Ambiciones

“Ambition makes you look pretty ugly”, cantan Radiohead en Paranoid Android, y la verdad es que la ambición no tiene muy buena prensa. A los niños educados en la tradición católica siempre nos enseñaron la importancia de la humildad y la sencillez, valores que no parecen llevarse bien con la ambición, más cercana a conceptos como la avaricia y la soberbia, pecados capitales ambos. Sea por lo que sea, definirse como ambicioso no parece lo más adecuado.

Y sin embargo, también nos enseñan que uno puede conseguir todo lo que se propone, a luchar por los sueños y todo eso… Incluso algunos llegan a insinuar que el universo conspirará a tu favor para que lo logres. Se supone que es una especie de secreto o algo así. Definirse como soñador o luchador suena mucho mejor que reconocer que uno tiene grandes ambiciones. Pero en el fondo, ¿no son lo mismo? La RAE pone su granito de arena para indicar que la ambición es “el deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama”. Los romanos, por su parte, la representaron con alas a la espalda. La ambición te hará volar.

En Memoria de Almator, Rosa Regás se pregunta si la inspiración no será la capacidad de obsesionarse con algo. Es una frase a la que le llevo dando vueltas desde que la lei, hace ya casi veinte años. Quizás la ambición sea también la capacidad de obsesionarse con un objetivo.

En todo caso, lo único que he aprendido con los años es que procrastinando no se llega a ningún sitio.

Los dinosaurios han muerto

A veces me acuerdo de esta historia.

En el reparto de aficiones científicas infantiles, a mí me tocaron las estrellas y los planetas y a mi hermano, los dinosaurios. Después, ni yo me convertí en astrónomo ni él en paleontólogo, pero conservamos nuestro interés en ambos temas. Por eso, no es de extrañar que mi hermano fuera hace años a una exposición en Barcelona con reproducciones de dinosaurios en sus hábitats primitivos. Creo que algunos incluso se movían.

-¿Qué tal la exposición?
-Bien, muchos muñecos, estaba bien montada. Pero había mucha gente.
-Muchos niños, supongo.
-Sí, de hecho vimos a la salida a un niño pequeño que no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarlo, pero no había manera. Daba una pena…
-Quizás pensaba que iba a ver dinosaurios de verdad.
-Sí, puede ser.

A veces me acuerdo de ese niño y siento un poco de esa tristeza infinita que debió de sentir al descubrir que no iba a ver dinosaurios de verdad… porque todos esos animales formidables que llenaban sus libros de cuentos murieron hace millones de años. Desaparecieron para siempre de la faz de la tierra y sólo nos quedan de ellos un puñado de fósiles y mucha imaginación. Nunca veremos un dinosaurio vivo. ¿Cómo no llorar por un hecho tan irremediablemente definitivo cuando se tienen siete años?

Verano 1993

La semana pasada supimos que la Academia de Cine había elegido como candidata para representar a España en la categoría del Óscar a Mejor Película en Habla No Inglesa a Verano 1993, la ópera prima de la directora Carla Simón, autora también del guión. Vista la película, no cabe duda de que era la opción más justa y adecuada: hay muchas posibilidades de que Verano 1993 -en realidad, Estiu 1993– sea una de las cinco candidatas a llevarse el premio.

Estiu 1993 es una historia real y transmite verdad por todos sus fotogramas. Carla Simón se ha basado en su propia infancia para contar aquel verano de 1993 en el que Frida, una niña de seis años, se tuvo que ir a vivir con sus tíos y su prima de tres años a un pueblo de La Garrotxa, en la provincia de Girona, después de la muerte de sus padres. La película nos cuenta el proceso de adaptación y duelo de Frida, de una manera sencilla y simple, pero también llena de detalles y sugerencias: en esta historia los mayores no son los protagonistas, sino los niños y su manera de ver, vivir y relacionarse con el mundo.

No es fácil conseguir lo que logra Simón en su primer largometraje. Contar una historia personal es sólo la base de una obra que podría haber caído fácilmente en lo melodramático, lo empalagoso o lo pretencioso. Estiu 1993 habla de temas universales, del dolor, de la pérdida, de la superación del pasado, pero lo hace con frescura y naturalidad, poniendo la cámara a la altura de los ojos de las niñas protagonistas y dejando que la vida transcurra delante del objetivo: travesuras infantiles, bailes a ritmo de Bom Bom Chip, juegos en la bañera, una noche de verbena, un pijama del color equivocado… Por supuesto, si la aventura llega a buen término es gracias a sus pequeñas protagonistas, surgidas de un largo casting y excelentemente llevadas por la directora: Laia Artigas y Paula Robles. Entre los actores adultos brilla especialmente Bruna Cusí en el papel de tía de Marga y madre de Anna: ella también tiene que aprender a adaptarse a la llegada al hogar de la hija de su cuñada, algo que sólo se logra con paciencia y amor infinitos. En un adecuado segundo plano permanece David Verdaguer, quizás el rostro más conocido del proyecto, en el papel de su siempre optimista marido.

¿Y por qué es Estiu 1993 nuestra mejor opción para que el cine español vuelva a brillar en los Oscars? Aparte de por su brillante recorrido en festivales nacionales e internacionales donde ha cosechado excelentes críticas y premios (Berlín, Málaga, Buenos Aires…), la película es una excelente muestra del poder del cine para convertir pequeñas historias individuales y locales en dramas universales a base de talento y honestidad: Estiu 1993 es pura emoción y autenticidad, algo que la Academia espera ver en el cine extranjero, ya que rara vez lo puede encontrar en el que produce Hollywood. Y en estos tiempos en que las series de televisión parecen haber conquistado el corazón de críticos y espectadores, se agradece que una pequeña película nos redescubra la grandeza del cine.

Las olas, el mar

En Occidente, por lo general, no sabemos mucho del arte japonés. Pero creo que todos hemos visto este fascinante cuadro (en realidad, un grabado).

La gran ola de Kanawaga es la primera estampa de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji, publicadas por Katsushika Hokusai entre 1830 y 1833. La cumbre nevada del volcán se ve en el horizonte, eclipsada por la potencia del mar y las garras de espuma de la ola. De hecho, en un primer vistazo, pasa casi desapercibido, al igual que los barcos de los pescadores: el mar es el protagonista, todo lo demás viene después. Del molde original se han realizado miles de copias que se extendieron por todo el mundo, especialmente desde que Europa descubrió la cultura japonesa en el último tercio del siglo XIX, convirtiéndolo en una moda que imitarían algunos de los principales artistas de la época, como Monet o Degas, por ejemplo. Y así es como La Ola se ha convertido en un icono pop que se presta a todo tipo de reinterpretaciones.

Por ejemplo, con galletas.

O con Pokemon.

O con Godzilla. Yo no pude resistirme y me compré una camiseta. Que Hokusai me perdone.

En el Takayama Jinya, la casa del gobernador de Takayama, el único edificio civil de la era Edo (1603 – 1868) que se conserva, descubrí otra muestra de arte japonés que me fascinó: un sencillo diseño llamado Seigaiha y que se utiliza mucho en Japón como elemento decorativo. Ahí, en el vestíbulo de entrada para los invitados más nobles e importantes, era el gran protagonista.

¿Y qué tienen de especial un montón de semicírculos concéntricos? Nada, hasta que descubres que representan las olas de un mar en calma y entonces no puedes más que rendirte ante la maestría y el minimalismo limpio y elegante de quien ideó este diseño. Al parecer, algún artista anónimo chino de hace milenios.

Punto de partida

Mientras me acompañaba a firmar la indemnización y el finiquito, la técnico de Recursos Humanos, me dijo:

-Quizás ahora no lo veas así, pero tienes que tomarte esto como una oportunidad.

No lo dijo con suficiente convencimiento. Parecía que ni ella misma se creía la tópica frase. Yo tampoco terminaba de creer que hubiera recurrido a algo tan manido. Por supuesto que terminar un trabajo es una oportunidad para buscar nuevos y mejores caminos laborales y vitales. También es una putada, todo hay que decirlo.

-¿Cuándo te vas? Pues nada, si necesitas algo, ya sabes donde estamos.

Éstas fueron las palabras de adiós de mi ya exjefa cuando fui a despedirme de ella antes de salir del despacho por última vez. Sonreía de oreja a oreja mientras las pronunciaba. Me quedé mirándola con estupefacción un instante y me fui.

Vuelvo a la casilla de salida. Eso sí, con más puntos de sabiduría y energía que la última vez que estuve aquí.