Argo

Cuando en octubre se estrenó Argo, la opinión mayoritaria entre quienes la vimos es que era una buena película, un entretenido thriller y la demostración de que Ben Affleck es, seguramente, mejor director que actor. Pero es justo reconocer que nadie pensó en aquel momento que unos meses después se convertiría en la ganadora del Oscar a Mejor Película, mucho menos en un año en el que han estrenado películas directores como Spielberg, Bigelow, Tarantino, Paul Thomas Anderson, Wes Anderson…

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Cierto es que este año los Oscars han estado bastante repartidos, pero el hecho es que el premio más importante de la noche fue para la tercera película de Affleck. Para la historia queda la anécdota de ser la primera cinta que gana el Oscar a la Mejor Película sin que su director estuviera nominado desde Paseando a Miss Daisy (detalle para el Trivial: las otras dos películas que comparten este hecho son Alas y Gran Hotel). ¿Se merecía Affleck la nominación? Seguramente sí. ¿Se merecía llevarse la estatuilla? Ese ya es otro tema.

Premios y polémicas aparte, hay que reconocer que, en efecto, Argo es una buena película. En ella se nos cuenta la operación secreta que la CIA diseñó para sacar de Irán a seis trabajadores de la embajada estadounidense en Teherán que consiguieron escapar del asalto a la misma durante la revolución que en 1979 derrocó al Shah de Persia e instauró el régimen islamista que aun sigue vigente en dicho país. Escondidos en la residencia del embajador canadiense, la manera de sacarles del país fue hacerles pasar por componentes de un equipo de producción en busca de localizaciones para rodar una película de ciencia ficción en Irán, una película llamada “Argo”.

La gran virtud de Argo es que, a pesar de que está basada en una historia real cuyo desenlace es más o menos conocido por todo el mundo, la película logra que el espectador esté pegado a su butaca durante todo su metraje, manteniendo la tensión y el suspense en escenas tan brillantes como las ambientadas en el bazar y en el aeropuerto. Si lo comparamos con otro éxito reciente de crítica y público, éste era el gran defecto de Lo imposible, donde la historia no conseguía ir más allá de la mera recreación de los hechos. Eso sí, puestos a ser estrictos, hay que indicar que ambas escenas son invenciones del guionista Chris Terrio. Y éste es un debate mucho más interesante que el de la no-nominación de Affleck: ¿hasta que punto es lícito alterar lo sucedido en la realidad para construir una narración fílmica? En este sentido, Argo falsea tanto los hechos en aras de la eficacia cinematográfica que más que estar “basada” en una historia real, su cartel debería indicar que está “inspirada”. Es conveniente tener en cuenta que la película simplifica hechos e inventa otros nuevos, elimina personajes y minimiza el papel de los servicios secretos canadienses en la operación de rescate.

La eficacia de Argo no reside sólo en este guión manipulado pero muy efectivo sino también en una brillante dirección artística que consigue llenar la pantalla con la estética de finales de los setenta y en el trabajo de su reparto. Affleck no es un gran actor, pero ha sabido rodearse en Argo de intérpretes del nivel de Bryan Cranston, Victor Garber, Alan Arkin, Kyle Chandler, John Goodman, Alan Arkin, Tate Donovan, Clea Duvall o Scoot McNairy. Todos ellos consiguen que la película sea un intersante thriller que ha permitido que las generaciones actuales redescubran una interesante página de nuestra historia. Sin embargo, por mucho que lo intenta, Argo no consigue tener una dimensión social y política que sí tenía la mucho más humilde adaptación de Persepolis, el comic de Marjane Satrapi que puede funcionar como un excelente complemento para la ganadora del Oscar de Mejor Película de 2013.

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