EVOLUCIÓN

Un escaner nuevo, un paseo por el baul de los recuerdos para recuperar viejos pasaportes, pases de prensa y tarjetas universitarias, un poco de tiempo libre, menos vergüenza y éste es el resultado.

Mural

Por alguna extraña razón, he vuelto a ser tan rubio como cuando iba al parvulario.

De la horrible epoca adolescente, afortunadamente, apenas conservo fotos de carnet. Ardieron accidentalmente.

Y a ver quién adivina cuál fue la foto que acabó en el carnet de conducir, cumpliendo la ley de Murphy que indica que será siempre aquella en la que salgas lo más feo posible.

NO MORE BRICKS IN THE WALL

Hace veinte años el muro de Berlín estaba cayendo, como bien nos han contado los medios de comunicación este fin de semana. En 1989 yo tenía 13 años, así que recuerdo lo extraño que fue ver cómo en menos de un año el mundo cambiaba radicalmente sin previo aviso. Las dictaduras comunistas de Europa del Este iban cayendo una tras otra, como castillos de naipes. Checoslovaquia, Hungría, Bulgaría, Rumanía… De repente, todo lo que había estudiado en el colegio unos meses antes había quedado obsoleto: aparecieron nuevos países y todos los temas sobre el “bloque comunista”, “Pacto de Varsovia” y “la guerra fría” se desactualizaron en semanas.

Recuerdo ver las imágenes de la gente destrozando el muro de hormigón que dividía Berlín y tener la sensación de estar viendo algo muy importante. Hasta entonces, se daba por hecho que el mundo estaba dividido en dos bloques separados por el telón de acero y que en cualquier momento se podía desatar el Holocausto Núclear. Lo veíamos en películas como “Juegos de Guerra” o “El día después”, series de televisión donde los malos siempre eran fríos y cerebrales militares soviéticos acompañados de científicos enloquecidos, incluso recuerdo dos o tres videoclips ochenteros culminados con explosiones de hongos nucleares. Además, se suponía que el mundo iba a ser así PARA SIEMPRE. En las películas futurísticas, o bien la tierra había sido reducida a cenizas, o bien los soviéticos seguían dominando su parte del cosmos con naves y armas de diseño comunista (mucho más racional, minimalista y moderno que el capitalista, todo hay que decirlo). De repente, de la noche a la mañana, unos berlineses se ponen a saltar un muro y descubrimos que el telón de acero se convertía en una cortinilla de papel de plata. Parecía que la Guerra Fría se convertía en un mal sueño, que la democracia se extendía por el planeta, que entrábamos en una época de paz, esperanza y buenos propósitos…

…hasta que comenzó la guerra en la antigua Yugoslavia y vimos que en realidad el mundo no había cambiado nada. En fin, quedemonos con lo maravilloso de aquellos días en que los periódicos sólo traían buenas noticias en portada.

MÚSICA DOMINGUERA

Como este fin de semana me voy de puente a las cumbres pirenaicas navarras en busca de setas, la música dominguera se adelanta una vez más al viernes.

Pero en vez de recordar alguna canción de esta década, voy a aprovechar que el domingo es mi cumpleaños para recuperar un tema muy especial. Mi madre siempre cuenta que, cuando iba al hospital para traerme al mundo, esto era la canción que sonaba en el coche.

Cuando llego la hora de volver a casa, ya conmigo en brazos, volvió a sonar la misma canción. Quizás sea todo una leyenda familiar, pero me gusta pensar que “So Long, Marianne”, de Leonard Cohen, fue mi primera canción. Cuando la escucho, siento una rara emoción dentro de mí.

…Y YA QUE HABLAMOS DE JUEGOS

La primera vez que jugué con un ordenador fue con el ahora mítico Sprectrum de 48K. En realidad, se limitaba a ser un trozo de plástico negro duro con teclas de goma que se conectaba a un radiocasette y al televisor. Tecleabas LOAD “”, pulsabas el botón de play y a esperar a que el juego se cargara después de varios minutos de ruidos indescifrables, siempre que no sucediera el temible Tape Loading Error, que obligaba a rebobinar y volver a empezar. Mi primer juego fue el Manic Miner y, como el primer amor, nunca se olvida.

Manic Miner - Central Cavern

Ésta era la primera pantalla de las veinte que componían el juego. Había que recoger todas las llaves, raquetas, jabones, tinteros u objetos que brillaran en la pantalla para poder llegar a la siguiente. Con el tiempo, conseguí superarlas todas. ¿Y qué pasaba cuando llegabas al final? ¿Descubrías una lección de la vida? ¿El minero maniaco salía a la superficie y disfrutaba de una merecida jubilación? No, señores, como en una fantasía de Nietzche, se volvía a comenzar desde la primera pantalla sumergidos en un eterno retorno sin fin. Las últimas veces que he jugado (sí, a veces vuelvo a conectar el Spectrum aunque ahora se pueda jugar al Manic Miner en las webs) he descubierto que ya no sé cómo se hace la galería número 19 y no consigo terminarlo.

Por cierto, aunque el protagonista es un minero con nariz puntiaguda y gorra de minero, a mí siempre me pareció un osito de gominola.

Poco a poco fuimos acumulando más juegos que íbamos grabando de cinta en cinta gracias a los radiocasettes de doble pletina. La SGAE, en aquellos tiempos, no decía nada al respecto y los juegos se limitaban a recordarnos que no nos drogáramos: Winner don’t use drugs. Los juegos tenían nombres como Dark Fusion, Nonamed, Jetpac, Altered Beast, Golden Axe, Arkanoid o cualquier palabreja pseuodinglesa, y ya que los gráficos no daban para mucho, se curraban las portadas de las cintas. Por ejemplo, teníamos el Phantis, protagonizado por una sensual amazona intergaláctica de escueto vestuario.

Phantis

Una vez cargado el juego, la sensual amazona se convertía en… bueno, en algo. Sí, es el muñeco de la izquierda de la imagen.

La verdadera Phantis

Vamos, que no se puede decir que los videojuegos primitivos no sirvieran para estimular la imaginación de los adolescentes. Con el tiempo, de todas formas, los gráficos fueron mejorando y los tiempos de carga de la casette iban aumentando con ellos. Personalmente, creo que el Rainbow Islands fue el más conseguido de todos los que yo jugue. De hecho, la versión que hay en el recopilatorio para Playstation2 de juegos de Taito es prácticamente idéntica a la que yo jugaba en el Spectrum. En aquel tiempo, eso sí, habíamos renovado y ascendido a los 124k. También es cierto que las siete islas de las que constaba el juego tardaban casi una media hora en cargarse.

Rainbow_islands

Entonces llegó el verano de 1990 y nos fuimos de vacaciones a Estados Unidos. En el sotano de su casa, mi primo tenía un artefacto que nunca habíamos visto: una consola Nintendo. Los juegos se cargaban al momento y los gráficos eran iguales que las máquinas de los recreativos y de los bares que nos tenían terminantemente prohibidas. Eso era una R E V O L U C I Ó N, y nos pasamos el verano explorando nuevos horizontes. Cuando volvimos a España, las consolas no tardaron en llegar junto con los primeros episodios de los Simpsons y el Spectrum se convirtió en algo tan vetusto y obsoleto como una cinta VHS en el reino de los DVDs… o un compacto comprado en una tienda en el mundo del mp3.

¿Y a que jugábamos en la consola? Eso me lo guardo para otro artículo nostálgico de batallitas de abuelo treintañero.

DERRAMA RIMA CON DRAMA

Lectores, lectoras, el ascensor ha muerto. Después de una larga agonía en la que nos ha entrenido con averías frecuentes, paradas, botes inesperados y extraños ruidos que han servido para fortalecer nuestros corazones, el técnico de la empresa de reparación ha firmado su acta de defunción: el cuadro de mandos ha quedado inservible. Diagnóstico final: 6.000 euros para cambiarlo y resucitar a la cabina cadáver.

Pero si queremos darle un entierro honroso a nuestro viejo amigo y darle un descanso después de tanto subir y bajar, poner uno nuevo que se adecúe a la legislación actual en materia de seguridad ascensoril puede costarnos unos 18.000 euros… es decir, tres millones de las antiguas pesetas.

Yo le comenté ayer al presidente de la comunidad en las escaleras que, puestos a hacer obras, mejor hacer una buena y que vaya a durar. Lo que no he pensado aun es qué haré cuando toque pagar la derrama… Por si fuera poco, durante la conversación salió de pasada que en el futuro cercano llegará un momento en que habrá que cambiar las tuberías de la casa, porque son de venenoso plomo.

Lectores, lectoras, es bonito ser propietario. Pero en casos como estos, uno echa de menos tener un Señor Casero que se haga cargo de todo… En fin, que ya sé a donde va a ir a parar la paga de Navidad. Y yo que quería comprar unas escaleras nuevas para el altillo. Voy a tener que hacer una nueva ronda de concursos.

PD: Por si fuera poco, hoy he tenido una pesadilla en la que entraba a un ascensor y éste se caía…

VUELTA AL COLE

Hoy los niños universitarios y los niños de verdad vuelven a clase. Mientras venía a trabajar he notado que la temperatura era más baja de lo habitual -incluso me he arrepentido de no haberme cogido la chaqueta de entretiempo- y he recordado que en mi primer día de clase en Madrid hubo una gran tormenta. No volvió a llover en semanas, pero aquel día hubo rayos y truenos durante toda la mañana. Nos reunieron a todos en la sala de cine de la ECAM y el curso se inauguró con la proyección de “Extraños”, una película de Imanol Uribe que aun tardaría meses en estrenarse. El propio director estaba ahí para explicarnos la película, acompañado por el compositor de la banda sonora. Por lo que decían podía pensarse que habían creado una obra maestra. Con el tiempo, he llegado a la conclusión de que es una de las peores películas que jamás he visto.

No recuerdo el primer día que fui al parvulario, pero sí recuerdo el primer día que empecé la EGB. Mi primera gran decepción fue que no había columpios en el patio. Nos organizaron a los niños por filas según las clases a las que correspondíamos y entramos en el enorme, oscuro y misterioso edificio. En un arranque de independencia y rebeldía inconscientes, yo me fui directamente a la misma clase a la que iban mis amiguitos de preescolar aunque no era la que me habían asignado. Y ahí me quedé.

De las demás vueltas al cole no tengo ningún recuerdo especial. Comenzar las clases no era algo especialmente traumático, ya que era el momento de volver a encontrarse con los amigos a los que no había visto durante el verano. Además, los días anteriores ya me había distraido leyendo los libros de las asignaturas y tenía ganas de empezar las clases.

De mi primer día en la Universidad recuerdo la sensación de estar entrando en un nuevo mundo, de grandes edificios y grandes aulas. Recuerdo que tuvimos una sesión previa de presentación del curso en la que uno de los profesores se pasó un buen rato hablando de la tórtola turca, de como era uno de los pájaros que habitaban en el campus y de lo importante que era fijarse en esos detalles. Creo que también mencionó que en el campus había tantos árboles como titulados por la Facultad, la primera de las numerosas parábolas metafóricas que escuché durante los años siguientes y que terminaban relacionando con toda naturalidad conceptos de lo más distantes. Pero lo que más recuerdo de aquella tarde fue la aparición, casi cinematográfica y a cámara lenta, de un chico rubio y de ojos azules que terminó convirtiéndose en uno de mis mejores amigos.

PELO AZUL

Estos días he estado poniendo orden en cajones y estanterías y en el proceso he ido encontrando tesoros muy variados. He de reconocer que algunos ponen de manifiesto un incipiente síndrome de Diógenes, como el hecho de que he ido guardando todas las entradas de cine desde el año 1999, así como las de los conciertos a los que he ido y los programas de las obras de teatro que he visto, desde 1995 y 1993 respectivamente. Otros en cambio revelan mi tendencia al mal gusto musical (guardó muchas más cosas de OT de las que suponía) o cierto despiste personal: ¿alguien quiere fotos de Alicia Silverstone o Elizabeth Berkley? ¿Ver como era Nicole Kidman antes de hacerse adicta al botox? También tengo guardadas entrevistas a Alejandro Amenábar, Ralph Fiennes y Nicholas Cage cuando aun tenía pelo y buen criterio profesional.

La verdad es que pasé un buen rato releyendo viejas cartas, curioseando mis notas de la Selectividad y reordenando papelotes y objetos variados. Cuantos recuerdos se pueden guardar en tan poco espacio. Por ejemplo, éste:

Frasco misterioso

¿Qué es esto? ¿Tempera de cuando quise ser artista de vanguardia? Pues no, las artes plásticas las abandoné cuando en sexto de EGB mi profesor me dijo que dibujaba como un niño. Este frasco contiene tinte para el pelo de color Azul Atlántico. Lo compré en un mercadillo de Amsterdam durante el viaje de estudios de segundo de carrera. Por supuesto, nunca me atreví a usarlo y no sólo porque, al destaparlo, uno suponga que un minuto después de ponérselo en la cabeza, el pelo empezará a caerse a mechones, condenándonos a la alopecia eterna.

Azul

En mi imaginación, yo me visualizaba con el pelo azul y me quedaba estupendamente, original, divertido, llamativo, diferente. Acto seguido, la parte realista de mi cerebro me hacía visualizar la cara de extrañeza de mis amigos, la gente señalándome por la calle, los murmullos y las risas a mi paso, el discursito materno de turno, el terror en los ojos de mi abuela… y volvía a guardar el frasco en el cajón, resignado a seguir siendo el mismo personaje anodino de siempre. Sin embargo, siempre lo guardé esperando a que llegara la ocasión de usarlo.

Ahora ya sé que no lo usaré nunca. Supongo que he aprendido, por un lado, que ciertas cosas quedan mejor cuando se quedan en el campo de lo soñado y, por otro, que uno no necesita teñirse el pelo de azul para ser especial. Así que, en vez de tirarlo, he guardado otra vez el frasco en el cajón para que me recuerde estas lecciones vitales.

Y oye… nunca se sabe cuando uno va a necesitar un tinte de pelo de color Azul Atlántico.

¡EXÁMENES!

El Acompañante Habitual está de exámenes y eso hace que yo, de rebote, esté también en exámenes, época de estrés, agobios, histerias y grandes terremotos emocionales. Menos mal que sólo duran un mes y que después llegan las vacaciones, un remanso de sol, piscina y, por ejemplo, góndolas.

Yo no puedo decir que fuera un mal estudiante, pero tampoco era el típico empollón que se levantara a las siete de la mañana todos los días para memorizar los apuntes. Yo no empezaba a estudiar hasta que sonaba mi alarma interna, que solía ser a principios de enero o a principios de mayo en función de la temporada de exámenes. Es cierto que mi carrera no es la más complicada del campus y que, sobre todo, teníamos muchas prácticas, pero también tuvimos que enfrentarnos a tres o cuatro ladrillazos. Como memorizar como un loro es para mí una tortura, yo me dedicaba a hacer resúmenes de los tochos y después resúmenes de los resúmenes que terminaban convirtiéndose en superventas en la fotocopiadora.

De todas formas, esto sólo era la preparación previa. La verdadera temporada de exámenes no llegaba hasta que se terminaban las clases y entonces todo se reducía a estudiar, estudiar y estudiar hasta que dolía el cerebro. Yo me levantaba cuando mi madre y mi hermano ya se habíahabian ido, desayunaba y a las diez en punto me sentaba en mi mesa y empezaba a transferir los conocimientos del papel a mis neuronas. Cuando me desesperaba, me ponía a dar vueltas por el pasillo repitiendo en voz alta los tipos de micrófonos, el paradigma de Laswell, las teorías de Adorno, el esquema de Syd Field o las fechas de fundación de los principales periódicos europeos. Sí, algo así como la viva imagen de la locura. Por eso me cundía más estudiar solo en casa por las mañanas que sufrir interminables noches temáticas en las que tenía que permanecer sentado y en silencio.

Por las tardes, el estudio me cundía menos. Si me quedaba en casa, terminaba viendo dibujos animados en Cartoon Network: ponían seguidos Johnny Bravo, el laboratorio de Dexter y las Supernenas, que eran series de estreno en la época. Menos mal que “Vaca y Pollo” me repelían y me hacían apagar el televisor. Ir a la biblioteca no era mucho mejor, porque ahí las distracciones estaban en movimiento y caminaban por los pasillos. A veces iba con Sito a la residencia de Esti a repasar Historia Universal o Historia del Arte, aunque acabábamos hablando de la última película de Wynona, del primer disco de Oasis y Radiohead o de Melrose Place. Como era una residencia sólo para chicas, Esti nos tenía que subir la cena de forma clandestina. Qué deliciosa tortilla de huevina…

Por las noches prefería dormir, aunque algunas veces no tuve más remedio que dedicarme a luchar contra el sueño para aprenderme cosas tan fundamentales e imprescindibles para la vida como la manera de hacer los referendos en Italia o los fundamentos filosofico-epistemológicos de la comunicación a través de las ondas hertzianas. En mi casa, por lo menos, no me distraían los gemidos del “polvo del siglo” que tuvieron que aguantar mis amigas la víspera del examen de Estructura de la Comunicación (ésta es una anécdota mítica que algún día habrá que rememorar con detalle). Quizás el peor momento fue aquel mes de junio en que se combinaron una ola de calor con una plaga de mariposas nocturnas peludas: si abrías la ventana, tenías que luchar contra la horda de lepidópteros; si la cerrabas, fallecías deshidratado.

Eso sí, me estoy dando cuenta ahora de la cantidad de cosas que me he permitido el placer de olvidar. Lo único bueno de los exámenes es que llega un momento en la vida en que ya no tienes que hacerlos. De mayor sólo hay que pagar facturas.

WORKING IN THE COAL MINE

Dentro de poco hará cinco años que estoy en este trabajo. La verdad es que se me han hecho cortos, comparados con los casi cuatro años de condena en la productora de vídeos. En aquella época había días en que soñaba con entrar al despacho del jefe y decirle que me iba, combinado con mañanas en las que la sola idea de tener que ir a ese lugar siniestro hacía que se me revolviera el estómago. Sólo por librarme de esa sensación valió la pena hacer el cambio. Por no hablar de otras cuestiones como que el sueldo que cobraba no me hacía llegar ni a la categoría de mileurista, o el placer de trabajar a cinco minutos de casa, algo que en Madrid es un auténtico privilegio.

Hace poco me dijeron que la productora estaba a punto de cerrar. A mí me extrañó que aun siguiera abierta, porque era algo que llevaba esperando desde que las compañías aéreas decidieron entrar en crisis después de que AlQuaeda convirtiera los aviones comerciales en misiles aquel día de septiembre de 2001. De repente, había que recortar gastos en cualquier apartado y volar pasó de ser un placer a convertirse en algo parecido al transporte de ganado en carretera. Lo curioso, en realidad, es que la gente no comenzó a sentir un pánico irracional a montar en pesados aparatos de metal y plástico que se elevan a más de diez mil metros, sino que empezó a volar más que nunca. La culpa de todo, en realidad, la tienen RyanAir, EasyJet y Richard Branson. El caso es que se pasó de una situación en la que no importaba pagar millones por ofrecer contenido audiovisual en los medios de transporte, estrenando superproducciones en los aviones antes que en los cines españoles, a otra muy distinta en la que se regateaba por todo y se acabó eliminando la programación de muchos vuelos o restringiéndola sólo a primera clase. Si te hacen pagar por un bocata seco con sabor a plástico, ¿no esperarás que sigan poniendo pelis para hacerte el vuelo más entretenido?

De todas formas, si la empresa hubiera sido dirigida por alguien con criterio, la situación tampoco hubiera sido tan desastrosa, ya que tenía el monopolio en el sector. El problema estaba en que el jefazo supremo era un señor que soñaba con hacer su propio National Geographic Channel a precios de televisión local. Cuando el dinero entraba a espuertas gracias a la venta de contenidos externos, daba igual que el departamento de producción propia, que englobaba casi al 80% de las personas contratadas, fuera ruinoso y no hiciera más que perder dinero. La estrategia era vender productos audiovisuales a un precio que no llegaba ni a la mitad de lo que habían costado “para fidelizar al cliente y luego subirles los precios”. Sí, esto lo escuché de boca de uno de mis superiores. Evidentemente, la estrategia no funcionó. Pero claro, ¿qué se puede esperar de una empresa donde uno de mis primeros encontronazos fue un diálogo como el que sigue?

Ace76: “Y aquí hablamos de esto, de lo otro y de lo más allá”.
Realizador de anchas espaldas pero escaso criterio: “Esto, lo otro y lo de más allá no lo he grabado”.
Ace76 (no dando crédito): “¿Y por qué?”
Realizador: “Porque no era bonito”.

Cuatro años de carrera estudiando que el criterio del periodista debe basarse en el valor informativo de la noticia se derrumbaron en un plumazo. Eso debió de prepararme para grandes momentos posteriores, como cuando la representante del cliente más importante confundió un efecto de moaré (es decir, rayas) con “un precioso campo de lavanda” o dijo que “es mejor no poner declaraciones de personas porque el viajero se aburre porque la imagen no cambia”. Al viajero, por su parte, le interesaban más los vídeos de cámara oculta del “just for laughs” que cualquier documental sobre rutas pintorescas, mercadillos con encanto o la encuadernación artesanal de libros. Eso sí, aunque el negocio era ruinoso, el dueño del cotarro seguía contratando a gente para luego buscarles una ocupación, comprando a precios millonarios material audiovisual que nunca llegaría a ser utilizado o ampliando la oficina para luego terminar alquilando espacio libre a empresas que fabricaban tejados de uralita.

Lo peor de todo es que los empleados de la empresa, jovenes prometedores con ganas de comerse el mundo, se dedicaron a hacer pandillas como si fuera una versión en la vida real de “Al salir de clase” y perdieron el tiempo haciéndose la vida imposible entre ellos en vez de preocuparse por mejorar sus condiciones laborales o luchar contra los abusos del cuerpo directivo.

MÚLTIPLES PERSONALIDADES

Recuerdo que en primero de EGB la profesora nos preguntó un día que queríamos ser de mayores. Yo dije que quería ser Arquitecto. En aquella época jugaba mucho con las típicas piezas de madera de colores para construir castillos, torres y casitas, un juego al que le llamábamos “la arquitectura”. Así que, ¿cómo no iba a querer ser arquitecto? Al final, di rienda suelta a mi inquietud constructora jugando al Lego y al Ikea.

Más tarde montamos un periódico en clase y en el recreo jugábamos a Barrio Sésamo. También hacía dibujos de vez en cuando, con predominio de soles amarillos, nubes azules sobre cielos blancos y casitas con tejado naranja. Así pues, la vocación periodístico-audiovisual ya estaba ahí. Pero como el resto de los niños se reía de mi voz de pito (trauma!), decidí que lo mejor sería refugiarme en el laboratorio y mezclar liquidos humeantes en tubos de ensayo. A los nueve años lo tenía claro: yo sería científico y crearía quimeras.

Pero soñar es gratis, así que, cuando nos obligaban a jugar al fútbol en Educación Física y yo terminaba poniéndome en la portería porque nadie quería ocupar ese puesto, imaginaba que de mayor sería un fabuloso guardameta. Tres o cuatro balonazos en la tripa (dolor!) me hicieron abandonar los deportes de riesgo y cambiarlos por el ajedrez. Ahí tuve un breve y fugaz momento como gran promesa de los tableros. También fui joven promesa del tenis, todo hay que decirlo. Al final me instalé en una plateada mediocridad en ambas disciplinas. A mí el deporte que de verdad me gustaba era el ciclismo, pero de eso, mira por donde, no había equipo en el colegio. El destino siempre conspiraba contra mí en la adolescencia. De mi carrera como jugador de MinisBasket mejor no decir nada. Bueno, sí, hablemos: una vez metí una canasta.

Aunque durante un breve tiempo dije que quería ser director de cine, cuando llegué a BUP ya tenía decidido que sería astrónomo. Sí, yo siempre me he distinguido por elegir carreras que no existen en España y que, además, tienen múltiples salidas laborales. Pero ahí me veía yo, en el observatorio de las islas Canarias, detectando nuevos satélites planetarios y resolviendo el enigma de los quasares. Nada podía apartarme del camino de mi Verdadera Vocación… Nada. Salvo una profesora de Física que me hizo aborrecer de la Física, de la Química y de todo lo relacionado con la tabla periódica de los elementos, lantanidos incluidos. Así que me fui a Letras Mixtas (Trauma… para mi tío!), e incluso gané el Segundo Premio en el Concurso de Poesía del Colegio, consistente en la fabulosa suma de doce mil pesetas. Eso sí, los demás intentos de hacer carrera en el mundo de las Bellas Artes se desvanecieron ante mi nulo talento vocal, interpretativo, musical o bailarinesco.

Cuando llegó la hora de elegir carrera me acordé de mi temprana vocación periodística, lo que, sumado a que me gusta escribir, salir por la tele y posar para las cámaras, hizo que Comunicación Audiovisual fuera la opción perfecta. También me cogieron en Sociología en la UPNA, pero decidí seguir el camino de mi Auténtica Vocación y dejar la Sociología para mis ratos libres. En un momento dado, decidí ser guionista y después de un largo proceso de selección digno de Operación Triunfo, terminé en la ECAM. El resto es historia.

Al final, decidí dedicarme a ser feliz y me di cuenta de que, al fin y al cabo, el trabajo es algo que se hace entre medio de las cosas verdaderamente importantes de la vida. ¿Es esto una autojustificación de mi “fracaso” profesional? Hmmm… bueno… sí… quizás… depende.