ANIVERSARIO

Hace tres años estuve paseando por Baker Beach, contemplando el Pacífico y el Golden Gate. Como le he cogido el gusto a lo de los montajes de fotos, aquí va un vídeo para que os distraigáis durante este fin de semana.

Fue uno de los mejores viajes de mi vida.

EMERGENCY ON PLANET EARTH

Anoche, mientras daba los últimos retoques al montaje de fotos que he hecho para la celebración, mañana en Donosti, del nonagésimo cumpleaños de mi abuela, comencé a escuchar el ruido de un taladro. ¿Obras en Madrid a las doce de la noche? A la una y media, harto, me puse los vaqueros y salí de casa para ver qué pasaba. Unos cincuenta metros calle abajo, un grupo de operarios del Canal de Isabel II estaban taladrando el suelo, levantado adoquines y haciendo un ruido infernal. Le pregunté a uno de los operarios si tenían para mucho, él me miró con cara de conmiseración y sin decir nada, asintió. Durante un segundo pensé en montar un poco de pifostio borde, pero como no sirve de nada y tampoco me hacen sentirme mejor, me encogí de hombros y me volví a casa.

Y es que mi barrio es como una fiesta. En Madrid pasan muchas cosas, pero todas pasan en un grupo reducido de calles. En una veintena de metros, te puedes encontrar con una calle cerrada porque la están requeteadoquinando, camionetas y bohemios con bandejas de catering de cualquier rodaje, un grupo de escolares franceses que van a la busqueda del Museo del Prado y una bonita gymkana en forma de andamio de reparación de fachadas. No exagero ni miento si digo que he estado más de la mitad de los años que vivo en el originalísimo apartamento pasando por debajo de algún andamio en mi calle o en la plaza Canalejas. Y ayer casi me da la risa cuando oigo en las noticias de Tele5 que “en Madrid está permitido aparcar las motos en las aceras, siempre que dejen un espacio libre de tres metros”. ¿Aceras de tres metros en esta ciudad? JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

En fin, Madrid, yo te quiero mucho, pero a veces pienso que lo nuestro es imposible. Menos mal que siempre nos quedará Malasaña…

DE BODA

A mí me encantan las bodas. En serio. No entiendo a la gente que se queja de tener demasiadas bodas a lo largo del año. Será, quizás, porque yo voy a una boda al año, más o menos. Mis amigos y amigas no son de los que se casan. El caso es que me encanta toda la parafernalia que las rodea. Además, ésta era boda de amigos, que son mucho más divertidas que las bodas familiares, en las que te tienes que pedir las copazas a escondidas, no te puedes poner la corbata como si fuera un pañuelo pirata ni arremangarte los pantalones, tienes que saludar hasta a la última tía abuela perdida por las ramas más frondosas del árbol genealógico (y encima se supone que te tienes que acordar de sus nombres, apellidos y parentesco, incluso cuando te dicen cosas como “la última vez que te vi eras un bebito”. Señora, si era un bebito, ¿cómo quiere que me acuerde de usted?) y siempre acabas descubriendo que tienes una tía cincuentona que aun se cree que puede ser la reina de la pista… En las bodas de amigos, sólo estás con tu cuadrilla, a tu aire, y la puedes montar como te parezca.

Como ya adelanté, mi madre dio su aprobado al traje de rayas, a la camisa lila, a la corbata morada y a no haberme cortado el pelo. Sólo me dijo que me peinara un poco y me llevó en coche hasta el hotel donde salía el bus. Si es que tengo una madre que no me la merezco… Todas mis amigas me dijeron que estaba muy guapo con mi abrigo de Caramelo. Pero, ¿quién no está guapo en un día de boda?

La ceremonía fue en un pueblecito perdido por el Pirineo navarro al que se llegaba por carreteras locales. No llovía, pero hacía mucho frío y las chicas tiritaban. Es lo que pasa si te pones un vestido de tirantes en el mes de abril. La boda no fue muy larga, el cura era majo y empezamos a devorar canapés. Y a beber vino tinto para entrar en calor. Así que cuando volvimos al bus, algunos ya estaban un poco alegres, jajaja.

Para la comida nos pusieron a todos los amigos en una mesa redonda. Las camareras empezaron a traer platos y platos de comida. Que si jamón de bellota, que si pirámide de foie y praliné, que si timbal de langostinos, que si panchineta con hongos (que me la comí, por cierto, a pesar del asco que les tengo a las setas). Después, un sorbete de manzana verde para reposar el estómago, y los platos principales: lubina Y cordero. A mí me vuelve loco el cordero asado, pero llega un momento en que sientes que la cómida se te va a salir por la boca y no lo disfrutas tanto. Imaginaos que, de cuatro pastelitos que nos sacaron para el poste, sólo me comí dos… Eso sí, por la noche, cuando estábamos ya en el bar de la Trave que habían reservado los novios, nos sacaron tortilla de patatas y pinchos variados y todos nos abalanzamos sobre ellos como si no hubiéramos comido nada en todo el día.

El disc-jockey de la boda (y el del bar de después) no le hizo ascos a nada. Lo mismo te pinchaba a Kili, que a Leo, que a los grandes clásicos de OT, que al canto del Loco, que a Conchita Velasco o a Paquitoelchocolatero. Vamos, lo que se dice charanga y pachanga de las güenas. Eso sí, lo que es imprescindible en cualquier fiesta pamplonica que se precie son… ¿los pasodobles? ¿las joticas? Pues no, queridos lectores, lo que no falla nunca son… ¡las rancheras! ¿Por qué? Pues ni idea. Es un misterio. ¡Pero qué grande la Durcal!

A las dos de la mañana nos fuimos para nuestras respectivas casas. Con el paso del tiempo y nuestras cada vez más ajetreadas vidas, sólo nos juntamos todos en ocasiones especiales como éstas. Pero lo bueno es saber que, aunque no nos veamos tanto como antes, siempre puedes contar con ellos. Son gente especial.

¿Y las fotos? Pues las podéis ver en Flickr, aquí al lado.

VIERNES MALDITO

Anoche, cuando volví a casa, nada más abrir la puerta, noté que lo que antes era liso ahora era cóncavo. Ya me había fijado unos días antes en que habían aparecido humedades en la pared y sospeché que era culpa de la vecina, pero, como soy un huevón y rehuyo los conflictos, no le había dicho nada aun. Pero se me ha comenzado a abombar el parqué, y eso es algo que ya es superior a mí. Necesita ser acuchillado desde hace años, pero mi parqué es casi sagrado para mí. Así que, nada, el lunes hablaré con la vecina, y si hay que echar abajo la pared, se echa abajo.

¿Por qué el lunes? Pues porque esta noche, cuando salga del curro, tengo que coger un avión a Pamplona, que tengo la boda de unos amigos el sábado. A las 10.45 tengo que estar sin falta en la puerta del hotel Tres Reyes para coger el bus que nos llevará a los invitados no motorizados hasta el pueblecito perdido en el Pirineo en el que se celebra la ceremonia. Será un día de emoción, mucha comida, mucho baile y mucha comida. Me apetece mucho, pero antes tengo que sobrevivir a este viernes.

Por la mañana, he ido a recoger mi cámara Coolpìx ya reparada al servicio oficial de Nikon.

-¿Cuanto es?
-Son 145
-Me está tomando el pelo?

Bueno, eso no lo he dicho, pero lo he pensado. En fin, ahora entiendo que la gente prefiera comprarse aparatos nuevos cuando los viejos se estropean. Me he consolado pensando en que, gracias a los concursos, puede permitirme malgastar unos cuantos euros.

Por la tarde, cuando venía a trabajar, con mi maleta y mi abrigo, ha empezado a caer granizo del cielo. Menos mal que llevaba paraguas.

Antes de ir a Barajas, tengo que pasar por Massimo Dutti a recoger al traje, que me tenían que retocar el dobladillo. Voy a llegar un poco justo de tiempo al aeropuerto, aunque, como ya tengo sacada la tarjeta de embarque, espero no tener problemas.

Y ya la he puesto sobre aviso, pero tengo ganas de ver la cara de mi madre cuando vea que me he comprado una camisa lila y una corbata morada. Conociendo su gusto por el clasicismo, pondrá cara de espanto. Luego, cuando me vea con todo el conjunto puesto, acabará rindiéndose a la evidencia: me queda fenomenal y voy superguapo por el mundo. El lunes os lo confirmo.

TRAPOS SUCIOS

Antes de trabajar donde trabajo ahora, trabajé en una productora que se encargaba de hacer la programación que se emite en medios de transporte como trenes, barcos y aviones. Básicamente, consistía en trabajar para Iberia, que nos tenía cogidos por los huevos porque había firmado la exclusividad de todos nuestros contenidos de producción propia. Sí, produccion propia, porque, aunque vosotros no lo sepáis, en los aviones se emiten programas, documentales y agendas culturales que nadie ve, aparte de películas cortadas (la censura más feroz sigue viva en los despachos de las aerolíneas). Sí, antes todos los aviones llevaban pantallas aunque el vuelo fuera un Madrid-Sevilla. Sí, eran aquellos tiempos en los que te daban de comer gratis, había espacio entre los asientos y las azafatas eran guapas y amables. Después, un día cualquiera de septiembre, unos aviones se estrellaron contra unos rascacielos y nada volvió a ser lo mismo. Pero esa es otra historia de la que hablaremos en otro momento.

Yo empecé a trabajar ahí casi por casualidad. Una amiga me dijo que buscaban redactores, llamé, hablé con el dueño de la empresa y al día siguiente comencé a trabajar. Mi primer trabajo de verdad. Mi primer contrato de verdad. Mi primer alta en la Seguridad Social. Todo por la increíble cantidad de cien mil pesetas al mes, que, por aquel entonces, me parecían una FORTUNA. Era feliz, estaba ilusionado y me iba a comer el mundo.

El primer día estuve viendo videos de la empresa. El estilo de redacción era pomposo y alambicado, muy hueco y barroco. Me dio igual, ya le daría yo un aire más periodístico, concreto y juvenil. El segundo y tercer día los dediqué a hacer un par de vídeos sobre estrenos cinematográficos. El cuarto día descubrí que no tenía nada que hacer.

-Esto… pues lo próximo va a ser un reportaje sobre la Real Fábrica de Cristales de La Granja, que lo están grabando ahora.
-Perfecto. ¿Hay algo de documentación (en esta oficina sin conexión a Internet… todavía)?
-Eeeer… tenemos este libro.

Así que me lei el libro de cabo a rabo. Hice notas, esquemas, resúmenes, un preguión, apunté las cosas más importantes e interesantes, etc… Vamos, lo que me habían enseñado a hacer en la Facultad (y lo que dicta la lógica).

Llegó el momento de montar el video con el autodenominado realizador y le enseñé el preguión.

-Eeee, bueno, todo esto sobre la historia de la fábrica, quitalo, porque no tengo imágenes para ello…
-Pero habrá que dar datos históricos, no? Con planos del edificio, etc…
-(Gruñido y silencio) Bueno, y esto quitalo también, porque no lo grabamos.
-¿Cómo? Pero si es lo más importante, las arañas de cristal, las vajillas, etc…
-(Gruñido aun más sonoro) Era una mierda. No era bonito.

Y estas tres palabras “no era bonito” echaron por tierra cuatro años de carrera y de disquisiciones sobre los criterios informativos, las cuatro uvedobles, la piramide informativa, el paradigma de Lasswell y otras sesudas lecciones convertidas, de repente, en zarandajas inútiles. Daba igual la información, la divulgación, el rigor o el entretenimiento. En aquel lugar, lo importante es que fuera “bonito”.

Yo estaba aconstumbrado, además, a que, por mucho que gruñera el editor, el criterio del redactor prevalecía siempre. En mi paso por la TVLocal como becario, ningún editor me corrigió jamás una noticia y siempre se buscaba la vida para encontrar imágenes adecuadas para cubrir el texto. Pero ahí no. Ahí lo que no era “bonito” no existía. Y a callar.

Y cuando en esas primeras semanas, intenté hacer las cosas a mi manera, el director me citó a su despacho para decirme que era un “orgulloso” y que “así no iba a hacer amigos en la empresa”. Sí, en ese momento me debía haber levantado e irme. Pero no.

Así que acabé escribiendo guiones ampulosos en los que lo esencial era conseguir describir un amanecer con el mayor número de palabras polisílabas posibles, llenando páginas y páginas de párrafos absurdos.

Nunca me he sentido tan frustrado en mi vida.

Y ésta es una de las principales razones por las que he arrojado la toalla. Seguiremos hablando de esa siniestra oficina en próximos episodios.

ME AGAINST THE EXCEL

Esta semana estoy yendo por las mañanas a un curso para aprender a manejar Microsoft Excel. El comienzo de la primera clase fue más o menos así.

Profesor: Bueno, ¿y qué sabéis de Excel?
Yo: Pues… yo sé cuál es el icono.
Profesor: ¿Pero no lo has usado nunca?
Yo: No, bueno, sí, para estos juegos de acertar pelis y grupos que te mandan por Internet.

Dos días después he sido capaz de escribir algo como =Si((hoy()-B2)>=5;G2*$C$11;) ó =(BUSCARV(E2;B16:C19;2)*G2) y entender lo que significa. Dudo que lo vaya a emplear en mi vida, pero ya puedo decir que tengo “conocimientos de Excel a nivel de usuario” sin que sea una mentira.

FREED FROM DESIRE

Los avatares de mi vida actual hicieron que terminara yendo el sábado a una fiesta universitaria para recaudar dinero para el viaje de paso del ecuador a Cancún, ese destino tan cultural y tan “de estudios”.

El evento era en un local de Moncloa, un barrio que no piso desde que en 1998 me dijeron que estaba lleno de skins. En concreto, me dijeron eso de un lugar llamado “los bajos de Argüelles”, que no sé ni donde está, ni ganas. Tampoco me gustan los bares con porteros, porque no soporto a estos seres que sufren delirios de grandeza en cuanto les dan un poco de poder.

Pero en cuanto entré en el pub, sentí como si estuviera viajando en el tiempo.

Las fiestas y los bares universitarios siguen siendo iguales que hace una década. Las camareras son chicas feas disfrazadas de guapas. Dicen que el garrafón no existe, pero yo puedo atestiguar que el White Label no sabía como el White Label de otros locales. Las pandillas son enormes y se mueven como bancos de peces por la pista de baile. Los dramas emocionales tienen un tamaño proporcional al número de personas que lo contemplan. La inocencia y la despreocupación de los veinte años siguen siendo la mismas.

Pero lo que no ha cambiado nada, pero nada de nada, es la música. Sí, ahora hay ese engendro llamado reguetón y las canciones de Rihanna que se bailan en “Fama, ¡a bailar”, pero a lo largo de la noche sonaron también cosas como el “A mi manera” de Siempre Así, el “Samba di Janeiro” de Bellini o los dos temazos que conforman la carrera de Gala. Sí, en primavera de 1998 yo también bailé esto y también tenía la sensación de que me podría comer el mundo cuando quisiera.

El caso es que me lo pasé muchísimo mejor de lo que pensaba. Y el mundo me lo comeré cuando quiera, claro que sí.