguramente sea una de las principales candidatas a varias categorías de los premios Goya. Se estrenó el pasado 9 de septiembre, pero como no viene arropada por ninguna televisión privada, parece que el público no se ha enterado de su existencia. Y es una pena, porque es una de las películas más interesantes que nos ha ofrecido el cine patrio en lo que va de año.

Como ronea, como ronea...
Como ronea, como ronea…

Un hombre introvertido en un barrio popular de Madrid, de estos donde a la gentrificación ni se la ve ni se la espera, pasa los días en un bar, jugando al mus con los parroquianos. Se siente torpemente atraido por la camarera del local, cuyo marido lleva varios años en la cárcel por haber participado en el atraco a una joyería. Asi comienza Tarde para la ira, pero en su primer punto de giro nos descubre que nada es lo que parece a primera vista y la película se acaba convirtiendo en un viaje a los infiernos personales de un protagonista marcado por el rencor y la venganza. Directa, sencilla y contundente, Tarde para la ira puede relacionarse tanto con cintas de género del cine español como La isla mínima (una trama criminal) o No habrá paz para los malvados (ese realismo sucio de bares cochambrosos, gimnasios de barrio y hoteles de carretera) como con títulos de autor como Canibal (con la que comparte a Antonio de la Torre y cierta frialdad analítica en el tratamiento de los personajes y sus acciones), Magical Girl (ese tratamiento nada estilizado de la violencia) o clásicos de nuestro cine como La Caza (la ambientación rural de algunas escenas y las cosas que pasan cuando hay una escopeta en pantalla).

Esto es lo que pasa.
Esto es lo que pasa.

Como director y coguionista, Raúl Arévalo tiene muy claro lo que quiere contar. De ahí la concisión seca de una película que apenas supera los 90 minutos de duración, uno de sus grandes aciertos: ni falta, ni le sobra nada a la hora de dibujar una trama que funciona con exactitud y unos personajes llenos de claroscuros. El clímax, por ejemplo, se resuelve de manera tan rápida como certera y realista. Arévalo demuestra también muy buena mano a la hora de aumentar progresivamente la tensión y el suspense gracias a un par de giros de guión y un montaje eficaz y nada historiado. Tarde para la ira es una película que lleva la sinceridad y el naturalismo como banderas, una apuesta ganadora gracias al buen hacer de Antonio de la Torre -que si no es el mejor actor que tiene actualmente el cine español, poco le falta- y de un reparto constuido por rostros habituales de nuestras teleseries que aquí tienen la oportunidad de brillar como Luis Callejo o Ruth Diaz. Id a verla y podréis presumir de haberla descubierto antes de que Raul Arevalo gane este año el Goya a la Mejor Dirección Nóvel.

Canciones para una Space Opera: “Sabotage”

Star Trek: Más Allá es la decimotercera película de la saga, la tercera desde el lujoso reboot de JJ Abrams de 2009, y el enésimo producto audiovisual relacionado con la serie que se estrenó ahora 50 años y que tan buenos ratos nos ha hecho pasar. Siendo una entrega impar, ya se sabe que la película de Justin Lin, director de unas cuantas entregas de The Fast & The Furious (A todo gas en España), es de las poco memorables de Star Trek. En efecto, la historia no tiene la más mínima lógica, los personajes tienen confictos simplones, las escenas de acción están montadas a un ritmo endiablado (si parpadeas, te pierdes tres planos) y, en general, nada tiene sentido a pesar de los diálogos explicativos nada sutiles que pueblan la película. La palma se la lleva el momento en que Sabotage, de Beastie Boys, se convierte en un arma de destrucción masiva. No tiene ni pies ni cabeza, pero mola mucho. Es la más clara demostración de lo que se llama Rule of Cool.

Editado en enero de 1994, Sabotage fue el primer sencillo del cuarto trabajo de Beastie Boys, Ill Communication, y pronto se convertiría en su mayor éxito desde su ya legendario tema de 1987, You gotta fight for your right to party. Su videoclip, una parodia de las series policiacas de los 70 dirigida por Spike Jonze, volvió locos a los directivos de la MTV, que lo echaban a todas horas. Eso sí, luego los premios de ese año fueron para Crying, de Aerosmith, y Everybody Hurts, de REM (Un gran año para la historia del video, está claro). Con Sabotage, el hip hop comenzaba a invadir el mundo más allá del mercado anglosajón, además de demostrar que el rap estaba madurando y diversificando para combinarse con otros estilos como el rock. Y así es como, pocos años después, artistas como Eminem o Kanye West pudieron convertirse en estrellas globales y dioses en la Tierra.

Spotlight: un homenaje a un periodismo que ya no existe

Cuando DiosMorgan Freeman abría el sobre con el nombre de la ganadora del Oscar a Mejor Película, todo parecía indicar que El RevenidoRenacido sería la escogida como triunfadora de la noche aunque algunos aun albergaban la esperanza de que Mad Max se lo impidiera. Seguramente nadie esperaba que Spotlight, que hasta el momento sólo había ganado el premio al Mejor Guión Original, justo al comienzo de la velada, fuera la premiada. Y sin embargo, una vez repuestos de la sorpresa, todo parecía ser lo más lógico.

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Aunque parezca lo contrario, la Academia de Hollywood actúa con bastante criterio. Ya lo demostró esta noche, premiando a Mark Rylance por su estupendo trabajo en El puente de los espías antes que darle un galardón nostálgico a Sylvester Stallone o reconociendo al tema de Spectre a cargo de Sam Smith antes de la anodina balada de Lady Gaga y Diane Warren. Eso sí, seguramente Tom McCarthy no haya ganado el Oscar a mejor director por Spotlight por no ajustarse al arquetipo idealizado de gran autor al que Iñarritu sí se ajusta, un prejuicio que ha convertido al mexicano en el único director en conseguir la estatuilla dos años consectuivos junto a John Ford y Joseph L. Mankiewitz. El porqué han preferido endiosar aun más a Iñárritu y no premiar a George Miller por su épica labor al frente de Mad Max ya pertenece a los misterios de la Academia, aunque seguramente se puede aplicar a cierta falta de valor a la hora de reconocer los méritos que implica poner en marcha un gran artefacto de acción sin freno.

Otras pistas nos indicaban que El renacido no sería la triunfadora, como el “pequeño” detalle de que la película no era candidata al premio al mejor guión (es fácil entender por qué), mientras que Spotlight pertenece, indudablemente, a ese grupo de películas con mensaje “importante” y, por tanto, fácilmente merecedoras de premios (sí, 12 años de esclavitud, te estoy mirando a ti). Sin embargo, la explicación más sencilla es que Spotlight es mejor película. Y ya.

Esta recreación de como el equipo de investigación Spotlight del periódico The Boston Globe destapó como las autoridades de la Iglesia católica habían tapado durante décadas centenares de casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdores es una de esas películas que podemos adjetivar como “necesarias”. Excelentemente interpretada por un equilibrado reparto en el que quizás destaquen Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Michael Keaton, Spotlight no carga las tintas en ningún momento ni narrativa ni estilísticamente. De hecho, su estilo de dirección y de montaje casi invisible la acerca más a las cintas de los años setenta que quiere homenajear, como Todos los hombres del presidente, de la que puede ser una sucesora en los corazones de los estudiantes de Periodismo del mundo. Esta contención es su gran virtud, ya que deja que el horror de los hechos denunciados hable por sí mismo: aquí no hay una gran conspiración que destapar, ni grandes melodramas que afecten a los periodistas. Apenas sabemos nada de sus circunstancias personales: lo importante es verlos hacer un trabajo que consiste en saber qué preguntar, a quién preguntar y no descansar hasta obtener una respuesta. Y ese tono realista permite decubrir otro gran horror actual, al comprobarse que es el propio sistema el que impide destapar estos casos sin que nadie haga ningún esfuerzo consciente para ello: los periodistas se preocupan por otras noticias, o no tienen tiempo para investigar a fondo un asunto que requiere esfuerzo y dedicación, los responsables del periódico no demuestran demasiado interés por temas que puedan ser polémicos, la burocracia se convierte en un obstáculo en sí misma sin que nadie la controle… Cuando no hay un gran enémigo, no se sabe contra quien hay que luchar.

Spotlight es también un homenaje a un periodismo que seguramente esté en vías de extinción si no ha muerto ya. Esas grandes redacciones que se podían permitir mantener equipos de periodistas dedicados a la investigación porque tenían unos lectores fieles que daban credibilidad a lo que aparecía publicado en las páginas del diario son ya cosa del pasado, arrastradas por la crisis económica y el cambio de modelo que ha supuesto la irrupción de Internet y las redes sociales. Ya no se valora la profundidad, sino que prima la inmediatez, el click impulsivo, el contenido fácil, sensacionalista y youtubiano. Los medios no pueden enfrentrarse a anunciantes, autoridades y mercado, atados de pies y manos por unos ingresos menguantes. Spotlight está ambientada en 2001, pero en muchos aspectos es como si transcurriera en un tiempo muy, muy lejano.

Spectre

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Parece mentira, pero a estas alturas aun hay gente que manifiesta su escepticismo hacia la capacidad de Daniel Craig para interpretar a James Bond. Para despejar esas dudas, basta con ver Casino Royale y Quantum of Solace, un díptico donde la segunda sirve de epílogo a la primera y que demuestra que con los arquetipos de la saga se puede obtener como resultado películas de acción trepidante donde el guión funcione como un mecanismo de relojería y las relaciones entre personajes tengan credibilidad e incluso emoción.

Por desgracia, Spectre prefiere seguir el camino de Skyfall. No es de extrañar, ya que la cinta dirigida por Sam Mendes donde se recuperaban viejos personajes de la saga como Moneypenny o Q y se exploraba el pasado personal de Bond consiguió recaudar más de mil millones de dolares en todo el mundo, colocándose así entre las películas más taquilleras de la historia. En Spectre Mendes repite como director y John Logan vuelve a firmar el guión: aquí no sólo repiten Moneypenny o Q, sino que además se recupera a la mítica Spectre como organización criminal internacional con todos sus elementos identificativos, desde el logotipo del pulpo hasta la figura del villano acompañado de su pertinente gato. Por si fuera poco, Spectre no se corta en homenajear situaciones y escenarios icónicos de otras entregas de la saga: tenemos un tren para que Bond intime con su chica Bond de turno como en Casino Royale o se enfrente a un matón como en Desde Rusia con amor; tenemos una clínica aislada en la cumbre de los Alpes a la que se accede por teleférico como en 007 al servicio de su Majestad; e incluso tenemos una guarida situada en un cráter como en Sólo se vive dos veces donde Bond y su chica son recibidos atentamente por el villano de la película…

Y por supuesto, tenemos viajes alrededor del mundo, coches con trucos, conspiraciones para dominar el mundo, mujeres hermosas, persecuciones imposibles, etc… Sin embargo, nos faltan los elementos que hicieron de Casino Royale, Quantum of Solace e incluso Skyfall películas que se colocaban por encima del típico blockbuster. Aquí falta el desarrollo emocional de los personajes, especialmente entre Bond y la doctora interpretada por Léa Seydoux, una relación que no funciona en ningún momento a pesar de ser básica para los acontecimientos que se desarrollan en la segunda mitad de la película. Y lo que es peor, falla la lógica narrativa más simple, la que intenta establecer los objetivos de los protagonistas (pocas veces se ha visto a un villano con un plan más desdibujado que el de Spectre) o enlaza unos hechos con otros con cierto sentido. También roza el absurdo intentar conectar todas las películas anteriores protagonizadas por Craig con ésta, reduciendo a Quantum y al gran antagonista de Casino y Quantum a un papel anecdótico e incongruente, mientras que la nueva exploración del pasado de Bond resulta absolutamente irrelevante.

Todo esto sería perdonable si Spectre fuera un espectáculo grandilocuente y desprejuiciado como gran parte de las cintas de la saga, pero aquí el humor y lo kitsch brillan por su ausencia tanto como el suspense o la emoción. Una vez terminado el plano secuencia con el que arranca la película, una escena ambientada en un Día de los Muertos tan fiel a la realidad como aquellas procesiones de Semana Santa en Sevilla combinadas con las Fallas de Valencia que vimos en Misión Imposible 2, todo lo que queda en Spectre es una sucesión de despropósitos por la que Daniel Craig se mueve con cierta desgana hasta terminar en un climax no muy diferente al de cualquier blockbuster de acción de serie B.

¿Quizás el problema de fondo sea que Casino Royale y Quantum of Solace eran películas Bond para espectadores a los que no les gustaban las películas de 007? Puede, pero eso no es excusa para hacer una película tan insatisfactoria y, en el fondo, aburrida, como Spectre.

Regresión

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Desde su debut con Tesis allá por el año 1996, todas las películas de Alejandro Amenábar han optado al Goya a la Mejor Película, premio que se llevaron su mencionada ópera prima, Los Otros y la oscarizada Mar Adentro. Por tanto, no es de extrañar que Regresión, su regreso al cine de género que le encumbró en los comienzos de su carrera y que llega a las pantallas seis años después del estreno de Ágora, generara grandes expectativas.

Expectativas que, vista la reacción imperante en las redes sociales, se han visto claramente defraudadas.

Se dice por ahí que Amenábar tenía otro proyecto en mente, más personal, de cara a su sexta película, pero que sus productores le presionaron para que firmara una película más comercial, un thriller de aire sobrenatural con más atractivo de cara a la taquilla. Sean rumores o verdad verdadera, aquí está entre nosotros Regresión, una película ambientada en un pequeño pueblo de Minnesota a mediados de los noventa donde un padre es acusado por su hija de haberla sometido a abusos sexuales que él no recuerda. El detective encargado de la investigación, Bruce Kenner, recurre a la ayuda de un prestigioso psicólogo para que reviva los recuerdos reprimidos del padre mediante la técnica de regresión. Comienza así a destaparse una trama que implica a una secta satánica en la que pueden estar implicadas muchas más personas de las que parece. Kenner se entregará en cuerpo y alma a resolver el caso, llegando a caer en un estado casi psicótico donde los limites entre realidad y fantasía llegan a confundirse.

Hay películas que recurren a un giro final para sorprender al público y cambiar el sentido de todo lo narrado: ahí está El Sexto Sentido como ejemplo arquetípico, pero es un recurso habitual y facilón, desde Instinto Básico a Sospechosos Habituales pasando por Ciudadano Kane. Regresión podría ser una de ellas… si no fuera porque el propio Amenábar desvela este giro final mucho antes del propio final de la película en una maniobra completamente intencionada. Como sucedía con Babadook, vendida al público como una película de terror, Regresión es más bien una disección del género de terror, esta vez en su vertiente satánica, promocionada como lo que no es. La decepción del espectador, que esperaba asustarse en su butaca, es más que lógica. Regresión es más bien una adaptación a nuestro tiempo de Las brujas de Salem, el clásico de Arthur Miller, un estudio sobre la psicosis colectiva y la facilidad de creer en una mentira pronunciada por la persona adecuada, antes que una nueva vuelta de tuerca a los exorcismos, las posesiones y las casas encantadas. El problema de las películas que juegan a parecer lo que no son es que lo que parecen tiene que ser atractivo por sí mismo para funcionar del todo y aquí eso no termina de suceder.

Quizás el gran problema de Regresión sea su frialdad, algo que ya perjudicaba a otras películas de Amenábar. Todo resulta correcto en ella, desde la dirección de Amenábar hasta la interpretación de sus actores, con Ethan Hawke a la cabeza y una Emma Watson en un papel mucho más secundario del que la publicidad da a entender, pero en ningún momento sorprende o apasiona. Y es que, en el fondo, parece que a Amenábar tampoco le apasionaba lo que estaba contando.

Inside Out

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Durante mucho tiempo referirse a las películas producidas por Pixar como “la última maravilla de Pixar” llegó a convertirse casi en un tópico. Sin embargo, la infravalorada Cars 2, la desconcertante Brave y la irrelevante Monsters University (seguramente la peor película de la casa) acabaron por convertir el tópico en un comentario nostálgico: ¿Os acordáis cuando Pixar hacía maravillas? Afortunadamente, la productora del flexo ha vuelto a sus raíces para ofrecernos Inside Out -llamada en España Del Revés-, una obra maestra que es, quizás, la película más infantil y la más madura que Pixar ha hecho hasta ahora.

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Porque Inside Out es una aventura infantil, protagonizada por Riley, una niña de once años que tiene que enfrentarse a las consecuencias de mudarse de Minnesota a San Francisco: nueva casa, nuevo colegio, nuevos entornos… Paralelamente, vemos el funcionamiento de su mente, regido por cinco emociones básicas: Alegría, Asco, Miedo, Ira y Tristeza, pequeños personajes de brillantes colores y aspecto suave que viven originales y divertidas aventuras dentro del animado universo que encierra el cerebro de Riley. Al fin y al cabo, todas las películas de Pixar consisten en el viaje de dos personajes muy diferentes que acaban haciéndose amigos mientras corren divertidas aventuras para los más pequeños.

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Y sin embargo, también es verdad que las mejores películas de Pixar acaban funcionando a muchos niveles de lectura. Ratatouille es mucho más que la historia de una rata cocinera, Los Increíbles es una adaptación camuflada de Watchmen, Wall-E es una de las más emocionantes historias de amor llevadas a la gran pantalla y la trilogía de Toy Story es una meditación sobre el hacerse mayor. Inside Out también es una reflexión sobre lo que supone madurar, pero lo hace de una manera mucho más profunda y certera, apelando a la necesidad de que las emociones dialoguen entre ellas -las que protagonizan la película y las que mueven al espectador- para poder crecer. Inside Out nos enseña que las cosas no tienen un único color y que la vida y los recuerdos tienen muchas gamas y matices. Y lo hace mediante una historia llena de imaginación y metáforas, repleta de detalles que sólo apreciarán en su totalidad los espectadores adultos: desde la referencia a los “osos” de San Francisco, pasando por el guiño a Chinatown o la rápida pero certera reflexión sobre Hechos y Opiniones, hasta la brillante secuencia en la que los personajes atraviesan las distintas etapas artísticas y filosóficas que llevan a la abstracción: una película de dibujos animados con chistes sobre cubismo y suprematismo es una película muy segura de sí misma.

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Y todo se lo debemos a un equipo encabezado por el director y coguionista Pete Docter, responsable también de Up (de la que recordaremos siempre esas emotivas y magistrales secuencias protagonizadas por Carl y Ellie mientras olvidamos sus otros puntos débiles), que sabe poner todas las piezas al servicio de la historia. Todo encaja en su conjunto: la animación no requiere de momentos espectaculares ni el diseño de personajes es especialmente sofisticado (los creadores han optado más bien por inspirarse en clásicos de la animación como Tex Avery o Chuck Jones), tampoco la brillante música de Giacchino toma más protagonismo del que debe. Pixar sabe qué la fuerza de una película reside en su guión y por eso colecciona candidaturas al Oscar en ese categoría. Y seguramente Inside Out se lleve unas cuantas el próximo año para celebrar el retorno de Pixar al camino de las grandes obras. Las echábamos de menos.

Jurassic World

A pesar de que su primer trailer fue recibido con críticas y risas, Jurassic World se ha convertido en un enorme éxito comercial que ha sorprendido a propios y extraños: sólo trece días después de su estreno ha conseguido superar la barrera de los mil millones de dolares recaudados en todo el mundo, superando así el record de Furious 7, que lo consiguió en diecisiete días.

The Park is Open (Plano no incluido en la película)
The Park is Open (Plano no incluido en la película)

Quizás sea el poder de la nostalgia que hace que aquellos que eran niños cuando se estrenó Parque Jurásico hayan arrastrado a sus propios hijos a ver la cuarta entrega de esta serie. O quizás sea porque, como dicen en TvTropes, todo es mejor con dinosaurios. Aunque eso implique muchas veces que, como también dicen en TvTropes, en alguna parte un paleontólogo esté deshaciéndose en lágrimas… Siendo justos, Jurassic World no es tan mala como me temía. Pero, desgraciadamente, tampoco es tan entretenida como parece.

Estamos en la Isla Nublar. El parque de atracciones protagonizado por dinosaurios se ha construido y recibe miles de visitantes que acuden a un recinto donde todo es grande y futurista, más cerca de EPCOT que del Safari Park. Sin embargo, diez años después, el público parece haberse cansado de ver dinosaurios (¿me estás hablando en serio?) y la única opción que se le ocurre a la dirección del parque para volver a ponerlo de moda es crear un engendro híbrido basado en el Tyranosaurio y otras terribles especies animales como la sepia (la posibilidad de revivir al Carnotaurus no fue estudiada con la atención necesaria). Lo malo es que algunas divisiones de la empresa propietaria del parque tienen otros objetivos para sus quiméricas creaciones… Sí, ésta es una de esas películas cuyo argumento sólo es posible si sus protagonistas toman siempre las peores decisiones posibles y se les ocurren las ideas más absurdas. Sí, en esta película hay Velociraptores amaestrados, pero la subtrama, sorprendentemente, acaba de funcionar mejor de lo que parece.

No vamos a pedirle profundidad a un guión que no lo necesita. Tenemos malos muy malos y héores muy heroícos, un alto despliegue de efectos especiales, y dinosaurios. ¿Quién necesita más? Lástima que haya largos ratos de la película en la que los dinosarios, incluso los que parecen una amenaza inmminente, desaparezcan de la pantalla sin dejar rastro. Lástima también que haya secuencias lacrimógenas destinadas a dar algo de profundidad dramática a los personajes que sólo consiguen despertar risa y/o aburrimiento. Lástima también que junto a los arquetipos tengamos una serie de personajes absolutamente desdibujados y que no terminan de perfilarse en ningún momento: Claire, la directora del parque, tiene todas las papeletas de haber sido la villana de la película en alguno de los múltiples borradores del guión que han existido, fría e insensible, para acabar convertida en una mujer de acción cuyos tacones de aguja aguanta miles de carreras por la selva (no así su alisado japones, que sucumbe a la humedad tropical en cuanto sale de la oficina). Yo no puedo evitar pensar en los años de cárcel y las indemnizaciones millonarias a los que va a tener que hacer frente como responsable de este catastrófico parque…

Pero todo esto sería perdonable si Jurassic World se hubiera atrevido a ser la frenética cinta de serie B con presupuesto AAA que parecía destinada a ser. En muchos casos se queda a mitad de camino: no se atreve a seguir el camino autoparódico, postmoderno y referencial que apuntan personajes como el técnico de control interpretado por Jake Johnson o un desenfadado Chris Pratt, pero tampoco es una película que se tome en serio a sí misma a lo Nolan. Tampoco los apuntes paródicos como la evidente inclusión de marcas y product placement, supuestamente un deliverado intento de sátira por parte de los responsables, funcionan. El director Colin Trevorrow intenta crear algún momento de acción memorable mediante un plano secuencia a lo Cuarón en el enfrentamiento final entre dinosaurios, pero en el resto de escenas acaba acusando falta de garra, de ritmo o de paciencia. Hay una evidente falta de sentido de la maravilla y de lo espectacular que sí tenía Parque Jurásico y que hace que, más de dos décadas después, aguante revisionados sin problemas. Esperaremos a la siguiente entrega.

Eso sí, a Trevorrow podemos agradecerle el intento de haber reintroducido el formato de pantalla 2:1 en nuestras salas de cine…