Bon Iver: 22, A Million

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Conocí a Bon Iver gracias a Diego, que me incluyó Skinny Love en un recopilatorio personalizado. Después descubrí su primer disco, For Emma, Forever Ago, y me convertí en fan. En mi mente, me imaginaba a Justin Vernon pasando un largo invierno solo en una cabaña de madera perdida en los parajes de Wiscosin, rodeado de nieve, componiendo canciones para Emma, un amor antiguo de estos que a veces duelen y otras se recuerdan con cariño. Canciones nacidas en medio del frío y que, sin embargo, resultaban cálidas y acogedoras. La música de Bon Iver es un lugar en el que apetece estar aunque uno termine perdido en los bosques.

Bon Iver, Bon Iver, su segundo disco, era como una salida al mundo. O por lo menos, un viaje hasta Calgary pasando por Texas y Michicant. También era una salida del aislamiento en la cabaña perdida, un trabajo en el que Bon Iver seguía siendo Justin Vernon pero también te lo podías imaginar como un grupo. y su música seguía siendo un lugar en el que apetece perderse, dejar pasar el tiempo pasar y el espiritu volar como quien contempla un cuadro de Rothko.

Por eso, la primera sensación que producen las canciones de 22, A Million es de extrañeza. Esos nombres imposibles de unos temas bautizados como 10 d E A T h b R E a s T ⚄ ⚄, 29 #Strafford APTS o 666 ʇ resultan algo hostiles y desde luego, nada cálidos. Parece que hemos pasado de Rothko a Pollock, de la abstracción contemplativa a la expresionista, del blanco de la nieve al negro nocturno. Al fin y al cabo, este disco ha nacido de una depresión y es la forma que Justin Vernon ha tenido de enfrentarse a ella: “It might be over soon” es lo primero que escuchamos, el mantra que abre el disco con un intento de optimismo que, sin embargo, no es ninguna promesa en firme. Los “Why are you so far from saving me?” de 33 “GOD” parecen dejar claro que éste es un disco hecho de dolor y miedo. Quizás sea el disco más íntimo de un artista que siempre ha hecho de su intimidad la base de sus canciones y quizás por eso sea el más experimental: todas esas emociones puras tienen que ser resguardadas por juegos tecnológicos, vocoders llevados hasta paroximos, samplers inesperados de Paolo Nuttini y Stevie Nicks y bases rítmicas que nos hacen pensar que en cualquier momento va a aparecer Kanye West para devolverle la visita que Justin le hizo en My beautiful dark twisted fantasy. Sin esa protección, serían demasiado directas y dolorosas para un artista que, como ya comprobamos al verle en Vistalegre hace unos años, prefiere esconderse entre las sombras.

Tanta complejidad barroca encerrada en apenas 35 minutos hace que 22, A Million no sea un disco sencillo ni fácil. Puede incluso provocar cierto rechazo en una primera escucha. Pero más allá de esa apariencia fría y dura, como un mineral, podemos descubrir una obra desnuda de infinitos matices y profunda belleza, como un rayo de luz que, al atravesar ese mineral, se multiplica en miles de colores. Y al final llegamos a la conclusión de que la música de Bon Iver es un lugar en el que apetece estar aunque terminemos dando vueltas en círculo por un laberinto de arroyos y templos.

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