CALLEJEROS

A finales del siglo pasado, el que escribe estas líneas consiguió uno de sus mayores éxitos profesionales al ser admitido como becario en Canal 4 Navarra, la televisión local de Pamplona. Por 10.000 pesetas al mes (que a veces tenía que mendigarle al cajero pagador), trabajaba todas las mañanas para los servicios informativos. Y una vez al mes, también los fines de semana, en los que me mandaban a hacer reportajes de temas tan apasionantes como el mercadillo de los domingos en Landaben.

Y yo sin darme cuenta de que me había inventado “Callejeros”. Así queda inaugurado mi nuevo canal de Youtube.

SEGUNDO TIEMPO

Con unas cañas y unos platos de jamón y chorizo en el bar de la esquina se terminó mi curso del Inem. Y yo tuve la sensación de que mi período de adaptación a la vida de parado se había acabado con él. Comienza ahora el segundo tiempo. Ahora es cuando hay que sacar la artillería pesada, poner toda la carne en el asador, jugarse el todo por el todo, esforzarse un 200%, definir objetivos para alcanzarlos…

Pero antes me fui de puente a Pamplona. Mi madre había comprado camas nuevas para que Diego pueda dormir en mi cuarto cuando subimos a Pamplona y había que estrenarlas. No haber ido hubiera sido como que se derrumbara el muro de Berlín y nadie cruzara la frontera. El día del trabajo (juas) subimos al Pirineo. Más nieve que en invierno y las estaciones de esquí cerradas. El río crecido, corrientes de agua cayendo por las paredes de las montañas, campos verdes y potrillos recién nacidos aprendiendo a trotar. Dan ganas de comprarse un huerto y retirarse al campo. Por la tarde, nos pegamos al televisor para ver mi paso por “Pasapalabra”. Sigo siendo pobre, pero al menos mi participación en el rosco no fue tan desastrosa como recordaba.

Y ahora, a buscar trabajo.

REGANDO CON FARADAY, EL OCEANÓLOGO

Hasta ese momento, todo iba bien. Mis compañeros motoristas me habían sacado de apuros en las situaciones más complicadas del trayecto, pero ahora era mi turno. Estaba solo ante el peligro, rodeado de ojos curiosos y focos de colores. Empecé a sentir el calor. No encontraba un lugar donde fijar mi mirada. Pero, a pesar de todo, estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, quizás. Había conseguido una ligera ventaja sobre mi rival y esperaba poder demostrar que no había llegado hasta ahí por casualidad.

Comenzó la prueba definitiva. Los dos primeros obstáculos los superé sin problemas. Llegó el turno del otro jugador y éste empezó a vomitar respuestas. Su velocidad me descolocó y mi mente trató de acelerar su ritmo. Seguramente, éste fue mi primer error. El tercer y cuarto obstáculos los reservé para más adelante, pero el quinto ni siquiera lo llegué a comprender. En el sexto mi boca fue más veloz que mi cerebro y cometí un innecesario error. Mi rival ya comenzaba a sacarme una considerable ventaja, pero yo estaba decidido a pelear hasta el final. Sin embargo, empezaba a sentirme incómodo y una parte de mi mente, poco a poco, empezaba a evadirse del lugar. Confundí un obstáculo con otro y las respuestas dejaron de llegarme a la mente. Un despiste en un sufijo me costó un segundo error. Y al llegar al tercer fallo, mi rival estaba tan cerca de la meta que ya no podía superarle. Todo el tiempo que aun me quedaba era inútil. Me retiré con una sonrisa y un encogimiento de hombros, aunque por dentro me sentí muy decepcionando conmigo mismo. Sabía que la misión era casi imposible, pero me dio rabia no haber brillado tanto como hubiera podido.

Y dentro de unas semanas, lo podréis ver en vuestras pantallas de televisión.

MUDANZA FELINA

Este miércoles, compré un arenero nuevo, un cuenco doble para comida y agua y un saco del pienso que le gusta a Flauta. Después, metí al gato en un transportin y nos fuimos. La idea era llevármelo a casa de Diego por una noche y comprobar cómo se adaptaba a su futuro hogar.

Nada nos había preparado para la odisea felina que nos esperaba. Diego conducía. Yo iba detrás con el gato en el transportín. Cuando arrancó el coche, comenzaron los maullidos lastimeros. A los cinco kilómetros, comenzó la diarrea. A los diez kilómetros, los vómitos. El hedor era insoportable y tuvimos que abrir las ventanas, enfrentándonos al peligro de morir congelados. Encontré un ambientador en la guantera y empecé a rociar el interior del vehículo con esencia de… ¿flores del campo? Ya en la urbanización, Diego conducía sacando la cabeza por la ventanilla y controlando las nauseas. Flauta seguía maullando.

Por fin llegamos a nuestro destino. A estas alturas, habíamos decidido que lo que iba a ser una visita puntual se convertía en el traslado definitivo del gato. No nos veíamos capaces de volver a viajar con él el coche nunca más. A Flauta aun le quedaban otros desafíos que superar: del transportin se fue directamente a la ducha. Y por último, el momento de la verdad: el encuentro con Platón, el perro de la casa. ¿Se llevarían como el perro y el gato? Cuando vimos que Platón no ladraba a Flauta y que éste no salía corriendo al verle, respiramos aliviados. Que el gato le bufara al perro e intentara arañarle cuando se le acercaba demasiado era, en realidad, una buena señal. Con el paso de los días, Flauta se ha ido acostumbrando a su presencia y se deja oler y todo. ¿Éste es el comienzo de una bonita amistad entre especies?

Flauta, además, tiene que llevarse bien con otros habitantes de la casa.

...otros deliciosos habitantes de la casa.

HISTORIAS POR TELÉFONO

A principios de octubre me trasladaron durante unas semanas a otro departamento de la empresa en el que, básicamente, me dediqué a vender nuestro producto por teléfono y organizar actitividades para nuestros socios. Durante mes y medio habré marcado cerca de cinco mil números de toda España y habré hablado con unas tres mil personas. Cuando me anunciaron mi nuevo destino mi entusiasmo fue nulo, pero he de reconocer que ha sido una experiencia bastante interesante y mucho más entretenida de lo que supuse.

Una de las primeras conclusiones a las que llegué al poco tiempo de empezar mi odisea telefónica fue que, al igual que la primera norma del club de la lucha es no hablar del club de la lucha, la primera norma del teleoperador es que no se le note que es un teleoperador. Hay que hablar con la gente, no recitarles absurdos textos. Si no, te puede pasar que estés llamando a una señora madura de Sevilla y que al otro lado de la línea te encuentres a una señora madura de Sevilla quien, al llamarla por su nombre de pila, te responde que te has equivocado creyendo que le vas a ofrecer una maravillosa oferta de telefonía fija con ADSL y satélite privado. Y claro, no queda muy bien dudar de la palabra de la gente aunque notes que te están mintiendo descaradamente.

También descubres que los tópicos sobre la simpatía de la gente de ciertas regiones de España frente a la sequedad de algunos oriundos de la cornisa cantábrica tienen algo de verdad. Vamos a ilustrarlo con un ejemplo inspirado en la milenaria cultura nipona: Una Cantabria salvaje aparece. ¡Granada, te elijo a ti! Granada utilizó “amabilidad”. Es muy efectivo.

Curiosamente, las peores reacciones vienen de la gente que, en principio, más interesadas deberían estar en tu propuesta. Las personas a las que tu llamada les interesa tanto como el contenido de la carpeta de Spam en una cuenta de Hotmail son, por lo general, mucho más educadas y agradables. También puede deberse a que las llamadas spam se hacían a números fijos y en estos casos, ocho de cada diez personas que te contestaban superaban los 150 años de edad. Los teléfonos inmóviles están en peligro de extinción.

Con el tiempo desarrollas una especie de sexto sentido por el que, a los cinco segundos, adivinas cómo te va a responder tu interlocutor y qué personalidad debes de adoptar con cada uno de ellos. ¿Serio oficinista? ¿Simpático joven? ¿Autómata sin sentimientos? ¿Teléfono de la esperanza? ¿Qué llevo puesto en este momento?

Aunque los resultados globales de la empresa no hayan sido los esperados, la oficina en la que he estado trabajando sí que ha cumplido con la misión que le encomendaron, así que, en cierto sentido, estoy satisfecho con mi trabajo.

Además, trabajar en turno de tarde me ha permitido dedicar las mañanas a ir al gimnasio. En unos meses, solicitaré mi ingreso en alguna manada de hombres lobo de Bon Temps o similar.

REMOLINOS DE VERANO

Estas vacaciones de verano comenzaron en una casa rural en un pequeño pueblo de Ávila llamado Fuente El Sauz, un lugar en medio de ninguna parte. Ahí pasamos un fin de semana entre partidas nocturnas de Singstar, debates filosóficos salpicados de patatas fritas y cocacolas, excursiones a Madrigal de las Altas Torres, fotografías entre girasoles y mi primera barbacoa, chispas (y brasas).

Pero si algo recordaremos de nuestra estancia en el lugar fue la invención del remolining. Es muy sencillo. Se sumerge un grupo de personas en una piscina de forma circular y comienzan a correr por el borde exterior de la misma. El movimiento de sus cuerpos desplaza la masa de agua y termina creando una potente corriente en forma de remolino en poco minutos, de tal forma que pueden optar por dejarse llevar por el mismo o poner a prueba su fuerza y habilidad desafiando la fuerza de la corriente. Cosa que no es tan fácil como parece. Dentro vídeo.

En las últimas semanas me he tenido que enfrentar a unos cuantos remolinos vitales que me han llevado de un lado para otro con cierto descontrol. Sin embargo, pensando en esta piscina desmontable, me he dado cuenta de que, en realidad, gran parte de estos remolinos los he desencadenado yo con mis acciones, mis decisiones, mis miedos, mis errores… Resulta que vencerlos sólo requiere un poco de valor y un poco de fuerza. Es más difícil decidirse a actuar que llevar a cabo la acción en sí misma. Ahora mismo, me siento como si hubiera dominado el Maelstrom.

WAR!

Era casi mediodía. El sol caía sobre la pradera. Entre la hierba alta, centenares de flores silvestres, amarillas y blancas, eran mecidas ligeramente por el viento. Las miré y sentí que eran mis únicas amigas en aquellos momentos. También serían los únicos testigos de mi destino. Entre en el bosque y bajé por un sendero hasta un pequeño arroyo. Pensé en lo bien que me vendría beber algo fresco en aquellos momentos, tumbarme en una cómoda cama, estar con aquellos a quienes quiero, sentir su piel una vez más… Todo aquello parecía lejano en aquellos momentos. Miré a mi alrededor mientras me aseguraba de que mi arma estaba preparada. Revisé el cargador: el depósito estaba medio vacío, pero aun me quedaba munición suficiente para salir de aquel embrollo. De repente, algo sonó en el silencio del bosque. Un griterío lejano, ruidos entre el bosque y, antes de que pudiera reaccionar, el inconfundible ruido de los proyectiles rompiendo el aire.

Casi instintivamente me tiré al suelo y me protegí detrás de una roca cubierta de musgo. No me atrevía a asomar la cabeza. Esperaba que mis compañeros estuvieran cerca de mí. Desee que mis enemigos estuvieran lejos… pero se aproximaban cada vez más, podía sentirlo. Me pegué a la piedra como si quisiera convertirme en parte de ella o, por lo menos, contagiarme de su dureza. A unos milímetros de mis ojos una hormiga de abdomen rojo se movía sobre el musgo. A esa distancia parecía un gigantesco monstruo mitológico. La imagen me hizo sonreír. Una bala reventó contra la piedra a pocos centímetros de mi cabeza levantando polvo y esquirlas. Ese lugar no era seguro. Tenía que salir de ahí. A pocos metros de distancia, otra roca mayor podría servirme de parapeto. Ahora o nunca. Me levanté, agarré con fuerza mi fusil y eche a correr, casi a ciegas, sin mirar a mi alrededor. Diez metros, siete, cinco… tres…

Sentí un dolor punzante y repentino y me desplomé. Aun tuve fuerzas para arrastrarme por el suelo, entre la hierba y las flores, hasta mi destino. Sentía el líquido fluir por la manga de mi uniforme. Sólo cuando llegué a la gran roca dirigí mis ojos hacia mi brazo. El proyectil había explotado con fuerza, causando un gran estropicio. No quise pensar en las secuelas que habría dejado en mi cuerpo. Sólo me quedaba una oportunidad. Apretando los dientes, trepé por la superficie de la piedra. En cuanto me vieran, ellos podrían dispararme, pero yo contaba con el factor sorpresa. Estaba convencido de que no esperarían que les disparara desde ese punto. Poco a poco, asomé la cabeza por encima del peñasco. Los gritos de mis compañeros sonaban lejanos. Vi a alguno retirarse del campo de batalla, más allá de los árboles, hacía la soleada explanada. Pero de los enemigos, ni rastro.

Entonces le vi. Quizás demasiado lejos. Quizás mis balas no llegaran hasta ahí. Pero había descubierto el escondite del capitán del ejército rival. Estaba agazapado detrás de un muro de rocas y ramas secas, más preocupado de proteger su integridad física que de entrar en combate. Era una ocasión única para zanjar la batalla de una vez por todas. Me erguí y me convertí en un blanco fácil por unos instantes, los que tardé en disparar. Apreté el gatillo una sola vez y nada más hacerlo, supe que no fallaría. Volví a esconderme tras la roca y entonces escuché los gritos que anunciaban nuestra victoria. Mi victoria.

-¡Le han dado al capitán! ¡Le han dado al capitán!

El juego había terminado. Sonriendo satisfecho, salí de mi escondite y me reuní con mis amigos. Mi hermano se quitaba los restos de pintura de la cara con un trapo. Qué mejor excusa que una despedida de soltero para jugar a la guerra como niños pequeños.

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ROLLER COASTER

Sanfermines. Las barracas. Niños correteando entre atracciones y luces de colores. Todos tan felices con su ropa blanca, sus pañuelos rojos y los dedos pegajosos con restos de algodón de azúcar. Recuerdo las carreras para montarse en la locomotora que estaba en cabeza del pequeño excalextric y que disponía de una campana con la que hacer un ruido colosal. Parece mentira que dar vueltas por un circuito en forma de ocho con un par de cuestas fuera tan fascinante.

Pero llego el momento de dejar atrás la infancia y empezar a subir esas atracciones reservadas a los mayores. Fue en Barcelona, no recuerdo si en el Tibidabo o en el parque de Montjuïc, cuando monté por primera vez en mi vida en una montaña rusa. Qué emoción, qué nervios, me hacía mayor. El cochecito arrancó a velocidad vertiginosa, mis gafas volaron por los aires y aterrizaron a mis pies. Yo me pasé todo el rato mirando el suelo y viendo como rebotaban de lado a lado, pensando que en cualquier momento se colarían por alguna rendija y desaparecerían para siempre. Y así estaba, sumido en la angustia, cuando el cochecito frenó a una deceleración también vertiginosa. Mi cabeza infantil se golpeó espectacularmente con la barra que supuestamente iba a protegerme de todo peligro. Recuperé mis gafas, pero me llevé de regalo un chichón y un trauma de por vida.

El tiempo pasó y llegaron la adolescencia y nuevos intentos de demostrar mi hombría. Las montañas rusas estaban vetadas, pero todavía podía intentarlo con La Nube. A simple vista, parecía algo inofensivo. Una plataforma que giraba sobre su eje y permanecía completamente horizontal en todo momento. Qué emoción, qué nervios, me hacía mayor. Me senté en la parte trasera. Bajó una barra de sujección que me pareció insuficiente. Traté de pensar de que era una señal de que la atracción no era peligrosa, pero cuando el aparato empezó a dar vueltas, comprobé que me había montado en una demoniaca trampa infernal. Cada giro era más rápido que el anterior y en cada descenso tenía la impresión de que iba a salir disparado de la maquina. Me agarré con todas mis fuerzas a la barra metálica como si estuviera luchando por mi vida. De hecho, estaba luchando por ella. En cualquier momento la barra se abriría y yo terminaría mis días estampado contra las montañas que rodean Pamplona, convertido en puré de ace. Pocos minutos después, terminó la tortura, yo había perdido varios años de vida y me llevé un nuevo trauma.

Desde entonces, trato de evitar ferias y parques de atracciones. A veces he conseguido superar mi pánico y montarme en artefactos que te dan vueltas, te sacuden, te ponen boca abajo… Reconozco que ha habido dos o tres ocasiones en las que incluso he sido capaz de divertirme. Sin embargo, por lo general, no soy capaz de olvidarme de que estoy poniendo mi integridad física en manos de una tuerca mal engrasada. Supongo que en el fondo soy una de esas personas que intentan tener todo bajo control.

Además, la vida ya es en sí misma una montaña rusa, ¿no?

GAUDEAMOS IGITUR

Hace muchos años, en el siglo pasado, recuerdo que al caminar por el pasillo hacia mi asiento asignado para el acto de licenciatura de mi carrera, pensé que era uno de los momentos más cinematográficos que había vivido nunca. El polideportivo de la Universidad se había trasformado en un decorado iluminado por grandes focos donde mis compañeros y yo seríamos las estrellas de la función por unas horas. Como en toda ceremonia o ritual, es mejor dejar de lado la visión irónica de la misma para poder disfrutarla. Recuerdo algunos de los chistes contados durante los discursos, los nervios cuando llegó la hora de subir al escenario a recoger un título (pero no “el título”, que aun no habíamos hecho los últimos exámenes), la satisfacción de mi madre al hacernos fotos a la salida…

En mi mente se mezclan la fiesta de esa noche con la última fiesta que hicimos después del último examen. Nos sentíamos contentos por haber terminado la carrera, pero también nerviosos y excitados ante el futuro que se abría ante nosotros en forma de prácticas en Madrid, masters o Escuelas de Cine. Todo eran proyectos prometedores, páginas en blanco sin escribir, un camino en el que la vida iba a dejar de estar marcada por cursos académicos. Comenzábamos una nueva aventura que nos llevaría a… ¿quién lo sabía entonces?

De aquellas dos noches de fiesta tengo momentos y conversaciones grabados en la memoria. Creo que ya he hablado alguna vez de como me impresionó, cuando en la discoteca un grupo de compañeros se acercó a donde estábamos bailando mis amigos y yo para la discoteca, ver que algunos de ellos se ponían a llorar con más o menos disimulo. A algunos de ellos no les he vuelto a ver nunca más. Fue entonces cuando me di cuenta de que abrir una etapa significa cerrar otra. Comenzar algo nuevo siempre lleva consigo sacrificar algo viejo.

15 AÑOS EN DIRECTO

Hace un rato estaba reordenando papeles en mi cajonera y me he encontrado con este documento de tiempos pasados.

rem

El 15 de febrero de 1995 fui a mi primer concierto: R.E.M en el Velódromo Anoeta. Era el primer concierto de la gira europea de presentación de “Monster”, al que por aquel entonces llamaban “el disco grunge de REM”. Creo recordar que justo ese día habíamos hecho el último examen del primer semestre de la carrera. Esti, Sito y yo cogimos el autobús con algunas compañeras suyas de residencia y llegamos a San Sebastián a media tarde. Fuimos de un lado a otro de la ciudad y acabamos llegando con el tiempo justo al concierto. De hecho, cuando entrábamos en el recinto empezó a sonar los primeros acordes de “What’s the frequency, Kenneth?” y echamos a correr por las gradas hasta la pista. Vulnerando todas las reglas no escritas de comportamiento en los conciertos, nos fuimos abriendo paso hasta las primeras filas. Yo alucinaba con todo, pero sobre todo con la sensación de estar viendo a pocos metros de mí a una persona que hasta entonces sólo era una imagen. Esta sensación aun no se me ha quitado del todo a pesar de los muchos conciertos a los que he ido desde entonces, es como si algo irreal se hiciera repentinamente auténtico.

Recuerdo que el concierto terminó sin bises, no sé sabe muy bien por qué. También recuerdo como mágico el momento en que una inmesa bola de espejos deshizo la luz en decenas de reflejos mientras la banda de Michael Stipe cantaba “Tongue”. Este vídeo no le hace justicia a mi recuerdo, pero os servirá para haceros una idea de como fue…

Después del concierto, como éramos jóvenes e inexpertos y no habíamos planeado nada, Sito y yo pasamos la noche esperando a que abrieran la cafetería de la estación de autobuses y caminando por la orilla del Urumea para no morirnos de frío. Es de esos momentos que con el tiempo se recuerdan con cariño, la verdad.