Archivo por meses: agosto 2012

La banda que quemó un millón de libras

Bill Drummond y Jimmy Cauty son dos tipos raros. Drummond trabajaba en la industria discográfica como manager de grupos como Echo & The Bunnymen, además de haber sido guitarrista del grupo punk Big in Japan y cofundador del sello discográfico independiente Zoo Record, cuando en 1986 decidió abandonar su puesto en WEA diciendo que a los 33⅓ años de edad (la velocidad a la que gira un LP en el tocadiscos) era hora de hacer una revolución en su vida. Jimmy Cauty, por su parte, era artista y guitarrista. Ambos eran fanáticos seguidores de la trilogía de novelas de los Iluminati e, inspirándose en ellas, formaron un grupo llamado The Justified Ancients of Mu Mu (“furthermore known as The JAMs”), publicando una serie de discos en los que investigaban con los samplers (sin pedir permiso a los artistas sampleados, ya fueran The Beatles, Abba o Withney Houston) para después ir acercándose a la música house. Con el nombre de Timelords, consiguieron su primer número 1 en la lista de sencillos británica con Doctorin’ the Tardis, una mezcla entre la sintonía de Doctor Who y un viejo tema de Gary Glitter que fue (merecidamente) masacrada por la crítica de la época. Pero el éxito de verdad no llegaría hasta que en 1991, ya con el nombre de The KLF, publicarían una de las grandes canciones de la década: 3 a.m. eternal.

Con temas como éste o Last Train to Trancentral, The KLF crearon un sonido al que llamaron “Stadium House” donde a la música house se le daba un estilo de producción más cercano al pop-rock y se utilizaba el fondo sampleado del ruido ambiental de un concierto en directo (extraído de discos como el Rattle and Hum de U2, entre otros), un estilo de música dance que sería imitado hasta la saciedad durante la primera mitad de los noventa. Con estos sencillos y su disco The White Room, The KLF alcanzaron el éxito a ambos lados del Atlántico, convirtiendo a sus dos integrantes en millonarios. Entonces, por sorpresa, el 12 de febrero de 1992, después de una actuación en los premios Brit junto al grupo punk Extreme Noise Terror en la que Drummond disparó al público con una metralleta cargada con balas de fogueo, el grupo anunció que abandonaba la música (no sin antes lanzar una oveja muerta en una de las fiestas que siguieron al evento).

Aunque al principio la noticia de su retirada fue considerado un numerito más del grupo, lo cierto es que Drummond y Cauty no volvieron a publicar más discos y, de hecho, eliminaron todo su catálogo en Reino Unido, además de enterrar su premio brit al mejor grupo del año en Stonehenge. Con todo el dinero ganado durante su carrera músical, crearon la Fundación K para realizar distintos proyectos artísticos, como la creación del premio al peor artista del año -entregado en 1994 a Rachel Whiteread el mismo día en que ganaba el premio Turner a mejor artista del año- y que culminaron con la quema de un millón de libras. La idea original era exhibir el dinero enmarcado en varios museos del mundo, pero como ninguna compañía aseguradora ni ninguna galería quiso hacerse cargo del mismo, Drummond y Cauty, acompañados de su amigo Alan Goodrick (alias Gimpo) y el periodista Jim Reid, volaron hasta la isla de Jura, se instalaron en una cabaña, encendieron el fuego y, uno a uno, fueron lanzando billetes de cincuenta libras a la hoguera, mientras Gimpo lo grababa todo y Reid miraba la escena, “primero con culpabilidad y luego con aburrimiento”, según sus propias palabras. Era el 23 de agosto de 1994 y tardaron más de una hora en quemar todo el dinero. Esa tarde, algunos habitantes del lugar se encontraron billetes a medio arder que habían salido volando por la chimenea.

Exactamente un año después se haría la primera proyección pública de la película Watch the K Foundation Burn a Million Quid. En 1997, la pareja estrenaría el cortometraje The Brick, un plano de tres minutos de un ladrillo hecho con las cenizas del millón de libras. A pesar de que su intención era hacer un acción artística provocadora y anarquista que hiciera reflexionar al público sobre el papel del dinero en la sociedad (o quizás sólo lo hicieron como impulso artístico, nunca ha quedado muy claro), con el tiempo lo único que ha pasado al subconsciente colectivo es que fueron, simplemente, “los hombres que quemaron un millón de libras”. Y aunque en 1995 disolvieron la fundación K y proclamaron que en 23 años no harían declaraciones sobre sus actividades, en una entrevista publicada en 2004, Drummond afirmó que se arrepentía de haber quemado todo ese dinero. Al fin y al cabo, su “obra de arte” sólo ha servido para eclipsar todo su legado musical.

Espejos negros

Ayer Cuatro emitió, de un tirón, los tres episodios que componen la primera temporada de Black Mirror (y además, en una decisión más que discutible, cambió el orden de los mismos). Al estilo En los límites de la realidad o Más allá del límite, cada uno de ellos cuenta una historia autoconclusiva con el poder de los medios de comunicación y las pantallas -esos espejos negros que cada uno tiene en su casa- como elementos en común. Los dos últimos son brillantes ejercicios de ciencia ficción ambientada en mundos distópicos, pero el que resulta verdaderamente provocador es el primer episodio, ya que tiene muchas lecturas a muchos niveles.

Titulado The National Anthem (El himno nacional), el episodio arranca con el secuestro de una popular princesa de la familia real británica. Un vídeo en el que la joven explica las condiciones que exige el secuestrador para liberarla aparece en Youtube: será ejecutada a no ser que, en pocas horas, el Primer Ministro de la nación mantenga relaciones sexuales con un cerdo, en directo y por todos los canales de televisión. Mientras los servicios secretos tratan de liberar a la princesa, los medios de comunicación se vuelcan en el seguimiento de la noticia y las redes sociales, con Twitter a la cabeza, debaten cada detalle del suceso entre el horror y el morbo. Escandalizados o no, cuando se cumple el plazo dado por el secuestrador sin que la princesa haya aparecido, todo el mundo está pegado a su pantalla de televisor.

Mientras tanto, en la vida real, escandalizado o no, el espectador del episodio también estaba pegado a su pantalla de televisor esperando que el clímax prometido desde el primer minuto del episodio se hiciera realidad. Varios usuarios de mi timeline de Twitter también comentaban el episodio y no fueron pocas las bromas sobre cerdos y políticos reales, una difuminación entre ficción y realidad que seguramente llenaría de orgullo a Charlie Brooker, el creador de Black Mirror. Al fin y al cabo, lo que debería ser un asunto repugnante se convierte, gracias al poder de las redes sociales, en un chascarrillo morboso donde da igual que se hable de personajes reales o ficticios. Y es que, si lo narrado en este episodio sucediera en la realidad, ¿seríamos espectadores del mismo o apagaríamos el televisor? Cuatro debe de creer que optaríamos por la primera posibilidad, ya que decidió poner su pausa publicitaria justo antes de que el Primer Ministro entrara en el plató…

Lista UK: Emeli Sandé, campeona olímpica

Gracias a sus intervenciones tanto en la ceremonia de inauguración como de clausura de las Olimpiadas, el disco de Emeli Sandé, Our Version Of Events, volvió al número uno de la lista británica y lleva ya dos semanas en lo más alto. Con unas 647.000 copias vendidas, el muy cuidado debut de la cantante y compositora está a punto de superar al 21 de Adele y convertirse en el disco más exitoso de este 2012 en el Reino Unido gracias a sencillos como Heaven o Next to me, que se mueven entre el soul y el R&B más correctos y comerciales.

La entrada más fuerte de la semana es la del cuarto disco de Bloc Party, Four, en el 3. A pesar de los rumores, Kele Okereke sigue al frente del grupo. En el cuarto puesto debuta Hot Cakes el disco de regreso de The Darkness, esa banda de glam-rock más cercana a la parodia que al homenaje, mientras que en la quinta posición entra Devotion, el debut de Jessie Ware, vocalista de SBTRKT y autora de unos los discos mejor recibidos por la crítica de este año. Si el contenido del disco es tan brillante como este Running, los elogios son más que merecidos.

Otras entradas destacables de la lista son las del recopilatorio 1 de Julio Iglesias en el puesto 18, o las de Fragrant World, el tercer disco de los psicodélicos Yeasayer en el 82. Destacan también los 43 puestos que ha subido El Camino de The Black Keys hasta colocarse en el séptimo puesto de la lista.

En lo que respecta a la lista de sencillos, el número 1 es para Sam and the Womp, un grupo que combina música balcánica con ska y electrónica. El resultado es Bom Bom, una canción que parece una propuesta eurovisiva descartada por Croacia y que me imagino que para los ingleses es el equivalente al Tacatá para los españoles.

(Sí, sólo con la imagen estática del Youtube dan miedo)

Canciones para una ceremonia de clausura: Waterloo Sunset

Uno de los aciertos de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres fue invitar a Ray Davies para que cantara Waterloo Sunset. Puede que entre tanto ruido, fuego de artificio y estrellas cantando sus grandes éxitos, este pequeño gran himno pop londinense pasara algo desapercibido, pero fue una de las pocas canciones cuya temática tenía cierto sentido dentro de lo que se suponía que era la temática de la gala.

The Kinks fue uno de los principales grupos británicos de los sesenta. Quizás ahora se les recuerde más por temas guitarreros y potentes como You really got me o All Day and All of the night, pero son muchos los que consideran que Waterloo Sunset es su mejor canción. Publicada en mayo de 1967, la letra es la narración melancólica de un solitario que observa la estación de Waterloo desde su casa. De entre las miles de personas y taxis que pasan por la zona, él se fija en como cada tarde del viernes una pareja de novios se cita en el lugar y atraviesan el Támesis mientras cae el sol sobre la ciudad. Como los nombres de esta pareja son Terrie y Julie, corrió el rumor en la época de que la canción se refería a los actores Terence Stamp y Julie Christie, quienes mantenían una relación por aquel entonces. Sin embargo, Ray Davies desmentiría esta historia décadas después, diciendo que la canción estaba inspirada en su hermana y su novio, “yendo a un nuevo mundo, emigrando a otro país”. Además de ser alabada por la crítica, Waterloo Sunset fue un éxito comercial en las islas, alcanzando el segundo puesto en la lista de sencillos (la balada Silence is Golden, de The Tremeloes, les impidió llegar a lo más alto). También ha sido versionada por artistas como Def Leppard, David Bowie o Peter Gabriel, quienes han puesto así su granito de arena para aumentar la fama de este pequeño himno pop.

Adiós, Scott McKenzie, adiós

Este sábado, 18 de agosto, moría en Los Angeles a los 73 años de edad Philip Wallach Blondheim, más conocido por su nombre artístico: Scott McKenzie. Suya era una de las canciones más emblemáticas de los sesenta: San Francisco (Be sure to put flowers in your head)

A principios de los sesenta, McKenzie trabajó en varios proyectos musicales (The Smoothies, The Journeymen) con su amigo John Phillips. En 1964, decidió iniciar su carrera en solitario mientras que Phillips se trasladaba a California para fundar uno de los grupos esenciales de la década: The Mamas & The Papas. Tres años después, mientras MCKenzie preparaba su primer disco, Phillips compuso para él una canción pensada para promocionar el festival de Monterey. San Francisco no tardó en ser adoptada como un himno por el movimiento hippie, además de convertir a la ciudad californiana en la capital del Verano del Amor. Después de publicar un segundo disco en 1970, Stained Glass Morning, en el que trabajó con músicos como Ry Cooder o Barry McGuire, Scott McKenzie puso fin a su corta carrera, permaneciendo prácticamente retirado del mundo de la música. Pero pocos cantantes pueden presumir de haber puesto voz y música a una generación.

Canciones para una ceremonia de clausura: Freedom ’90

La ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres fue algo decepcionante por una combinación de varios factores: un sonido mediocre, una realización plana y sin ritmo, un número excesivo de canciones o artistas, algunas ausencias inexplicables y otras decisiones discutibles. Entre estas últimas estaría haberle permitido cantar a George Michael su nuevo sencillo, algo que en una ceremonia cuyo guión giraba en torno a la historia del pop británico no tiene ningún sentido. Afortunadamente, antes nos había cantado uno de los temas emblemáticos de su carrera: Freedom ’90. ¿Cómo olvidar aquel videoclip dirigido por David Fincher y protagonizado por supermodelos como Linda Evangelista, Naomi Campbell o Christy Turlington, entre otras?

Sin embargo, por mucho que lo dijera el comentarista de RTVE, la libertad a la que alude la canción no tiene nada que ver con la libertad sexual. En 1990 George Michael estaba aun muy lejos de ser detenido en unos baños públicos por “conducta impropia” (un hecho que sí que inspiraría su canción Outside, de 1998). Su preocupación principal era mostrarse al mundo como un artista serio y maduro tras sus años practicando pop intrascendente en el duo Wham! y alejarse de la imagen sexual que había explotado en Faith, su debut en solitario. De ahí el título de su segundo trabajo, Listen without prejudice (escucha sin prejuicios) o su negativa a aparecer tanto en la portada del disco como en sus videoclips. La letra de Freedom ’90 (llamada así para distinguirla de un tema del mismo nombre cantado por Wham!) está llena de referencias a su carrera anterior y de su deseo de mostrar al público que hay algo más dentro de sí mismo. No es de extrañar que en el videoclip termine ardiendo su cazadora de cuero y que salten por los aires la guitarra y la máquina de discos que aparecían en el videoclip de Faith.

Lo paradójico del caso es que puede que, vistas desde el año 2012, haya canciones de Wham! o del primer disco en solitario de George Michael que hayan aguantado bastante mejor el paso del tiempo que sus trabajos de supuesta madurez como Older. Curiosamente, Freedom ’90 tuvo unas ventas aceptables en Estados Unidos pero fue un fracaso en Reino Unido, donde no pasó del puesto 28. Cinco años después, otro componente de una banda juvenil utilizó el tema para debutar en solitario, y aunque es una versión más que floja y no parecía indicar que la carrera artística de su intérprete fuera a ser muy larga, Robbie Williams consiguió con ella llegar hasta el segundo puesto de la lista de sencillos británica. Pero eso es otra historia y ya la contaremos en otro momento.

Canciones para un verano: You Don’t Love Me (No, No, No)

Dawn Penn había dado sus primeros pasos en el mundo de la música en Jamaica a finales de los sesenta como cantante de reggae para después retirarse y abandonar su isla natal en 1970. Durante más de década y media trabajó en varios puestos como cajera bancaria o azafata, entre otros, y a finales de los ochenta decidió volver a Jamaica y retomar su carrera artística. Su gran oportunidad llegaría tras participar en un homenaje al dúo de productores de “dancehall reggae” Steely & Clevie (quienes han trabajado con artistas como No Doubt, Aswad o The Specials). Ellos serían los encargados de producirle You Don’t Love (No, no, no), una reinterpretación de un clásico del blues que la propia Penn había grabado ya en 1967 y que se convertiría en una de las canciones del verano de 1994. A los 42 años de edad, la veterana intérprete conseguía así el mayor éxito de su carrera.