Birdman versus Boyhood

Los Oscars de 2015 se saldaron con un ganador claro, Birdman, y un perdedor evidente, Boyhood. Whiplash consiguió llevarse tres merecidísimos premios al mejor actor secundario, sonido y montaje y debería haberse llevado alguno más, como el de Guión Adaptado, categoría en la que los académicos patinaron enormemente concediendo la estauilla a The Imitation Game. El gran hotel Budapest se llevó varios premios técnicos en los apartados de diseño de producción, vestuario y maquillaje, mientras que Alexander Desplat se llevó, por fin, el Oscar por su maravillosa partitura para la bonita pero no tan satisfactoria película de Wes Anderson. También Julianne Moore se llevó, por fin, el premio a la Mejor Actriz por Siempre Alice, una película que no recordaremos en unos meses a la hora de repasar la carrera de una intérprete que cuenta con títulos en su haber como Las Horas, Un Hombre Soltero, Lejos del Cielo, Magnolia, El final del romance, Boogie Nights… Eddie Redmayne, por su parte, consiguió el premio al Mejor Actor por su magistral trabajo en La Teoría del Todo, película que hubiera merecido quizás, algún reconocimiento más para su maravillosa Felicity Jones o el trabajo de su director James Marsh.

Birdman

Yo titularía mi crítica sobre Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia) con un “Birdman o la pesada virtud de la excelencia”. La película del mexicano Alejandro González Iñárritu se ha llevado los premios a Mejor Película, Director, Guión Original y Fotografía. Birdman es una película ambiciosa formal y temáticamente, un salto mortal que podía haber acabado en triunfo o en desastre: una vez ejecutado, los jueces han decidido que el resultado ha sido un éxito total. La pirueta de Iñárritu, su juego metalingüístico entre la ficción planteada y la carrera real de sus intérpretes, esa cuarta pared que se derrumba continuamente entre salto y salto de plano secuencia, esta reflexión sobre el trabajo de los actores y su autenticidad, es tan vistosa como virtuosa y ahí están los premios para certificarlo. No hay mucho que objetar ante ello.

Y sin embargo, ¿no es todo un puro fuego de artificio en el que las ideas se acumulan en un batiburrillo de subrayados y bandazos de guión? ¿Es coherente el comportamiento del personaje interpretado por Michael Keaton? ¿Es creíble el retrato de los personajes que le rodean, siempre al borde de la histeria (con la excepción de esa actriz deliciosa y polifacética que es Amy Ryan)? ¿Es Iñárritu un directo nada dotado para la sutileza y sí para el impacto pasajero? Y sobre todo, ¿tiene algún sentido ese final? No sólo la escena que cierra la película, sino todo lo relativo a la representación teatral… Esa ambigüedad intencionada que roza el absurdo es, en mi opinión, un broche final pensado simplemente para epatar al espectador y con escasa relación con lo que la película había planteado hasta el momento. Si Iñárritu no hubiera querido forzar la excelencia al máximo y hubiera apostado por una mayor ligereza y sinceridad consigo mismo y con el público, Birdman hubiera sido la película perfecta que no es.

Boyhood

Si Birdman es “la película que es todo un plano secuencia”, Boyhood es “la película grabada a lo largo de doce años”. Este experimento cinematográfico es plenamente coherente en la carrera de un director que se mueve entre lo independiente y el cine de los grandes estudios (y del que algunas de sus películas como Me and Orson Welles o Bernie, por cierto, no han llegado a estrenarse en España). Richard Linklater ha estado a punto de tocar el cielo, pero quizás era un papel que le quedaba grande. Cercana en sus pretensiones de realismo cotidiano a la trilogía iniciada en los noventa por Antes de Amanecer, pero sí muy lejos de ella en cuanto a sus resultados, Boyhood es una simpática película que se ve con agrado y que no desentona en Sundance pero sí en el Kodak Theatre, para lo bueno y para lo malo.

Al igual que Birdman, la película no consigue despegarse por completo de su planteamiento inicial que acaba pesando como una losa a lo largo de su metraje. Y nunca mejor dicho lo de largo, porque las casi tres horas que dura se antojan algo excesivas para contar una historia donde el protagonista madura físicamente pero donde la carga emocional y dramática la llevan los personajes secundarios, fundamentalmente una sufrida Patricia Arquette, justa ganadora del premio a la mejor actriz de reparto. Sin embargo, el hecho de que sea lo puramente ficticio, el drama escrito e interpretado, lo que mejor funciona dentro de la película juega en realidad en contra de ella. ¿Interesa algo el transcurrir por la vida de un adolescente que parece limitarse a mirar lo que le rodea? ¿Puede haber un final tan forzado y poco auténtico como esa llegada a la Universidad y esa excursión hacia lo salvaje? Una vez aplaudido el esfuerzo de Linklater por rodar una película a lo largo de más de una década, sólo queda la evidencia de que Boyhood está muy lejos de otras películas que han llevado los dramas de la adolescencia a la gran pantalla, una larga lista de títulos donde podrían figurar clásicos como Los 400 golpes, Cuenta Conmigo o El Club de los Poetas Muertos, entre otros muchos. Como dice su “Honest Trailer”, Boyhood consiste en ver crecer a los actores, como en las películas de Harry Potter, pero sin trama, magia o diversión.

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