Archivo por meses: Julio 2011

LO QUE ME GUSTA DEL VERANO

Lo que me gusta del verano es poder comer helado. Eso dicen Papa Topo, pero, en realidad, desde que los fabricantes de helado nos convencieron de que podíamos comerlo todo el año, tomar helado en verano ya no es tan especial como antes. Recuerdo que de niño era inconcebible comprarse un cucurucho de chocolate, mantecado o straciatella en primavera u otoño. Y mucho menos en invierno. Eran otros tiempos, había pesetas, los ordenadores se llamaban computadoras y el kaiser Guillermo nos había robado el mes de febrero…

Lo que me gusta del verano es pasear por las calles y ver que la gente parece más contenta y hasta más guapa. Gafas de sol, camisetas de manga corta, chicos con barba, chicas con melena suelta al sol, abuelitas con vestidos de flores, abuelos con gorra, turistas en tirantes… Hay un chiste de Quino en el que Mafalda mira a la gente en la playa y comenta: “Es curioso, aquí nadie parece tener la culpa de nada”. Siempre lo recuerdo cuando estoy en la piscina y miro a mi alrededor. Porque lo que me gusta del verano es poder pasarlo en remojo, ya sea en piscina, mar o arroyo de montaña. Me gusta flotar en el agua, perfeccionar mi manera personal de tirarme de cabeza, saltar olas, nadar de lado a lado o bucear. Debajo del agua, uno se siente como en el espacio exterior por unos segundos, con la considerable ventaja de que no te estalla la cabeza.

Lo que me gusta del verano son los planes improvisados, los festivales de verano, los conciertos al aire libre, las sesiones en el gym a horas en las que hay poca gente, caminar por la calle en pantalones cortos sin pasar vergüenza (¡novedad de este año!), mirar mal a los que van en chanclas, mirar aun peor a los que van en chanclas y calcetines, levantarme tarde, acostarme tarde, ver estrellas fugaces cuando las Perseidas entran en contacto con las capas superiores de la atmósfera y pedir un deseo, procrastinar sin sentirme culpable y hacer cosas sólo por el placer de hacerlas.

Pero sobre todo, lo que más me gusta del verano es que mis vacaciones comienzan en menos de dos horas.

TEARS DRY ON THEIR OWN

Como tantos otros y tantas otras antes y después, ella llegó a mi vida desde la pantalla del televisor. MTV Hits ponía videoclips y me hacía compañía mientras fregaba platos. De repente, una chica de melena morena, rizos descuidados y ojos perfilados con eyeliner negro cantaba con voz de negra que no quería ir a rehabilitación sino quedarse en casa escuchando a Ray (Charles). Todo en la canción transmitía un fuerte aroma al soul de la mejor Motown. El éxito no tardó en llegar. El mundo conoció así a Amy Winehouse (y al productor que había detrás de ese impecable sonido, el bello y talentoso Mark Ronson. Pero esta historia no trata sobre él).

Amy no tardó en dejar claro que ella no era una buena chica y que la letra de “Rehab” tenía mucho de autobiográfica. Las excelentes críticas, las ventas millonarias, los premios de la industria no tardaron en venir acompañados de portadas en los diarios sensacionalistas, fotos de borracherras desesperadas por las calles de Londres y vídeos de actuaciones desastrosas en conciertos alrededor de todo el mundo. Amy era a la vez objeto de admiración y de burla. Yo tuve la ocasión de verla en el “Rock in Rio” cuando ya era una muñeca rota por el alcohol y las drogas, cuando la vuelta al negro empezaba a parecer más que irreversible.

Flash-Back: “¿Aparecería Amy Winehouse o no? Yo estaba convencido de que, aunque estuviera borracha, dando tumbos e incapaz de articular media frase, la organización la sacaría al escenario para que la viéramos. Llegaron las nueve y la excelente banda de la Winehouse salió al escenario para anunciar, ladys and getlemen, que Amy iba a salir. Y en efecto, salió con su vestido, su peluca y sus corazoncitos con el nombre de Blake en la cabeza, borracha, dando tumbos e incapaz de articular media frase. A cada lingotazo que se metía, cada amago de caerse, cada tocamiento de teta, el público aullaba y vitoreaba enloquecido. Incluso le cantaron esa pegadiza coplilla que dice “Alcohol, alcohol, hemos venido a emborrasharnos…”. ¿Patético? No, lo siguiente. A pesar de todo, de que Amy estaba ausente y cantaba las canciones sin ser verdaderamente consciente de lo que hacía, se podía vislumbrar algun brillo y alguna emoción en medio de la catástrofe”.

Cuando ahora pienso en aquel concierto, lo que más recuerdo es que Amy parecía una chica desamparada y desvalida perdida en un mundo que la superaba. Artistas con vidas excesivas los ha habido a cientos dentro y fuera del maldito Club de los 27, pero esos excesos casi nunca les acompañaban en el escenario. Me pregunto si Amy era realmente feliz cantando, si en la música encontraba algo de consuelo a sus fantasmas internos. Sospecho que, en realidad, no. Quizás lo único que quería era quedarse en casa con su Blake y beberse la vida a tragos como una pareja de yonkis del amor y la heroína. Quizás al final el amor es un juego en el que siempre se pierde, demasiadas mañanas levantándose sola sin que estuvieran a su lado ni Frank ni el señor Jones pesaron más que su talento, su voz y su espíritu de heredera directa de las grandes damas del Soul. Todo esto formará parte para siempre de su leyenda. Todos la vimos autodestruirse y nadie supo ayudarla. La noticia de su muerte vino seguida de un cortejo de lamentos y chistes fuera de lugar en las redes sociales. Con el tiempo, cuando las lágrimas ya se hayan secado por sí mismas, la echaremos de menos. Mucho.

ACROBACIAS

Este sábado, mientras Diego hacia trabajos científicos en su ordenador (o quizás dormía la siesta o navegaba por Internet, tendré que fiarme de su palabra), yo pasaba el rato en el jardín. Cuando me aburrí de leer bestsellers de baja calidad pero tremendamente adictivos (una cosa llamada “Henders” sobre una isla aislada en el Pacífico donde un grupo variopinto de científicos encuentran monstruos. Originalidad tendiendo a cero) y de nadar en la piscina (cuyo suelo tuve que limpiar previamente. Chicos, no compensa poner piscina en el jardín sin tener a sueldo a un ejército de mozos piscineros), decidí ponerme a hacer acrobacias. Lo que hace el tedio.

En realidad, lo único que intenté es hacer el pino con poco éxito. No es que ahora quiera ser un integrante del Cirque de Soleil ni vaya a ganarme un sueldo haciendo de saltimbanqui callejero, simplemente se trataba de superar desafíos personales. Yo fui un niño miedoso que se convenció a sí mismo de que había cosas que no podía hacer. No aprendí a tirarme de cabeza porque tenía miedo a romperme la idem. No aprendí a hacer el pino por una razón similar. No me montaba en montañas rusas porque son máquinas infernales desarrolladas por mentes enfermas. Y podría seguir enumerando variados traumas infantiles surgidos de la combinación de mis propios miedos con malas experiencias y malos educadores. Tardé mucho tiempo en aprender que estos miedos son absurdos y sólo nos impiden avanzar y aprender cosas nuevas.

Ahora tiendo a pensar que sí que puedo hacer ciertas cosas que antes ni me atrevía a imaginar. Antes no creía en mis capacidades y ahora, quizás, las sobrevalore. Los resultados pueden ser desastrosos, pero siempre es mejor intentarlo que quedarse quieto en un rincón mientras los demás se divierten. Aunque sea demasiado tarde… ¿o nunca es demasiado tarde?

CÍRCULOS

Como si se hubiera convertido en una ferviente seguidora del Orfismo, Internet se ha vuelto loca por los círculos. La culpa no es de los Delaunay, sino de Google. Adjunto cuadro orfista para ilustrar este comentario tan pedante.

Google prometió no ser malvada, pero se ha inspirado en el Infierno de Dante y sus círculos para crear una nueva red social que es “como Facebook pero sin ser Facebook”. XKCD lo explica muy bien.

Google+ es como una versión minimalista de Facebook, con un formato muy sencillo y fácil de usar. Se ve que los chicos del buscador aprendieron del fracaso de Wave, aquel galimatías que no había forma de comprender. Creo también que G+ le debe más a Buzz de lo que parece a simple vista. En todo caso, lo que ha enganchado a la gente es lo de poder organizar a los contactos por círculos. Curiosamente, en Facebook también se pueden crear grupos, pero es una utilidad del juguete de Mark que casi nadie utiliza. Así se puede optar por publicar para todo el mundo, de forma pública, o seleccionar qué círculos quieres que sean capaces de leer y comentar tus publicaciones. Eso sí, a diferencia de Facebook, cuando compartas algo de forma pública, estará disponible para toda la red de redes. No lo olvidéis.

Algunos ya están proclamando la muerte de Facebook a los cuatro vientos y dicen que será el próximo MySpace. O Second Life. No creo que suceda. El problema de Facebook es que, quizás, terminamos agregando a demasiada gente y el conjuntos de amigos acumulados es demasiado heterogéneo. Después, hay algunos pesados que se pasan el día jugando a granjas, guerras de mafias o dando patadas a palomas (sí, soy uno de ellos. Shame on me) y te llenan el perfil de notificaciones que terminan siendo molestas. Además, cada vez que hay un cambio en Facebook la página parece empeorar en vez de mejorar. El entusiasmo que ha generado Google+ es la prueba evidente de que había un número considerable de usuarios de redes sociales descontentos con Facebook y que buscaban “otra cosa”.

Sin embargo, si Google+ termina pareciéndose demasiado a Facebook, ¿para qué cambiarse? Ahí es donde G+ tiene que ir creándose una identidad propia. De momento, parece que el principal atractivo de G+ es el hecho de poder tener círculos con algunos escogidos con los que de verdad quieres socializar. A diferencia de otras redes sociales, donde el objetivo es acumular followers, retweets y amigos mil, G+ tiene cierto carácter de exclusividad. O intimidad. O cotillear de cualquier cosa sin que se enteren los colegas del curro, los antiguos compañeros del instituto o ese primo lejano al que aceptaste como amigo y a quien no puedes borrar sin provocar un conflicto familiar.

PARADAS EN EL CAMINO

Trujillo fue nuestra primera parada en el camino a Badajoz. En la Plaza Mayor la escultura ecuestre de Pizarro nos recordaba que estábamos en tierra de conquistadores. Mientras mi hermano desayunaba tostadas con cachuela ante la sorpresa de mi madre, yo me daba un paseo por la plaza con la cámara Diana+ de mi futura cuñada. Lomografié la monumental fachada de un palacio con un enorme blasón en el extremo y cigüeñas en lo alto, así como a Pizarro y la fachada de la iglesia. Después me di cuenta de que no había hecho avanzar el carrete después de cada instantánea, así que no sé cuál será el resultado de mi trabajo.

Recorriendo callejuelas repletas de iglesias y murallas subimos hacia el castillo situado en la parte más alta de la localidad. Era mediodía y hacía calor. Al volver al coche, bebí agua templada con sabor a botella de plástico como si hubiera brotado del más fresco manantial de una montaña. Fue una visita breve. Habrá que volver.

Por la tarde nos acercamos a Mérida. Yo siempre había pensado que las ruinas romanas estaban fuera de la ciudad, pero me equivocaba. Entramos primero en el Museo Nacional de Arte Romano, con ganas de disfrutar de su aire acondicionado. Obra de Rafael Moneo, el edificio es un ejemplo de lo que debería ser un museo: luminoso, diáfano y diseñado en función del contenido que se expone en el mismo. La colección de esculturas, mosaicos, monedas, restos arquitectónicos y otros objetos resulta más que interesante. Después entramos en el recinto donde se encuentran el famoso teatro de Mérida y el anfiteatro. Me sorprendió su tamaño y el buen estado de conservación en el que se encuentran. Paseamos por murallas y gradas como antiguos gladiadores o espectadores de tragedias de Sofocles y Esquilo.

Como ya me pasó cuando conocí León, me sorprende lo poco que sé sobre el patrimonio cultural que tenemos en España y el poco partido que le sacamos a la hora de vender nuestro país de cara al turismo. No tenemos nada que envidiar a la Toscana y a la Provenza y, sin embargo, nos conformamos con ser para el extranjero un país de playas, discotecas, alcohol y fiesta perpetúa. Somos mucho más que eso y no lo sabemos.

GO WEST!

Mientras miles de personas se manifestaban en Madrid llenas de Orgullo, yo cumplía mis obligaciones como hermano mayor y me trasladaba a Badajoz para los preparativos de la ya casi inminente boda de mce79. Orgullo hay uno al año, pero a mi hermanito sólo lo voy a casar una vez en la vida.

Aunque ya lo empecé a comprobar cuando fuimos al Contempopranea, este fin de semana he ha servido para confirmar que la imagen que se suele tener de Extremadura no se corresponde con la realidad. Ni es una tierra sin pan llena de cretinos ni una serie de pueblos atrasados y pobres. El paisaje es verde: la autovía atraviesa campos de olivos y dehesas donde los toros pastan con tranquilidad al sol. Prácticamente en cada poste eléctrico o campanario hay un nido de cigüeñas. A los norteños nos llaman la atención, pero a los del lugar les resultan tan novedosas como las palomas.

Los norteños también estamos acostumbrados a que un pueblo tenga unas decenas o centenares de habitantes y nos desconcierta que los haya con 2000 habitantes. El pueblo de la novia es de ese tipo. Tiene una iglesia de color blanco, diáfana, luminosa y llena de santos. Las señoras se abanican durante la misa y terminan haciéndolo todas casi al mismo ritmo. Es como ver el aleteo sincronizado de muchas mariposas. Al salir, me fijo en que por los muros laterales del templo corretean las salamanquesas. “Ligeras”, así las llama la familia de la novia. Mi hermano y yo nos acercamos a ver uno de los pequeños y escurridizos reptiles. Como las cigüeñas, ellas también despiertan nuestra curiosidad. El sol termina de ponerse tras el horizonte. Sopla aire fresco mientras tomamos un granizado de limón.

(Continuará…)