Archivo por meses: Febrero 2011

EL MOMENTO MÁS FELIZ

Hace siete días, a las siete de la mañana en Londres, ocho de la mañana en Madrid, suena mi móvil. Medio dormido, salgo de la cama sobresaltado. Es una llamada de Diego. “Que no encuentro el pasaporte y mi avión sale en unas tres horas, ¿qué hago?”, me dice. “Buscarlo y encontrarlo”, le respondo. “¿No tienes el papel de cuando perdiste toda tu documentación?”, añado. “No, no lo tengo”, me responde él al borde del ataque de nervios. Yo me lo imagino revolviendo entre las maletas y buscando por cualquier recoveco de la casa. Finalmente, antes de que el colapso mental fuera mutuo, el pasaporte apareció. “Se me había caído detrás de la cama”, me dice. Respiramos con alivio.

Me vuelvo a mi habitación, a tumbarme unos minutos más. Vuelve a sonar el teléfono. “Que no me da tiempo a llegar al aeropuerto, búscame el número de un taxi”. Enciendo el ordenador. En Google encuentro decenas de teléfonos de compañías de taxis y coches de alquiler, pero no sé por cuál decidirme. Diego se pone nervioso. Le doy el número de una empresa cuya página web me da buena espina y me meto en la ducha.

Al llegar al trabajo, recibo un sms. “No me va a dar tiempo para facturar”. Le llamo al móvil. Me cuenta que al final no ha utilizado el número que le había dado porque la compañía pretendía cobrarle un riñón y parte del otro, así como hígado y páncreas, y que ha ido hasta la calle principal a parar un taxi. “Le he tenido que pedir a una chica que pasaba por mi calle que me ayudara a llevar las maletas”. Le digo que seguramente llegue a tiempo al aeropuerto y que, como viaja con Iberia y no con una compañía lowcost de autobuses con alas, no tendrá ningún problema en facturar su equipaje.

Al rato, una nueva llamada. “Ya he llegado al aeropuerto -el diminuto London City Airport-, y resulta que están evacuándolo por una alarma de incendio. Está todo el mundo en la calle”. Yo no doy crédito a esta sucesión de acontecimientos. ¿Conseguirá Diego volver de Londres? ¿Despegará su avión? ¿Sufrirá un ataque de Godzilla, Gamera o Clovie durante el trayecto? Por fin, recibo un nuevo mensaje. Diego factura su equipaje, su avión saldrá con una hora o más de retraso pero saldrá. Aleluya.

A mediodía, con Diego ya en España, volvemos a hablar. Quedamos en vernos cuando yo salga de trabajar, en la parada de Ópera. Llego un poco antes de tiempo al punto de encuentro. Resulta que han terminado las obras en la plaza y el lugar ha quedado bastante bonito, con árboles y bancos de madera. Hay algunas estrellas en el cielo. Apoyado en la barandilla de la boca de metro veo a la gente subir por las escaleras, esperando verle en cualquier momento. Ahí está. Cuando camina hacia mí, me acuerdo de la primera vez que nos vimos las caras, en la parada de metro de Tribunal, hace ya casi cuatro años. Él sonríe. Yo sonrío. Nos abrazamos. Nos besamos. “Qué guapo eres”, me dice. “Tú más”, le respondo. Nos volvemos a besar.

CISNE NEGRO

Cisne Negro Poster

En 1998, Darren Aronofsky sorprendió al mundo cinéfilo con su ópera prima, “Pi”, una cinta perteneciente a un género que podríamos denominar “drama matemático” y en el que se inscriben películas fascinantes, desconcertantes y desasosegantes como “Primer” o “Cube”. La fascinación y el desasosiego continuaron con su siguiente película, “Requiem por un sueño”. La tercera, “La fuente de la vida”, era, en comparación con las dos anteriores, un remanso de paz y de lirismo, una historia de amor absoluto de la que ya hablé en su momento en este blog. A ésta le siguió “El luchador”, la odisea de un perdedor en busca de una última oportunidad para redimirse y que le supuso una candidatura al Oscar a Mejor Actor para Mickey Rourke (y otra para Marisa Tomei en la categoría de Actriz Secundaria).Y ahora, después de esta más que interesante carrera, le ha llegado a Aronofsky la hora del reconocimiento general de la crítica y del público con “Cisne Negro” (“The Black Swan”).

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“Cisne Negro” recupera el estilo de montaje rápido, febril y casi chirriante de “Pi”, sin descuidar la estética y la belleza de unos planos donde los espejos y la decoración se convierten sutilmente en una pieza tan fundamental a la hora de definir personajes y estados mentales como la banda sonora, una variación de “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky a cargo del colaborador habitual del director, el genial Clint Mansell. Con estos elementos, Aronofsky fuerza al espectador a sumergirse en el descenso a los infiernos de la protagonista de esta historia, Nina, una joven bailarina de ballet clásico a la que se le ofrece la oportunidad de ser la protagonista principal de un montaje de “El lago de los cisnes” en el que tendrá que ponerse tanto en la piel del puro y etéreo Cisne Blanco como en el de su reverso tenebroso, su doppelganger, el fogoso y traicionero Cisne Negro. Al igual que el matemático de “Pi”, los adictos de “Requiem por un sueño”, el buscador de la inmortalidad en “La fuente de la vida” o el protagonista de “El luchador”, Nina es un personaje con una obsesión en torno a la cual gira toda su existencia: la perfección.

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Es mejor no conocer muchos detalles de un argumento donde las fronteras entre realidad y alucinación se diluyen hasta confundirse. Algunos encuentran ecos de la obra de Dario Argento en la película, pero también se puede relacionar con otros clásicos del cine como “Eva al desnudo”, de J.L Manckiewicz, o “Repulsión”, de Roman Polanski. Como una fantástica pesadilla oscura y bella, “Cisne Negro” mantiene al espectador en tensión durante todo su metraje. Gran parte del mérito se debe a un reparto en el que brillan en pequeños papeles Mila Kunis, Winona Ryder y Barbara Hershey y en el que Natalie Portman da todo un recital interpretativo en el papel protagonista entregándose al mismo con toda su alma, trabajando con su cuerpo, su mirada, las inflexiones de su voz…

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En resumen, no dejéis de verla y de admirarla.

STRIKE A POSE!

Madrid es una ciudad donde, sin comerlo ni beberlo, uno puede acabar sobreactuando como público aplaudidor en “El Hormiguero” o cruzándose con Jon Kortajarena en las escaleras automáticas del Pabellón 14 de IFEMA. Todo se reduce a tener a los amigos adecuados en los lugares correspondientes. Cadena de favores, que se llama.

Lo confieso, no soy muy fan de “El Hormiguero” ni tampoco de Pablo Motos. Pero también he de confesar que, tras ver cómo se hace el programa en directo, mi opinión ha mejorado considerablemente. Me pareció de que todos los que trabajan ahí se esfuerzan por hacerlo lo mejor posible, algo que -aunque parezca mentira- no se puede decir de toda la oferta audiovisual que tenemos a nuestro alcance. También me llevé la impresión de que no hay divismos en el equipo. Se nota en detalles como la atención al público presente en el estudio o en la presencia de las “estrellas” del programa en el plató durante las pausas publicitarias. No os podéis imaginar la de presentadores con una excelente imagen pública que se refugian en su camerino en cuanto se apagan las cámaras y que apenas se dignan mirar a admiradores, curiosos y demás masa anónima. O la de regidores que tratan al público a gritos, como si fueran un rebaño de ovejas descarriadas. Algunos públicos quizás se lo merezcan, lo reconozco.

El domingo, la estupenda DiPorDior me coló en Cibeles, la cuarta pasarela del mundo de la moda, que había arrancado un par de días antes. En mis tiempos de reportero de altos vuelos hicimos una pieza sobre los jóvenes diseñadores, así que no era mi primera vez que iba. Sin embargo, diez años después de entonces, me dio la impresión de que Cibeles se ha convertido en una feria al más puro estilo parque de atracciones: entras en un recinto donde reina la penumbra y parece que siempre es de noche, donde se alternan los puestos de revistas especializadas y marcas de maquillaje con otros más prosaicos como el Burger King de Carmen Lomana y las chocolatinas de Milka. Las cervezas las sirve Heineken y la comida, el temible Arturo Cantoblanco. Como es tradición en España, en los puestos donde se regala algo gratistotal la gente hace cola. Por el lugar caminan jóvenes con aspecto de blogueros y tres o cuatro famosos. Ya que estaba acompañado de varios especialistas en el tema, les pregunté varias cosas:

-¿Cuántos blogs de moda hay en España?
-Buf, cientos. Miles.
-Y casi todos ellos deben de estar aquí… ¿Pero la gente que compra ropa viene a Cibeles?
-En realidad, muy pocos.
-Entonces, esto de la pasarela Cibeles, ¿es una especie de quiero y no puedo?
-Algo así, sí.

Sin embargo, reconozco que ver un desfile en directo tiene algo de magia para los ojos de quien no sabe nada del tema. La pasarela es un escenario teatral donde algo tan prosaico como la ropa puede convertirse en una obra de arte, digna de ser analizada y admirada por cientos de ojos. Eso sí, al igual que en el arte y en el teatro, hay obras buenas y obras malas, así como puestas en escena magistrales y otras fallidas. Supongo que repetir en bucle durante varios minutos una versión en piano del “Behind the wheel” de Depeche Mode entra en la categoría de atorrante.

SE CIERRA EL PARÉNTESIS

Hace seis meses, Diego se fue a Londres a investigar células, microbios, E.Coli y otras maravillas de la ciencia con una beca Erasmus Borrachas. Hoy se cierra este paréntesis de amor a distancia que ha tenido sus momentos buenos y sus momentos malos. Entre los buenos están las escapadas a la Pérfida Albión, las conversaciones telefónicas a medianoche, los sms de Erasmus Borrachos recibidos a altas horas de la madrugada… Entre los malos, ¿desde cuándo se habla de cosas malas en este blog pop? Me limitaré a decir que también ha habido malos momentos, tardes en las que la nostalgia te convierte en protagonista de canciones ñoñas de Lady Antebellum.

Con el cierre del paréntesis, abrimos en realidad otro párrafo. Supongo que estos seis meses han transformado nuestra relación y la han hecho madurar. Estamos en un lugar distinto donde estábamos en septiembre. Tampoco somos los mismos y algunas circunstancias vitales han cambiado. Lo importante es que de momento seguimos avanzando juntos en esta aventura.

ADIÓS OT

Hace un par de semanas se publicaba “Voy a ser yo”, el primer disco de Mario Álvarez, más de un año después de que éste ganara la séptima edición de Operación Triunfo. Aunque en la FNAC lo pusieron en un lugar destacado entre los lanzamientos de la semana, el álbum no ha entrado hasta el momento en la lista de ventas oficial de nuestro país, algo que no había sucedido con ninguno de los discos publicados por los ganadores del concurso (incluso “Confidencias”, el disco de Vicente Seguí, ganador de OT3, estuvo varias semanas en el top20). Tampoco es que sea sorprendente, ya que la penúltima edición del concurso pasó bastante desapercibida y creo que sólo Diana de Burgos puede presumir de haber conseguido algo de éxito como integrante de Venus.

Con estos antecedentes, yo pensaba que Operación Triunfo había pasado a la historia, pero Tele5 decidió darle una nueva oportunidad al concurso. Después de cinco semanas en las que la audiencia le ha dado la espalda al programa, la cadena anunció ayer su cancelación. La del próximo domingo será la última gala y seguramente OT ya no vuelva nunca más a nuestras pantallas. Y es una pena, porque como formato televisivo es un programa con mucho potencial y, como ya he comentado en otras ocasiones, programas de estilo similar siguen teniendo un gran éxito en los países donde se emiten. Desde Londres, Diego me comentaba sorprendido que las portadas de los tabloides siempre tenían noticias relativas a las galas y a los concursantes de “Factor X”.

¿Cuáles han sido las razones del fracaso de esta octava edición? Supongo que se debe a una conjunción de varios factores. OT es un programa con un esquema básico: actuaciones de los nominados + actuaciones de los concursantes + expulsión + nominaciones. Este año decidieron cambiar el esquema básico del programa con nuevas normas que parecían sacadas de la manga en cada momento: el público no elegía a su favorito por sms sino por un sistema de popularidad en Internet que nadie ha llegado a entender, los nominados eran expulsados al final de la gala en vez de estar una semana más en la Academia, etcetcetc. Esto despista al público e incluso le hace sentirse estafado. Por no hablar de que, en estos tiempos, no se puede pretender que un programa de televisión dure más de tres horas, sobre todo si el ritmo es malo, la presentadora no termina de convencer a la audiencia y la emoción brilla por su ausencia.

Seguramente ahí es donde ha estado el principal problema del programa: para que un reality triunfe, la pieza esencial son sus concursantes. La audiencia tiene que identificarse con ellos, adorar a unos, odiar a otros… En la gala de presentación de este OT, apenas se nos habló de los concursantes, sólo conocimos sus desafortunados nombres artísticos y vimos sus poco memorables actuaciones. OT no supo venderlos y ellos no aprovecharon su oportunidad. Un par de galas después, los pocos que aun seguíamos viendo el programa pudimos comprobar que hay varios concursantes con buenas voces, que se desenvuelven bien el escenario y que podrían haber dado grandes momentos televisivos y musicales, gente como Moneiba, Roxio, Alex, Naxxo, Nahuel o Josh podrían haberse lucido en otras ediciones… y al final han sido los grandes perjudicados.

Con todos sus defectos, Operación Triunfo ha sido un programa que nos deja buenos recuerdos y que ha servido de trampolín de lanzamiento para muchos de sus concursantes. Evidentemente, no todos triunfan al estilo de Bisbal o Bustamante, pero son bastantes los que han podido hacerse un hueco en la profesión, aunque sea como integrantes del grupo Vinilo en el programa de María Teresa Campos. Algunos, como Mai Meneses, Vega, Soraya o Labuat, incluso han hecho buenas canciones y discos más que decentes. Por no hablar de las risas que nos hemos echado durante estos años gracias a las galas y las personas que hemos conocido por nuestra afición común por ciertos concursantes. Algunos hasta encontramos Acompañantes Habituales en los foros de Portalmix…

TESOROS

Este fin de semana subí a Pamplona. Por primera vez desde la muerte de mi abuela, todas mis tías y mi madre se juntaban para cumplir un ritual triste pero ineludible: vaciar armarios, ordenar cajones, tirar papeles, repartir viejos objetos… El sábado por la mañana me acerqué a la casa. Encima de la gran mesa del comedor se acumulaban libros, jarrones, vajillas, marcos de fotos y otros recuerdos de toda una vida. Mi madre revisaba los papeles acumulados durante décadas, tirando a la basura antiguas facturas, libretas de ahorro canceladas, declaraciones de la renta acumuladas en carpetas… A mí me toco revisar juegos de mesa y juguetes variados. Inesperadamente, dentro de una gran caja, me encontré con los puzzles de Educa que nos enseñaron a mi hermano y a mí a contar números y leer la hora en el reloj, así como piezas de Tente, cochecitos de madera y juegos de construcción. Fue como encontrar un pedazo de mi infancia cuidadosamente protegido y conservado por mi abuela. Me los llevé a casa como si fueran un tesoro.

NO CRECEMOS

No crecemos nunca. O quizás es que, digan lo que digan, la vida adulta sigue siendo un eterno drama adolescente. Las obsesiones siguen siendo las mismas: queremos ser los más guapos, los más populares, los reyes y reinas del baile de promoción. Y si no, queremos definirnos por oposición a estos deseos: queremos ser los malditos, los oscuros, los perdedores, los románticos antihéroes o los artistas extravagantes sin darnos cuenta de que, en realidad, estas figuras son tan arquetípicas y tópicas como la de la animadora con desordenes alimenticios y el capitán del equipo de fútbol de torso musculado y dentadura perfecta.

Me cuenta una amiga en la fuente de agua, la misma que aparece en los pasillos de las series ambientadas en institutos de Ohio o California, que una compañera de trabajo le ha contado a otra que a partir de ahora no va a tomar café con ellas en la pausa de media mañana porque “le han empezado a caer supermal”. Cuanto drama. Pero no sólo las empresas son caldo de cultivo para las tramas de envidias, amor, celos y cotilleos. A veces las grandes enemistades surgen por un comentario en facebook, por una llamada telefónica que llega con retraso o por no haber sido invitados a aquella fiesta a la que creíamos que teníamos derecho a asistir. Y no vamos a hablar de cuando se mezcla el amor -o el picor- con nuestro cerebro: al fin y al cabo, el corazón -y otros órganos- terminan comportándose de la misma manera cuando somos adolescentes que cuando somos treintañeros en nuestra segunda adolescencia. La tercera, supongo, empieza a los cuarenta.

¿Y yo qué papel desempeño en esta dramedia? Pues considerando que una de mis mayores satisfacciones de las últimas semanas es haber adelgazado unos kilos y que tengo la intención de sorprender a Diego cuando vuelva con unos estupendos abdominales, está claro que soy ese personaje de pelo grasiento del club de ajedrez que, en cuanto se quita las gafas al final del segundo acto, se convierte en el chico más popular del lugar, protagoniza una espectacular coreografía en el baile de fin de curso y luego se queda con su amor de toda la vida.

¿Qué tipo de artículo es éste? Pues un post tonto, claro que sí.