Rosa

Uno de los peligros de vivir en Pamplona es que después de los Sanfermines, un pañuelo rojo se puede filtrar en una colada de ropa blanca con desastrosas consecuencias: los calzoncillos y camisetas interiores salían de la lavadora con un leve tono rosado. Mi madre, haciendo oídos sordos a nuestras protestas, en vez de tirar la ropa interior de ese color vergonzoso a la basura, la volvía a colocar en nuestro armario. Las consecuencias podían ser terribles si la clase de Educación Física coincidía con un día de calzoncillos rosas:

-Eh, Antonio lleva calzoncillos rosas!
-Mariquita, mariquita.
-Antonia Campoya, Antonia Campoya…

En aquellos tiempos no habíamos oído la palabra “bullying”, pero los abusones llevaban siglos pisando la tierra. También se escuchaba mucho por aquel entonces la terrible frase de “los hombres no lloran”.

“¿Pero si a mí me apetece llorar, qué hago, señorita”?, pensé muchas veces. Pero creo que nunca me atreví a decirlo en voz en alta. “¿Será que no soy un hombre?”, pensé en otras ocasiones.

El único rosa era el de las batas de las niñas. La hombría de cualquier níño que poseyera algo en esas tonalidades era inmediatamente puesta en duda. Era casi tan grave como preferir jugar a balón prisionero en vez de a fútbol.

Treinta y tantos años después, hoy he venido a trabajar con una camisa rosa palo (muy palo, palísimo). No tiene nada de particular, es un color que los oficinistas cansados de los mil tonos posibles de azul han terminado por conquistar junto con el morado. Sin embargo, mientras me la abrochaba, me he acordado de estas historias de la infancia. Y me pregunto si el color rosa sigue proscrito para los niños en el patio del colegio.

La bola del mundo

Resulta que hay un sitio en Madrid que se llama La Bola del Mundo, aunque en realidad no son más que un montón de repetidores antiguos en lo alto de una montaña. Toda la culpa es de RTVE.

Tecnología Obsoleta (foto de Roberto Pla)

Nosotros no llegamos hasta ahí, nos quedamos en el pluviómetro, rodeados de vacas negras de afilados cuernos. Fue este sábado, una escapada a la sierra en medio de la ola de calor para prepararnos para nuestra futura ascensión al monte Fuji. Comprobamos que las zapatillas de trekking son más cómodas para caminar por el monte que unas Converse, sospechamos que podremos soportar el mal de altura, bebimos litros de agua, comimos bocatas de jamón y queso (soy demasiado perezoso para hacer tortillas de patata por la mañana) y me convencí de que subir es cansado pero bajar es más peligroso… especialmente si pierdes una lentilla.

Canciones para un viaje a Japón: “Japón”

Este verano nos vamos tres semanas a Japón. Ayer me puse a leer artículos sobre cómo utilizar el transporte público japonés y me empecé a poner de los nervios… Luego ya me dijeron que es más fácil de lo que parece. En todo caso, yo sólo quiero comprobar si entre miles de tornillos viven en Japón.

Unos dicen que son fieles al emperador, otros dicen que son fieles al ordenador… Mecano publicaba Japón en verano de 1984 como sencillo de presentación de Ya viene el sol, su tercer disco, el menos exitoso de su carrera y quizás el más synthpop de todos. De hecho, la canción más popular de ese trabajo fue Hawaii-Bombay, publicada ya como cuarto y últimos sencillo en primavera de 1985. Recuerdo una actuación en el Un Dos Tres un viernes y cómo la semana que viene todos los niños y niñas cantábamos en el patio del colegio que Hawaii y Bombay son dos paraísos que a veces me monto en mi piso en dura competencia con otros éxitos de momento de Hombres G y Alaska y Dinarama. Si sobrevivisteis a la EGB, supongo que conoceréis el chiste:

-¿Cuál es el chocolate favorito de Alaska?
-…
-Milka
-…
-Ya sabes: “Mil-Kampanas suenan en mi corazón”

De hecho, no sería hasta muchos años después que descubriría que el título de “Mil campanas” es Ni tú, ni nadie, y que “La calle desierta, el lugar ideal” era ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

Pero la de Japón nunca fue un éxito entre los niños de mi clase. Yo la recuerdo con cariño porque fue la primera canción de Mecano que conocí y me gustó. Quizás sería por su ritmo machacón marcado por ruidos de máquinas (que Nacho Cano grabó en una fábrica) o porque la letra me hacía gracía aunque no terminaba -ni termino- de entenderla (“No son rubios, no son bajos, son tipo reloj, en un metro hay dos, donde sale el sol”). Escuchada ahora, está claro que es puro Mecano: tiene el toque kitsch típico del grupo envuelto en esos sintentizadores y arreglos que intentaban poner a España en la modernidad. Y es gracias a estos sintentizadores y esa falta de vergüenza que las canciones de Nacho han envejecido mucho mejor que las composiciones más solemnes y pretenciosas de José María. Porque, en serio, ¿qué preferís? ¿Me colé en una fiesta o No es serio este cementerio? ¿Barco a Venus o Naturaleza Muerta? ¿El club de los humildes o Stereosexual? Menos mal que José María nos dio pectorales, Me cuesta tanto olvidarte y Aire

Pero la pregunta es… ¿será Japón como Japón?

Last Plane To London

Verano en Londres. ¡Existe!

Estoy harto de que todo el mundo llame “London Calling” a sus álbumes con las fotos de su viaje a Londres, a sus artículos contando su experiencia londinense o que lo use como hashtag ingenioso de sus tweets o instafotos… Creo que hasta yo lo he hecho, aunque por lo menos yo sabía que era una canción de The Clash e incluso puedo tararearla. Pero no, mi resumen de este fin de semana homenajea uno de los momentos más disco de la ELO: Last Train to London, fabuloso sencillo de finales de 1979 del álbum Discovery (Disco Very, Very Disco, claro que sí, Jeff Lynne).

Hace unos meses Adele anunció que terminaría la gira de 25 con dos conciertos en Wembley. Como las entradas se agotaron a los diez minutos, amplió los conciertos con dos fechas más. Nosotros, como buenos Adeliers, compramos las entradas para el sábado 1 de julio y para allá que nos fuimos el viernes. ¡Adiós World Pride, Hello London!

Era tan evidente que nadie quería irse de Madrid ese fin de semana que el avión tenía asientos libres como si fueran los años ochenta. El vuelo se hizo corto gracias a las carreras de Mario Kart en la Nintendo Switch: Diego siempre gana, yo siempre pierdo, pero nos divertimos igual. En dos horas aterrizamos en Gattwick y en una hora llegamos a nuestro hotel. Abandonamos las maletas y nos tiramos a las calles: uno de los amigos con lo que íbamos no había estado aun en la capital de la Pérfida Albión, así que había que enseñarle las postales consiguientes. Mientras paseábamos, hacíamos comparaciones con Nueva York. Algunos preferían la metrópolis. Yo, después de haber visto en directo esta Semana Santa la decadencia de la América trumpiana, me quedo ahora mismo con este Londres inesperadamente soleado y veraniego.

Esto es “soleado y veraniego” en Londres

Vale, hubo algún momento lluvioso y por la noche refrescaba, pero hizo mejor tiempo que cualquier otra vez que haya estado en la ciudad. Paseamos por la calle Carnaby como buenos chicos pop, comimos en un japonés, fuimos a una tienda de juguetes donde compré un osito Paddington para mi sobrina pequeña, llegamos hasta Piccadilly Circus (¡están arreglando los carteles luminosos!), bajamos a Trafalgar Square y de ahí fuimos al Big Ben y el Parlamento (¡está en obras!), cruzamos el río y acabamos tomándonos un café caro a la sombra del Ojo de Londres. Vuelta al hotel, una ducha, ropa nueva y cena en un turco con amigos residentes en Londres (al fin y al cabo, debe de haber más españoles viviendo en Londres que en la provincia de Soria). Unas pintas de cerveza en un pub pusieron punto final a la noche.

Adele nos escribió el sábado a primera hora de la mañana.

No show for you, my Adeliers

Nos quedamos sin concierto, así que no hubo más remedio que consolarse devorando un contundente desayuno inglés. Huevos revueltos, salchichas, bacon, patatas, tostadas. De todo menos setas, claro. Lástima que no hubiese porridge de deliciosa avena vigoréxica… Como no fue consuelo suficiente, acabamos saqueando una tienda de discos y películas aprovechando las generosas ofertas británicas y la caida de la libra esterlina. Gracias, ingleses, por votar Brexit. Yo me compré lo nuevo de Calvin Harris, la reedición del OK Computer y el Melodrama de Lorde, además de clásicos como Rebelde sin Causa, Lawrence de Arabia, El Mago de Oz o THX1138. Y como de repente teníamos todo el sábado libre, optamos por seguir consolándonos con un musical. Lógicamente, no había entradas para Los Miserables ni El libro de Mormón (por la obra de teatro de Hatty Potter ni nos molestamos en preguntar, doy por hecho que están todas las entradas vendidas hasta la próxima década), así que acabamos optando por Motown, The Musical. Reconciliados ya con Londres, nos entregamos a las actividades típicas de la ciudad, como ir al Museo Británico a ver momias egipcias, frisos robados al Partenón, el jarrón Portland y la copa Warren, comer pescado con patatas y pastel de carne en un pub, acercarnos al palacio de Buckingham a saludar a Isabel II o pasar el rato en Saint James Park viendo pelícanos y ardillas.

Oca feliz

Motown, The Musical es un montaje con libreto de Berry Gordy, el fundador del mítico sello musical de Detroit, la “Motor City”. Por supuesto, ya que es el productor y está contando sus memorias, él queda como un santo, un visionario, un héroe afroamericano que sólo quería compartir la grandeza de la música negra con el mundo. Su relación con Diana Ross nunca fue nada turbia, Florence Ballard era una chica poco profesional que no aparecía en los ensayos, Berry siempre dejó que sus artistas fueran libres y tuvieran el control de sus carreras y el musical Dreamgirls es una falacia sin ninguna base real. Aunque a veces los actores parecen estar jugando a Tu cara me suena, hay que reconocer que sus intepretaciones son vocalmente impecables, al igual que el vestuario y la escenografía.

Después del musical, cenamos auténtica comida típica de Londres: chicken tikka masala.

El domingo por la mañana fuimos a la Tate Gallery. El sol iluminaba la catedral de San Pablo, los rascacielos de cristal y las decenas de grúas que pueblan el horizonte de Londres. Aquí La Burbuja Inmobiliaria siempre ha campado a sus anchas.

Huyendo de la gentrificación

“Aquí, en cuanto se cae algo, en seguida construyen apartamentos de lujo”, me dijo mi amiga Virginia, residente en Londres desde hace muchos años, mientras comíamos fetuccinis en los establos de Camden Market. “No saben la que han líado con el Brexit”, respondió cuando le pregunté por el tema y me explicó la larga lista de requisitos burocráticos -y la cantidad de libras que hay que pagar- para tramitar permisos de residencia y demás papeleos. Hay nubes oscuras en el futuro, pero junto a los canales, los puestos de camisetas y el olor a comida de los cuatro rincones del planeta en el aire nos podemos olvidar de ellas. Y así nos despedimos de Londres… después de una frenética carrera por los pasillos de Heathrow para no perder nuestro avión.