Okay, Radiohead: 20 años de “OK Computer”

Llevaba varios días leyendo artículos en la red sobre el vigésimo aniversario de la publicación de Ok Computer y estaba algo extrañado porque mi memoria relacionaba ese disco con el otoño de 1997 más que con el verano. Pero no, el tercer disco de Radiohead se publicó el 21 de mayo de 1997 en Japón, el 16 de junio en Reino Unido y el 1 de julio en USA (oh, aquellos tiempos sin P2P ni Spotify). Quizás me lo regalaron por mi cumpleaños (es el 11 de octubre) y de ahí mi recuerdo. Total, en 1997 los “discos del momento” tenían vidas largas, aguantaban meses en las listas y de ellos se extraían sencillos y más sencillos, con sus correspondientes videoclips y promoción. Y tampoco había tantos “discos del momento”, no como ahora, que como no escuches el disco de moda la misma semana que se publique/filtre ya se convierte en historia antigua al mes siguiente. Así que, llevado por esa nostalgia por tiempos mejores que nos envenena el presente, saqué mi OK Computer de la estantería para que me acompañe en mis atascos diarios.

I know a place where some cars go…

La leyenda cuenta que el mundo entero se rindió a Radiohead con este disco maravilloso, uno de los mejores de la historia de la música, y que a partir de entonces la banda sólo publicó obras maestras. Yo, que estaba ahí y lo vi con mis propios ojos, os puedo decir que, aunque hay partes que son verdad (OK Computer ES maravilloso), otras no lo son tanto (desde Hail to the thief la carrera de Radiohead está llena de altibajos, con más bajos que altis). Y por supuesto, para entonces Radiohead ya nos había legado Creep, un himno para esa Generación X dominada por el pesimismo en unos tiempos en los que el concepto “orgullo friki” sólo produciría risas de conmiseración, y sobre todo, ya nos había conquistado con The Bends. Al fin y al cabo, ese disco ya contenía temas como My iron lung, Fake plastic trees, (Nice Dream), Street Spirit (Fade out), Black Star o Just, por los que cualquier grupo mataría. OK Computer no supone una ruptura respecto a The Bends sino que es más una evolución lógica, una versión ampliada, corregida y destilada de los aciertos de éste.

Escuchado veinte años después, OK Computer no resulta tan oscuro ni complejo como la leyenda lo hace parecer. Hay momentos guitarreros que le enlazan con el britpop de Oasis (Airbag pero, sobre todo, Electioneering), pero las grandes influencias del disco están más atrás en el tiempo, en Pink Floyd, Beach Boys y The Beatles. Aunque cuentan que un 80% del disco fue grabado en vivo en una gran mansión alquilada a Jane Seymour, Ok Computer da la impresión de ser un trabajo minucioso y muy meditado, donde cada nota, cada acrode, cada arpegio ha sido pensado hasta el último milímetro para que todo ajuste. Es un disco excelentemente producido: hasta las distorsiones electrónicas suena limpias. De hecho, lo más oscuro de disco seguramente sean las letras: no tanto por su contenido sino por lo que cuesta descifrar lo que canta Thom para unos oídos no anglosajones. Claro, que una vez leídas las letras, está claro que en OK Computer lo importante es cómo se canta, no lo que se canta. Quitándole trascendencia a su trabajo, la banda dice que tanto Paranoid Android como Karma Police tienen su origen en bromas privadas entre ellos, divertimentos musicales con los que pasar el rato a los que quizás no deberíamos darles segundas lecturas. Y sin embargo, estas historias sobre airbags, policías del karma y accidentes de avión acaban siendo un buen retrato del estado de ánimo colectivo del fin de siglo, una época en la que la tecnología comenzaba a dominar el mundo, una desazón añadida a la típica angustia existencial que provocan los cambios de milenio. El milenarismo iba a llegar con el efecto 2k, acordaos. Y Thom, además, te lo canta directamente: prácticamente todos los temas de OK Computer te tratan de tú.

Si OK Computer se ha convertido en uno de los grandes discos de la historia es seguramente a lo equilibrado de su contenido: a diferencia de otros discos donde los sencillos más famosos acaban eclipsando al resto de canciones, aquí todos los temas brillan a gran altura. De hecho, casi todos han sido utilizados en algún momento como banda sonora de películas, anuncios o series (yo recuerdo especialmente una escalofriante escena de A dos metros bajo tierra con Lucky de fondo). También es innegable la influencia que ha ejercido en grupos posteriores, desde los Muse de Time is running out hasta los Arcade Fire de Funeral y Neon Bible. Fitter Happier pegaría tanto en el Human After All de Daft Punk como en el English Electric de OMD. No surprises es, seguramente, la canción a la que Coldplay querían parecerse en temas como Trouble o Fix you.

¿Y qué fue después de Radiohead? Pues, como ya he dicho antes, consiguieron el éxito masivo y una masa de seguidores fieles que aplauden todos sus discos incondicionalmente. Y sobre todo, decidieron aplicarse el consejo que cantan en The Tourist, el tema que cierra el disco con un “Hey man, slow down, slow down / Idiot, slow down, slow down”, y sumergirse en el, este sí, oscuro, electrónico y minimalista díptico que forman Kid A y Amnesiac. Pero de ellos ya hablaremos en 2020 y 2021.

Adiós, Robert, adiós

La última casette que me compré, creo recordar que a 200 pesetas en un Simago en liquidación a finales de los noventa fue 23am, el segundo disco de Robert Miles en el que jugaba más a ser un músico New Age que un DJ. Ni las casettes, ni los Simagos, ni las pesetas, ni el propio Roberto Concina conseguirían mantener su popularidad al llegar el siglo XXI.

No puedes hacer fotos de las descargas digitales

2017 no es 2016, pero el 9 de abril moría en Ibiza a los 47 años Robert Miles. Creador del sonido dream, un estilo de trance que devolvía las melodías a las pistas de baile después de los años de ritmo sin límites ni formas del bakalao más duro (y que nació, según cuenta la leyenda, para que a los asistentes a las raves italianas se les pasara el subidón y volvieran a sus casas sanos y salvos), Robert Miles coleccionó números uno y discos de oro gracias a los sencillos de Dreamland, su disco de debut: Children, Fable y One and one, un tema compuesto por Billy Steinber (coautor de Like a Virgin, Eternal Flame y I drove all night, entre otros clásicos), el simpar Rick Nowels (Heaven is a place on earth, The power of goodbye, media discografía de Lana del Rey) y Marie-Claire D’Ubaldo (compositora y primera cantante de Falling into you, de Celine Dion), grabado primero por la polaca Edyta Górniak pero convertido en un éxito en la versión de Roberto con la voz de Maria Nayler. Los 90 no habrían sido lo mismo sin ellos.

Cuarta época

26 de abril de 2004 -es decir, el Paleolítico-: doy mi primer paso como bloguero y comienzo a escribir una bitacora personal en Blogia. La posibilidad de escribir lo que quisiera como quisiera cuando quisiera me pareció muy interesante. Al fin y al cabo, por aquel entonces ya llevaba años escribiendo un diario y aun tenía frescos mis años de estudiante de Comunicación Audiovisual y de Guión. Incluso trabajaba en una productora de videos invisibles -en el sentido de que nadie les prestaba atención cuando se emitían en los vuelos de Iberia. El blog se fue definiendo a sí mismo con el tiempo y yo satisfacía mis ganas de escribir mientras mi vida profesional y personal atravesaba períodos turbulentos.

22 de febrero de 2008 -es decir, el Neolítico: me traslado de Blogia a WordPress y nace vivoenlaerapoppuntocom. Qué derroche, pagar un dominio y un hosting. Un pequeño capricho y una pequeña ambición, imagino. También es cierto que Blogia funcionaba cada día peor. Seguí escribiendo lo que me apetecía como me apetecía cuando me apetecía. Un día fui portada de Meneame y el contador de visitas saltó por los aires. Los artículos eran excusas para hablar en los comentarios: al poco tiempo llegó Facebook, llegó Twitter, llegaron las redes sociales y la burbuja de la blogosfera estalló.

18 de junio de 2012 -es decir, la Edad de Bronce: como buen parado español me veo en la obligación de disfrazarme de emprendedor. Dejo de hablar de mí mismo -al fin y al cabo, la vida de parado tiende a ser deprimente y repetitiva- y opto por reconvertir Vivo en la Era Pop en un blog temático sobre música y cultura pop. Quizás así me descubrían en Vanity Fair o Vogue como influencer y sabelotodo cultural. No sucedió, aunque sí que me invitaron a ir al Coca Cola Music Experience Festival y una vez escribí una columna para la revista Vanidades. Me pagaron con fama, o eso dijeron, pero de eso no se come. Sí que me pagaron algunos artículos patrocinados sobre interesantísimos temas. Sin embargo, al final escribir el blog se convirtió en una especie de obligación y no en un escribir sobre lo que quisiera como quisiera cuando quisiera. Los parados no tienen esas libertades.

8 de mayo de 2017 -es decir, el Presente: después de más de un mes de silencio en el que me he planteado cerrar definitivamente este blog, he optado por volver al pasado y al escribir lo que quiera como quiera cuando quiera. Para eso se inventaron los blogs, aunque sospecho que a estas alturas nadie los lee. Ya no soy un parado, mis fantasías audiovisuales ya quedan muy atrás y tengo cuarenta años. Pero sigo viviendo en la era pop. Alguna historia que otra me queda por contar.

Y si alguien quiere contratarme como influencer, sigo dispuesto a escuchar todo tipo de ofertas.

Moon La La Light

Ha vuelto a suceder. Como hizo Spotlight imponiéndose como mejor película a Mad Max y El Renacido el año pasado o como 12 años de esclavitud consiguiendo el premio grande aunque Gravity se llevara muchas más estatuillas esa noche, Moonlight ha ganado el Oscar a mejor película en una accidentada entrega de premios que pasará a la historia por un sobre equivocado que hizo creer a los productores de La La Land que eran los triunfadores de la noche durante un par de minutos.

Todos sabemos que a La La Land le ha perjudicado haberse posicionado desde el principio como la gran ganadora de los Oscars de este año, arrasando con todo en los Globos de Oro, además de haber despertado fanatismos exaltados como hacía tiempo que una película no lo hacía y que han conseguido despertar a su vez unos odios igualmente exaltados hacia la misma. Corremos el peligro de que nos invadan durante los próximos meses decenas de anuncios y editoriales de moda basados en la estética de la película, chicas pelirrojas con vestidos amarillos, chicos rubitos y delgados con look jazzístico y escenas de baile dulcemente torpes en planetarios y parques nocturnos. Con una BSO superventas y –ella sí– ganadora del Oscar, tenemos City of Stars para rato. Tengo el convencimiento de que esa canción acabará convirtiéndose en un clásico del cine con decenas de versiones. Quizás, en el fondo, esta forma tan amarga de perder el premio a la mejor película sirva para acrecentar su leyenda.

O quizás nos sirva para valorar a La La Land en su justa medida. La película de Damien Chazelle no es una película perfecta, pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito, no lo parezca. Estamos ante la película de un joven director que viene de demostrar todo su potencial en una cinta como Whiplash (que, por cierto, puede entenderse como una precuela para La La Land: Ryan Gosling sería el personaje de Miles Teller después de acabar su formación como músico y trasladarse a Los Angeles) y que se plantea hacer un musical en Cinemascope, ambientado en la actualidad pero con un regusto retro en todo momento, protagonizado por unos actores que suplen con su carisma sus carencias en cuanto al canto y el baile y que, sobre todo, tiene un final que podemos describir como agridulce. La La Land es un drama disfrazado de caramelo con canciones. Mucho mejor escrita de lo que dicen y sobre todo, con una estructura que funciona como un reloj coronada por un fabuloso epílogo que revisita toda la película para revelarnos su verdadero significado, la película convierte sus supuestas debilidades en sus fortalezas. ¿O alguien podría imaginar que, en 2017, la película de moda, el referente estético del momento, fuera un musical posmoderno sobre el precio del éxito? Esta revisitación de Un americano en París y Los paraguas de Cheburgo es, quizás, la primera película de la generación del nuevo milenio y volveremos a hablar sobre ella durante mucho tiempo.

Pero el hecho es que la ganadora ha sido Moonlight y tampoco deberíamos sorprendernos por ello. Todos sabemos que a Moonlight le ha beneficiado posicionarse como la cinta auténticamente independiente protagonizada por minorías marginadas después de que en 2016 se hablara tanto de la ausencia de profesionales negros entre las películas nominadas, los famosos #OscarsSoWhite. También sabemos que nada puede apetecerle más a la industria cinematográfica que darle una bofetada a Donald Trump concediendo su premio más importante a una película protagonizada por negros homosexuales. Y así ha sido.

Pero quizás esto nos impida valorar Moonlight en su justa medida. La película de Barry Jenkins no es una película perfecta pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito (de momento más crítico que comercial), no lo parezca. Estamos ante la segunda película de un joven director curtido en el campo del cortometraje que se ha encargado de llevar a la gran pantalla la obra de teatro inédita de Tarell Alvin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue, un origen teatral especialmente evidente en su tercer –y mejor– acto. Rodada en Cinemascope para huir de una fotografía demasiado documental y con un montaje, una fotografía y una banda sonora magníficos, Moonlight es un drama que transita inicialmente por caminos un tanto trillados para sorprendernos con un final tan emotivo como sencillo, donde la canción adecuada sirve para que los corazones puedan abrirse después de largo tiempo silenciados. Aunque la estatuilla al mejor actor secundario ha sido para Mahershala Ali, brillan mucho más en sus papeles intérpretes como Naomie Harris, André Holland o un casi debutante Trevante Rhodes. Hay mucha verdad en Moonlight a pesar de los intentos de Jenkins por estilizarla y envolverla en azules y fluorescentes. Y supongo que eso es lo que ha acabado cautivando a los miembros de la Academia.

Pero en realidad Moonlight y La La Land (y también Manchester frente al mar, Lion, Jackie o Toni Erdmann) son dramas sobre la construcción de la propia identidad y la necesidad de reconciliarse con el pasado, de ser valiente para enfrentarse a los obstáculos y hacer sacrificios para salir adelante, de atreverse a ser uno mismo. En definitiva, estos Oscars de 2017 nos han regalado un puñado de películas, quizás no perfectas, pero que nos reconcilian con lo mejor del cine: su capacidad catártica para hacernos sentir. Aristóteles estaría contento.

Que el ritmo no pare

Katy Perry está volcada en la promoción de Chained to the rhythm, sencillo de presentación de su próximo disco, el quinto de su carrera (aunque el primero, su disco de pop cristiano llamado Katy Hudson, no cuenta). Hace un par de días estrenó su videoclip, una visita a un colorista parque de atracciones con un lado siniestro que no tarda en hacerse evidente. Sí, en efecto, como un episodio de Black Mirror o su madre ¿o abuela?, The Twilight Zone. Su director es Mathew Cullen, amiguito de Guillermo del Toro y responsable de otro clips para Katy Perry como Dark Horse o California Gurls, así como de Pork and beans de Weezer o Chasing Pavements, de Adele.

Este trasfondo oscuro de la canción ya ha sido comentado durante estos días, pero es interesante resaltar la ironía de utilizar sonidos y conceptos puramente pop para hablar de esa cultura pop que nos rodea y nos aliena. Podemos suponer, llevados por nuestros prejuicios, que Sia ha sido la responsable de aportar el componente intelectual al tema mientras que los productores y compositores Ali Payami y Max Martin se ha encargado de incorporar el infalible toque sueco para convertir en zombie al oyente. La aportación de Katy será la fabulosa rima de “bubble” con “trouble” y Skip Marley, el nieto del mismísimo Bob Marley, se habrá encargado de su rap.

La primera vez que escuché el tema me recordó al reciente Me and the rhythm de Selena Gomez, no-sencillo de su disco Revival del que es una de sus mejores canciones. Comparte con Chained to the rhythm la cadencia y el ADN sueco: está producido por Mattman & Robin, equipo detrás del Cake by the ocean, de DNCE o Run away with me, de Carly Rae Japsen. En efecto, ya sabéis que todo el pop que se hace en la actualidad sale de un ordenador emplazado en Estocolmo. Con estrofas como ésta (“Yeah all I need / Is the rhythm, me & the rhythm / Nothing between / Yeah the rhythm, me & the rhythm / And I know, I know, I know / I can’t fight it”), la canción podría ser el testimonio de una víctima de los efectos lobotomizadores del pop a los que se refiere Katy Perry.

Sin embargo, la referencia más evidente sería Slave to the rhythm, el clásico de los ochenta de Grace Jones. Trevor Horn, de The Buggles y Art of Noise, tuvo la idea de hacer un disco que consistiera en diversas variaciones de una misma canción. Primero se lo propuso a Frankie Goes To Hollywood, a quien les había producido Welcome to the pleasure dome, pero finalmente lo hizo con Grace Jones. Tanto la canción como su videoclip –en realidad, un recopilatorio de imágenes sacadas de otros videos de la cantante dirigidos por el fotógrafo y artista Jean-Paul Goude (a quien los más jóvenes del lugar conocerán por las fotos con las que Kim Kardahian rompió Internet)- definieron estéticamente los ochenta. En este caso el ritmo directamente se encarga de esclavizar a la gente cual Gran Hermano orwelliano: “Work to the rhythm / live to the rhythm / Love to the rhythm /slave to the rhythm”.

En los 90, esa década bipolar en la que lo mismo nos deprimíamos en la lluviosa Seattle como nos entregábamos al desenfreno en todo tipo de raves y rutas del bakalao, tuvimos una visión mucho más simpática del ritmo. Corona nos cantó The Rhythm of the Night y Snap hizo uno de los himnos del Eurodance con Rhythm is a dancer. Eran los tiempos del ritmo de la noche. Años después Bastille ya se encargó de revelarnos su lado oscuro con Of the night, un inquietante mashup de ambos clásicos. Su videoclip puede producir depresiones.

En fin, ya lo cantó Gloria Estefan en Rhythm is gonna get you, el ritmo te va a atrapar. Nada mal para una palabra de seis letras compuesta sólo por consonantes.

Lady Gaga: “Joanne”

Su mejor portada hasta la fecha

Lady Gaga siempre se guarda un as en la manga para utilizarlo en el momento adecuado. Entre estos comodines usados a lo largo de su carrera podemos contar la reedición de The Fame acompañada del EP The Fame Monster, que le ayudó a asentarse como una gran estrella de pop sin tener que lanzar un disco nuevo; su disco Cheek to Cheek junto a Tony Bennet y su actuación en los Oscars de 2015 con un popurrí de temas de Sonrisas y Lágrimas, que le sirvieron para recordarle al mundo que sabe cantar y que puede cultivar otros estilos musicales más allá de la chatarra electrónica de RedOne; su trabajo como actriz en American Horror Story, que le sirvió para ganar un Globo de Oro a la Mejor Actriz; y como no, su reciente actuación en el intermedio de la Superbowl, que le ha venido muy bien para demostrarle al mundo que la Mother Monster sigue viva y recordarnos que puede presumir de tener unos cuantos temas ya icónicos en su repertorio. Por supuesto, todas estas jugadas tienen un objetivo principal: seguir siempre de actualidad en los medios y las redes a pesar de que las ventas de sus últimos trabajos sean un tanto –o un mucho- decepcionantes.

Porque, aunque Joanne ha sido el cuarto disco consecutivo de Lady Gaga en conseguir el número uno del Billboard, sus ventas han estado muy lejos de ser millonarias. En la lista de fin de año de Billboard apenas ocupa el puesto 108, mientras que en la británica se encuentra en el 84. Tampoco los dos sencillos que se han publicado hasta ahora –Perfect Illusion y Million Reasons– han pasado de la parte media de las listas ni se han escuchado mucho en radios. Quizás Million Reasons tenga un poco más de recorrido después de la Superbowl, ya se verá. O puede que sea John Wayne el que cabalgue hacia lo más alto.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Joanna haya sido un terrible fracaso, ya que ha cumplido con creces su principal función: permitir que Lady Gaga escape de la trampa en la que se había convertido su carrera después del terrible ArtPop. Jugando a ser una cantante country, una americana de pura cepa (a pesar de que ella es italiana y le gusta la pizza, gracias Desahogada), una chica dispuesta a perderse en las carreteras del Medio Oeste, Stefani Joanne Germanotta ha podido romper con la obligación autoimpuesta de ser electrónica, rompedora y eternamente original. Adiós a los trajes de carne y los chistes sobre Jeff Koons, bienvenidos los sombreros rosas y las historias personales. Lady Gaga ha dedicado su cuarto disco a su tía Joanne Stefani Germanotta, fallecida en 1974 a los 19 años. A pesar de que nunca la conoció, la cantante cuenta que su tía siempre ha sido una figura que ha ejercido una fuerte influencia sobre su familia y su carrera. No hay nada como volver al hogar para recuperar la senda perdida.

Y no hay nada como contar con la ayuda de Mark Ronson y BloodPop (el hombre detrás del Sorry de Justin Bieber, la canción que todos quieren plagiar) como compositores y productores para purificar tu sonido. Y si además en los créditos del disco figuran nombres como Beck, Florence Welch, Kevin Parker (de Tame Impala), Josh Homme (de Queens of the Stone Age), Father John Misty o Hillary Linsey (compositora country que ha trabajado con Carrie Underwood, Lady Antebellum o Keith Urban) en vez de RedOne, Zedd o David Guetta, parece que la apuesta por el cambio de sonido va en serio. Sin embargo, la personalidad (o el personaje) de Lady Gaga acaba prevaleciendo y, en el fondo, Joanne no es un disco tan distinto a los que le preceden. El country-rock de temas como A-Yo o Dancin in circles estaría en realidad más cerca de Shania Twain que de Dolly Parton; canciones como Diamond Heart o John Wayne (cuya letra podría haber firmado perfectamente Lana del Rey: “I crave a real wild man/ I’m strung out on John Wayne”) parecen salidas de una versión acústica de Born this way; y quizás los temas más interesantes del disco son precisamente los que más se distancian de esa apuesta country: ahí están el rock ochentero de Perfect Illusion; esa especie de revisitación del Guilty de Barbra Straisand y Barry Gibb que es Hey Girl, el dueto con Florence Welch; o Come to Mama, una canción a la que le falta un “Christmas” en la letra para haberse convertido en el villancico pop que hubiera asegurado unos ingresos fijos a Lady Gaga cada Navidad venidera.

Y es que Lady Gaga siempre se ha destacado por combinar los aciertos que salvan su carrera con errores garrafales que nos hacen dudar del criterio de sus managers. Ahí están la horrible portada de Born this way, la elección de sencillos como Judas o You & I, las vomitonas de colores de Swine y toda la era ArtPop en general, las pretensiones artísticas de extrema seriedad en las que cae una y otra vez a lo largo de su carrera… Puede que el videoclip de John Wayne estrenado esta semana, en el que vuelven los vestidos estrafalarios y las coreografías torponas, sea uno de estos tropiezos.

En todo caso, ya hemos visto que Gaga es capaz de reinventarse como Madonna y que, en cualquier momento, nos sorprenderá con algún nuevo éxito multiplatino, aunque puede que sea en dos, diez o quince años.

Canciones para una película de autor: Greatest Love Of All


Todos pensábamos que la ganadora del Oscar a Mejor Película En Habla No Inglesa iba a ser Elle o Neruda, o quizás Julieta. Pero nos equivocábamos: una vez anunciadas las nominaciones ninguna de esta tres películas conseguía una plaza en el quinteto final y el puesto de gran favorita lo ocupaba la alemana Toni Erdmann, una “comedia” dirigida por Maren Ade que ya había llamado la atención en el festival de Cannes y que había ganado en las categorías más importantes de los premios del cine europeo. Una vez vista la película, todos los elogios y galardones recibidos se quedan cortos: original e inclasificable, Toni Erdmann es cine del que llamamos “de autor” -de autora en este caso-, pero también una película que habla sobre padres e hijas, sobre cómo ser feliz en este mundo ultracapitalista, sobre cómo ser fiel a uno mismo y a sus deseos, además de dar varias ideas sobre cómo celebrar las mejores fiestas con tus compañeros de empresa.

Y todo esto lo consigue Ade mediante una narración que avanza libremente, oscilando entre la comedia y el drama, lo elegante y lo cutre, lo cotidiano y lo surrealista, una propuesta que puede desconcertar al espectador… o atraparle profundamente. Lo que es innegable es que quien la vea no podrá olvidar la escena en la que cobra protagonismo este clásico de Withney Houston, Greatest Love Of All.

Greatest Love Of All fue el séptimo y último sencillo extraído del disco de debut de Whitney, Whitney Houston, publicado en febrero de 1985, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su carrera, un baladón en el que dio rienda suelta a todo su poderío vocal. Fue número uno en el Billboard durante tres semanas de mayo de 1986, sucediendo en lo más alto de la lista a West End Girls de Pet Shop Boys y precediendo a Live to tell, de Madonna. Oh los 80, qué grandes eráis.

Greatest Love Of All era una versión de The Greatest Love Of All, una canción de George Benson grabada en 1977 para la banda sonora de la película The Greatest, biopic de Muhammad Ali en la que el boxeador se interpretaba a sí mismo. Al igual que con Nothing’s Gonna Change My Love For You, que Benson grabó primero pero siempre será un tema de Glenn Medeiros, el tema ya esté ligado para siempre a la figura de Whitney. De hecho, Gordon Lightfoot, que en 1987 puso una demanda en los juzgados alegando que el tema plagiaba una parte de su If you could read my mind, acaba retirándola por respeto a la cantante.

¿Y cuál es el amor más grande de todos? Pues nada menos que el amor a uno mismo: “Learning to love yourself / It is the greatest love of all”. Así visto, éste puede ser el mensaje de Toni Erdmann.