Archivo por meses: marzo 2012

REGANDO CON FARADAY, EL OCEANÓLOGO

Hasta ese momento, todo iba bien. Mis compañeros motoristas me habían sacado de apuros en las situaciones más complicadas del trayecto, pero ahora era mi turno. Estaba solo ante el peligro, rodeado de ojos curiosos y focos de colores. Empecé a sentir el calor. No encontraba un lugar donde fijar mi mirada. Pero, a pesar de todo, estaba tranquilo. Demasiado tranquilo, quizás. Había conseguido una ligera ventaja sobre mi rival y esperaba poder demostrar que no había llegado hasta ahí por casualidad.

Comenzó la prueba definitiva. Los dos primeros obstáculos los superé sin problemas. Llegó el turno del otro jugador y éste empezó a vomitar respuestas. Su velocidad me descolocó y mi mente trató de acelerar su ritmo. Seguramente, éste fue mi primer error. El tercer y cuarto obstáculos los reservé para más adelante, pero el quinto ni siquiera lo llegué a comprender. En el sexto mi boca fue más veloz que mi cerebro y cometí un innecesario error. Mi rival ya comenzaba a sacarme una considerable ventaja, pero yo estaba decidido a pelear hasta el final. Sin embargo, empezaba a sentirme incómodo y una parte de mi mente, poco a poco, empezaba a evadirse del lugar. Confundí un obstáculo con otro y las respuestas dejaron de llegarme a la mente. Un despiste en un sufijo me costó un segundo error. Y al llegar al tercer fallo, mi rival estaba tan cerca de la meta que ya no podía superarle. Todo el tiempo que aun me quedaba era inútil. Me retiré con una sonrisa y un encogimiento de hombros, aunque por dentro me sentí muy decepcionando conmigo mismo. Sabía que la misión era casi imposible, pero me dio rabia no haber brillado tanto como hubiera podido.

Y dentro de unas semanas, lo podréis ver en vuestras pantallas de televisión.

THE WITCH IS DEAD!

Hace unos días salía de la oficina del INEM donde había ido a solicitar la renovación de mi prestación después de haber conseguido trabajar un día como figurante, cuando sonó mi teléfono. Era una excompañera de mi antiguo trabajo, en mi misma situación de desempleo, que me llamaba para darme una noticia: a nuestro jefe de personal le habían apartado de sus funciones como consecuencia, entre otras cosas, de la selección tan arbitraria que hizo a la hora de renovar a unos y mandarnos a otros a la calle. Me lo contaba como si fuera una gran noticia y yo no pude dejar de acordarme de esa escena de “El Mago de Oz” en la que los munchkins cantan esa alegre tonadilla. Ding Dong, the witch is dead y la justicia universal funciona.

Hace unos días estaba en una comida familiar y uno de los asistentes nos comentó que sus superiores le habían mandado despedir a un par de personas de la empresa y que era una decisión tremendamente difícil. ¿A quién elegir? Evidentemente, siempre es peor para la persona que se va al paro, pero yo no querría tener que verme en ese tipo de situaciones. Hay tantos trabajos en los que es difícil valorar la eficacia del trabajador que parece inevitable guiarse por criterios arbitrarios y subjetivos. ¿Cómo evitar dejarse llevar por los prejuicios y las preferencias personales cuando todos lo hacemos a la hora de juzgar a las personas? ¿Cómo ser justo con todo el mundo?

LA INVENCIÓN DE GEORGES

La imagen de un proyectil estrellándose contra el ojo de la cara de la Luna es una de las primeras escenas emblemáticas de la historia del cine, un plano nacido de la mente de Georges Méliès para “Viaje a la luna”, estrenado en 1902 y seguramente el cortometraje más conocido de los más de quinientos que este genial pionero del séptimo arte dirigió a lo largo de su vida. Esta misma imagen es también un elemento esencial dentro de la historia de “La invención de Hugo”, la película dirigida por Martin Scorsese para el público infantil y principal rival de “The Artist” en la última entrega de los Oscars.

“La invención de Hugo” cuenta la historia de Hugo, un niño huérfano que vive en una estación de tren situada en el centro de París. Ahí se encarga de que los relojes estén siempre en funcionamiento mientras roba piezas de juguetes en la tienda de un viejo gruñón y trata de evitar que el inspector de la estación le atrape y le mande a un orfanato. Diversas aventuras terminarán haciéndole descubrir que el viejo juguetero es, en realidad, el mismísimo Georges Méliès. Y ahí es donde reside el principal problema de “La invención de Hugo”, ya que en ese momento lo que parecía una película infantil más sensiblera y menos mágico de los que sus responsables tenían en mente (probablemente) se convierte en una biografía del visionario cineasta. Esta parte puede interesar más al público adulto que no ha disfrutado de la primera parte de la cinta, pero no creo que sea especialmente atractivo para esos niños a los que Scorsese quería dirigirse.

Aunque tiene momentos brillantes y unas cuantas imágenes impactantes, casi todo en “La invención de Hugo” termina quedándose a medio gas. La colorida estación poblada por extravagantes personajes franceses resulta tan familiar como tópica; las secuencias onirícas no terminan de estar bien integradas en la trama; actores como Ben Kingsley o Sacha Baron Cohen resuelven sus personajes con solvencia, pero otros miembros del reparto no brillan o como sucede con Chloë Grace Moretz, que estuvo brillante haciendo de Hit Girl en “Kick Ass”, terminan resultando cargantes. Se agradece que Scorsese haya querido homenajear a Méliès (y viendo que hay gente que sale del cine preguntando si el anciano director es un personaje de ficción, parece que era un homenaje más que necesario), pero “La invención de Hugo” no es un producto muy diferente al que habrían podido firmar directores como Robert Zemeckis o Chris Columbus.

CAPITALIZACIONES Y OTRAS OPERACIONES FINANCIERAS

A principios de febrero me llegó una carta de mi oficina del INEM. Me convocaban a un curso que no había pedido y que, realmente, tampoco estaba muy relacionado con ninguno de los que había solicitado, pero como creo que es mejor estar ocupado y activo que pasar los ratos muertos en casa mirando las musarañas, fui con interés a la presentación del mismo: sistema financiero, contabilidad, productos bancarios, tablas del Excel… A los cinco minutos, en cuanto el director de la Academia había perfilado el contenido del curso y había indicado el horario del mismo, prácticamente todos los asistentes se fueron levantado para irse. Yo me quedé. A veces tengo estos arranques de responsabilidad. O quizás, simplemente, me amoldo con demasiada facilidad a lo que me presenta la vida.

Desde mediados de febrero paso mis tardes, hasta finales de abril, en un viejo piso de un viejo edificio del centro de Madrid. El lugar es como volver a mi antiguo colegio: luces fluorescentes, pupitres de conglomerado, pizarra y tizas, un suelo de frías baldosas. Marcan las diferencias nuestros ordenadores y el hecho de que el recreo de media hora a media tarde no es para jugar, sino para fumar. Escuchando hablar a mis compañeros durante esas pausas he aprendido más sobre el paro que leyendo cualquier reportaje periodístico.

-¿Sólo llevas dos meses en el paro? Eso no es nada, yo llevo ya catorce meses. Lo he pasado muy mal, he llegado a vender ropa que compré por 500 euros a menos de 50. Ahora me ha salido una oferta de trabajo, el sueldo es casi el mismo que cobraba hace diez años, pero lo voy a aceptar, por supuesto.

-Sí, yo cuando veo en Infojobs un trabajo en el que el sueldo llega a los veinte mil euros, se me hacen los ojos chiribitas.

-Infojobs. Antes me salían de ahí una decena de entrevistas de trabajo al mes. Ahora, desde que empezó la crisis, apenas he hecho un par en el último año.

-Dicen que estamos ahora en lo peor de la crisis…

-Pues yo creo que lo peor aun está por llegar. Ya veréis cuando seamos seis millones.

-Pero en algún momento esto tendrá que mejorar. O dejar de empeorar, por lo menos.

-Sí, cuando seamos como Rumanía o Polonia o algún país de esos.

-Mi empresa es lo que ha hecho, trasladar oficinas a Polonia, que ahí la gente cobra tres veces menos. De hecho, traen gente de Polonia a España para que se formen y cuando ya están formados, te echan a ti y al polaco lo mandan de vuelta a su casa.

-¿Y tú tienes que formar a tu sustituto?

-Sí, hijo, sí.

Después subimos a clase y hacemos ejercicios en los que analizamos qué productos financieros recomendaríamos a gente con mucho dinero. Planes de pensiones, fondos de inversión, depósitos, seguros de vida o hipotecas. Manejamos cifras con muchos ceros que, ahora mismo, nos parecen ciencia ficción. Mi compañera de pupitre, una mujer de unos cuarenta y pico años, marcadas ojeras y fumadora compulsiva, volvió a clase después de una semana y media sin venir. Cuando le pregunté qué tal estaba, me dijo que había estado enferma. Y después, bajando la voz, añadió: “Tengo depresión”.

TETRIS

La vieja radio estropeada en la que mi abuelo escuchaba los resultados de la jornada de la Liga. La camiseta que vendimos en el último curso de la facultad para recaudar dinero para el viaje de estudios y la fiesta de la promoción. Una horrible camisa estampada que sirvió para disfrazarme de moderno una temporada. Una década de entradas de cine atadas con una goma y guardadas en un cajón. Una toalla de manos con estampado de flores que me regaló mi madre cuando me vine a vivir a Madrid. Cinco fotos ampliadas de la vista de Estambul desde la torre de Galata. Varias velas de colores que compré en el mercado de Candem. Un bote de tinte azul para el pelo que me traje de Amsterdam. El muñeco de un marinero que me regaló mi madrina cuando nací y que fue mi primer compañero de cama. Tres espejos cuadrados de Ikea que han decorado la pared de mi cuarto durante años. Una docena de posters y camisetas de conciertos, desde U2 hasta Revolver, pasando por Oasis y Ocean Color Scene. Toneladas de discos. Cintas de VHS en las que grabé películas que nunca llegué a ver. Guiones escritos por mis compañeros de la ECAM. Libros de astronomía. Un tren de madera. Recortes de revistas. Papeles y folletos acumulados en viajes. Un mapa del mundo. Varias camisas pasadas de moda, la mayoría de ellas de color azul. Una americana vaquera. Un tablero de ajedrez. Otro de backgammon. Un gato.

Una mudanza es una catarsis.