Archivo por meses: junio 2011

ME GUSTA

Me gusta el verano porque hace calor y me paso el día en calzoncillos cuando estoy en casa. Me gusta el verano porque anochece tarde y aun es de día cuando voy a verte. Me gusta la Línea 1 porque el trayecto es largo y me da tiempo a devorar varias páginas del libro que esté leyendo en esos momentos -ahora mismo, “Nocilla Lab”, el final de la trilogía de Agustín Fernández Mallo-. Me gusta la Línea 1 porque de vez en cuando encuentro amigos, conocidos y vecinos en los vagones y eso es algo que hace que me sienta parte del tejido urbano de esta ciudad. Me gusta coger el autobús en Plaza de Castilla porque puedo ver las cuatro torres y contemplarlas de cerca cuando el bus pasa por delante de ella. Me gusta coger el autobús si -y sólo si- tengo mi Ipod Shuffle y la música me ayuda a no marearme. Me gusta sorprenderme con las canciones que suenan en mi cacharrín de color gris metalizado, sobre todo si hace mucho tiempo que no las escucho. Me gusta conectarme a Snaptu desde el teléfono móvil y dar rienda suelta a mis ataques de verborrea a través de Twitter. Me gusta llegar a mi destino y que estés esperándome. Me gusta llegar a mi destino y esperarte. El resultado es siempre el mismo: entro en tu coche y te beso. Me gusta que anochezca tarde porque cuando llego a tu casa aun es de día y me puedo zambullir en la piscina aunque no haya traído bañador. Incluso puede que me guste más estar en la piscina cuando no he traído bañador y siento los últimos rayos del sol sobre nuestra piel.

TEORÍA DE LA ESTUPIDEZ

Carlo María Cipolla exploró el controvertido tema de la estupidez formulando su famosa Teoría de la Estupidez, expresada por primera vez en su ingenioso panfleto de 1988 titulado “Allegro ma non troppo”.

En este escrito Cipolla desarrolla una visión de la gente estúpida como un grupo más poderoso que grandes organizaciones como la Mafia, las multinacionales o la Internacional Comunista. El grupo de los estúpidos, sin reglamentos, líderes o manifiestos consigue ejercer un gran efecto con una coordinación increíble.

En el mismo libro pueden encontrarse las leyes fundamentales de la estupidez:

1. Siempre e inevitablemente cualquiera de nosotros subestima el número de individuos estúpidos en circulación.

2. La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica propia de dicha persona.

3. Una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupo de personas sin obtener ella ganancia personal alguna, o, incluso peor, provocándose daño a sí misma en el proceso.

4. Las personas no-estúpidas siempre subestiman el potencial dañino de la gente estúpida; constantemente olvidan que en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia, asociarse con individuos estúpidos constituye invariablemente un error costoso.

5. Una persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que puede existir.

Por deducción, de la tercera ley, Cipolla identifica dos factores a considerar cuando se explora la conducta humana:

-Beneficios y pérdidas que un individuo se causa a sí mismo
-Beneficios y pérdidas que un individuo causa a los otros

Creando un gráfico en el que se coloca el primer factor en el eje x y el segundo en el eje y se pueden obtener cuatro grupos de individuos:

-Inteligentes (Benefician a los demás y a sí mismos).
-Desgraciados (Benefician a los demás y se perjudican a sí mismos).
-Bandidos (Perjudican a los demás y se benefician a sí mismos).
-Estúpidos (Perjudican a los demás y a sí mismos).

Cortado y pegado de la Wikipedia.

Recordemos también el principio de Hanlon: “Nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”.

Lo peor de la estupidez es que es imprevisible. Y como sugiere la primera ley, hay muchos más estúpidos de lo que pensamos. Incluso el autor de este blog podría ser uno de ellos.

SUMMER SON

El día 21 de junio, a las 17 horas y 16 minutos del Tiempo Universal Coordinado (dos horas más en Madrid), el Sol alcanzó su máxima posición meridional o boreal, es decir, una máxima declinación norte (+23º 27′) y máxima declinación sur (-23º 27′) con respecto al ecuador terrestre. En otras palabras, los humanos del hemisferio norte celebramos el solsticio de verano y disfrutamos del día más largo y de la noche más corta del año. Yo, como Sharleen Spiteri, decidí esperar al Hijo del Verano. O convertirme en él, quién sabe.

A mí el verano me pone de buen humor. Brillo al sol cual vampiro crepuscular. Piscinas, barbacoas y noches de estrellas fugaces. Hace poco me dí mi primer chapuzón y vi mi primer meteoro en el cielo nocturno. Ya no pido deseos porque sé que no se cumplen, pero si lo hiciera, pediría un largo y cálido verano que nos hiciera olvidar una primavera larga, oscura y triste. Tampoco hago hogueras en la Noche de San Juan, pero si hiciera una, hay muchas cosas que quemaríamos en ella para después renacer de las cenizas.

Y mientras escribo esto, pienso en que le veo sonreír más a menudo que antes. Y me alegro de que la vida recupere poco a poco el color.

MANIOBRAS ORQUESTALES EN LA OSCURIDAD

En mi primera educación musical, aparte de Enrique y Ana y las adaptaciones infantiles de canciones de éxito que hacían en “Sabadabada” y “El Kiosko”, tuvieron un gran peso un par de casettes de temas grabados de la radio con las que mi madre amenizaba nuestros viajes en el fabuloso Talbot Horizon. Police, Supertramp, Rod Stewart, Bruce Springsteen, “La noche no es para mí”, “Yo no te pido la luna”… eran parte del repertorio. Dos canciones eran mis favoritas: “Moon Light Shadow” de Mike Oldfield, y “Enola Gay” de OMD. “Maniobras Orquestales en la Oscuridad”, explicaba mi madre.

Entre videoclips de Tocata y teclados Casio, descubrí más canciones de OMD en aquellos años dominados por sintetizadores y maquillajes inverosímiles. Los noventa trajeron grunge y britpop y se encargaron de convertir el synthpop de OMD y compañeros de generación en algo obsoleto, pasado de moda y tan ridículo como “la música de Ross”. Aunque Andy McCluskey seguía publicando discos con el nombre de la banda, estos pasaban completamente desapercibidos.

Pero el tiempo pasa y pone a todo el mundo en su lugar. La buena música no entiende de etiquetas y esto, añadido a la resurrección del synthpop a través de grupos como Hurts, Cut Copy, The Presets y demás, ha hecho que los grupos de los 80 hayan recuperado el reconocimiento que merecían. Andy McCluskey volvió a reunirse con Paul Humphreys a finales de la pasada década para una serie de conciertos que les llevó, por ejemplo, a la edición del Summercase de 2007. En 2010 publicaron “History of Modern”, un disco en el que se homenajean a sí mismos y la excusa para hacer una nueva gira.

Este martes las maniobras orquestales se desarrollaron en la oscuridad de la sala Heineken. El público adulto se mezclaba con jóvenes que han (re)descubierto a OMD. Todos se rindieron a los bailes epilépticos de McCluskey y el sonido impoluto de los teclados Roland de Humphreys y el resto de la banda. Los cuatro temas que tocaron del último disco no desentonaron en un concierto en el que repasaron todos sus grandes clásicos y algunos temas menos conocidos. Ahí estaban “Messages”, “If you leave”, “Locomotion”, “Souvenir”, la energética “Tesla Girls”, la melancólica “Souvenir”… Por supuesto, los temas más ovacionados de la noche fueron “Enola Gay”, “Electricity” -su primer sencillo y la canción que cerró el concierto- y la magistral “Maid of Orleans”.

Sólo eché en falta algunos temas de los discos de OMD de los noventa como “Pandora´s Box” o “Dream of me”, aunque considerando que Humphreys no formaba parte de la banda en aquella época, entiendo que quede un tanto obviada: sólo tocaron “Sailing on the seven seas” y “Walking on the Milky Way”. De todas formas, salí feliz del concierto de un grupo que forma parte de la banda sonora de mi vida desde la infancia. 2011 nunca ha sonado tanto a 1981.

COMO NO HACER NADA

Madrid, invierno de 1998, un bello e ingenuo jovencito salió de su pequeña y norteña ciudad de provincias para probar suerte en la gran ciudad. Deslumbrado por las luces de neón y el hechizo de la noche capitalina, descubrió que sin una madre que le despertara los domingos por la mañana, no había razón alguna para salir de la cama antes de la hora de comer… o de merendar… o de cenar. De lunes a viernes, los días tenían 24 horas. El sábado llegaba a tener 32 y el domingo… el domingo era una tarde que transcurría viscosa y lenta.

Una década después, el jovencito, convertido en un aun bello y un poco menos ingenuo treintañero, pasa sus fines de semana entre cafés, sesiones cinematográficas, algunas cervezas en una terraza y esporádicas barbacoas. Todo transcurría plácidamente hasta que recibí una invitación para el evento social de la temporada: el cumpleaños de Proudstar, la fiesta que se celebra por fascículos. A mí me correspondió la segunda entrega. Nervioso, me interné en la legendaria Proudville. Ahí estaban blogueros, tuiteros y otros glamourosos invitados. Sophie, Kylie, Stefania Germanotta, Beyoncé y los Hermanos Calatrava se encargaron de la banda sonora. El anfitrión estuvo toda la tarde pelando patatas y batiendo huevos para deleitarnos con deliciosas tortillas. Incluso las envolvió cuidadosamente en plástico para guardarlas en la nevera antes de introducirlas en el microondas. El chico es así de detallista. La fiesta prosiguió en el exclusivo local de Mordor donde, entre orcos y elfos, el tiempo avanzó más rápidamente de lo que pensaba. Cuando dejé a Proudstar buscando un taxi, el cielo empezaba a clarear y las pizzerías 24 horas estaban repletas de gente desayunando trozos de pizza cuatro quesos.

Al llegar a casa, Diego me esperaba en la cama. Él a su vez había estado en una Wii Party con sus amigos y la verdad, sospecho que acababa de llegar a casa. Me tumbé a su lado y caí dormido hasta que, a las once, mi hermano me llamó para invitarme a ir de excursión a la sierra madrileña. Recibí la propuesta con escaso entusiasmo, excusé mi asistencia y volví a la cama. Finalmente salí de la cama a la hora de comer y medio dormido recolecté cebada en Farmville mientras escuchaba la única música que mis tímpanos aguantaban en ese momento: Bon Iver y Fleet Foxes. A las cuatro ya empecé a preocuparme por Diego, así que fui a ver si salía de la cama. No tuve éxito en mi misión ni en las siguientes. Así que, cuando ya se acercaba la hora de la merienda y después de que la diplomacia fracasara, decidí iniciar una maniobra ofensiva e infalible. Seleccioné en Spotify la canción que Diego más detesta, la puse a todo volumen e improvisé una coreografía en el dormitorio con los pasos aprendidos en “Fama, a bailar!” y “Cisne Negro”.

-Wake up in the morning feeling like P Diddy…

Porque si algo me ha enseñado mi ingenuidad es que hay que ir por la vida sabiendo que la fiesta no empieza hasta que no entro en la habitación. Y así, haciéndole reír a carcajadas, conseguí que Diego saliera de su deprimido domingo. Todo gracias a Ke$ha.

ACCIÓN MUTANTE

Algunos no leemos tebeos. Al menos, no leemos tebeos de superhéroes. En nuestra infancia hubo Mortadelos y tiras de Garfield, Mafalda o Snoopy y en nuestra vida adulta hemos podido descubrir alguna que otra novela gráfica más o menos pretenciosa. El universo Marvel o DC sigue siendo un territorio desconocido en el que no es fácil entrar: historias que llevan décadas publicándose, con centenares de personajes y una continuidad llena de discontinuidades, universos paralelos y crisis infinitas.

Sin embargo, los superhéroes son personajes que forman parte de nuestro inconsciente colectivo y de nuestra cultura popular. Podemos no haber leído jamás un tebeo, pero películas, series y dibujos animados nos han permitido conocer a Hulk, Flash, Batman, Spiderman o Superman. Recuerdo, por ejemplo, como el pase por televisión de la primera película protagonizada por Christopher Reeve fue todo un acontecimiento comentado detalladamente en el patio del colegio. En cambio, volver a ver ahora en alguna TDT local de poco presupuestos viejos dibujos animados de los 4 Fantásticos es asombrarse de lo mala que era la animación en los años 70…

Pero aquí estamos hablando de mutantes. Yo conocí a la Patrulla X gracias a la serie de animación que emitía Telecinco por las tardes en la primera mitad de los 90 (y que como todas las de la época estaba protagonizada por los personajes en su versión más vigoréxica). Para mí eran un grupo de superhéroes completamente nuevo, así que años después, me sorprendí al descubrir que fueron creados en los años sesenta. También me sorprendí al ver a Pícara convertida en la niña de “El Piano” en la primera adaptación al cine de los ahora llamados “X-Men”, pero eso es otra historia…

Supongo que los que tenemos ni idea de quién es Emma Frost, no hemos oído hablar del Club Hellfire y ni siquiera sospechamos que Kaos es el hermano (¿pequeño? ¿ein?) de Cíclope somos quienes más disfrutamos de las adaptaciones cinematográficas de los comics. “X-Men: Primera Generación” es la película ideal para nosotros. Con un director tan brillante como Matthew Vaughn (“Kick-Ass”) pero sin las ínfulas autorales de un Tim Burton o un Kenneth Brannagh cualesquiera detrás de las cámaras; con un guión claro y muy bien estructurado que sabe incluir hechos históricos como la crisis de los misiles de Cuba o el Holocausto en una trama de pura ficción; con un estilo visual de sabor clásico que recuerda más al cine de James Bond que a horrores como “Lobezno” y en la que los efectos especiales no se convierten en las estrellas de la función); y con un reparto equilibrado y lleno de nombres tan interesantes como los de James McAvoy, Michael Fassbinder, Rose Byrne o Jennifer Lawremce (y que nos ha permitido comprobar que January Jones sólo sirve para hacer única y exclusivamente el papel de Betty Draper en “Mad Men”), espero que esta entrega de X-Men sea la primera de muchas.

LAS EMPRESAS NOS NECESITAN

Como buenos españoles, mis amigos y yo llevamos dentro a un seleccionador de fútbol, un proyecto de tertuliano todólogo y un aspirante a presidente de la república y cuando nos reunimos nos dedicamos a diseccionar la realidad de nuestra nación de naciones. Por supuesto, en nuestras últimos reuniones en la cumbreterraza hablamos de la crisis y de la realidad laboral que nos rodea.

Yo he conocido un modelo de empresa. Es aquella que contrata gente en función de un modelo ideal que se crea en la mente de algún directivo y que no se corresponde con la realidad. Se piensa que la actividad de la empresa o el potencial de crecimiento de la misma es mayor de lo que indican las circunstancias. Se idean planes, proyectos y objetivos que no tienen salida real en el mercado. El empresario llega a creer que es dueño de una gran empresa porque tiene una plantilla cada vez más numerosa… aunque su número de clientes permanezca estancado. El resultado es un conjunto de trabajadores sobredimensionado, con un volumen de trabajo escaso, mucho tiempo desperdiciado y una creciente desmotivación. La empresa dilapida dinero en trabajadores que no sabe aprovechar y la situación termina siendo insostenible cuando disminuyen los ingresos de la empresa. El empresario tiene que asumir la realidad y despedir a un buen puñado de personas que, seguramente, nunca debería haber contratado o cuyo potencial debería haber gestionado de una forma radicalmente distinta.

Mis amigos me hablan de otro tipo de empresa. Se trata de aquella que empieza a percibir a sus trabajadores como una carga para la cuenta de resultados de la propia empresa. El empresario se da cuenta, primero, de que una mayor inversión en personal no repercute de manera notable o inmediata en las ganancias de la empresa. El producto final -por ejemplo, una página web de noticias de una cadena de televisión- llega al cliente y consigue prácticamente los mismos ingresos por publicidad con una redacción de cien personas que con un equipo de diez redactores. Evidentemente, la calidad del producto o servicio disminuirá pero el posible descenso de ingresos se verá compensado por la bajada de gastos de personal. El empresario recortará la plantilla y, si puede, cambiará contratos y convenios para contratar a trabajadores que acepten sueldos inferiores y peores condiciones económicas en general. En un mundo ideal, hacer un producto peor debería suponer a medio o largo plazo el fracaso de la empresa. Sin embargo, en el mundo real, cuando toda la competencia de tu sector sigue la misma estrategia, el camino de la mediocridad parece la única salida.

Esto explicaría la razón por la que el sector de los medios de comunicación en España está sumergido en una profunda decadencia. Las empresas no invierten en hacer productos de calidad porque requerirían una inversión extra en talento y recursos humanos que no están dispuestas a hacer. El mercado, además, no premia la excelencia en estos tiempos de crisis económica: medios como Soitu o CNN+ han tenido que cerrar, Cuatro tuvo que fusionarse con Telecinco, Veo7 se va a convertir en un canal más de teletienda y tarot, los periódicos tradicionales no saben adaptarse a Internet y no pueden pretender cobrar al usuario por lo que ofrecen en la red… La cosa no creo que cambie hasta que los empresarios del sector no se den cuenta de que no se puede hacer un medio de comunicación con una plantilla formada por directivos desfasados, un puñado de estrellitas y un grupo de becarios y recién licenciados con sueldos miserables. Pero, claro, hasta que alguien no triunfe con una propuesta diferente, la situación va a seguir estancada.