Al mundo entero quiero dar…

jai Guru Deva Om (Nothing's gonna change my world)

jai Guru Deva Om (Nothing’s gonna change my world)

…un mensaje de paz.

Y así, con el anuncio de Coca-Cola más famoso de su historia, terminaba Mad Men después de siete temporadas y 92 episodios. Si la serie comenzaba con la dramática búsqueda por parte de Don Draper de un nuevo enfoque para vender cigarrillos de Lucky Strike, acabar con la campaña que consiguió que su melodía, I’d like to teach the world to sing, a cargo de The New Seekers vendiera doce millones de sencillos en todo el mundo, era una buena manera de cerrarla… algo que, por cierto, habían vaticinado ya en algunas páginas de Internet. Una vez visto el último episodio, parece bastante lógico: al fin y al cabo, el anuncio se estrenó en 1971, fue una idea de McCann-Erickson y durante toda esta parte de la temporada se ha hablado de Coca-Cola en varias ocasiones. Sin embargo, Matthew Weiner ha jugado en pocas ocasiones con lo previsible y nunca le ha puesto las cosas fáciles al espectador.

De hecho, el final de la serie juega con una de las claves de la serie, esas elipsis narrativas que han abundado tanto durante el relato y que han obligado al público a ejercitar su imaginación o estar atentos a los pequeños detalles. Si algún espectador esperaba un gran final apoteósico o definitivo, es que no sabía qué estaba viendo. Mad Men es una serie donde nunca pasa nada, dicen algunos. La respuesta perfecta sería decir que Mad Men es una serie donde pasan muchas cosas, pero quizás pasen más en la profundidad de sus personajes que en sus acciones externas. Quizás como en la vida real, donde se acumulan las anécdotas pero la verdad de las personas permanece siempre soterrada. Por eso resulta mucho más coherente con su discurso acabar la narración con unos puntos suspensivos en vez de con un punto final. Es mucho más realista.

Deducir, lógicamente, que el anuncio de Coca-Cola surgió de la mente de Don Draper después de su viaje a ninguna parte por la América profunda hasta las costas californianas, supone admitir que Mad Men vulnera una de las grandes reglas de la narrativa: ¿Ha cambiado en algo Don Draper? La respuesta es, seguramente, que no. Sonriendo, haciendo yoga al amanecer, sigue siendo el mismo hombre que, diez años atrás, tomaba un whiskey solo en un bar mientras buscaba un nuevo slogan para Lucky Strike. El viaje del héroe termina convertido en un eterno retorno, quizás porque ese viaje ya acabó cuando Dick Whitman decidió convertirse en Don Draper, quizás porque en realidad Don Draper no quiere salir de sus cavernas morales, quizás porque sabe que con alzar la espada del cinismo y el encanto tiene más que suficiente… Convertir la estética y los ideales de la contracultura hippie en una pegadiza y bienintencionada melodía para vender un refresco es una jugada maestra, una irónica reflexión sobre el poder apropiador del capitalismo para domesticar las rebeliones. Don Draper no es un antihéroe, ni una figura trágica, Don Draper es un villano con cierto código de honor y lágrimas de cocodrilo. Eso sí, es un villano fascinante.

Fascinación es lo que muchos hemos sentido por una serie de perfecto acabado formal que nos ha hecho viajar por los años sesenta sin necesidad de convertirse en una especie de “grandes éxitos de la historia” a lo Cuéntame o Forrest Gump. Weiner nos ha dado una lección de historia cotidiana donde hemos podido ver que, en muchas cosas, no hemos cambiado tanto como nos creemos, ni moral ni estéticamente. Con sus lógicos altibajos, más acusados en las últimas temporadas, Mad Men nos ha regalado tantos momentos brillantes que va a ser inevitable echarla mucho, mucho de menos.

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