Hopper en el Thyssen

Afortunadamente, aparte de por la subasta de La esclusa o por las críticas a la gestión de Carmen Cervera al frente del mismo, el Museo Thyssen también es noticia por albergar una de las citas imprescindibles del verano cultural madrileño: una amplia retrospectiva de Edward Hopper, artista esencial para entender la pintura estadounidense del siglo XX. Cierto, no está Nighthawks, esa obra mancillada por todo tipo de posters infectos, pero sí están otros muchos que sirven para mostrar la retroalimentación constante entre la obra de Hopper y el cine. Ahí está el cuadro Casa junto a la vía del tren, de 1925, y utilizado por Hitchcock como inspiración para la mansión en la que vivía Norman Bates con su madre en Psicosis (1961).

Oigase de fondo: ñi, ñi, ñi, ñi... turum... turum
Oigase de fondo: ñi, ñi, ñi, ñi… turum… turum

La exposición recoge obras que demuestran la maestría de Hopper tanto en su faceta de paisajista como en la de pintor de interiores. Cuando Hopper pinta paisajes urbanos o casas aisladas de Cape Cod, siempre bañadas por el sol, el artista consigue plasmar en el lienzo una extraña sensación de melancolía, tristeza o inquietud. Una casa, una gasolinera, un edificio de la gran ciudad se transforman de una manera misteriosa en algo más que lo que se ve a simple vista. Lo mismo ocurre cuando pinta escenas ambientadas en oficinas, bares o habitaciones de hotel, escenas más cercanas de lo que podría parecer en espíritu a la obra de Vermeer y los maestros holandeses del género: Hopper consigue atrapar en sus pinturas algo tan etéreo como la soledad del hombre contemporáneo.

Muchacha cosiendo a máquina, 1921
Muchacha cosiendo a máquina, 1921

La exposición se completa con una curiosa reproducción en tres dimensiones de una de las obras emblemáticas de Hopper, Sol de Mañana. Tenéis hasta el 16 de septiembre para admirarla.

Más allá del puente

Cuando uno estudia Historia del Arte en el instituto, el Expresionismo alemán se divide en dos grupos: por un lado está “El Jinete Azul”, con Kandinsky y Marc; y por el otro lado está “El Puente”, con Ernst Ludwig Kirchner como principal representante. Si en el libro aparece alguna obra de este pintor, seguramente sea alguna imagen de las calles de Berlín repletas de mujeres y hombres de formas alargadas y angulosas.

Calle en Berlín, 1913
Calle en Berlín, 1913

Sin embargo, la exposición que hasta el próximo 2 de septiembre le está dedicando la Fundación Mapfre en Madrid sirve para comprobar que la obra de este artista va mucho más allá de esos cuadros berlineses que le dieron fama. A través de una ajustada selección de la inmensa producción de Kirchner (hasta su muerte en 1938, pintó cerca de 1400 óleos y cerca de 20.000 dibujos y acuarelas, así como grabados, un centenar de esculturas y miles de fotografías), el visitante puede recorrer la vida del artista desde sus comienzos en Dresde creando el grupo “Die Brücke” con otros tres compañeros de la escuela de arquitectura de la ciudad, hasta su retiro en la localidad suiza de Davos, pasando por sus estancias en varios sanatorios durante la Primera Guerra Mundial. Es muy interesante comprobar como los cambios vitales de Kirchner se plasman claramente en su obra, pasando del expresionismo geométrico de la ciudad a un colorido mayor y formas suavizadas en aquellos lienzos que plasman la naturaleza y el entorno rural.

Desnudo en naranja y amarillo, 1929-1930.
Desnudo en naranja y amarillo, 1929-1930.

Una exposición más que recomendable para estos días calurosos de verano (y además, gratis).

LAS HIJAS DE EDWARD DARLEY BOIT

En 1882, el pintor estadounidense John Singer Sargent retrató a las cuatro hijas de su amigo Edward Darley Boit y de Mary Louise Cushing, la hija de un rico comerciante, traficante de opio y filántropo de Boston. Los nombres de las niñas eran Florence, Jane, Mary Louisa y Julia. La más pequeña -Julia- tenía cuatro años cuando Sargent la inmortalizó en su cuadro. Sentada sobre una alfombra, juega con una muñeca. Las dos más mayores, Jane y Florence, aparecen al fondo. El rostro de esta última, una adolescente de catorce años, queda semioculto por las sombras. Tanto ella como Jane sufrieron problemas mentales en su vida adulta. Ninguna de las cuatro niñas se casó.

La hijas de Edward Darley Boit, 1882
La hijas de Edward Darley Boit, 1882

Desde que se expuso por primera vez al público en París, la crítica destacó la influencia de “Las Meninas” de Velázquez en la obra de Sargent. También apreciaron el toque de misterio y extrañeza que el pintor había sabido dar a un tema aparentemente convencional como el retrato de unas niñas a través de recursos como el poco habitual formato cuadrado del lienzo y la disposición asimétrica de las figuras en el mismo. Algunos autores señalan que Sargent quiso plasmar el contraste entre la infancia luminosa y la edad adulta, sumergida en sombras en incertidumbre. Dicen que, en lugar de cuatro niñas diferentes, parece que el pintor quisiera retratar a una misma niña en cuatro momentos distintos de su vida. Otros autores han señalado la postura rígida, casi solemne, suspendida en el tiempo, de Julia, Mary Louisa, Jane y Florence, definiendo la obra como “la naturaleza muerta de unas niñas y el retrato de dos jarrones”.

Las protagonistas del cuadro lo donaron en 1919 al Museo de Bellas Artes de Boston. Ahí se expone desde entonces, flanqueado por los dos grandes jarrones chinos que aparecen retratados en el mismo en una fascinante violación de las fronteras entre arte y realidad.

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Más información sobre esta historia y mucho más en la Wikipedia, como no.

PORTLAND Y WARREN

Después de ver la piedra Rosetta, contemplar mosaicos babilónicos y caminar entre momias egipcias, me dirigí hacia una de las salas del piso superior del Museo Británico para ver en persona una de las razones por las que había decidido pasar la mañana en ese lugar: el jarrón Portland.

Jarrón Portland

El jarrón Portland es una pieza pequeña, de unos veinticinco centímetros de altura, hecha de cristal azul violáceo y envuelta en un camafeo de cristal blanco que representa una escena aun no identificada protagonizada por humanos y dioses. Se especula que fue creado en Alejandría, o quizás en Roma, en torno al primer siglo de nuestra era. Se cuenta también que se encontró en 1580 en la tumba de un emperador romano, pero no hay documentos que lo demuestren. Lo que sí se sabe es que en 1778 fue adquirido por William Hamilton, embajador británico en Napoles. Y aquí es donde el jarrón entra en mi vida, ya que Hamilton es el protagonista de “El amante del volcán”, una novela de Susan Sontag más que recomendable. Esta obra de arte es mencionada en sus páginas, por lo que verla con mis propios ojos era una manera fascinante de unir la realidad con la ficción. De ahí supongo que viene, por ejemplo, el gusto que tiene mi amigo Joserra por ver los escenarios en los que se han rodado series y películas.

Pero ésta no es la única historia interesante protagonizada por el jarrón. El jarrón fue adquirido a finales del siglo XVIII por los Duques de Portland, quienes lo cedieron en depósito al Museo Británico en 1810 para protegerlo de posibles daños. Poco se imaginaban ellos que el 7 de febrero de 1845, un hombre llamado William Lloyd acudiría a visitar el museo en estado de embriaguez. Al caminar borracho por la sala, empujó una estatua que cayó sobre el jarrón, rompiéndose ambas obras en pedazos. El jarrón, en concreto, terminó hecho añicos. Ésta es una foto obtenida durante la última y definitiva restauración de la vasija, realizada ente junio de 1988 y octubre de 1989.

Educa patrocina este puzzle
Educa patrocina este puzzle

Durante esta última restauración, además de desmontar y volver a montar el jarrón, se pudieron colocar en él treinta y siete fragmentos que llevaban extraviados más de un siglo, treinta y siete pedazos que el primer encargado en restaurar el jarrón en 1845 no había sabido colocar y que habían sido guardados en una pequeña caja de madera de la cual todo el mundo se olvidó durante décadas. Contemplando la obra en el museo una mañana de octubre de 2010, nadie diría que el jarrón Portland es un inmenso y frágil puzzle protegido del mundo exterior por una vitrina de cristal.

Al lado del jarrón Portland se expone otra interesante pieza romana: la copa Warren.

¡Porno Gay!
¡Porno Gay!

Según cuenta la Wikipedia, en los años cincuenta el servicio de aduanas de Estados Unidos prohibió la entrada de la copa Warren en el país y muchos museos rechazaron adquirirla debido a que su contenido homoerótico se consideraba “inexhibible”. No fue hasta los años 80 cuando la obra de arte se expuso por primera vez públicamente, siendo finalmente adquirida por el Museo Británico en 1999 por casi dos millones de libras. Seguramente aun habrá quien se escandalice al verla. Seguramente más de los que puedan pensar que los desnudos del jarrón Portland son pornográficos o pecaminosos.

EL ARTE DE LOS LOCOS

En mi pueblo vive un pastor que recoge cosas del vertedero, objetos de lo más variopinto como muñecos rotos, pedazos de vajilla, juguetes, electrodomésticos estropeados, ropa vieja… Con ellos va construyendo obras de arte que coloca en un prado junto a un carretil, en medio del campo. La sensación que provoca ver ese peculiar museo entre pinos y montañas es de extrañeza y desconcierto. Es como asomarse a las pesadillas, sueños y alucinaciones de la mente de su creador, una experiencia que puede producir tanto rechazo como fascinación.

Hablando el otro día sobre este hombre, yo aseguraba que algún día pasará por ahí algún especialista en “arte de los locos” (también llamado “arte bruto” o “arte marginal”) y descubrirá al viejo pastor. No sería la primera vez en que los supuestos delirios de un enfermo psiquiátrico o un artista autodidacta acaban sorprendiendo al mundo. Una campaña de publicidad hizo que todos descubriéramos a Justo Gallego, un hombre que lleva años construyendo una catedral en Mejorada del Campo.

Catedral de Justo Gallego
Catedral de Justo Gallego

Justo Gallego no tiene conocimientos de arquitectura. De hecho, no tiene planos ni proyecto de obra. “Todo está en mi cabeza”, dice. Y añade que todo lo ha aprendido leyendo libros sobre catedrales y castillos. Pero no es el único arquitecto autodidacta que ha dejado su huella en el planeta.

El Jardín de Roca
El Jardín de Roca

En la ciudad india de Chandigarh, Nek Chand Saini empezó a recoger restos que encontraba en edificios demolidos para crear en medio del bosque un jardín secreto que reflejara su visión del mítico reino de Sukrani. Durante dieciocho años consiguió que las autoridades no descubrieran su obra, situada en un entorno protegido donde estaba prohibido construir. Cuando esto sucedió, en 1975, el jardín tenía ya una superficie de casi 50.000 metros cuadrados con templetes, kioskos, cascadas y cientos de esculturas hechas con materiales reciclados. La opinión pública salvó a su obra de la demolición y ha sido visitada desde entonces por doce millones de personas.

Le Palais idéal
Le Palais idéal

En el pueblo francés de Châteauneuf-de-Galaure vivía un cartero llamado Ferdinand Cheval. Un día cualquiera, en abril de 1879, se encontró una piedra cuya forma despertó algo en su imaginación. Al día siguiente, mientras hacía su ruta diaria en bicicleta, Cheval empezó a recoger las piedras que le gustaban para construir su palacio ideal. Durante más de dos décadas fue levantado muros y torreones salidos de una especie de fantasía de inspiración hindú, egipcia y bíblica. Cuando lo terminó en 1914, al saber que las autoridades no permitirían que fuera enterrado en él, Ferdinand Cheval dedicó otros ocho años a construirse un mausoleo en el cementerio local. Sus vecinos, lógicamente, le consideraban “el tonto del pueblo”. En 1969, el Ministerio de Cultura francés declaró su obra patrimonio nacional.

Nuestro Pueblo
Nuestro Pueblo

Al sur de Los Ángeles, en el distrito de Watts, vivía Simon Rodia, un emigrante italiano que trabajaba en la construcción. En 1921 comenzó a levantar en su tiempo libre una serie de torres a las que llamó “Nuestro pueblo” con metal, alambre, botellas de refresco, trozos de porcelana y otros objetos encontrados en la basura. En total, Rodia construyó un complejo de diecisiete torres, dos de ellas de más de treinta metros de altura. En 1954 terminó de construirlas y poco después, harto de enfrentarse a los vecinos que sospechaban que las torres eran antenas para comunicarse con el enemigo soviético o algo peor, abandonó el lugar y se trasladó a otra localidad californiana llamada Rodríguez donde murió en 1965. La leyenda cuenta que no volvió a ver sus torres. Estas fueron declaradas en 1990 Monumento Histórico. ¿Por qué las construyó? “Tuve la idea de hacer algo grande y lo hice”, explicó Rodia en una ocasión.

La Casa del Búho
La Casa del Búho

En la localidad sudáfricana de Nieu-Bethesda, Helen Martins vivía en la casa que heredó de sus padres. En 1945, harta de llevar una vida aburrida, decidió transformar su entorno y comenzó a decorar obsesivamente su hogar, cubriendo las paredes de la casa con vidrio molido y levantando decenas de esculturas en el jardín. Muchas de ellas miran hacia el este, reflejando la fascinación que sentía su autora por la cultura oriental. A partir de 1964 comenzó a ayudarle en su trabajo un hombre llamado Koos Malgas. La relación entre Martins, blanca, y Malgas, negro, en la Sudáfrica del Apartheid, junto con las “extravagancias” de la dueña de la casa, no hizo más que aumentar las sospechas y el rechazo de sus vecinos. En 1976, después de décadas de exposición al vidrio molido, Martins empezó a quedarse ciega y se suicidó a los 78 años. La obra de su vida, la Casa del Búho, ha inspirado obras de teatro y películas, además de haberse convertido en un museo.

Son sólo algunas personas que, seguramente, decidieron ponerse a crear algo porque no sabían, no eran conscientes de que, según las normas del mundo, no podían hacerlo. Hay muchos más casos de “artistas locos” en la Wikipedia y en el blog de La Taberna del Mar, donde hay varias historias fascinantes.

LA SOMBRA

El sábado por la mañana los pintores vinieron a casa a terminar el trabajo, así que yo hice mutis por el foro y les dejé a solas con la pintura y las brochas. Me compré el periódico y me bajé hasta Neptuno a desayunar en el Vips. La calle estaba llena de turistas y yo me sentí como uno más. Me tomé un café con un zumo de naranja y una barrita tostada con mermelada de melocotón mientras leía el periódico. Me despisté y estuve a punto de irme sin pagar. Por suerte, me di cuenta justo cuando me ponía en pie para ponerme el abrigo. Pedí la cuenta y me libré del bochorno… aunque quizás no me hubieran pillado.

Decidí aprovechar la mañana para ver la exposición “La sombra” repartida entre el Museo Thyssen y la Fundación Caja Madrid. Bastante interesante, aunque lo que más me gustó es descubrir cuál es el mito griego que explica el nacimiento de la pintura. Según cuenta Plinio, en Corinto vivía un famoso alfarero llamado Butades. Su hija se enamoró de un joven del lugar. Vivían felices hasta que éste tuvo que abandonar la ciudad para no volver. La noche anterior a su partida, para recordarle siempre, ella trazó la silueta de la sombra de su amado, proyectada sobre la pared de su dormitorio por la luz de una vela.

La Doncella Corintia de Joseph Wright of Derby

Tenía antojo de hamburguesa, así que me fui al Fast Good a comerme un buen pedazo de carne. Ahí me llamaron los pintores para decirme que el trabajo estaba prácticamente terminado. El resto del fin de la semana me lo pasé disfrutando de mi renovada y luminosa casa, viendo episodios de Lost y cantando canciones a duo con Diego.

TURISMO MADRILEÑO

Joserra me comentó el viernes que quería ir a ver la exposición de Takashi Murakami en el Reina Sofía. Sólo él sabe por qué decidió que la muestra era en ese museo, porque cuando consulté en la web los horarios, el nombre del artista japonés no aparecía por ninguna parte… Al final, descubrimos que la exposición de Murakami está en el Guggenheim de Bilbao, pero como el Museo Reina Sofía es gratis los sábados por la tarde y hacía años que no iba, decidimos ir a culturizarnos un poco.

Quitando el “Guernica”, suelen ser mejores las exposiciones temporales del Reina Sofía que su colección permanente. A mí me sorprende que haya muchas más obras de Picasso, Miró, Dalí o Juan Gris en cualquier museo estadounidense o francés. También me di cuenta de que en las asignaturas de Historia del Arte Contemporáneo que di en la carrera no tuve ninguna clase que hablara específicamente sobre el arte español del siglo XX. Mucho hablar del Pop Art, del Expresionismo Abstracto de Pollock y del Arte Bruto… ¿pero dónde encajo a Tápies o Millares? Según la web del Museo, pertenecen al Informalismo. Por lo general, las obras de ambos me parecen un horror que no hay por donde cogerlo. En cambio, me gustan las de Lucio Fontana, quizás porque son más sencillas y claras.

fontana

En la espectacular ampliación del Museo, vimos una curiosa exposición de Eulalia Valldosera titulada “Dependencias”, donde los carritos de la compras y los envases de detergentes y limpiadores cotidianos se convierten en desasosegantes elementos artísticos. También subimos a La Torre de Leandro Erlich, una instalación que manipula la perspectiva para transmitir la ilusión de que podemos vencer a la fuerza de la gravedad para flotar y caminar boca abajo. Sí, es algo así como La Casa Magnética de los parques de atracciones, pero en un museo. Una de las cosas que más me gustan del arte moderno es que juegue e interactue con el espectador.

Está claro que hay que aprovechar más las cosas que nos ofrece Madrid, nuestro pequeño Nueva York. Eso sí, cuando algo se pone de moda, termina muriendo del éxito. El domingo por la mañana, La Latina parecía una playa de Benidorm en pleno mes de agosto.