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Moon La La Light

Ha vuelto a suceder. Como hizo Spotlight imponiéndose como mejor película a Mad Max y El Renacido el año pasado o como 12 años de esclavitud consiguiendo el premio grande aunque Gravity se llevara muchas más estatuillas esa noche, Moonlight ha ganado el Oscar a mejor película en una accidentada entrega de premios que pasará a la historia por un sobre equivocado que hizo creer a los productores de La La Land que eran los triunfadores de la noche durante un par de minutos.

Todos sabemos que a La La Land le ha perjudicado haberse posicionado desde el principio como la gran ganadora de los Oscars de este año, arrasando con todo en los Globos de Oro, además de haber despertado fanatismos exaltados como hacía tiempo que una película no lo hacía y que han conseguido despertar a su vez unos odios igualmente exaltados hacia la misma. Corremos el peligro de que nos invadan durante los próximos meses decenas de anuncios y editoriales de moda basados en la estética de la película, chicas pelirrojas con vestidos amarillos, chicos rubitos y delgados con look jazzístico y escenas de baile dulcemente torpes en planetarios y parques nocturnos. Con una BSO superventas y –ella sí– ganadora del Oscar, tenemos City of Stars para rato. Tengo el convencimiento de que esa canción acabará convirtiéndose en un clásico del cine con decenas de versiones. Quizás, en el fondo, esta forma tan amarga de perder el premio a la mejor película sirva para acrecentar su leyenda.

O quizás nos sirva para valorar a La La Land en su justa medida. La película de Damien Chazelle no es una película perfecta, pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito, no lo parezca. Estamos ante la película de un joven director que viene de demostrar todo su potencial en una cinta como Whiplash (que, por cierto, puede entenderse como una precuela para La La Land: Ryan Gosling sería el personaje de Miles Teller después de acabar su formación como músico y trasladarse a Los Angeles) y que se plantea hacer un musical en Cinemascope, ambientado en la actualidad pero con un regusto retro en todo momento, protagonizado por unos actores que suplen con su carisma sus carencias en cuanto al canto y el baile y que, sobre todo, tiene un final que podemos describir como agridulce. La La Land es un drama disfrazado de caramelo con canciones. Mucho mejor escrita de lo que dicen y sobre todo, con una estructura que funciona como un reloj coronada por un fabuloso epílogo que revisita toda la película para revelarnos su verdadero significado, la película convierte sus supuestas debilidades en sus fortalezas. ¿O alguien podría imaginar que, en 2017, la película de moda, el referente estético del momento, fuera un musical posmoderno sobre el precio del éxito? Esta revisitación de Un americano en París y Los paraguas de Cheburgo es, quizás, la primera película de la generación del nuevo milenio y volveremos a hablar sobre ella durante mucho tiempo.

Pero el hecho es que la ganadora ha sido Moonlight y tampoco deberíamos sorprendernos por ello. Todos sabemos que a Moonlight le ha beneficiado posicionarse como la cinta auténticamente independiente protagonizada por minorías marginadas después de que en 2016 se hablara tanto de la ausencia de profesionales negros entre las películas nominadas, los famosos #OscarsSoWhite. También sabemos que nada puede apetecerle más a la industria cinematográfica que darle una bofetada a Donald Trump concediendo su premio más importante a una película protagonizada por negros homosexuales. Y así ha sido.

Pero quizás esto nos impida valorar Moonlight en su justa medida. La película de Barry Jenkins no es una película perfecta pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito (de momento más crítico que comercial), no lo parezca. Estamos ante la segunda película de un joven director curtido en el campo del cortometraje que se ha encargado de llevar a la gran pantalla la obra de teatro inédita de Tarell Alvin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue, un origen teatral especialmente evidente en su tercer –y mejor– acto. Rodada en Cinemascope para huir de una fotografía demasiado documental y con un montaje, una fotografía y una banda sonora magníficos, Moonlight es un drama que transita inicialmente por caminos un tanto trillados para sorprendernos con un final tan emotivo como sencillo, donde la canción adecuada sirve para que los corazones puedan abrirse después de largo tiempo silenciados. Aunque la estatuilla al mejor actor secundario ha sido para Mahershala Ali, brillan mucho más en sus papeles intérpretes como Naomie Harris, André Holland o un casi debutante Trevante Rhodes. Hay mucha verdad en Moonlight a pesar de los intentos de Jenkins por estilizarla y envolverla en azules y fluorescentes. Y supongo que eso es lo que ha acabado cautivando a los miembros de la Academia.

Pero en realidad Moonlight y La La Land (y también Manchester frente al mar, Lion, Jackie o Toni Erdmann) son dramas sobre la construcción de la propia identidad y la necesidad de reconciliarse con el pasado, de ser valiente para enfrentarse a los obstáculos y hacer sacrificios para salir adelante, de atreverse a ser uno mismo. En definitiva, estos Oscars de 2017 nos han regalado un puñado de películas, quizás no perfectas, pero que nos reconcilian con lo mejor del cine: su capacidad catártica para hacernos sentir. Aristóteles estaría contento.

Que el ritmo no pare

Katy Perry está volcada en la promoción de Chained to the rhythm, sencillo de presentación de su próximo disco, el quinto de su carrera (aunque el primero, su disco de pop cristiano llamado Katy Hudson, no cuenta). Hace un par de días estrenó su videoclip, una visita a un colorista parque de atracciones con un lado siniestro que no tarda en hacerse evidente. Sí, en efecto, como un episodio de Black Mirror o su madre ¿o abuela?, The Twilight Zone. Su director es Mathew Cullen, amiguito de Guillermo del Toro y responsable de otro clips para Katy Perry como Dark Horse o California Gurls, así como de Pork and beans de Weezer o Chasing Pavements, de Adele.

Este trasfondo oscuro de la canción ya ha sido comentado durante estos días, pero es interesante resaltar la ironía de utilizar sonidos y conceptos puramente pop para hablar de esa cultura pop que nos rodea y nos aliena. Podemos suponer, llevados por nuestros prejuicios, que Sia ha sido la responsable de aportar el componente intelectual al tema mientras que los productores y compositores Ali Payami y Max Martin se ha encargado de incorporar el infalible toque sueco para convertir en zombie al oyente. La aportación de Katy será la fabulosa rima de “bubble” con “trouble” y Skip Marley, el nieto del mismísimo Bob Marley, se habrá encargado de su rap.

La primera vez que escuché el tema me recordó al reciente Me and the rhythm de Selena Gomez, no-sencillo de su disco Revival del que es una de sus mejores canciones. Comparte con Chained to the rhythm la cadencia y el ADN sueco: está producido por Mattman & Robin, equipo detrás del Cake by the ocean, de DNCE o Run away with me, de Carly Rae Japsen. En efecto, ya sabéis que todo el pop que se hace en la actualidad sale de un ordenador emplazado en Estocolmo. Con estrofas como ésta (“Yeah all I need / Is the rhythm, me & the rhythm / Nothing between / Yeah the rhythm, me & the rhythm / And I know, I know, I know / I can’t fight it”), la canción podría ser el testimonio de una víctima de los efectos lobotomizadores del pop a los que se refiere Katy Perry.

Sin embargo, la referencia más evidente sería Slave to the rhythm, el clásico de los ochenta de Grace Jones. Trevor Horn, de The Buggles y Art of Noise, tuvo la idea de hacer un disco que consistiera en diversas variaciones de una misma canción. Primero se lo propuso a Frankie Goes To Hollywood, a quien les había producido Welcome to the pleasure dome, pero finalmente lo hizo con Grace Jones. Tanto la canción como su videoclip –en realidad, un recopilatorio de imágenes sacadas de otros videos de la cantante dirigidos por el fotógrafo y artista Jean-Paul Goude (a quien los más jóvenes del lugar conocerán por las fotos con las que Kim Kardahian rompió Internet)- definieron estéticamente los ochenta. En este caso el ritmo directamente se encarga de esclavizar a la gente cual Gran Hermano orwelliano: “Work to the rhythm / live to the rhythm / Love to the rhythm /slave to the rhythm”.

En los 90, esa década bipolar en la que lo mismo nos deprimíamos en la lluviosa Seattle como nos entregábamos al desenfreno en todo tipo de raves y rutas del bakalao, tuvimos una visión mucho más simpática del ritmo. Corona nos cantó The Rhythm of the Night y Snap hizo uno de los himnos del Eurodance con Rhythm is a dancer. Eran los tiempos del ritmo de la noche. Años después Bastille ya se encargó de revelarnos su lado oscuro con Of the night, un inquietante mashup de ambos clásicos. Su videoclip puede producir depresiones.

En fin, ya lo cantó Gloria Estefan en Rhythm is gonna get you, el ritmo te va a atrapar. Nada mal para una palabra de seis letras compuesta sólo por consonantes.

Lady Gaga: “Joanne”

Su mejor portada hasta la fecha

Lady Gaga siempre se guarda un as en la manga para utilizarlo en el momento adecuado. Entre estos comodines usados a lo largo de su carrera podemos contar la reedición de The Fame acompañada del EP The Fame Monster, que le ayudó a asentarse como una gran estrella de pop sin tener que lanzar un disco nuevo; su disco Cheek to Cheek junto a Tony Bennet y su actuación en los Oscars de 2015 con un popurrí de temas de Sonrisas y Lágrimas, que le sirvieron para recordarle al mundo que sabe cantar y que puede cultivar otros estilos musicales más allá de la chatarra electrónica de RedOne; su trabajo como actriz en American Horror Story, que le sirvió para ganar un Globo de Oro a la Mejor Actriz; y como no, su reciente actuación en el intermedio de la Superbowl, que le ha venido muy bien para demostrarle al mundo que la Mother Monster sigue viva y recordarnos que puede presumir de tener unos cuantos temas ya icónicos en su repertorio. Por supuesto, todas estas jugadas tienen un objetivo principal: seguir siempre de actualidad en los medios y las redes a pesar de que las ventas de sus últimos trabajos sean un tanto –o un mucho- decepcionantes.

Porque, aunque Joanne ha sido el cuarto disco consecutivo de Lady Gaga en conseguir el número uno del Billboard, sus ventas han estado muy lejos de ser millonarias. En la lista de fin de año de Billboard apenas ocupa el puesto 108, mientras que en la británica se encuentra en el 84. Tampoco los dos sencillos que se han publicado hasta ahora –Perfect Illusion y Million Reasons– han pasado de la parte media de las listas ni se han escuchado mucho en radios. Quizás Million Reasons tenga un poco más de recorrido después de la Superbowl, ya se verá. O puede que sea John Wayne el que cabalgue hacia lo más alto.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Joanna haya sido un terrible fracaso, ya que ha cumplido con creces su principal función: permitir que Lady Gaga escape de la trampa en la que se había convertido su carrera después del terrible ArtPop. Jugando a ser una cantante country, una americana de pura cepa (a pesar de que ella es italiana y le gusta la pizza, gracias Desahogada), una chica dispuesta a perderse en las carreteras del Medio Oeste, Stefani Joanne Germanotta ha podido romper con la obligación autoimpuesta de ser electrónica, rompedora y eternamente original. Adiós a los trajes de carne y los chistes sobre Jeff Koons, bienvenidos los sombreros rosas y las historias personales. Lady Gaga ha dedicado su cuarto disco a su tía Joanne Stefani Germanotta, fallecida en 1974 a los 19 años. A pesar de que nunca la conoció, la cantante cuenta que su tía siempre ha sido una figura que ha ejercido una fuerte influencia sobre su familia y su carrera. No hay nada como volver al hogar para recuperar la senda perdida.

Y no hay nada como contar con la ayuda de Mark Ronson y BloodPop (el hombre detrás del Sorry de Justin Bieber, la canción que todos quieren plagiar) como compositores y productores para purificar tu sonido. Y si además en los créditos del disco figuran nombres como Beck, Florence Welch, Kevin Parker (de Tame Impala), Josh Homme (de Queens of the Stone Age), Father John Misty o Hillary Linsey (compositora country que ha trabajado con Carrie Underwood, Lady Antebellum o Keith Urban) en vez de RedOne, Zedd o David Guetta, parece que la apuesta por el cambio de sonido va en serio. Sin embargo, la personalidad (o el personaje) de Lady Gaga acaba prevaleciendo y, en el fondo, Joanne no es un disco tan distinto a los que le preceden. El country-rock de temas como A-Yo o Dancin in circles estaría en realidad más cerca de Shania Twain que de Dolly Parton; canciones como Diamond Heart o John Wayne (cuya letra podría haber firmado perfectamente Lana del Rey: “I crave a real wild man/ I’m strung out on John Wayne”) parecen salidas de una versión acústica de Born this way; y quizás los temas más interesantes del disco son precisamente los que más se distancian de esa apuesta country: ahí están el rock ochentero de Perfect Illusion; esa especie de revisitación del Guilty de Barbra Straisand y Barry Gibb que es Hey Girl, el dueto con Florence Welch; o Come to Mama, una canción a la que le falta un “Christmas” en la letra para haberse convertido en el villancico pop que hubiera asegurado unos ingresos fijos a Lady Gaga cada Navidad venidera.

Y es que Lady Gaga siempre se ha destacado por combinar los aciertos que salvan su carrera con errores garrafales que nos hacen dudar del criterio de sus managers. Ahí están la horrible portada de Born this way, la elección de sencillos como Judas o You & I, las vomitonas de colores de Swine y toda la era ArtPop en general, las pretensiones artísticas de extrema seriedad en las que cae una y otra vez a lo largo de su carrera… Puede que el videoclip de John Wayne estrenado esta semana, en el que vuelven los vestidos estrafalarios y las coreografías torponas, sea uno de estos tropiezos.

En todo caso, ya hemos visto que Gaga es capaz de reinventarse como Madonna y que, en cualquier momento, nos sorprenderá con algún nuevo éxito multiplatino, aunque puede que sea en dos, diez o quince años.

Canciones para una película de autor: Greatest Love Of All


Todos pensábamos que la ganadora del Oscar a Mejor Película En Habla No Inglesa iba a ser Elle o Neruda, o quizás Julieta. Pero nos equivocábamos: una vez anunciadas las nominaciones ninguna de esta tres películas conseguía una plaza en el quinteto final y el puesto de gran favorita lo ocupaba la alemana Toni Erdmann, una “comedia” dirigida por Maren Ade que ya había llamado la atención en el festival de Cannes y que había ganado en las categorías más importantes de los premios del cine europeo. Una vez vista la película, todos los elogios y galardones recibidos se quedan cortos: original e inclasificable, Toni Erdmann es cine del que llamamos “de autor” -de autora en este caso-, pero también una película que habla sobre padres e hijas, sobre cómo ser feliz en este mundo ultracapitalista, sobre cómo ser fiel a uno mismo y a sus deseos, además de dar varias ideas sobre cómo celebrar las mejores fiestas con tus compañeros de empresa.

Y todo esto lo consigue Ade mediante una narración que avanza libremente, oscilando entre la comedia y el drama, lo elegante y lo cutre, lo cotidiano y lo surrealista, una propuesta que puede desconcertar al espectador… o atraparle profundamente. Lo que es innegable es que quien la vea no podrá olvidar la escena en la que cobra protagonismo este clásico de Withney Houston, Greatest Love Of All.

Greatest Love Of All fue el séptimo y último sencillo extraído del disco de debut de Whitney, Whitney Houston, publicado en febrero de 1985, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su carrera, un baladón en el que dio rienda suelta a todo su poderío vocal. Fue número uno en el Billboard durante tres semanas de mayo de 1986, sucediendo en lo más alto de la lista a West End Girls de Pet Shop Boys y precediendo a Live to tell, de Madonna. Oh los 80, qué grandes eráis.

Greatest Love Of All era una versión de The Greatest Love Of All, una canción de George Benson grabada en 1977 para la banda sonora de la película The Greatest, biopic de Muhammad Ali en la que el boxeador se interpretaba a sí mismo. Al igual que con Nothing’s Gonna Change My Love For You, que Benson grabó primero pero siempre será un tema de Glenn Medeiros, el tema ya esté ligado para siempre a la figura de Whitney. De hecho, Gordon Lightfoot, que en 1987 puso una demanda en los juzgados alegando que el tema plagiaba una parte de su If you could read my mind, acaba retirándola por respeto a la cantante.

¿Y cuál es el amor más grande de todos? Pues nada menos que el amor a uno mismo: “Learning to love yourself / It is the greatest love of all”. Así visto, éste puede ser el mensaje de Toni Erdmann.

Resumen cinéfilo anual

2016 fue un año variado en lo cinematográfico. Aunque seguimos dominados por las secuelas, los remakes, los reboots, los blockbusters o las películas de superhéroes y aunque parece que el cine ha dejado de ser un fenómeno cultural de masas porque “el mejor cine actual se hace en la televisión” (il mijir cini icitiil si hici in li tilivisiiiin), al final uno siempre acaba encontrando sobradas razones para ir al cine. Por ejemplo, estas quince películas, mis favoritas de las que vi en salas durante el pasado año.

Mark Zuckerberg y Bella Swan en “Amanece en Central Park”

15. Café Society, Woody Allen
Este año la cita con Woody Allen fue satisfactoria, no tan redonda como Blue Jasmine pero sí desde luego más interesante que las propuestas de Irrational Man o Magia a la luz de la Luna. Nostalgia por los tiempos pasados y el Hollywood dorado, chistes sobre el judaísmo y mujeres fascinantes, entre otras constantes de la obra de Woody Allen, protagonizan este película donde brillan con luz propia Kristen Stewart y, sobre todo, la impecable fotografía de Vittorio Storaro, que sabe atrapar el amanecer en Central Park más bello que se haya visto últimamente en una pantalla de cine.

Somos Nuevos Románticos y no nos avergonzamos

14. Sing Street, John Carney
Después de Once y Begin Again, el irlandés John Carney completa una especie de trilogía del musical contemporáneo con Sing Street. Su originalidad tiende a cero y su final es más que discutible, pero como homenaje a la música y a la estética de los ochenta está más que conseguido.

“I think we are alone now…”

13. 10 Cloverfield Lane, Dan Trachtenberg
Con J.J. Abrams como productor y Damien “LalaLand” Chazelle entre los guionistas, 10 Cloverfield Lane es un pequeño ejercicio de cine de suspense rodado prácticamente en un único decorado con tres actores. Con estos elementos basta para jugar con las expectativas del espectador hasta el último minuto, así como para demostrar que Mary Elizabeth Winstead debería ser una estrella y que John Goodman es un excelente actor.

A pesar de las apariencias, no es una peli porno gay,

12. Todos queremos algo, Richard Linklater
Quizás sorprenda que después de la nominadísima pero poco oscarizada Boyhood, Richard Linklater firmara una película tan aparentemente fácil(ona) como Todos queremos algo. Sin embargo, la historia del primer fin de semana de un novato en la universidad en el fabuloso año 1980 es plenamente coherente con las inquietudes que Linklater ha mostrado a lo largo de su filmografía: gente guapa que habla de la vida.

¡¡¡Es la hora de las tortas!!!

11. Capitán América: Civil war, Anthony y Joe Russo
Mientras que DC no termina de encontrar una fórmula que haga que sus películas dejen de ser estrepitosas, incoherentes, y lo que es peor, aburridas y provocadoras de vergüenza ajena, Marvel sigue destilando la suya en su camino hacia la brillantez. Más una nueva entrega de los Vengadores que de Capitán América, Civil War es equilibrada en fondo y forma, maneja a la perfección a su docena de personajes en una trama donde todo funciona y, sobre todo, es un entretenido espectáculo. Por favor, que alguien encargue pronto a los Russo re-resucitar la saga Bond.

La familia que reza unida permanece… Bueno, no.

10. La bruja, Robert Eggers
El cine de terror sigue llegando con frecuencia a las pantallas. Seguramente la propuesta más original del año haya sido el debut en el largometraje de Robert Eggers, una historia ambientada en la Nueva Inglaterra de 1630 y que puede que sea uno de los retratos sobre la brujería clásica más respetuosos con la tradición y el folkore que se hayan visto en el cine. Más cerca de la austeridad de Dreyer y el cine nórdico que del terror made in Hollywood, La bruja contiene momentos de una gran austeridad formal pero que ponen la piel de gallina.

Mi nombre es Paesa, Francisco Paesa.

9. El hombre de las mil caras, Alberto Rodríguez
Después de la goyizada La Isla Mínima, Alberto Rodríguez aceptó el encargo de llevar al cine la historia de la fuga y captura de Luis Roldán. Nadie hubiera pensado que una de las páginas más esperpénticas de la España de los noventa se podría convertir en un relato de intriga y espionaje a la altura de una novela de John le Carré. En su reparto destacan un brillante Carlos Fuentes como Luis Roldán y un colosal Eduard Fernández como Francisco Paesa. 2016 ha sido un buen año para el cine español gracias a éste y otros títulos como Julieta o Tarde para la ira, entre otros.

Ja. Ja. Ja.

8. Zootrópolis, Byron Howard, Rich Moore y Jared Bush
La penúltima y muy exitosa entrega animada de la factoría Disney demuestra que sus profesionales se encuentran en buena forma. Lo que podría haber sido una película más de anímales antropomorfos acaba convertida en una buddy movie de policías y detectives al más puro estilo Arma Letal o 48 horas, con mucho sentido del humor y una trama de investigación con un par de puntos de giro que ya querrían para sí unos cuantos dramas “para adultos”. Una nueva demostración de que productoras como Disney o Pixar saben que, además de cuidar el envoltorio hasta la perfección técnica, la clave de un buen producto está en su guión.

Girls just wanna have fun

7. Anomalisa, Charlie Kaufman y Duke Johnson
El inclasificable Charlie Kaufman es el alma de este proyecto de cine de animación alternativo, dirigido estrictamente a un público adulto. El síndrome de Fregoli, una enfermedad mental que hace que quien la sufra vea a todos los que le rodean como una misma persona, da nombre al hotel en el que se aloja su protagonista, un hombre permanente insatisfecho con la vida que, por unas horas, sueña con un futuro mejor junto a una mujer diferente. Y a pesar de ser una cinta de animación por stop motion, Anomalisa contiene algunas de las escenas sexuales más sinceras y auténticas que se han visto en el cine reciente.

Sí, ésta es la película con los planos más bonitos del año. Y el montaje. Y la dirección artística. Y la música. Y…

6. La doncella, Park Chan-Wook
Convertido en el gran maestro del cine surcoreano actual, Park Chan-Wook plantea un refinado juego de espejos, engaños y cascabeles donde todo tiene segundas y terceras lecturas. La Doncella es un intrincado guion protagonizado por dos actrices entregadas en cuerpo y alma a sus personajes, todo ello envuelto en la sinuosa y elegante puesta en escena que siempre caracteriza a Chan-Wook y que hace que sus películas sean tan estéticas como perturbadoras.

Amy Adams, mirando las nominaciones a los Oscars de este año

5. Animales nocturnos, Tom Ford
Tom Ford diseña, más que dirige, esta ficción que encierra otra ficción con la que desarrolla concomitancias y paralelismos para terminar contando una historia de venganza y amores perdidos. Amy Adams da todo un recital interpretativo como protagonista de la función.

¡Apropiación cultural, allá vamos!

4. Kubo y las dos cuerdas mágicas, Travis Knight
Después de Coraline, Paranorman y Los Boxtrolls, la productora Laika, especializada en animación por stop motion, ha dado otro paso hacia la excelencia con Kubo y las dos cuerdas mágicas. Con ese toque oscuro marca de la casa y su original diseño de personajes, esta historia inspirada en diversos elementos del folklore japonés quizás sea la película con la que por fin su productora gane un Oscar en la categoría de mejor largometraje animado.

Podría filmar los planos más intensos esta noche

3. Neruda, Pablo Larraín
Con Jackie el director chileno Pablo Larraín ha dado el salto a Hollywood después de firmar en su país natal películas tan originales como El club o Neruda. Ésta última es una especie de thriller poético basado en la persecución policial a la que Pablo Neruda fue sometido por las autoridades de su país a finales de los cuarenta. Las reflexiones políticas se mezclan sin problema alguno con lo lírico gracias a una brillante puesta en escena y el trabajo interpretativo de Gael García Bernal y Luis Gnecco.

Periodismo en 2017: Redactores de “Sálvame” esperando que alguien llame al teléfono de aludidos.

2. Spotlight, Tom McCarthy
Spotlight ganó casi por sorpresa el Oscar a Mejor Película en la última entrega de los premios. Meses después, uno se da cuenta de que más que por sorpresa lo ganó por pura lógica: Spotlight es cine clásico, elegante, sutil y eficaz, un drama que no carga las tintas sobre lo escabroso o melodramático del asunto que trata, un pulcro retrato de la investigación por parte de un equipo de periodistas de los abusos a niños por parte de sacerdotes en el Boston de principios del siglo XXI. Spotlight es una película de las que se suelen tildar como “necesarias” y que nos hace añorar tiempos no tan lejanos pero que ya parecen prehistóricos en los que tanto Hollywood como el periodismo funcionaban de otra manera.

“Mira, estos son todos los premios que voy a ganar por La La Land”

1. La gran apuesta, Adam McKay
Con mucho humor (negro), La gran apuesta trata de explicar los entresijos de la crisis de las hipotecas subprime que acabarían provocando el colapso de Lehman Brothers en 2008 y la crisis económica que todos conocemos. Para conseguirlo, sus cartas son un guion que sigue las peripecias de un variopinto grupo de personajes y que no teme explicar directamente al espectador los conceptos económicos más complejos a través de cameos de Selena Gómez o Margot Robbie, un montaje dinámico, una ágil puesta en escena y un entonado reparto en el que destacan Ryan Gosling, Steve Carrell y Christian Bale. Quizás un director más experimentado a lo Scorsese o Paul Thomas Anderson habría conseguido una película más grandilocuente, pero la ópera prima de Adam McKay seguramente sea la mejor explicación de todo lo que ha pasado en el mundo en los últimos años. ¿Nos servirá para tomar nota de cara al futuro?

Resumen musical anual

En los años 90, cuando el Eurodance dominaba las pistas de baile y, por consiguiente, la radiofórmula, yo sabía distinguir perfectamente los sencillos de Snap, Culture Beat, 2 Unlimited o Corona sin problemas. Mi madre, devoradora de música desde los años sesenta, decía, en cambio que eran todas la misma canción. Hagamos ahora un flashforward hasta 2016 y me encuentro en la misma situación: no soy capaz de distinguir los temas del llamado Tropical House o “folkito fresquito” que ahora dominan el panorama comercial. Major Lazer, Kygo, The Avener, Lost Frequencies… ¿no acaban haciendo todos la misma canción, con los mismos tics y las mismas bases musicales? Los que llegaron para superar el EDM han acabado saturando el mercado y agotando a mis oídos. En fin, siempre nos quedará Calvin Harris, que escapó de la serpiente y volvió a cantar en un sencillo. My way es mi videoclip favorito de 2016.

Calvin, además, es de los que ha sabido que en el actual mercado publicar un disco es irrelevante. Un sencillo o dos te bastan para mantenerte en el candelero y construir tu carrera. Enrique Iglesias lo sabe y su Duele el corazón fue número uno en medio universo latino y países como Hungría, República Checa, Suiza o Rumanía. Shakira lo ha puesto en práctica con La Bicicleta y Chantaje. Justin Timberlake ha hecho de su Can’t stop the feeling fue una de las canciones más escuchadas del año. Jennifer Lopez lo intentó con Ain’t your mama, curiosamente ignorado en USA y UK, un éxito en el resto del mundo. Maroon 5 también se han apuntado a la moda con Don’t Wanna Know. Con permiso de Twenty One Pilots, Zara Larsson y The Chainsmokers han conseguido convertirse en dos de los artistas revelación de 2016 sin ningún disco a sus espaldas. En un mundo donde importan más las reproducciones en Spotify y los visionados en Youtube que las ventas reales, el LP parece un concepto del pasado.

Sin embargo, la carrera de los artistas sigue midiéndose por sus discos de larga duración, ya que parece que estos son declaraciones de intenciones y definen etapas estilísticas o temáticas. Adele ha sido la que más millones de copias ha vendido este año con 25, a punto de superar los 20 millones de ejemplares. Eso sí, hay que decir que ninguno de los sencillos que publicó este año ha conseguido igualar la fama de Hello o los que se extrajeron de 21. También hay que decir que el esfuerzo que hace en promocionarlos en casi nulo y así es como When we were young y Water under the bridge se han quedado sin videoclip.

Beyoncé ha sido la segunda artista más vendedora del año con Lemonade, disco con el que seguramente arrasará en la próxima edición de los Grammy. Paradójicamente, lleva sin tener un sencillo de auténtico éxito desde los tiempos de Sasha Fierce: se ha escuchado más en radios su colaboración con Coldplay en Hymn for the weekend que cualquier tema de Lemonade. Rihanna, en cambio, siempre se asegura tener un sencillo de éxito: por mucho que se suponga que Anti es su intento de hacer un disco coherente y ambicioso, al final no es tan diferente al resto de trabajos de su discografía. Lady Gaga apostó por el rock y el country en Joanne: quizás nunca vuelva a vender como en los tiempos de The Fame Monster pero por lo menos ha superado el bache creativo de ArtPop. Tras Hotline Bling, Drake se confirmó como una estrella global después de varios discos a sus espaldas gracias a One Dance. Lo mismo ha hecho The Weeknd, instalado ya entre los artistas más vendedores de la mano de Daft Punk. O Sia, convertida a estas alturas de su carrera en una inverosímil estrella pop. Bruno Mars no consiguió colocar 24K Magic en el número uno, pero viendo como agotó las entradas para su gira mundial en minutos no parece que tenga razones para preocuparse. Britney Spears, en cambio, quiso hacer un regreso por todo lo alto con Glory, pero se quedó a medio gas. Tampoco fue buen año para Kanye West: ser Dios en la tierra y estar casado con Kim Kardashian es demasiado para un hombre solo. La estrellita del pop del año ha sido, seguramente, Ariana Grande con su Dangerous Woman. Y si en años anteriores Miley Cyrus y Justin Bieber ya nos demostraron que nunca hay que despreciar a las estrellas del pop adolescente, este año fue Zayn el que nos dio Mind of mine, uno de los discos de pop más redondos del año. El más guapo de One Direction era el que tenía más talento.

Entre los favoritos de la crítica de este años nos encontramos con viejos conocidos como Bon Iver o Radiohead, mientras que lo nuevo de James Blake, The Last Shadow Puppets, M83 o Anohni fue algo ignorado en comparación con sus trabajos anteriores. También gustaron muchos los discos de la hermanísima Solange o Blonde, de Frank Ocean, que pueden terminar resultando más largos que un día sin pan. Sospecho que el paso del tiempo no les sentará nada bien. Creo, en cambio, que cualquier día Michael Kiwanuka se convertirá en una gran estrella. 2016 fue también el año en que vimos publicado, por fin, un nuevo disco de The Avalanches, quince años después de su debut. Un poco menos -11 años- les ha costado a los Rolling Stones publicar otro disco. Ellos siguen fieles al rock, ese estilo que cada vez vemos menos en las listas, al igual que Red Hot Chili Peppers, Metallica, Kings of Leon o Biffy Clyro.

Y como no, 2016 será el año que recordaremos por haberse llevado a George Michael, Leonard Cohen, Prince, Sharon Jones, Glenn Frey, Juan Gabriel, Manolo Tena, Black, Pete Burns… No olvidaremos como se despidió de todos nosotros David Bowie en Lazarus.

¿Y en España? El reguetón se ha convertido en el gran dominador del mercado de sencillos, con Maluma y J Balvin en cabeza. La sombra de La Voz es muy alargada en nuestra lista de ventas, mientras que en otoño nos dimos un baño de nostalgia y cobras recordando la primera edición de Operación Triunfo. Los 40 Principales nos sorprendieron al comenzar a pinchar a grupos como Love of Lesbian, Sidonie, Crystal Fighters o The XX, algo que tiene su lógica si tenemos en cuenta que no hay ciudad de España que no tenga su festival de música indie: hay ahí un enorme mercado por explotar. Volvimos a fracasar en Eurovision a pesar de llevar nuestra mejor propuesta en años y de que el Say Yay de Barei haya sido uno de los temas de esta edición más escuchados en Spotify. Y en 2017, nuevos discos de Lori Meyers, Los Planetas y La Casa Azul a la vista.

Vuelven a las listas por Navidad: “Last Christmas”, de Wham

Que las listas de sencillos incluyan las descargas digitales y las reproducciones en servicios de streaming han servido para que, desde hace varios años, haya canciones que reaparezcan en ellas cada Navidad. De hecho, Mariah Carey lleva años sobreviviendo gracias a lo que recauda con All I want for Christmas is you en cuanto las tiendas comienzan a decorar sus escaparates con espumillón y renos. George Michael, como autor, productor y voz de este tema, seguro que tampoco se queja de haber grabado a lo largo de su carrera un tema llamado Last Christmas.

Publicada en diciembre de 1984, Last Christmas se quedó en el segundo puesto de la lista británica, ya que el número uno navideño de aquella temporada fue Do they know it’s Christmas, el sencillo benéfico de Band Aid. Los de Frankie Goes To Hollywood fueron más listos, ya que lanzaron su The Power Of Love a finales de noviembre, ocupando el puesto más alto la primera semana de diciembre y regalándole al mundo pop otro clásico navideño. Sin embargo, a diferencia de ellos, el tema de Wham! volvió a colocarse en el segundo puesto en un relanzamiento en 1985, un sexto en 1986, un 45 en 1987 para después volver a entrar todos los años en las listas desde 2007. ¿Hay alguien en Reino Unido que no tenga ya la canción? Con casi dos millones de copias, es el sencillo más vendido que no ha alcanzado nunca el número uno en Reino Unido.

¿Y por qué? Quizás porque sea una de esas canciones que van directas al estribillo desde el primero momento, apostando por uno tan facilón como pegadizo. O por su videoclip, al más puro estilo telenovela de los ochenta, grabado en la estación de esquí suiza de Saas-Fee, repleto de laca y hombreras y en el que George Michael se mostró al mundo afeitado por última vez en su carrera. O quizás porque haya decenas de versiones a cargo de gente como Ashley Tisdale, Carly Rae Jepsen, Whigfield, Billie Piper, Cascada, Crazy Frog, Taylor Swift, Alcazar… O quizás por algo tan sencillo como tener la palabra “Christmas” en el título.