41

Hoy se cumplen 41 años de mi llegada al mundo.

Los 40 se celebran por todo lo alto. Tienen cierto componente de meta alcanzada, de antes y después. Cumplir cuarenta años supone que has atravesado las tenebrosas aguas de la adolescencia, de la primera juventud y de la segunda. Ya eres, por fin, un adulto, por mucho complejo peterpanesco que puedas tener.

Pero, ¿los 41? En comparación, resultan algo anodinos aunque sean número primo. Ya está, ya es innegable, soy un cuarentañero (chiste que podía tener gracia hace 365 días, ahora ya resulta cansino y repetitivo) ¿Qué sucede a partir de ahora? ¿La decadencia? ¿Eso se celebra?

Luego me miro en el espejo y, canas aparte, me veo mejor que hace cinco, diez, quince o veinte años. Llegará algún día en que la fuerza física me abandonará, no tendré energías para aguantar el gimnasio y mis huesos serán frágiles, pero aun no. Aun no me resigno a dejar de lado planes, proyectos y sueños. Aun no ha llegado la hora de arrojar la toalla y abandonar el convencimiento de que el futuro me sigue reservando sorpresas y momentos brillantes. Con una ventaja añadida: a partir de los cuarenta tienes la piel curtida para aguantar decepciones y fracasos. A estas alturas del juego ya sé que la vida es una sucesión de dramas y comedias, una montaña rusa de vertiginosas subidas y bajadas y cambiantes escenarios. Y aunque me esperan altibajos en el mañana, cada vez tengo una mayor sensación de llevar las riendas de mi propia existencia.

Así que sí que tengo muchas cosas que celebrar. ¡Tarta para todos!

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