Anna Karenina

Anna Karenina Poster

“Todas las familias dichosas se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Así comienza Anna Karenina, la famosa novela del escritor ruso León Tolstoi. Sin embargo, la frase no es citada en ningún momento durante la última adaptación al cine de esta historia de amor y adulterio ambientada en el mundo de la aristocracia rusa de finales del siglo XIX, a caballo y tren entre Moscú y San Petersburgo. El guión corre a cargo de Tom Stoppard, ganador del Óscar por su trabajo en Shakespeare in Love y autor de los libretos de películas como Brazil o El imperio del sol y obras de teatro como Rosencrantz y Guildenstern han muerto. Stoppard es un brillante escritor y ha sabido concentrar todo el drama de una novela de más de ochocientas páginas en una película de dos horas de duración, un trabajo que ha consistido en ir a la esencia de la historia, seleccionando las frases y momentos más adecuados para profundizar en la evolución psicológica de los múltiples personajes que pueblan las páginas y las imágenes de Anna Karenina.

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Y vale la pena empezar esta crítica destacando el trabajo de Stoppard porque sin su buen hacer, sin su depuración del material original, la labor de puesta en escena del director Joe Wright no funcionaría tan bien como lo hace. El director de Orgullo y Prejuicio y Hanna ha optado por llevar a la pantalla la historia de Anna Karenina de una forma tan original como espectacular: gran parte de la película se ambienta en un teatro, donde los personajes representan la historia tanto para el espectador como para ellos mismos, moviéndose en ocasiones más como bailarines que como actores. Candilejas, telones, trenes de juguete, escenarios pintados se mueven a su alrededor a un ritmo tan controlado al milímetro como vertiginoso, creando un mundo propio que se mueve al compás de la magnífica banda sonora de Dario Marianelli. Wright ya había demostrado su dominio del ritmo narrativo y su capacidad para que la imagen cinematográfica cobre un carácter sensorial que traspasa la pantalla en la prácticamente perfecta primera hora de Expiación, y aquí lo vuelve a demostrar. Las escenas en las que Anna y Vronsky se entregan a su pasión y hacen el amor no son nada explicitas, resueltas como están en primerísimos primeros planos de las caras y cuerpos de los actores, pero son extremadamente sensuales.

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Wright ha explicado que esta puesta en escena, que puede recordar a experimentos cinematográficos de directores como Peter Greenaway o Lars Von Triers, tiene su razón de ser en la crisis de identidad que sufría la clase alta rusa en ese período histórico. Esa sociedad que se movía entre el respeto a la tradición y la apertura hacia la cultura occidental era un mundo de apariencias e hipocresía, una inmensa obra de teatro donde una pasión desbocada y enloquecida como la que siente Anna Karenina es un escándalo que la condena al ostracismo. Nada más lógico que plasmar ese fingimiento convertido en forma de vida que transformar a quienes lo pueblan en actores de una perpetua representación teatral. Sólo en ocasiones puntuales, cuando no hay actuación, cuando los personajes son ellos mismos, el entorno que les rodea es el mundo real. A este respecto, el vestuario diseñado por Jacqueline Durran y ganador del Óscar en su categoría, es suntuoso y elegante, pero a la vez está concebido como una trampa que encierra y domina a sus personajes, casi como una especie de sudario.

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La actriz fetiche de Wright, Keira Knightley, sucede a mitos como Greta Garbo y Vivien Leigh para dar vida a Anna Karenina. Su trabajo seguirá sin convencer a sus detractores y encantará a sus seguidores, quienes, en este caso, son los que llevan razón. Pero Knightley sólo es un engranaje más en la delicada maquinaría de esta película-caja de música. Las piezas no terminarían de encajar sin la entrega física de Aaron Taylor-Johnson, la contención de Jude Law y el buen trabajo de secundarios como Kelly MacDonald, Matthew MacFayden, los jóvenes Alicia Vikander y Domhnall Gleeson y rostros como los de las siempre eficaces Olivia Williams y Emily Watson y el de Michelle Dockery, la Lady Mary Crawley de Downton Abbey.

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