Amores minúsculos

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Amores Minúsculos es el primer trabajo en solitario de Alfonso Casas, a quien descubrí hace dos años como dibujante de la interesante novela gráfica Marica Tú. En esta ocasión, Casas es autor tanto del dibujo como del argumento de una obra en la que se entrelazan pequeños amores que se escriben en minúsculas pero que acaban siendo tan emocionantes -y seguramente mucho más verdaderos- que las épicas historias de amor de los clásicos románticos y los grandes melodramas. Amores minúsculos es la historia de Jaime, un aspirante a novelista que vive esperando a que le pase algo, un algo que llegará en forma de Eva, una de esas chicas especiales que sólo se encuentran una vez en la vida y de las que nunca sabes si desaparecerán con la misma facilidad con la que aparecieron. Pero también es la historia de Nacho, quien se pasa las tardes dibujando en una plaza de Barcelona a los que caminan por ahí, especialmente a un chico rubio por el que se siente atraído aunque no sepa nada de él. Y también es la historia de Laura, una contable que tiene una cita con un cantante-actor-DJ (¿quién no conoce a alguno de estos?), empeñada en descubrir si hay algo debajo de ese montón de nada, una relación en la que nunca quedará claro quién es el seductor y quién el seducido.

Amores minusculos

En los agradecimientos del libro, Casas reconoce que vendió la idea a la editorial con lo que denomina “una horrible descripción”: con un toque de Isabel Coixet y un puntito del constumbrismo de Murakami. En realidad, tampoco andaba tan desencaminado. Amores Minúsculos se mueve continuamente entre lo detallista y el minimalismo, relatando y retratando lugares cotidianos y familiares donde cosas que parecen tan insignificantes como un desayuno continental o un puñado de clips se cargan de contenido emocional. Lo mismo se puede decir del estilo del autor, que sabe dibujar con claridad lo esencial de sus personajes prestando a la vez una atención minuciosa a los entornos y paisajes que les rodean: en este caso, una Barcelona gótica perfectamente reconocible para el lector.

Lo único malo de Amores Minúsculos es que si te pasa como a mí, te lo leerás de una sentada en un par de horas. Lo bueno es que siempre puedes volver a abrirlo por la primera página para disfrutarlo de nuevo.

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