Spotlight: un homenaje a un periodismo que ya no existe

Cuando DiosMorgan Freeman abría el sobre con el nombre de la ganadora del Oscar a Mejor Película, todo parecía indicar que El RevenidoRenacido sería la escogida como triunfadora de la noche aunque algunos aun albergaban la esperanza de que Mad Max se lo impidiera. Seguramente nadie esperaba que Spotlight, que hasta el momento sólo había ganado el premio al Mejor Guión Original, justo al comienzo de la velada, fuera la premiada. Y sin embargo, una vez repuestos de la sorpresa, todo parecía ser lo más lógico.

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Aunque parezca lo contrario, la Academia de Hollywood actúa con bastante criterio. Ya lo demostró esta noche, premiando a Mark Rylance por su estupendo trabajo en El puente de los espías antes que darle un galardón nostálgico a Sylvester Stallone o reconociendo al tema de Spectre a cargo de Sam Smith antes de la anodina balada de Lady Gaga y Diane Warren. Eso sí, seguramente Tom McCarthy no haya ganado el Oscar a mejor director por Spotlight por no ajustarse al arquetipo idealizado de gran autor al que Iñarritu sí se ajusta, un prejuicio que ha convertido al mexicano en el único director en conseguir la estatuilla dos años consectuivos junto a John Ford y Joseph L. Mankiewitz. El porqué han preferido endiosar aun más a Iñárritu y no premiar a George Miller por su épica labor al frente de Mad Max ya pertenece a los misterios de la Academia, aunque seguramente se puede aplicar a cierta falta de valor a la hora de reconocer los méritos que implica poner en marcha un gran artefacto de acción sin freno.

Otras pistas nos indicaban que El renacido no sería la triunfadora, como el “pequeño” detalle de que la película no era candidata al premio al mejor guión (es fácil entender por qué), mientras que Spotlight pertenece, indudablemente, a ese grupo de películas con mensaje “importante” y, por tanto, fácilmente merecedoras de premios (sí, 12 años de esclavitud, te estoy mirando a ti). Sin embargo, la explicación más sencilla es que Spotlight es mejor película. Y ya.

Esta recreación de como el equipo de investigación Spotlight del periódico The Boston Globe destapó como las autoridades de la Iglesia católica habían tapado durante décadas centenares de casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdores es una de esas películas que podemos adjetivar como “necesarias”. Excelentemente interpretada por un equilibrado reparto en el que quizás destaquen Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Michael Keaton, Spotlight no carga las tintas en ningún momento ni narrativa ni estilísticamente. De hecho, su estilo de dirección y de montaje casi invisible la acerca más a las cintas de los años setenta que quiere homenajear, como Todos los hombres del presidente, de la que puede ser una sucesora en los corazones de los estudiantes de Periodismo del mundo. Esta contención es su gran virtud, ya que deja que el horror de los hechos denunciados hable por sí mismo: aquí no hay una gran conspiración que destapar, ni grandes melodramas que afecten a los periodistas. Apenas sabemos nada de sus circunstancias personales: lo importante es verlos hacer un trabajo que consiste en saber qué preguntar, a quién preguntar y no descansar hasta obtener una respuesta. Y ese tono realista permite decubrir otro gran horror actual, al comprobarse que es el propio sistema el que impide destapar estos casos sin que nadie haga ningún esfuerzo consciente para ello: los periodistas se preocupan por otras noticias, o no tienen tiempo para investigar a fondo un asunto que requiere esfuerzo y dedicación, los responsables del periódico no demuestran demasiado interés por temas que puedan ser polémicos, la burocracia se convierte en un obstáculo en sí misma sin que nadie la controle… Cuando no hay un gran enémigo, no se sabe contra quien hay que luchar.

Spotlight es también un homenaje a un periodismo que seguramente esté en vías de extinción si no ha muerto ya. Esas grandes redacciones que se podían permitir mantener equipos de periodistas dedicados a la investigación porque tenían unos lectores fieles que daban credibilidad a lo que aparecía publicado en las páginas del diario son ya cosa del pasado, arrastradas por la crisis económica y el cambio de modelo que ha supuesto la irrupción de Internet y las redes sociales. Ya no se valora la profundidad, sino que prima la inmediatez, el click impulsivo, el contenido fácil, sensacionalista y youtubiano. Los medios no pueden enfrentrarse a anunciantes, autoridades y mercado, atados de pies y manos por unos ingresos menguantes. Spotlight está ambientada en 2001, pero en muchos aspectos es como si transcurriera en un tiempo muy, muy lejano.

El enigma de Enigma

Hace 25 años, en los primeros meses de 1991, un tema inspirado en la figura del Marques de Sade que combinaba cantos gregorianos con ritmos electrónicos, letras en francés y marcado contenido sexual conseguía ser número uno en 24 países y colarse incluso en el Top10 de países tan reacios a toda música que no sea anglosajona como Estados Unidos y el Reino Unido. Se trataba, como no, de Sadeness (Part 1), de Enigma.

Enigma, en principio, iba a ser un proyecto del que no se supieran los nombres de sus integrantes, pero muy pronto se supo que la idea había surgido de la mente de Michael Cretu, productor de origen rumano y establecido en Alemania que hasta entonces no había tenido demasiada suerte comercial, junto a Frank Peterson y David Fairstein, quienes abandonarían el grupo antes de la publicación de su segundo disco. La voz femenina del disco pertenecía a Sandra, cantante alemana que había conseguido cierto éxito en Europa gracias a sencillos como Maria Magdalena o su versión del Everlasting Love. Los cantos gregorianos, por su parte, fueron sampleados sin permiso de un disco grabado en 1976 por el coro Capella Antiqua München.

Supongo que el éxito de Sadeness cogería a todos los miembros de Enigma por sorpresa, pero el caso es que el disco MCMXC A.D, grabado en Ibiza, se convertía en uno de los trabajos más vendidos de su año. La combinación entre flauta sintetizada, los cantos de los monjes y los ritmos machacones conseguía crear un disco de atmósferas a medio camino entre la New Age y la música de baile. De duración breve y contenido compacto, conseguía no aburrir ni cansar al oyente a pesar de que, en el fondo, se limitaba a explotar las ideas ya marcadas por Sadeness: contenido sexual mezclado con referencias religiosas. El menos exitoso segundo sencillo, un remix de Mea Culpa no incluido en el disco y por eso llamado Mea Culpa (Part II) dejaba bien claras estas intenciones profanas.

MCMXC A.D, como su nombre indica, fue publicado en noviembre de 1990 y podemos considerarlo hijo de ese extraño año más cercano en espíritu a los ochenta que a los noventa de grunge y britpop que estaban a punto de explotar. Por su frivolidad, su barroquismo y su amor por los sintentizadores, podemos considerar que Enigma están, en efecto, más cerca de la década del neón y los cardados que de los años de Seattle y la franela. Sin embargo, y rompiendo en gran medida el destino de este tipo de proyectos, Enigma consiguieron tener varios éxitos durante los años noventa, especialmente con su segundo disco, The Cross of Changes, donde la música tribal sustituía al gregoriano con resultados más que notables. Además, podemos considerar a Enigma culpables de la proliferación de una serie de productos basados en la combinación de algún elemento étnico con música electrónica, desde las maravillas de Deep Forest a partir de cantos de los pigmeos africanos, la sosez de Era, Beautiful World o Adiemus o ritmos balcánicos hasta los horrores de Sacred Spirit, a base de los cantos tradicionales de los indios americanos, o ese engendro nacional llamado ElBosco en el que estaba involucrado el mismísimo Luis Cobos. Quizás hasta el éxito de Hevia a finales de los 90 forma parte de esta corriente… También podría ser la explicación del surrealista éxito que tuvo un recopilatorio de grandes obras del canto gregoriano grabado por el coro de monjes del Monasterio de Silos que fue número uno en nuestro país durante semanas y semanas de 1993… y que reeditado con otra portada y el título Chant acabaría alcanzando el tercer puesto del Billboard estadounidense en 1994.

Michael Cretu ha seguido publicando discos como Enigma durante el siglo XXI -el último, Seven Lives Many Faces, en 2008- y se supone que está trabajando en un octavo disco. Aunque el éxito de aquellos primeros meses de 1991 le quede lejos, hay que aplaudirle el mérito de haberse atrevido a combinar elementos tan opuestos como religión y sexo sin miedo al escándalo… o al ridículo. Me pregunto si hoy sería posible una combinación así. ¿Se atrevería alguna gran discográfica a publicar algo como Sadeness y arriesgarse a enfrentarse a las iras integristas en las redes sociales? Me temo que seguramente no…

Las malas constumbres de The Last Shadow Puppets

The Last Shadow Puppets tuvieron la mala suerte de publicar el sencillo de adelanto de su segundo disco, que llevábamos ocho años esperando, el mismo día en que David Bowie moría. Absorbidos por la muerte de Ziggy, apenas prestamos atención a Bad Habits.

Y es una pena, porque la canción del supergrupo formado por Alex Turner y Miles Kane se hubiera merecido llamar un poco más la atención. Con arreglos orquestales cortesía de Owen Pallet, Bad Habits suena más a garage que a Phil Spector pero no deja de ser una entrega más de la disfrutable revisión del sonido de los sesenta que hacen Turner y Kane cuando se juntan. Puro revival pop, directo y gamberro sin perder un toque de sofisticación, como si The Kinks, The Walker Brothers y The Sex Pistols se juntaran a hacer música. Turner y Kane citan a Isaac Hayes y The Style Council como sus influencias a la hora de hacer Everything You’ve Come to Expect, en cuya portada aparece una leonina Tina Turner fotografiada en 1969. El próximo 1 de abril lo comprobaremos… y esperemos que no haya que esperar otros ocho años para escuchar el tercero.