Archivo por meses: Febrero 2017

Moon La La Light

Ha vuelto a suceder. Como hizo Spotlight imponiéndose como mejor película a Mad Max y El Renacido el año pasado o como 12 años de esclavitud consiguiendo el premio grande aunque Gravity se llevara muchas más estatuillas esa noche, Moonlight ha ganado el Oscar a mejor película en una accidentada entrega de premios que pasará a la historia por un sobre equivocado que hizo creer a los productores de La La Land que eran los triunfadores de la noche durante un par de minutos.

Todos sabemos que a La La Land le ha perjudicado haberse posicionado desde el principio como la gran ganadora de los Oscars de este año, arrasando con todo en los Globos de Oro, además de haber despertado fanatismos exaltados como hacía tiempo que una película no lo hacía y que han conseguido despertar a su vez unos odios igualmente exaltados hacia la misma. Corremos el peligro de que nos invadan durante los próximos meses decenas de anuncios y editoriales de moda basados en la estética de la película, chicas pelirrojas con vestidos amarillos, chicos rubitos y delgados con look jazzístico y escenas de baile dulcemente torpes en planetarios y parques nocturnos. Con una BSO superventas y –ella sí– ganadora del Oscar, tenemos City of Stars para rato. Tengo el convencimiento de que esa canción acabará convirtiéndose en un clásico del cine con decenas de versiones. Quizás, en el fondo, esta forma tan amarga de perder el premio a la mejor película sirva para acrecentar su leyenda.

O quizás nos sirva para valorar a La La Land en su justa medida. La película de Damien Chazelle no es una película perfecta, pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito, no lo parezca. Estamos ante la película de un joven director que viene de demostrar todo su potencial en una cinta como Whiplash (que, por cierto, puede entenderse como una precuela para La La Land: Ryan Gosling sería el personaje de Miles Teller después de acabar su formación como músico y trasladarse a Los Angeles) y que se plantea hacer un musical en Cinemascope, ambientado en la actualidad pero con un regusto retro en todo momento, protagonizado por unos actores que suplen con su carisma sus carencias en cuanto al canto y el baile y que, sobre todo, tiene un final que podemos describir como agridulce. La La Land es un drama disfrazado de caramelo con canciones. Mucho mejor escrita de lo que dicen y sobre todo, con una estructura que funciona como un reloj coronada por un fabuloso epílogo que revisita toda la película para revelarnos su verdadero significado, la película convierte sus supuestas debilidades en sus fortalezas. ¿O alguien podría imaginar que, en 2017, la película de moda, el referente estético del momento, fuera un musical posmoderno sobre el precio del éxito? Esta revisitación de Un americano en París y Los paraguas de Cheburgo es, quizás, la primera película de la generación del nuevo milenio y volveremos a hablar sobre ella durante mucho tiempo.

Pero el hecho es que la ganadora ha sido Moonlight y tampoco deberíamos sorprendernos por ello. Todos sabemos que a Moonlight le ha beneficiado posicionarse como la cinta auténticamente independiente protagonizada por minorías marginadas después de que en 2016 se hablara tanto de la ausencia de profesionales negros entre las películas nominadas, los famosos #OscarsSoWhite. También sabemos que nada puede apetecerle más a la industria cinematográfica que darle una bofetada a Donald Trump concediendo su premio más importante a una película protagonizada por negros homosexuales. Y así ha sido.

Pero quizás esto nos impida valorar Moonlight en su justa medida. La película de Barry Jenkins no es una película perfecta pero tiene muchos más aciertos que errores y es en muchos sentidos una apuesta arriesgada aunque, a la postre, visto el éxito (de momento más crítico que comercial), no lo parezca. Estamos ante la segunda película de un joven director curtido en el campo del cortometraje que se ha encargado de llevar a la gran pantalla la obra de teatro inédita de Tarell Alvin McCraney In Moonlight Black Boys Look Blue, un origen teatral especialmente evidente en su tercer –y mejor– acto. Rodada en Cinemascope para huir de una fotografía demasiado documental y con un montaje, una fotografía y una banda sonora magníficos, Moonlight es un drama que transita inicialmente por caminos un tanto trillados para sorprendernos con un final tan emotivo como sencillo, donde la canción adecuada sirve para que los corazones puedan abrirse después de largo tiempo silenciados. Aunque la estatuilla al mejor actor secundario ha sido para Mahershala Ali, brillan mucho más en sus papeles intérpretes como Naomie Harris, André Holland o un casi debutante Trevante Rhodes. Hay mucha verdad en Moonlight a pesar de los intentos de Jenkins por estilizarla y envolverla en azules y fluorescentes. Y supongo que eso es lo que ha acabado cautivando a los miembros de la Academia.

Pero en realidad Moonlight y La La Land (y también Manchester frente al mar, Lion, Jackie o Toni Erdmann) son dramas sobre la construcción de la propia identidad y la necesidad de reconciliarse con el pasado, de ser valiente para enfrentarse a los obstáculos y hacer sacrificios para salir adelante, de atreverse a ser uno mismo. En definitiva, estos Oscars de 2017 nos han regalado un puñado de películas, quizás no perfectas, pero que nos reconcilian con lo mejor del cine: su capacidad catártica para hacernos sentir. Aristóteles estaría contento.

Que el ritmo no pare

Katy Perry está volcada en la promoción de Chained to the rhythm, sencillo de presentación de su próximo disco, el quinto de su carrera (aunque el primero, su disco de pop cristiano llamado Katy Hudson, no cuenta). Hace un par de días estrenó su videoclip, una visita a un colorista parque de atracciones con un lado siniestro que no tarda en hacerse evidente. Sí, en efecto, como un episodio de Black Mirror o su madre ¿o abuela?, The Twilight Zone. Su director es Mathew Cullen, amiguito de Guillermo del Toro y responsable de otro clips para Katy Perry como Dark Horse o California Gurls, así como de Pork and beans de Weezer o Chasing Pavements, de Adele.

Este trasfondo oscuro de la canción ya ha sido comentado durante estos días, pero es interesante resaltar la ironía de utilizar sonidos y conceptos puramente pop para hablar de esa cultura pop que nos rodea y nos aliena. Podemos suponer, llevados por nuestros prejuicios, que Sia ha sido la responsable de aportar el componente intelectual al tema mientras que los productores y compositores Ali Payami y Max Martin se ha encargado de incorporar el infalible toque sueco para convertir en zombie al oyente. La aportación de Katy será la fabulosa rima de “bubble” con “trouble” y Skip Marley, el nieto del mismísimo Bob Marley, se habrá encargado de su rap.

La primera vez que escuché el tema me recordó al reciente Me and the rhythm de Selena Gomez, no-sencillo de su disco Revival del que es una de sus mejores canciones. Comparte con Chained to the rhythm la cadencia y el ADN sueco: está producido por Mattman & Robin, equipo detrás del Cake by the ocean, de DNCE o Run away with me, de Carly Rae Japsen. En efecto, ya sabéis que todo el pop que se hace en la actualidad sale de un ordenador emplazado en Estocolmo. Con estrofas como ésta (“Yeah all I need / Is the rhythm, me & the rhythm / Nothing between / Yeah the rhythm, me & the rhythm / And I know, I know, I know / I can’t fight it”), la canción podría ser el testimonio de una víctima de los efectos lobotomizadores del pop a los que se refiere Katy Perry.

Sin embargo, la referencia más evidente sería Slave to the rhythm, el clásico de los ochenta de Grace Jones. Trevor Horn, de The Buggles y Art of Noise, tuvo la idea de hacer un disco que consistiera en diversas variaciones de una misma canción. Primero se lo propuso a Frankie Goes To Hollywood, a quien les había producido Welcome to the pleasure dome, pero finalmente lo hizo con Grace Jones. Tanto la canción como su videoclip –en realidad, un recopilatorio de imágenes sacadas de otros videos de la cantante dirigidos por el fotógrafo y artista Jean-Paul Goude (a quien los más jóvenes del lugar conocerán por las fotos con las que Kim Kardahian rompió Internet)- definieron estéticamente los ochenta. En este caso el ritmo directamente se encarga de esclavizar a la gente cual Gran Hermano orwelliano: “Work to the rhythm / live to the rhythm / Love to the rhythm /slave to the rhythm”.

En los 90, esa década bipolar en la que lo mismo nos deprimíamos en la lluviosa Seattle como nos entregábamos al desenfreno en todo tipo de raves y rutas del bakalao, tuvimos una visión mucho más simpática del ritmo. Corona nos cantó The Rhythm of the Night y Snap hizo uno de los himnos del Eurodance con Rhythm is a dancer. Eran los tiempos del ritmo de la noche. Años después Bastille ya se encargó de revelarnos su lado oscuro con Of the night, un inquietante mashup de ambos clásicos. Su videoclip puede producir depresiones.

En fin, ya lo cantó Gloria Estefan en Rhythm is gonna get you, el ritmo te va a atrapar. Nada mal para una palabra de seis letras compuesta sólo por consonantes.

Lady Gaga: “Joanne”

Su mejor portada hasta la fecha

Lady Gaga siempre se guarda un as en la manga para utilizarlo en el momento adecuado. Entre estos comodines usados a lo largo de su carrera podemos contar la reedición de The Fame acompañada del EP The Fame Monster, que le ayudó a asentarse como una gran estrella de pop sin tener que lanzar un disco nuevo; su disco Cheek to Cheek junto a Tony Bennet y su actuación en los Oscars de 2015 con un popurrí de temas de Sonrisas y Lágrimas, que le sirvieron para recordarle al mundo que sabe cantar y que puede cultivar otros estilos musicales más allá de la chatarra electrónica de RedOne; su trabajo como actriz en American Horror Story, que le sirvió para ganar un Globo de Oro a la Mejor Actriz; y como no, su reciente actuación en el intermedio de la Superbowl, que le ha venido muy bien para demostrarle al mundo que la Mother Monster sigue viva y recordarnos que puede presumir de tener unos cuantos temas ya icónicos en su repertorio. Por supuesto, todas estas jugadas tienen un objetivo principal: seguir siempre de actualidad en los medios y las redes a pesar de que las ventas de sus últimos trabajos sean un tanto –o un mucho- decepcionantes.

Porque, aunque Joanne ha sido el cuarto disco consecutivo de Lady Gaga en conseguir el número uno del Billboard, sus ventas han estado muy lejos de ser millonarias. En la lista de fin de año de Billboard apenas ocupa el puesto 108, mientras que en la británica se encuentra en el 84. Tampoco los dos sencillos que se han publicado hasta ahora –Perfect Illusion y Million Reasons– han pasado de la parte media de las listas ni se han escuchado mucho en radios. Quizás Million Reasons tenga un poco más de recorrido después de la Superbowl, ya se verá. O puede que sea John Wayne el que cabalgue hacia lo más alto.

Sin embargo, tampoco podemos decir que Joanna haya sido un terrible fracaso, ya que ha cumplido con creces su principal función: permitir que Lady Gaga escape de la trampa en la que se había convertido su carrera después del terrible ArtPop. Jugando a ser una cantante country, una americana de pura cepa (a pesar de que ella es italiana y le gusta la pizza, gracias Desahogada), una chica dispuesta a perderse en las carreteras del Medio Oeste, Stefani Joanne Germanotta ha podido romper con la obligación autoimpuesta de ser electrónica, rompedora y eternamente original. Adiós a los trajes de carne y los chistes sobre Jeff Koons, bienvenidos los sombreros rosas y las historias personales. Lady Gaga ha dedicado su cuarto disco a su tía Joanne Stefani Germanotta, fallecida en 1974 a los 19 años. A pesar de que nunca la conoció, la cantante cuenta que su tía siempre ha sido una figura que ha ejercido una fuerte influencia sobre su familia y su carrera. No hay nada como volver al hogar para recuperar la senda perdida.

Y no hay nada como contar con la ayuda de Mark Ronson y BloodPop (el hombre detrás del Sorry de Justin Bieber, la canción que todos quieren plagiar) como compositores y productores para purificar tu sonido. Y si además en los créditos del disco figuran nombres como Beck, Florence Welch, Kevin Parker (de Tame Impala), Josh Homme (de Queens of the Stone Age), Father John Misty o Hillary Linsey (compositora country que ha trabajado con Carrie Underwood, Lady Antebellum o Keith Urban) en vez de RedOne, Zedd o David Guetta, parece que la apuesta por el cambio de sonido va en serio. Sin embargo, la personalidad (o el personaje) de Lady Gaga acaba prevaleciendo y, en el fondo, Joanne no es un disco tan distinto a los que le preceden. El country-rock de temas como A-Yo o Dancin in circles estaría en realidad más cerca de Shania Twain que de Dolly Parton; canciones como Diamond Heart o John Wayne (cuya letra podría haber firmado perfectamente Lana del Rey: “I crave a real wild man/ I’m strung out on John Wayne”) parecen salidas de una versión acústica de Born this way; y quizás los temas más interesantes del disco son precisamente los que más se distancian de esa apuesta country: ahí están el rock ochentero de Perfect Illusion; esa especie de revisitación del Guilty de Barbra Straisand y Barry Gibb que es Hey Girl, el dueto con Florence Welch; o Come to Mama, una canción a la que le falta un “Christmas” en la letra para haberse convertido en el villancico pop que hubiera asegurado unos ingresos fijos a Lady Gaga cada Navidad venidera.

Y es que Lady Gaga siempre se ha destacado por combinar los aciertos que salvan su carrera con errores garrafales que nos hacen dudar del criterio de sus managers. Ahí están la horrible portada de Born this way, la elección de sencillos como Judas o You & I, las vomitonas de colores de Swine y toda la era ArtPop en general, las pretensiones artísticas de extrema seriedad en las que cae una y otra vez a lo largo de su carrera… Puede que el videoclip de John Wayne estrenado esta semana, en el que vuelven los vestidos estrafalarios y las coreografías torponas, sea uno de estos tropiezos.

En todo caso, ya hemos visto que Gaga es capaz de reinventarse como Madonna y que, en cualquier momento, nos sorprenderá con algún nuevo éxito multiplatino, aunque puede que sea en dos, diez o quince años.

Canciones para una película de autor: Greatest Love Of All


Todos pensábamos que la ganadora del Oscar a Mejor Película En Habla No Inglesa iba a ser Elle o Neruda, o quizás Julieta. Pero nos equivocábamos: una vez anunciadas las nominaciones ninguna de esta tres películas conseguía una plaza en el quinteto final y el puesto de gran favorita lo ocupaba la alemana Toni Erdmann, una “comedia” dirigida por Maren Ade que ya había llamado la atención en el festival de Cannes y que había ganado en las categorías más importantes de los premios del cine europeo. Una vez vista la película, todos los elogios y galardones recibidos se quedan cortos: original e inclasificable, Toni Erdmann es cine del que llamamos “de autor” -de autora en este caso-, pero también una película que habla sobre padres e hijas, sobre cómo ser feliz en este mundo ultracapitalista, sobre cómo ser fiel a uno mismo y a sus deseos, además de dar varias ideas sobre cómo celebrar las mejores fiestas con tus compañeros de empresa.

Y todo esto lo consigue Ade mediante una narración que avanza libremente, oscilando entre la comedia y el drama, lo elegante y lo cutre, lo cotidiano y lo surrealista, una propuesta que puede desconcertar al espectador… o atraparle profundamente. Lo que es innegable es que quien la vea no podrá olvidar la escena en la que cobra protagonismo este clásico de Withney Houston, Greatest Love Of All.

Greatest Love Of All fue el séptimo y último sencillo extraído del disco de debut de Whitney, Whitney Houston, publicado en febrero de 1985, y se convirtió en uno de los mayores éxitos de su carrera, un baladón en el que dio rienda suelta a todo su poderío vocal. Fue número uno en el Billboard durante tres semanas de mayo de 1986, sucediendo en lo más alto de la lista a West End Girls de Pet Shop Boys y precediendo a Live to tell, de Madonna. Oh los 80, qué grandes eráis.

Greatest Love Of All era una versión de The Greatest Love Of All, una canción de George Benson grabada en 1977 para la banda sonora de la película The Greatest, biopic de Muhammad Ali en la que el boxeador se interpretaba a sí mismo. Al igual que con Nothing’s Gonna Change My Love For You, que Benson grabó primero pero siempre será un tema de Glenn Medeiros, el tema ya esté ligado para siempre a la figura de Whitney. De hecho, Gordon Lightfoot, que en 1987 puso una demanda en los juzgados alegando que el tema plagiaba una parte de su If you could read my mind, acaba retirándola por respeto a la cantante.

¿Y cuál es el amor más grande de todos? Pues nada menos que el amor a uno mismo: “Learning to love yourself / It is the greatest love of all”. Así visto, éste puede ser el mensaje de Toni Erdmann.