ROLLER COASTER

Sanfermines. Las barracas. Niños correteando entre atracciones y luces de colores. Todos tan felices con su ropa blanca, sus pañuelos rojos y los dedos pegajosos con restos de algodón de azúcar. Recuerdo las carreras para montarse en la locomotora que estaba en cabeza del pequeño excalextric y que disponía de una campana con la que hacer un ruido colosal. Parece mentira que dar vueltas por un circuito en forma de ocho con un par de cuestas fuera tan fascinante.

Pero llego el momento de dejar atrás la infancia y empezar a subir esas atracciones reservadas a los mayores. Fue en Barcelona, no recuerdo si en el Tibidabo o en el parque de Montjuïc, cuando monté por primera vez en mi vida en una montaña rusa. Qué emoción, qué nervios, me hacía mayor. El cochecito arrancó a velocidad vertiginosa, mis gafas volaron por los aires y aterrizaron a mis pies. Yo me pasé todo el rato mirando el suelo y viendo como rebotaban de lado a lado, pensando que en cualquier momento se colarían por alguna rendija y desaparecerían para siempre. Y así estaba, sumido en la angustia, cuando el cochecito frenó a una deceleración también vertiginosa. Mi cabeza infantil se golpeó espectacularmente con la barra que supuestamente iba a protegerme de todo peligro. Recuperé mis gafas, pero me llevé de regalo un chichón y un trauma de por vida.

El tiempo pasó y llegaron la adolescencia y nuevos intentos de demostrar mi hombría. Las montañas rusas estaban vetadas, pero todavía podía intentarlo con La Nube. A simple vista, parecía algo inofensivo. Una plataforma que giraba sobre su eje y permanecía completamente horizontal en todo momento. Qué emoción, qué nervios, me hacía mayor. Me senté en la parte trasera. Bajó una barra de sujección que me pareció insuficiente. Traté de pensar de que era una señal de que la atracción no era peligrosa, pero cuando el aparato empezó a dar vueltas, comprobé que me había montado en una demoniaca trampa infernal. Cada giro era más rápido que el anterior y en cada descenso tenía la impresión de que iba a salir disparado de la maquina. Me agarré con todas mis fuerzas a la barra metálica como si estuviera luchando por mi vida. De hecho, estaba luchando por ella. En cualquier momento la barra se abriría y yo terminaría mis días estampado contra las montañas que rodean Pamplona, convertido en puré de ace. Pocos minutos después, terminó la tortura, yo había perdido varios años de vida y me llevé un nuevo trauma.

Desde entonces, trato de evitar ferias y parques de atracciones. A veces he conseguido superar mi pánico y montarme en artefactos que te dan vueltas, te sacuden, te ponen boca abajo… Reconozco que ha habido dos o tres ocasiones en las que incluso he sido capaz de divertirme. Sin embargo, por lo general, no soy capaz de olvidarme de que estoy poniendo mi integridad física en manos de una tuerca mal engrasada. Supongo que en el fondo soy una de esas personas que intentan tener todo bajo control.

Además, la vida ya es en sí misma una montaña rusa, ¿no?

GAUDEAMOS IGITUR

Hace muchos años, en el siglo pasado, recuerdo que al caminar por el pasillo hacia mi asiento asignado para el acto de licenciatura de mi carrera, pensé que era uno de los momentos más cinematográficos que había vivido nunca. El polideportivo de la Universidad se había trasformado en un decorado iluminado por grandes focos donde mis compañeros y yo seríamos las estrellas de la función por unas horas. Como en toda ceremonia o ritual, es mejor dejar de lado la visión irónica de la misma para poder disfrutarla. Recuerdo algunos de los chistes contados durante los discursos, los nervios cuando llegó la hora de subir al escenario a recoger un título (pero no “el título”, que aun no habíamos hecho los últimos exámenes), la satisfacción de mi madre al hacernos fotos a la salida…

En mi mente se mezclan la fiesta de esa noche con la última fiesta que hicimos después del último examen. Nos sentíamos contentos por haber terminado la carrera, pero también nerviosos y excitados ante el futuro que se abría ante nosotros en forma de prácticas en Madrid, masters o Escuelas de Cine. Todo eran proyectos prometedores, páginas en blanco sin escribir, un camino en el que la vida iba a dejar de estar marcada por cursos académicos. Comenzábamos una nueva aventura que nos llevaría a… ¿quién lo sabía entonces?

De aquellas dos noches de fiesta tengo momentos y conversaciones grabados en la memoria. Creo que ya he hablado alguna vez de como me impresionó, cuando en la discoteca un grupo de compañeros se acercó a donde estábamos bailando mis amigos y yo para la discoteca, ver que algunos de ellos se ponían a llorar con más o menos disimulo. A algunos de ellos no les he vuelto a ver nunca más. Fue entonces cuando me di cuenta de que abrir una etapa significa cerrar otra. Comenzar algo nuevo siempre lleva consigo sacrificar algo viejo.

15 AÑOS EN DIRECTO

Hace un rato estaba reordenando papeles en mi cajonera y me he encontrado con este documento de tiempos pasados.

rem

El 15 de febrero de 1995 fui a mi primer concierto: R.E.M en el Velódromo Anoeta. Era el primer concierto de la gira europea de presentación de “Monster”, al que por aquel entonces llamaban “el disco grunge de REM”. Creo recordar que justo ese día habíamos hecho el último examen del primer semestre de la carrera. Esti, Sito y yo cogimos el autobús con algunas compañeras suyas de residencia y llegamos a San Sebastián a media tarde. Fuimos de un lado a otro de la ciudad y acabamos llegando con el tiempo justo al concierto. De hecho, cuando entrábamos en el recinto empezó a sonar los primeros acordes de “What’s the frequency, Kenneth?” y echamos a correr por las gradas hasta la pista. Vulnerando todas las reglas no escritas de comportamiento en los conciertos, nos fuimos abriendo paso hasta las primeras filas. Yo alucinaba con todo, pero sobre todo con la sensación de estar viendo a pocos metros de mí a una persona que hasta entonces sólo era una imagen. Esta sensación aun no se me ha quitado del todo a pesar de los muchos conciertos a los que he ido desde entonces, es como si algo irreal se hiciera repentinamente auténtico.

Recuerdo que el concierto terminó sin bises, no sé sabe muy bien por qué. También recuerdo como mágico el momento en que una inmesa bola de espejos deshizo la luz en decenas de reflejos mientras la banda de Michael Stipe cantaba “Tongue”. Este vídeo no le hace justicia a mi recuerdo, pero os servirá para haceros una idea de como fue…

Después del concierto, como éramos jóvenes e inexpertos y no habíamos planeado nada, Sito y yo pasamos la noche esperando a que abrieran la cafetería de la estación de autobuses y caminando por la orilla del Urumea para no morirnos de frío. Es de esos momentos que con el tiempo se recuerdan con cariño, la verdad.

EVOLUCIÓN

Un escaner nuevo, un paseo por el baul de los recuerdos para recuperar viejos pasaportes, pases de prensa y tarjetas universitarias, un poco de tiempo libre, menos vergüenza y éste es el resultado.

Mural

Por alguna extraña razón, he vuelto a ser tan rubio como cuando iba al parvulario.

De la horrible epoca adolescente, afortunadamente, apenas conservo fotos de carnet. Ardieron accidentalmente.

Y a ver quién adivina cuál fue la foto que acabó en el carnet de conducir, cumpliendo la ley de Murphy que indica que será siempre aquella en la que salgas lo más feo posible.

NO MORE BRICKS IN THE WALL

Hace veinte años el muro de Berlín estaba cayendo, como bien nos han contado los medios de comunicación este fin de semana. En 1989 yo tenía 13 años, así que recuerdo lo extraño que fue ver cómo en menos de un año el mundo cambiaba radicalmente sin previo aviso. Las dictaduras comunistas de Europa del Este iban cayendo una tras otra, como castillos de naipes. Checoslovaquia, Hungría, Bulgaría, Rumanía… De repente, todo lo que había estudiado en el colegio unos meses antes había quedado obsoleto: aparecieron nuevos países y todos los temas sobre el “bloque comunista”, “Pacto de Varsovia” y “la guerra fría” se desactualizaron en semanas.

Recuerdo ver las imágenes de la gente destrozando el muro de hormigón que dividía Berlín y tener la sensación de estar viendo algo muy importante. Hasta entonces, se daba por hecho que el mundo estaba dividido en dos bloques separados por el telón de acero y que en cualquier momento se podía desatar el Holocausto Núclear. Lo veíamos en películas como “Juegos de Guerra” o “El día después”, series de televisión donde los malos siempre eran fríos y cerebrales militares soviéticos acompañados de científicos enloquecidos, incluso recuerdo dos o tres videoclips ochenteros culminados con explosiones de hongos nucleares. Además, se suponía que el mundo iba a ser así PARA SIEMPRE. En las películas futurísticas, o bien la tierra había sido reducida a cenizas, o bien los soviéticos seguían dominando su parte del cosmos con naves y armas de diseño comunista (mucho más racional, minimalista y moderno que el capitalista, todo hay que decirlo). De repente, de la noche a la mañana, unos berlineses se ponen a saltar un muro y descubrimos que el telón de acero se convertía en una cortinilla de papel de plata. Parecía que la Guerra Fría se convertía en un mal sueño, que la democracia se extendía por el planeta, que entrábamos en una época de paz, esperanza y buenos propósitos…

…hasta que comenzó la guerra en la antigua Yugoslavia y vimos que en realidad el mundo no había cambiado nada. En fin, quedemonos con lo maravilloso de aquellos días en que los periódicos sólo traían buenas noticias en portada.

MÚSICA DOMINGUERA

Como este fin de semana me voy de puente a las cumbres pirenaicas navarras en busca de setas, la música dominguera se adelanta una vez más al viernes.

Pero en vez de recordar alguna canción de esta década, voy a aprovechar que el domingo es mi cumpleaños para recuperar un tema muy especial. Mi madre siempre cuenta que, cuando iba al hospital para traerme al mundo, esto era la canción que sonaba en el coche.

Cuando llego la hora de volver a casa, ya conmigo en brazos, volvió a sonar la misma canción. Quizás sea todo una leyenda familiar, pero me gusta pensar que “So Long, Marianne”, de Leonard Cohen, fue mi primera canción. Cuando la escucho, siento una rara emoción dentro de mí.

…Y YA QUE HABLAMOS DE JUEGOS

La primera vez que jugué con un ordenador fue con el ahora mítico Sprectrum de 48K. En realidad, se limitaba a ser un trozo de plástico negro duro con teclas de goma que se conectaba a un radiocasette y al televisor. Tecleabas LOAD “”, pulsabas el botón de play y a esperar a que el juego se cargara después de varios minutos de ruidos indescifrables, siempre que no sucediera el temible Tape Loading Error, que obligaba a rebobinar y volver a empezar. Mi primer juego fue el Manic Miner y, como el primer amor, nunca se olvida.

Manic Miner - Central Cavern

Ésta era la primera pantalla de las veinte que componían el juego. Había que recoger todas las llaves, raquetas, jabones, tinteros u objetos que brillaran en la pantalla para poder llegar a la siguiente. Con el tiempo, conseguí superarlas todas. ¿Y qué pasaba cuando llegabas al final? ¿Descubrías una lección de la vida? ¿El minero maniaco salía a la superficie y disfrutaba de una merecida jubilación? No, señores, como en una fantasía de Nietzche, se volvía a comenzar desde la primera pantalla sumergidos en un eterno retorno sin fin. Las últimas veces que he jugado (sí, a veces vuelvo a conectar el Spectrum aunque ahora se pueda jugar al Manic Miner en las webs) he descubierto que ya no sé cómo se hace la galería número 19 y no consigo terminarlo.

Por cierto, aunque el protagonista es un minero con nariz puntiaguda y gorra de minero, a mí siempre me pareció un osito de gominola.

Poco a poco fuimos acumulando más juegos que íbamos grabando de cinta en cinta gracias a los radiocasettes de doble pletina. La SGAE, en aquellos tiempos, no decía nada al respecto y los juegos se limitaban a recordarnos que no nos drogáramos: Winner don’t use drugs. Los juegos tenían nombres como Dark Fusion, Nonamed, Jetpac, Altered Beast, Golden Axe, Arkanoid o cualquier palabreja pseuodinglesa, y ya que los gráficos no daban para mucho, se curraban las portadas de las cintas. Por ejemplo, teníamos el Phantis, protagonizado por una sensual amazona intergaláctica de escueto vestuario.

Phantis

Una vez cargado el juego, la sensual amazona se convertía en… bueno, en algo. Sí, es el muñeco de la izquierda de la imagen.

La verdadera Phantis

Vamos, que no se puede decir que los videojuegos primitivos no sirvieran para estimular la imaginación de los adolescentes. Con el tiempo, de todas formas, los gráficos fueron mejorando y los tiempos de carga de la casette iban aumentando con ellos. Personalmente, creo que el Rainbow Islands fue el más conseguido de todos los que yo jugue. De hecho, la versión que hay en el recopilatorio para Playstation2 de juegos de Taito es prácticamente idéntica a la que yo jugaba en el Spectrum. En aquel tiempo, eso sí, habíamos renovado y ascendido a los 124k. También es cierto que las siete islas de las que constaba el juego tardaban casi una media hora en cargarse.

Rainbow_islands

Entonces llegó el verano de 1990 y nos fuimos de vacaciones a Estados Unidos. En el sotano de su casa, mi primo tenía un artefacto que nunca habíamos visto: una consola Nintendo. Los juegos se cargaban al momento y los gráficos eran iguales que las máquinas de los recreativos y de los bares que nos tenían terminantemente prohibidas. Eso era una R E V O L U C I Ó N, y nos pasamos el verano explorando nuevos horizontes. Cuando volvimos a España, las consolas no tardaron en llegar junto con los primeros episodios de los Simpsons y el Spectrum se convirtió en algo tan vetusto y obsoleto como una cinta VHS en el reino de los DVDs… o un compacto comprado en una tienda en el mundo del mp3.

¿Y a que jugábamos en la consola? Eso me lo guardo para otro artículo nostálgico de batallitas de abuelo treintañero.