Tío canguro, bebé tiburón

Hace unos días acudí a la llamada de socorro de mi hermano y me acerqué a su casa para echarle una mano cuidando de sus hijos mientras él teletrabajaba y su mujer trabajaba de verdad. Me encargué de dar una vuelta a Sobrina Pequeña con el carrito mientras iba a comprar pan y descubrí el mágico mundo de los malabarismos que hay que hacer para abrir puertas, empujar carrito y llevar una barra bajo el brazo. Descubrí también que las aceras son rugosas para mecer a los niños y hacer que se duerman antes. Eso, o quizás porque mi conversación era muy aburrida, el caso es que la niña se durmió al minuto de salir de casa. Me senté en un banco al sol como un jubilado y después volvimos a casa. Revisión de pañales y a jugar en la mantita a descubrir nuevas texturas y ruidos. ¿Qué pasará dentro de la mente de un bebé de seis meses? Ése es un enigma que nunca resolveremos.

Después mi hermano fue a buscar a Sobrino Mayor a la guardería y nos tocó darles de comer a ambos. Miguel alimentaba a la pequeña y yo le daba cucharadas de papilla de frutas al mayor, con la inestimable ayuda de IPad. Sobrino sigue hablando en su idioma propio de bebé, pero maneja la tableta con la destreza de un profesional. Miguel le dijo que yo no conocía la canción de Baby Shark… y en menos de 30 segundos ya estábamos todos escuchándola.

Wikipedia me ha chivado que el vídeo que originó la locura infantil por esta canción es coreano. Eso sí, no queda muy claro quién compuso este tema que se mete en la cabeza y no se despega en días. No lo escuchéis nunca, es mucho más peligroso que aquello de el pollito Pío…

Horsing around

Volvíamos en coche después de cenar por ahí. En el asiento de atrás, un amiga a la que llevábamos a casa, preguntó:

-¿Y qué series me recomendáis actualmente?

Y yo aproveché para hacer publicidad de mi último descubrimiento:

-Pues está muy bien Bojack Horseman. Es una serie de animación para adultos sobre un actor que tuvo una teleserie de éxito en los ochenta y que, años después, intenta reconstruir su vida, superar los errores del pasado y encontrar su lugar en el mundo. En principio, es una comedia, pero la verdad es que habla de temas muy serios, como la búsqueda de la propia identidad, las crisis de madurez, el compromiso, las relaciones humanas… A veces me recuerda a A dos metros bajo tierra. Pero a la vez con cierto toque surrealista muy divertido, con muchas referencias a la cultura pop y juegos de palabras que los traductores no saben cómo adaptar al español. Y me llama mucho la atención el cuidado que tienen con la continuidad entre episodios, lo que piensas que es un chiste suelto o un personaje que sólo va a aparecer en una escena acaba teniendo mucho desarrollo y, además…

Diego interrumpió:

-Pero, Antonio, que el protagonista ES UN CABALLO.
-Sí, eso también.

Un caballo con problemas existenciales

Padre e hijo

En Semana Santa Diego y yo fuimos a Nueva York. Como sólo somos dos viajeros, casi nunca tenemos fotos los dos juntos: yo fotografío a Diego, Diego me fotografía a mí. Eso estábamos haciendo en el parque que hay junto al arranque del puente de Brooklyn cuando dos chicas orientales se nos acercaron y nos preguntaron si queríamos que nos hicieran una foto.

Después estuvimos hablando unos minutos. Nos preguntaron de dónde éramos y nos contaron que una de ellas vivía desde hacía tiempo en Nueva York y que la otra había venido desde Japón a visitarla. Diego le dijo que en verano iríamos de vacaciones a Japón y ella nos dijo si iríamos a Hokkaido, su isla. Diego le dijo que seguramente no tendríamos tiempo, y entonces ella preguntó:

-Os parecéis mucho, ¿sois padre e hijo?

Yo me quedé mudo. Diego se río y dijo que no, que éramos pareja. Las dos chicas japonesas soltaron unas risitas y se disculparon. Nos despedimos y cada uno siguió su camino por Nueva York. Vale, soy diez años mayor que Diego, pensaba yo, ¿pero tanto se me nota? ¿Tendré que empezar a usar cremas antiarrugas y teñirme el pelo para no parecer un abuelito? Luego llegamos a la conclusión de que, del mismo modo que a los occidentales nos cuesta calcular la edad de los orientales y nos parecen todos iguales, seguramente a ellos les pase lo mismo con nosotros. Esa idea hizo que me quedara más tranquilo.

Un poco después leí este comic de Scandinavia and the World en el que explican que en Japón, al no existir el matrimonio homosexual, hay parejas en las que el mayor adopta al pequeño para formar así una familia a los ojos de la ley. Y entonces vi la pregunta de nuestra breve amiga japonesa con ojos muy diferentes…

La trampa de la sonrisa

Una de mis primeras experiencias laborales, cuando aun era un joven y tierno estudiante de la ECAM, fue trabajar por las tardes como comercial del Burger King. Tenía que ir piso a piso, chalet a chalet, por calles perdidas de Aravaca y Las Rozas para ofrecerles a la gente la tarjeta vip del Burger King, una estupenda oferta de 30 2×1 en menú Big King y demás comida basura. Entre los múltiples trucos de comercial que aprendí aquellos meses, uno de los principales era la sonrisa: hay que sonreír al cliente para ganarte su confianza, relajarle y hacerle partícipe de la fiesta que es tu oferta. Eso vale para todo: enciclopedias, suscripciones al Círculo de Lectores y contratos de Gas Natural. Así que ahí iba yo, hecho un aterrorizado manojo de nervios, pero siempre sonriente.

Con el tiempo me he dado cuenta de que esa sonrisa falsa se ha convertido en la máscara bajo la que me oculto cuando estoy nervioso, tenso o no sé cómo reaccionar. A veces surge en los momentos más inoportunos, como cuando alguien llora tras una película o cuenta una historia dramática. “¿Te estás riendo, Antonio?”, me preguntó Diego en una de estas ocasiones. Y yo tuve que decir que no y aprender a relajar el rostro en esas situaciones. Toda manía se puede desaprender con esfuerzo. Y esto vale también para los castings.