El jardinero constante

El año pasado Diego y yo nos fuimos a vivir de alquiler a un pequeño adosado en un pueblo cercano a las montañas madrileñas. Como todo buen pequeño adosado, tiene su patio trasero adosado, que cuando lo alquilamos consistía en una superficie vacía recubierta del cesped artificial más barato que se haya puesto jamás a la venta en Leroy Merlin. Pero yo prometí que haría de ese horror un bonito jardín y me puse manos a la obra… Comencé por un estrecha franja lateral, la única no cubierta por el plástico verde, y planté un mandarino y semillas de flores. El mandarino terminó muriendo y lo único que creció fueron malas hierbas. Logré algo tan difícil como que se me secaran tres cactus en sus tres macetas que puse en un alfeizar de la ventana. Cuando llegó el otoño, decidí que ya había pasado la época de jugar a ser jardinero y que en primavera tendría una nueva oportunidad.

Y el otoño pasó y el invierno también. Los Reyes Magos me trajeron un invernadero para que jugara a los semilleros: plantaba cosas y para cuando brotaban, ya me había olvidado de si eran lechugas, tomates, sandías o tomillo. Luego me olvidaba de ellas durante un día o dos y ya sólo tenía hojas secas. Finalmente llegó el mes de marzo, caluroso y soleado en estos tiempos de cambio climático. Era un fin de semana en el que estaba solo en casa y me dije a mí mismo: éste es el momento. Arranqué el cesped falso para cubrirlo de semillas de verde hierba y me encontré un erial de arena y piedras. Uno espera que toda la tierra esté hecha de tierra oscura y esponjosa -al fin y al cabo, el planeta se llama Tierra, no Piedra, Gravilla o Arena-, pero no me desanimé. Cogí mi pala y mi rastrillo y empecé a quitar piedras y piedras. Y arena y arena. Y más piedras. Y algo de arena.

Una pequeña pausa para el postureo y sigo

Después llegó la hora de esparcir la tierra y las semillas. Aunque ahora que lo pienso… ¿quizás tendría que haber esparcido primero las semillas y luego la tierra? El caso es que lo más difícil ya estaba hecho: ahora sólo quedaba esperar a que la hierba brotara y verla crecer. El ciclo de la vida es maravilloso, un milagro lleno de luz, lleno de color… Todo mentira. Pasaban los días y ahí no crecía nada de nada. Quizás el hecho de que el invierno decidiera volver con una última e inesperada nevada tuvo algo que ver. O puede que influyera más el que todos los pájaros del vecindario decidieran que mi patio era un buffet libre de deliciosas semillas. ¿Venden espantapájaros en Leroy Merlin? ¿Dónde está el gato cuando se le necesita? Ah, sí, durmiendo o comiendo latas de atún.

Pero al final, por sorpresa, un día empezaron a brotar unas hojitas verdes del suelo. Y cada día eran más abundantes y más altas. ¡Había creado vida en las condiciones más desfavorables! Me sentía como Matt Damon en Marte. El mar de hierba se extendía hasta el horizonte.

Las verdes praderas de ace76

…bueno, no, en realidad había conseguido que crecieran algunos matojos, pero considerando el punto del que había partido, estaba más que satisfecho. ¡Había creado vida en las condiciones más desfavorables!

Hoy, en equipo de investigación, la verdad sobre las verdes praderas de ace76

La hierba fue creciendo y llegó ese día en la vida de todo ser vivo en el que hay que atravesar un ritual de madurez. Las palomas salen del nido, a los ciervos les salen cuernos, los adolescentes hacen su primer botellón y el cesped tiene que ser segado (“Como se cortal cespe, Yahoo Respuestas”). Desempolvé una cortacesped que había aparecido en el garaje durante la mudanza y me paseé por la hierba con la misma habilidad jardinera de Homer Simpson. Ay, quien fuera Ned Flanders o el vasco de Bricomanía… Google decía que al cesped hay que mimarlo después de cortarlo, ya que puede debilitarse al perder superficie para realizar la fotosíntesis.

¿Sabéis qué pasó después de cortar el cesped? Llegó la ola de calor. El fuego que caía del cielo. La Flama.

Ahora tengo un jardín de color amarillo (“Como se repoblal cespe seco, Yahoo Respuestas”). Me siento como el profesor Bacterio de la jardinería, experimentando con inocentes hierbecitas… pero a Dios pongo por testigo que algún día tendré un jardín recubierto de cesped verde y brillante, con árboles y flores y plantas trepadoras. Y gnomos y setas.

Pero sí, ser jardinero aficionado requiere constancia y esfuerzo. Como me dijo Diego un día: “Antonio, no basta con tener ilusión, para tener un jardín hay que trabajar y esforzarse”. Y yo pensado que, como decía Paulo Coelho, si deseaba con todas mis fuerzas que la hierba creciera, el Universo entero conspiraría en mi favor… De una cosa estoy convencido, los de Mister Wonderful tienen contratado a un jardinero profesional, seguro.

The Letfovers: Bienvenidos a los tiempos de la esperanza

Cuando se estrenó The Leftovers, hace tres años, parecía que nos encontrábamos ante el próximo gran éxito de la HBO. No fue así: la audiencia le dio la espalda, los premios la han ignorado continuamente y a duras penas consiguió llegar a su tercera temporada. Afortunadamente, Damon Lindelof ha podido darle a la serie un cierre satisfactorio, no como las pobres Wachowski a Sense8.

En realidad, esto va de que a Justin Theroux le crece la barba y le desaparece la ropa

¿Satisfactorio? Pues sí, muy satisfactorio: de hecho, el último episodio de la serie, un salto al futuro marca de la casa con cierto regusto al cine de Clint Eastwood, acaba con una de las escenas más emocionantes que se han visto en televisión desde el final de A dos metros bajo tierra. Pero antes de llegar ahí, esta temporada ha dado un final digno a cada uno de los personajes que han poblado este drama e incluso, podríamos decir que hasta ha dado una explicación a la desaparición del 2% de la población mundial con el que arrancaba la serie. Una explicación disfrazada de verborrea científica y que a ningún espectador de The Leftovers importa lo más mínimo: a estas alturas debería estar claro que ese hecho sólo constituía un McGuffin sobre el que elaborar la trama. O, simplemente, se convertía en un Misterio -así, con mayúsculas- que jamás podría ser resuelto: al fin y al cabo, si un hecho así sucediera en la vida real, tampoco tendría nunca explicación racional. La realidad no tiene guionista y la relación causa y efecto es una burda simplificación mental. The Leftovers habla sobre la culpabilidad y la pena, sobre el remordimiento y la búsqueda de la verdad, sobre la trascendencia y, en muchos casos, sobre la decepción y la muerte de las ilusiones. Pocas veces una serie ha sido tan cruel con sus personajes y, de paso, con sus espectadores a la hora de mostrar el hilo tan débil y sútil del que penden nuestras esperanzas y nuestros deseos. Y sin embargo, al final ha sabido invitarnos a tener esperanza: en este mundo aun hay espacio para la felicidad y el amor.

Quizás la falta de éxito popular haya permitido a Damon Lindelof y sus compañeros de viaje (los directores Peter Berg y Mimi Leder, entre otros) gozar de una libertad que de otro modo no hubieran tenido… y eso que Lindelof sigue utilizando muchos trucos aprendidos en Lost, serie de la que The Leftovers no está tan lejana (los personajes secundarios que reaparecen inesperadamente, el saber dibujar personajes con carácter propio en treinta segundos, el utilizar una tragedia colectiva para hablar de los dramas individuales, Australia como tierra donde sucede la magia…). Han podido jugar a su antojo con la narrativa incluyendo escenas autónomas tan potentes como los arranques de la segunda y tercera temporada o la que sucede en el interior de un submarino nuclear, utilizar una banda sonora donde las canciones se han usado de modo magistralmente irónico en muchas ocasiones (un aplauso al que decidió introducir una inofensiva sitcom como Primos Lejanos dentro de la trama), hablar de algo tan poco actual como espiritualidad y trascendencia sin resultar paulocoelhianos o jugar un poco a ser David Lynch al retratar el pueblo de Jarden en su segunda temporada, muy superior a la primera en todos los aspectos. Y por supuesto, hay que hablar de un reparto que nos ha dado grandes momentos interpretativos y en el que ha brillado con luz propia Carrie Coon, maravillosa como Nora Durst, un personaje tan complejo y contradictorio como esta serie.

Te equivocas, esto va de como dos personajes rotos se recomponen. O no.

Damon, quedas perdonado por el desastre de Prometheus.

Juegos de niños

Este fin de semana yo pensaba dedicarlo a hacer poco o nada. Seguramente, nada. Pero finalmente terminé haciendo de canguro de mi sobrino de veintiun meses por una serie de catastróficas desdichas (esto es por añadirle dramatismo al relato, las circunstancias no fueron tan catastróficas ni tan desdichadas). Mi hermano me dio toda una serie de indicaciones para garantizar la supervivencia de su retoño:

-Enciende de vez en cuando el aire acondicionado (vale, misión sencilla, +1 punto de buen tío y padrino).
-Cuando se despierte de la siesta, le das de comer este potito y este yogur con esta cucharilla (parece más complicado, +10 puntos de buen tío y padrino).
-Y si notas que huele mal y tiene caca en el pañal, tendrás que cambiarle (glups, con esto me garantizo cien puntos o una vida extra).

El caso es que terminamos de comer, el niño se me durmió en brazos y tuve que depositarle cuidadosamente en su cuna. Y ahí estuvo, durmiendo tranquilamente la siesta durante dos horas. Mi hermano me dijo que notaría perfectamente cuando el sobrino la daría por terminada: en efecto, comenzó a moverse, después abrió los ojos, se puso en pie y me miraba alargando los brazos para que le sacara de su cárcel portatil. Así que le liberé y le dejé correr por el salón mientras iba a la cocina a por el potito y la cuchara, mientras informaba a mi hermano de la situación por wasap. “Tienes que ponerle los calcetines, Antonio”, leí. Y en ese momento Íñigo entraba por la puerta con sus pequeños calcetines en las manos. Chico listo. Unos selfies por wasap para tranquilizar a la familia y a merendar. La merienda consistió básicamente en perseguir al niño con la cuchara llena de potito en la mano y metérsela en la boca mientras él agarraba un juguete o diseccionaba un libro. Lo del avión es cierto.

Y una vez alimentado, el niño se dedicó a cumplir sus obligaciones de niño: jugar, corretear, lanzar cosas por el suelo, reirse mucho, babear un poco y hablar en su idioma propio. En el caso de mi sobrino, Iñiglosia. Está muy bien ser niño, porque eres inagotable e incansable. Eso no está tan bien para sus cuidadores, que sí se agotan y se cansan. Menos mal que existe la Patrulla Canina. Y menos mal que mi sobrino está en su etapa “he descubierto el arte”, consistente en aplastar la punta de los rotuladores contra el papel. Es una especie de puntillismo dadaista que haría las delicias del Grupo CoBrA. Aunque lo más divertido es jugar a la destrucción total: lo más divertido de montar construcciones con los bloques es desmontarlas y lanzar las piezas por toda la habitación. Lo mismo ocurre con las letras imantadas de la nevera: las reorganiza un rato, moviéndolas de un lado a otro, cogiendo una con cuidado y volviéndola a poner, y de repente, con una risa loca, las esparce por el aire con las dos manos. Yo intenté enseñarle a jugar a recoger, pero no tuve éxito. Tendría que haber probado a cantarle lo del azúcar y la pildora como Mary Poppins… Pero es que no soy una institutriz mágica, soy el padrino búfalo del siglo XXI. Y se ve que soy también una especie de juguete, que lo mismo sirve para montar a caballito como para hacerle volar por los aires levantándolo en brazos: no falla, si ves que va a llorar o protestar por cualquier cosa, lo coges en brazos y haces un overhead squat con él (¡Aplicación práctica del Crossfit!) y la sonrisa aparece instantáneamente en su cara. Eso sí, cada día que pasa pesa más…

The working dead

Los viernes tengo que entrar media hora antes al trabajo, un pequeño peaje que hay que pagar para que salgan las horas semanales y tener la tarde del vienes libre y jornada intensiva algunas semanas del verano. Para ello, tengo que levantarme antes para coger el autobús de las montañas más temprano y al final acabo llegando a la oficina con media hora de antelación, treinta minutos que dedico a desayunar con calma un café con una barra de pan (integral, por supuesto) con aceite (pero sin asco tomatoso) en la cantina mientras escribo en mi diario (porque no todo lo que me sucede en la vida puede ser contado en las redes sociales). El pasado viernes me distraje mirando por la ventana y vi a la masa humana que salía de las bocas de metro y cercanías en dirección a Torre Picasso a través de los tuneles y parques de cemento de Azca. Avanzaban lenta pero inexorablemente hacia el rascacielos, prácticamente todos al mismo ritmo, ellos con los trajes y corbatas que son nuestro uniforme, ellas con algo de más variedad pero la obligación de ser monas y profesionales a la vez. Y me fue inevitable pensar en una de zombies.

Y a la vez imaginé que seguramente cada uno de ellos piense que los zombies son los demás.

El trabajo del día

Voy a escribir sobre CrossFit. No sé si me va a salir un texto jocoso o motivacional, o una mezcla de ambos. Allá vamos.

Bienvenidos a la secta

Hace años, cuando era bohemio y emprendedor -o como dirían otros, un parado más instalado en casa de su novio-, este blog tenía artículos patrocinados por los que, en ocasiones, sacaba hasta 30 o 40 euros al mes. Sí, una misería comparado con lo que saca Dulceida de su Instagram y El Rubius de su Youtube, pero siempre es más que nada. Me lo pagaban con transferencias a PayPal, que es algo así como pagarte con dinero de mentira, bitcoins o ecus, así que me acostumbré a buscar webs donde poder pagar con ese sistema. Hay menos de las que me gustaría, pero las paginas de bonos como Groupon o LetsBonus son muy generosas en ese sentido. Si tuvieran valor real, aceptarían hasta billetes del Monopoly. El caso es que uno de sus mails publicitarios anunciaban “1 mes de CrossFit. Intensidad y exigencia para tu cuerpo” por unos 25 euros y el vigoréxico que hay en mí sintió curiosidad y lo compró.

El 1 de septiembre de 2014 entré por la puerta del Box -porque el CrossFit no se hace en gimnasios, se hace en almacenes y naves industriales con el suelo de goma- a hacer mi sesión de prueba. Si la primera vez que probé el spinning creí que los muslos me iban a reventar, aquel día pensé que iba a echar los pulmones por la boca. Después de una hora de tortura, entré en el vestuario bañado en sudor y estuve unos diez minutos tratando de recuperar el aire y controlar los latidos de mi corazón. Vi pasar toda mi vida por delante de mis ojos y una luz blanca al final del tunel. Bueno, no tanto, pero casi. Y había pagado todo un mes… Afortunadamente, las seis clases siguientes eran introductorias y consistieron en empezar a tomar contacto con los movimientos básicos del CrossFit. Primero aprendíamos la técnica con picas blancas de plástico -sí, como palos de escoba- y luego lo intentábamos con la barra vacía -vacía, pero ya pesa veinte kilos de muerte y destrucción-.

Uno piensa que levantar pesas no tiene más ciencia que agarrar la pesa con las dos manos y subirla por encima de su cabeza, pero no tarda en desengañarse: es casi tan difícil levantar una pesa con la técnica adecuada como aprender a bailar El lago de los cisnes sin volverse loca. La respiración, la espalda recta, las piernas fuertes, los abdominales apretados, la cadera proporcionando energía… ¿La cadera? Sí, la cadera acaba siendo la clave del Crossfit. Da igual que tengas los brazos como melones, si no mueves la cintura con decisión y levantas los pies del suelo, nunca serás un buen espartano. Parece que estamos hablando de reguetón, pero no. Es CrossFit. O como dice la Wikipedia, “un sistema de acondicionamiento físico basado en ejercicios constantemente variados, con movimientos funcionales, ejecutados a alta intensidad”.

O en otras palabras, “vuelve a hacer con cuarenta años lo que (no) hiciste en clase de Educación Física durante la EGB”. Eso lo descubrí un día que llegué a la Caja y sucedió esto:

-Vais a coger esas almohadillas, os ponéis contra la pared y vais a hacer el pino.

¿EL PINO? Pero si yo apenas logré hacer una cosa que llamaban el puntal, el pino era una cosa para gimnastas avanzados dotados para ello por la Naturaleza, seres privilegiados con una genética prodig…

-Antonio, coge la almohadilla…
-Pero si yo no sé hacer el pino.
-No te preocupes, ya aprenderás, muajajaja.

Varios intentos en balde después, conseguí mantenerme boca abajo, con los pies apoyados en la pared y los brazos temblorosos, pero yo me sentía como si hubiera derrotado a la selección soviética de gimnasia deportiva en la Olimpiadas de Moscú 1980. Ya estaba pensando en abrazar al osito Misha cuando el monitor dijo lo siguiente:

-Y ahora vamos a hacer hanstanpushaps
-¿Mande?
-Vais a hacer flexiones haciendo el pino. Bajáis la cabeza hasta el suelo y luego arriba otra vez.

Me derrumbé entre carcajadas nerviosas. Luego decidí intentarlo y luego decidí que lo conseguiría. Y al final lo conseguí.

Ése es el proceso de evolución crossfitera: al principio piensas que es imposible, luego lo intentas y más tarde lo consigues. Un día descubres que eres capaz de hacer el pino y otro día logras subir una cuerda, hacer dominadas o no caerte de las anillas. Algunos hacen este proceso en minutos, a otros nos lleva meses o seguimos intentándolo semana tras semanas: yo sé que algún día llegaré a encadenar más de tres saltos dobles a la comba y que algún día lograré hacer un muscle up. Ese día ya me retiraré.

…y por supuesto, lo haré sin camiseta

Al final, eso es lo que he aprendido del CrossFit: si no lo intentas, nunca lo conseguirás. Si lo intentas, nadie te garantiza que alcances la perfección, pero seguramente algún avance lograrás. Salir de la zona de confort, poner a prueba tus límites y toda esa palabrería que suena entre épica y ridícula, ya sabéis. Pero al final acabas comprobando que tiene su parte de verdad: el esfuerzo tiene recompensa, tanto en CrossFit como en cualquier otra actividad diaria. Puede que no llegues a Esparta, pero igual pasas por Atenas o Corinto, que son muy bonitas también y no tiran a los niños débiles por precipicios.

El retorno a la inocencia

A veces leo textos del estilo “carta a mi yo adolescente”: Querido yo de 15 años, no te preocupes, todo va a ir bien, esa de ahí acabará siendo tu mujer y por favor, deja de llevar pantalones campanolos e invierte en Google, blablabla. No está mal, es bonito. Quizás no sea cierto del todo, porque no siempre todo mejora… pero también es verdad que si podemos escribir a nuestro yo del pasado es porque hemos sobrevivido.

En todo caso, a veces a mí me gustaría que me escribiera mi yo de 20 años para que me pusiera los puntos sobre las ies o, por lo menos, me recordara cómo era esos tiempos en los que uno tenía decenas, centenares de proyectos, ideas e ilusiones. Esos tiempos en los que parecía más sencillo entusiasmarse con las cosas y no tendía a relativizarlo todo. Esa época en la que predominaban los absolutos y tenía claro que, a pesar de que el futuro estaba lleno de incertidumbre, había un destino brillante esperándome en el horizonte. Sí, la adolescencia es una tragedia y sí, crecer es aprender lecciones de la vida. Pero a veces echo de menos la alegría inconsciente del empezar a ser adulto.

La ventaja es que, mientras que nuestro yo futuro aun no existe, nuestro yo pasado está encerrado dentro de nosotros mismos. Sólo hay que ser capaz de descubrirlo en nuestro interior, pararse a escuchar a ese niño interior… y dejar que te pregunte por qué has dejado de hablar con el acento de la mamma. Sí, no he podido resistirme a hacer un chiste de Los Simpsons. Esto es lo que decía del relativizarlo todo cuando uno tiene 40. Se ve que la inocencia es la capacidad de tomarse las cosas en serio, sin dobles lecturas.

Enigma, el proyecto ideado por el alemán Michael Cretu, había conseguido un apabullante éxito en todo el mundo a principios de 1991 con su primer disco, MCMXC A.D, gracias a una ingeniosa -aunque quizás algo cansina a la larga- mezcla entre electrónica, new age y canto gregoriano. Sinceramente, nadie esperaba que el grupo pasara de la categoría de One Hit Wonder, pero los caminos del Pop son inescrutables y el segundo disco de Enigma, The Cross of Changes, lanzado a finales de 1993, conseguía igualar prácticamente el éxito del primero.

La formula consistió esta vez en mezclar música tradicional asiática con electrónica y cambiar al Marques de Sade, los principios de la lujuria y la sensualidad de su ópera prima por una relajada espiritualidad casi paulocoelhiana. “No tengas miedo a ser débil, no seas demasiado orgulloso por ser fuerte” canta Andreas Harde en Return to innocence, el primer sencillo del disco y el mayor éxito del grupo en las listas de Estados Unidos. Le acompañaban la cantante alemana Sandra, esposa por aquel entonces de Cretu, a los coros, y un pegadizo sampler de una canción popular de la tribu Amis, de origen taiwanés. Sus intérpretes eran Difang e Igay Duana, un matrimonio de granjeros que había grabado la canción durante un intercambio cultural en Francia en 1988 cuando ambos superaban los 65 años de edad. La grabación cayó en manos de Cretu, quien creyó que estaba libre de derechos y la utilizó sin pedir autorización. Los Duana le demandarían en 1998, llegando a un acuerdo confidencial por el que cobraron una buena cantidad de dinero en royalties y el reconocimiento como coautores de la canción. Ambos morirían, con pocas semanas de diferencia, en el año 2002.

Seguramente, gran parte del éxito de la canción se deba a su videoclip, que debió de fascinar a algún directivo de la MTV Europea, donde era muy fácil verlo en cualquier momento del día. Como todo en la carrera de Enigma, la idea es tan sencilla como eficaz: rebobinar la vida desde la vejez hasta la infancia en un entorno mediterráneo (no consigo que Internet me confirme si se grabó en España, pero lo sospecho). El director es Julian Temple, director de películas como Absolute Beginners o Las chicas de la Tierra son fáciles, así como de videoclips como Do you really want to hurt me, de Culture Club; Come on Eileen, de Dexys Midnight Runners; Smooth Operator, de Sade; Free Fallin’, de Tom Petty; I’m your baby tonight, de Whitney Houston; Everything I do, I do it for you, de Bryan Adams; For tomorrow, de Blur; o Mary, de Scissor Sisters. Seguro que habéis visto alguno.

Mineola, 1983

Como dice la canción, yo tengo una tía en América. Más en concreto, una hermana de mi madre que se casó con un americano al que conoció mientras estudiaba la carrera y, tras la graduación, acabó viviendo en Mineola, un pueblo de casas unifamiliares a pocos kilómetros de Nueva York. Sí, es el típico barrio que aparece en las películas y series estadounidenses, donde los niños van en bicicleta por las calles, se hacen barbacoas en los jardines de un verde impoluto, se lava el coche los domingos en el garaje y suceden cosas extrañas en los desvanes y sotanos. Bueno, yo lo único extraño que viví es que una noche el sótano se inundó con un par de palmos de agua negra, pero seguro que algún vecino tenía encerrado a su hijo gemelo siniestro en algún ático o hacía experimentos científicos ilegales en sus ratos libres. ¿Acaso no veis películas?

La primera vez que estuve ahí fue en verano de 1983 (eso sí que es la prehistoria). Mi madre nos agarró a mi hermano y a mí, uno de cada mano, nos montamos todos en un avión y acabamos en otro continente. O en otro mundo, porque eso es lo que parecía Mineola para un par de niños salidos de la Pamplona de entonces. ¡Decenas de canales de televisión! ¡Y en algunos sólo ponían dibujos animados a todas horas! ¡Y había miles de tipos distintos de galletas! ¡Y de helados! ¡Y no se entendía nada porque estaba en otro idioma, pero qué más daba! Ese veranos jugamos durante horas al comecocos, comimos caramelos con la cara de ET en el paquete y vimos dinosaurios en un museo. Una mañana nos metimos en los jardines de los vecinos para poner en marcha sus aspersores y después mi tía nos riñó, pero no mucho.

Sí, era como estar en una película. Ése es el efecto que me causa Estados Unidos cada vez que voy: todo resulta familiar aunque no lo hayas visto nunca en tu vida y a la vez causa cierta extrañeza porque todo es diferente a lo que tienes en casa, más grande, más colorido, más artificial. Como decía mi amigo Joserra, “aquí se alimentan de golosinas”. Yo siempre he creído que esa tendencia a hacer todo a lo grande, desde los rascacielos hasta los briks de leche y zumo por galones en vez de litros, es porque tienen mucho espacio que ocupar. Ahorrar es un concepto antiamericano, casi comunista.

Pero todo cambia con el tiempo. Diego y yo fuimos a Nueva York hace unas semanas. A diferencia de 1983, viajar a Estados Unidos ya no es viajar al futuro. De hecho, incluso parece que en ciertas cosas ellos se han quedado atascados en el pasado y Europa les ha llegado a adelantar. La globalización ha terminado por homogeneizar las sociedades occidentales, las calles del centro están llenas de franquicias idénticas en todos los puntos del globo, la gentrificación la inventaron en Manhattan y la perfeccionaron en Brooklyn, la Quinta Avenida parece estar en una leve y mugrienta decadencia y la Torre Trump cuenta con doble protección policial. No hay marcha en Nueva York, decían.

Lo que no cambia nunca es Mineola. Ahí siguen las casitas, los jardines, los árboles proyectando su sombra sobre las aceras, los garajes y los desvanes… Y el olor. La casa de mi tía sigue oliendo igual ahora que en 1983. Y entonces espero cruzarme en cualquier momento conmigo mismo a los seis años, saliendo del sotano corriendo con algún juguete en la mano.

Yo fui uno de los niños de Stranger Things