Punto de partida

Mientras me acompañaba a firmar la indemnización y el finiquito, la técnico de Recursos Humanos, me dijo:

-Quizás ahora no lo veas así, pero tienes que tomarte esto como una oportunidad.

No lo dijo con suficiente convencimiento. Parecía que ni ella misma se creía la tópica frase. Yo tampoco terminaba de creer que hubiera recurrido a algo tan manido. Por supuesto que terminar un trabajo es una oportunidad para buscar nuevos y mejores caminos laborales y vitales. También es una putada, todo hay que decirlo.

-¿Cuándo te vas? Pues nada, si necesitas algo, ya sabes donde estamos.

Éstas fueron las palabras de adiós de mi ya exjefa cuando fui a despedirme de ella antes de salir del despacho por última vez. Sonreía de oreja a oreja mientras las pronunciaba. Me quedé mirándola con estupefacción un instante y me fui.

Vuelvo a la casilla de salida. Eso sí, con más puntos de sabiduría y energía que la última vez que estuve aquí.

Relato soñado: el amor dura tres años

Sabiendo que el vuelo a Japón iba a durar unas quince horas, metí dos novelas cortas en mi equipaje. Una para la ida y otra para la vuelta: El amor dura tres años, de Frédéric Beigbeder; y Relato soñado, de Arthur Schnitzler.

El título me llamó la atención desde la primera vez que lo vi: El amor dura tres años. Es un buen título y quizás sea lo mejor de la novela: Beigbeder es publicista y saber cómo vender su producto. También parece un gilipollas integral, así que no sabes si la novela es autobiográfica o autoparódica, si el protagonista es un patético perdedor del que reirse con ganas o un admirable antihéroe que monta mujeres como si fueran avestruces y que cualquier macho beta debería tomar como envidiable modelo de conducta. Supongo que es lo que llaman prosa cipotuda. Sexo canalla, noches de fiesta, Paris la nuit, reflexiones filosóficas que brotan de borracheras continuadas… Nada nuevo que no hayamos leído ya: egoliteratura, sin más. Candance Bushnell en Sexo en Nueva York -la novela, no la serie- lo hizo mejor desde un punto de vista femenino. De Truman Capote no digo nada porque las comparaciones son odiosas y en este caso, más.

Relato soñado (en alemán, Traumnovelle) es una breve novela escrita en 1926 por el austriaco Arthur Schnitzler, un señor radicalmente moderno, autor de obras de teatro como La Ronda. Le gustaba hablar de sexo y deseo en unos tiempos donde no se hablaba publicamente de esas cosas. Bueno, en realidad ahora tampoco se habla de eso en voz alta aunque nos las demos de modernos… Es también la novela en la que se basa la última película de Stanley Kubrick, Eyes Wide Shut. Tenía curiosidad por saber cómo se las habría apañado el guionista Frederic Raphael para trasladar una historia ambientada en la decadente Viena de principios del siglo XX al Nueva York decadente de finales del siglo pasado. ¿La respuesta? Pues lo que hizo, prácticamente, fue un copiar y pegar: la película es extremadamente fiel a la novela, incluso en sus detalles más aparentemente modernos. La desnudez integral, las máscaras, los ofrecimientos sexuales, la tentación y el deseo, el poder de la fantasía sobre la realidad… Todo está ahí, contado en pocas y certeras palabras, tan evocadoras como entretenidas.

Una vez leídas ambas, mientras el avión sobrevolaba Rusia, pensé en lo misteriosas que resultan las mujeres para los hombres. Tanto Beigbeder como Schnitzler -aunque mucho más el modernuqui francés que el moderno austriaco- parecen incapaces de entenderlas en más de una ocasión, como quien se enfrenta a un enigma o a una esfinge. Siempre hay algo de extrañeza, de distancia en su relación con el otro sexo. Y muchas veces acaban hablando de “las mujeres” como una colectividad general en vez de concretar en una única mujer de carne y hueso (o de papel y tinta). Y me pregunté si quienes amamos a personas de nuestro mismo sexo tendremos esa ventaja sobre los heterosexuales: ¿cómo afirmar que uno no entiende a “los hombres” o a “las mujeres” cuando se es uno de ellos? Nos evitamos las generalizaciones sobre los otros para obsesionarnos con las particularidades de un único otro. Y con eso ya tenemos para decenas de historias.

Todo Japón

Mientras hablaba con unos amigos de lo diferente que es Japón a España, de la sensación de estar en otro planeta que te invade en cuanto sales del avión, de los pequeños detalles -¡y los grandes!- que te llaman la atención por todas partes, me preguntaron:

-¿Y qué es lo que más te ha gustado de Japón?

Me quedé pensando un rato y fui incapaz de llegar a una conclusión clara, así que seguí hablando:

-Y tienen decenas de refrescos distintos. Hay fanta de uva, y de kiwi, y una Coca Cola que te hace adelgazar… Y Kit Kat de wasabi, muy bueno. Ah, y un refresco de yogur con trozos de coco en una lata. Y el porno de dibujos animados está a la vista, al alcance de cualquiera. Eso lo vimos en unas tiendas llamadas Don Quijote, sí, Don Quijote…

Pero sigo pensando en la respuesta la pregunta y sigo sin llegar a una conclusión.

El tigre y su cachorro atraviesan el río

Quizás podría hablar del jardín de piedra del templo Ryoan-ji (El templo del dragón tranquilo y pacífico, según Wikipedia), un jardín zen creado en el siglo XV donde quince rocas -se dice que no se pueden ver las quince simultáneamente desde ningún ángulo- recrean las figuras de un tigre y su cría atravesando un caudaloso río. En todo caso, veas eso o sólo veas piedras dispuestas al azar, es un rincón tranquilo y silencioso donde la mente puede vaciarse y meditar durante unos minutos. Pero también impresiona entrar en el templo de Sanjusangendo y pasar lentamente por delante de las centenares de esculturas de Kannon talladas en madera en la Edad Medía: todas parecen idénticas y sin embargo, son todas diferentes. O encontrarse delante de un Buda de casi quince metros de altura en Nara. O pasear de noche por el cementerio de Koyasan y adentrarse en sus templos iluminados por centenares de tenues lámparas ordenadamente repartidas por su techo. Es como caminar por el escenario de un sueño.

Miles de bombillas que nunca se apagan

Pero hay muchos momentos en que Japón parece el decorado de una película. Sales de un teatro después de ver un espectáculo de danzas tradicionales y descubres que el parque ha sido decorado con miles de luces de colores como parte de sus festivales de verano.

…and at last I see the light

Japón es un país lleno de luz. El neón reina a sus anchas en Tokyo, pero luce mejor que nunca en Osaka, en el barrio de Dontombori. ¿Cómo no admirar a una ciudad que convierte a un anuncio luminoso -el atleta triunfante de Glico, el Glico Man- en su símbolo?

Corre, Glico Man, corre!

Todo es limpio y ordenado en Japón, y a la vez puede ser un caos estridente, como el que uno encuentra cuando entra en una sala de recreativos de cinco plantas de Akihabara y acaba intentando descifrar cómo se juega a esas máquinas que adolescentes japoneses aporrean con sus manos a ritmos frenéticos, envueltos en música atronadora. O cuando uno atraviesa sus calles comerciales, rodeado de miles de carteles y miles de japoneses que cruzan la calle ordenadamente. Si Osaka ha convertido a un anuncio en un símbolo internacional, Tokyo ha hecho lo mismo con un paso de cebra. Sí, el de Shubiya. Y cerca de Shibuya lo que hay es un Bershka. También había una chocolatería San Ginés, pero cerró. Los japoneses viven claramente en la era pop. Sus ciudades parecen un parque de atracciones llenos de tiendas y máquinas de vending, de karaokes en los que pasar horas, de noches de fuegos artificiales de hora y media de duración. Pasas los días rodeado de dibujos manga, mascotas kawaiis y Godzilla.

Roarrr!

Pero a la vez, y sin que nadie te haya advertido, Japón es un país donde la Naturaleza manda, donde el calor veraniego es sofocante y los mósquitos van a juego, donde los parques parecen selvas y una ruta por el campo puede ser una aventura en la jungla embarrada. En Shirakawago, las viejas casas de madera parecían islas perdidas en un mar de plantaciones de arroz intensamente verde. En Miyajima el teleférico volaba por encima de los árboles y se asomaba a un archipiélago de islas e islotes. Y por supuesto, el Fuji, casi siempre oculto tras la niebla en verano, pero que se asomó para saludarnos y sorprendernos. Conquistar su cumbre, a 3776 metros de altura, junto con Diego, fue uno de los grandes momentos del viaje, a pesar del frío y la sangre en los dedos de los pies. ¿O quizás fue el esfuerzo lo que le da su valor?

Subiendo más allá de las nubes

Nunca he comido un sushi mejor que en Kanazawa y difícilmente una carne más deliciosa que la que probamos en Takayama o en el callejón Pontocho. Comprobé que es cierto que puedes encontrar KitKats de decenas de sabores distintos y que la pasta de judia puede ser un buen sustituto del chocolate en la repostería. Si yo fuera la agencia de turismo de Japón, diría que es un país que se difruta con los cinco sentidos: vista, gusto y oído son más que evidentes. Para el olfato, el aroma a incienso de los templos. Y para el tacto, el agua caliente de las bañeras de un onsen. En cuanto aprendes los pasos de la ceremonía que supone lavarse en ellos, descubres el placer de lavarte sentado y con un barreño.

Así que sigo pensando en qué es lo que más me ha gustado de Japon.

Y la respuesta sería algo así como: “Todo”.

El regreso

Después de tres semanas de vacaciones en Japón, he regresado a la realidad, a la oficina, a la rutina. El trayecto desde casa al trabajo es como un proceso de depuración por el que vas volviendo poco a poco a la normalidad. Compruebas que nada ha cambiado, que todo sigue igual, la autovía, los semáforos, las rotondas… Agradeces que aun sea agosto, gran parte de la población haya huido de Madrid y no haya atascos y sí muchos sitios libres en el aparcamiento. Enciendes el ordenador, dudas un momento mientras tratas de recordar cuál fue la última palabra absurda que elegiste como contraseña y tus manos sobre el teclado recuperan los movimientos de siempre. Abres el correo y allí están esperándote decenas y decenas de mails por leer. Abres el navegador y allí está la intranet de siempre, con sus bases de datos esperándote alborozadas. Y las redes sociales, claro, pero ésas se fueron de vacaciones contigo.

En unas horas, las vacaciones parecen un recuerdo lejano. Sin embargo, hay tanto qué contar sobre ellas…

Pero hoy no, hoy sólo toca aterrizar lenta y suavemente en la vida cotidiana.

Rosa

Uno de los peligros de vivir en Pamplona es que después de los Sanfermines, un pañuelo rojo se puede filtrar en una colada de ropa blanca con desastrosas consecuencias: los calzoncillos y camisetas interiores salían de la lavadora con un leve tono rosado. Mi madre, haciendo oídos sordos a nuestras protestas, en vez de tirar la ropa interior de ese color vergonzoso a la basura, la volvía a colocar en nuestro armario. Las consecuencias podían ser terribles si la clase de Educación Física coincidía con un día de calzoncillos rosas:

-Eh, Antonio lleva calzoncillos rosas!
-Mariquita, mariquita.
-Antonia Campoya, Antonia Campoya…

En aquellos tiempos no habíamos oído la palabra “bullying”, pero los abusones llevaban siglos pisando la tierra. También se escuchaba mucho por aquel entonces la terrible frase de “los hombres no lloran”.

“¿Pero si a mí me apetece llorar, qué hago, señorita”?, pensé muchas veces. Pero creo que nunca me atreví a decirlo en voz en alta. “¿Será que no soy un hombre?”, pensé en otras ocasiones.

El único rosa era el de las batas de las niñas. La hombría de cualquier níño que poseyera algo en esas tonalidades era inmediatamente puesta en duda. Era casi tan grave como preferir jugar a balón prisionero en vez de a fútbol.

Treinta y tantos años después, hoy he venido a trabajar con una camisa rosa palo (muy palo, palísimo). No tiene nada de particular, es un color que los oficinistas cansados de los mil tonos posibles de azul han terminado por conquistar junto con el morado. Sin embargo, mientras me la abrochaba, me he acordado de estas historias de la infancia. Y me pregunto si el color rosa sigue proscrito para los niños en el patio del colegio.

La bola del mundo

Resulta que hay un sitio en Madrid que se llama La Bola del Mundo, aunque en realidad no son más que un montón de repetidores antiguos en lo alto de una montaña. Toda la culpa es de RTVE.

Tecnología Obsoleta (foto de Roberto Pla)

Nosotros no llegamos hasta ahí, nos quedamos en el pluviómetro, rodeados de vacas negras de afilados cuernos. Fue este sábado, una escapada a la sierra en medio de la ola de calor para prepararnos para nuestra futura ascensión al monte Fuji. Comprobamos que las zapatillas de trekking son más cómodas para caminar por el monte que unas Converse, sospechamos que podremos soportar el mal de altura, bebimos litros de agua, comimos bocatas de jamón y queso (soy demasiado perezoso para hacer tortillas de patata por la mañana) y me convencí de que subir es cansado pero bajar es más peligroso… especialmente si pierdes una lentilla.

Canciones para un viaje a Japón: “Japón”

Este verano nos vamos tres semanas a Japón. Ayer me puse a leer artículos sobre cómo utilizar el transporte público japonés y me empecé a poner de los nervios… Luego ya me dijeron que es más fácil de lo que parece. En todo caso, yo sólo quiero comprobar si entre miles de tornillos viven en Japón.

Unos dicen que son fieles al emperador, otros dicen que son fieles al ordenador… Mecano publicaba Japón en verano de 1984 como sencillo de presentación de Ya viene el sol, su tercer disco, el menos exitoso de su carrera y quizás el más synthpop de todos. De hecho, la canción más popular de ese trabajo fue Hawaii-Bombay, publicada ya como cuarto y últimos sencillo en primavera de 1985. Recuerdo una actuación en el Un Dos Tres un viernes y cómo la semana que viene todos los niños y niñas cantábamos en el patio del colegio que Hawaii y Bombay son dos paraísos que a veces me monto en mi piso en dura competencia con otros éxitos de momento de Hombres G y Alaska y Dinarama. Si sobrevivisteis a la EGB, supongo que conoceréis el chiste:

-¿Cuál es el chocolate favorito de Alaska?
-…
-Milka
-…
-Ya sabes: “Mil-Kampanas suenan en mi corazón”

De hecho, no sería hasta muchos años después que descubriría que el título de “Mil campanas” es Ni tú, ni nadie, y que “La calle desierta, el lugar ideal” era ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

Pero la de Japón nunca fue un éxito entre los niños de mi clase. Yo la recuerdo con cariño porque fue la primera canción de Mecano que conocí y me gustó. Quizás sería por su ritmo machacón marcado por ruidos de máquinas (que Nacho Cano grabó en una fábrica) o porque la letra me hacía gracía aunque no terminaba -ni termino- de entenderla (“No son rubios, no son bajos, son tipo reloj, en un metro hay dos, donde sale el sol”). Escuchada ahora, está claro que es puro Mecano: tiene el toque kitsch típico del grupo envuelto en esos sintentizadores y arreglos que intentaban poner a España en la modernidad. Y es gracias a estos sintentizadores y esa falta de vergüenza que las canciones de Nacho han envejecido mucho mejor que las composiciones más solemnes y pretenciosas de José María. Porque, en serio, ¿qué preferís? ¿Me colé en una fiesta o No es serio este cementerio? ¿Barco a Venus o Naturaleza Muerta? ¿El club de los humildes o Stereosexual? Menos mal que José María nos dio pectorales, Me cuesta tanto olvidarte y Aire

Pero la pregunta es… ¿será Japón como Japón?