SEGUNDAS IMPRESIONES

-“Pensaba que yo te caía mal”, me dijo después de que lleváramos un rato charlando.

Yo me sorprendí, le dije que nunca me había caído mal y seguimos hablando de otros asuntos. Cuando nos despedimos, yo me quedé un rato pensando. No es la primera vez que doy a alguien la impresión de que me cae mal, aunque lo normal suele ser al revés: hay gente a la que le caigo mal en un primer momento. Es culpa de mi timidez y mis inseguridades, que suelen adoptar varias formas: a veces me da por quedarme callado, otras me da por hacerme el gracioso y en ocasiones bombardeo a la persona que me acaban de presentar con todo tipo de preguntas. Con la primera estrategia acabo pareciendo un pasota; con la segunda, puedo parecer un idiota; y con la tercera, un inquisidor. Por suerte, hay ocasiones en las que me siento cómodo y relajado, puedo ser yo mismo y consigo parecer un ser humano normal.

Afortunadamente, con el tiempo o con la madurez, he conseguido que estas ocasiones sean más frecuentes con el paso de los años, pero sigo siendo una persona que a veces necesita una segunda oportunidad, una segunda impresión. Quizás por eso, porque me conozco, intento no dejarme llevar por las primeras impresiones y espero un poco antes de juzgar al prójimo. No siempre lo consigo, claro. Ciertos prejuicios siempre están ahí, latentes. Y tengo que reconocer que me he confundido más de una vez.

En todo caso, me gusta cuando de vez en cuando, por casualidad, tienes la oportunidad de conocer un poco mejor a personas que forman parte de tu entorno habitual, ya sea en la vida real o en la vida 2.0 (las fronteras entre ambas son cada vez más borrosas) y de que éstas te conozcan un poco más. Es agradable comprobar que siempre hay sitio para añadir a alguien más al círculo de amigos. Como dice el refrán, quien tiene un amigo tiene un tesoro. De hecho, hay amigos que son como los diamantes: para siempre. Es algo que muchas veces no valoramos tanto como deberíamos. O que no valoro tanto como debiera.

VOL DE NUIT

A veces, por las noches, tumbado en la cama, miro la ventana de mi habitación y pienso en cómo me cuelo entre las rendijas de la persiana y salgo al exterior. Subo por los aires y desde el cielo veo la ciudad, millones de bombillas anaranjadas extendiéndose bajo mis pies. Puedo flotar o puedo volar, o puedo dejarme llevar por el viento, pero tengo claro cuál es mi destino. Me dirijo hacia el norte, hacia cordilleras nevadas y mares fríos. El viaje puede llevarme el tiempo que yo quiera. Puede durar horas o puede durar un minisegundo, todo depende de la urgencia que sienta en mi interior por alcanzar mi meta.

Ésta no es otra que una calle secundaria en otra ciudad, otro millón de bombillas blanquecinas que se extienden bajo mis ojos. Puedo bajar a tocar el agua del río, o puedo dar vueltas en torno a los adornos góticos del Priorato de San Dominico. Me siento en el borde del enorme rosetón que ocupa la fachada. Estoy muy cerca del lugar que he venido a ver. No tengo cuerpo, ni peso, ni tamaño, pero aun y todo, quiero ir con cuidado y en silencio. Me cuelo por el ojo de la cerradura, o por una pequeña rendija entre el cristal y el marco de la ventana. Sorprendo a un ratón que atraviesa el suelo de la cocina. Me deslizo por debajo de la puerta y llegó a un pequeño salón. Ahí es donde querría estar por las noches.

Me cuelo entre las sábanas de tu cama y te abrazo. Tu cuerpo está caliente, tiene el olor, el tacto y el sabor que recuerdo. Sé que tú notas que estoy ahí, porque siento que sonríes. A muchos kilómetros, yo también lo hago.

EL DISCURSO DEL REY

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Cuando eran los dueños de Miramax, los Weinstein se acostumbraron a coleccionar nominaciones y estatuillas en la ceremonia de los Oscar gracias a títulos como Pulp Fiction, El Paciente Inglés, Shakespeare in Love, Las Normas de la Casa de la Sidra o Chocolat. Establecidos desde 2005 en una nueva compañía, The Weinstein Company, los controvertidos hermanos han vuelto a ser un nombre a tener en cuenta en la temporada de premios después del resbalón de Nine gracias a El Discurso del Rey,la película con mayor número de candidaturas en la presente edición de los premios de la Academia.

De estas doce nominaciones, la que parece que con toda seguridad se convertirá en premio es la de Mejor Actor para Colin Firth, quien da vida a Jorge VI, quien subió al trono cuando su hermano mayor, Eduardo VII, tuvo que abdicar para poder casarse con la divorciada estadounidense Wallis Simpson. Sin embargo, los entresijos de la política palaciega son sólo una trama secundaria (aunque no por ellos menos importante e interesante) para El discurso del Rey, que se centra en la relación entre el futuro rey y Lionel Logue, el profesor de logopedia que le ayudó a superar su tartamudez. A éste le da vida otro actor estupendo, Geoffrey Rush, ganador del Oscar por la olvidada Shine y más conocido por el gran pública por su papel de Barbossa en la trilogía de Piratas del Caribe. Completan el reparto nombres como los de Helena Bonham Carter (a quien más le valdría dejar de lado las películas de su marido y dedicarse a títulos más interesantes como éste), Guy Pearce, Michael Gambon o Claire Bloom.

El discurso del Rey es, por una parte, una película pequeña e intimista, basada en la relación de amistad que se va tejiendo entre alumno y profesor. Pero, como comentaba antes, también es una película que analiza la situación política en la Inglaterra de entreguerras en una Europa que se precipitaba hacia una nueva guerra y el papel que desempeñaba la monarquía británica en ese panorama, así como una reflexión sobre el creciente papel de la imagen en una sociedad en la que los medios de comunicación de masas iban ganando en presencia e importancia. Que el conjunto resulte equilibrado e interesante es tanto mérito de su reparto como de Tom Hopper, director que firma con éste su segundo largometraje después de una interesante y galardonada trayectoria en el mundo de la televisión, y David Seidler, veterano guionista que, personalmente, espero se lleve el Oscar en su categoría por encima de los fuegos de artificio de Nolan.