PORTLAND Y WARREN

Después de ver la piedra Rosetta, contemplar mosaicos babilónicos y caminar entre momias egipcias, me dirigí hacia una de las salas del piso superior del Museo Británico para ver en persona una de las razones por las que había decidido pasar la mañana en ese lugar: el jarrón Portland.

Jarrón Portland

El jarrón Portland es una pieza pequeña, de unos veinticinco centímetros de altura, hecha de cristal azul violáceo y envuelta en un camafeo de cristal blanco que representa una escena aun no identificada protagonizada por humanos y dioses. Se especula que fue creado en Alejandría, o quizás en Roma, en torno al primer siglo de nuestra era. Se cuenta también que se encontró en 1580 en la tumba de un emperador romano, pero no hay documentos que lo demuestren. Lo que sí se sabe es que en 1778 fue adquirido por William Hamilton, embajador británico en Napoles. Y aquí es donde el jarrón entra en mi vida, ya que Hamilton es el protagonista de “El amante del volcán”, una novela de Susan Sontag más que recomendable. Esta obra de arte es mencionada en sus páginas, por lo que verla con mis propios ojos era una manera fascinante de unir la realidad con la ficción. De ahí supongo que viene, por ejemplo, el gusto que tiene mi amigo Joserra por ver los escenarios en los que se han rodado series y películas.

Pero ésta no es la única historia interesante protagonizada por el jarrón. El jarrón fue adquirido a finales del siglo XVIII por los Duques de Portland, quienes lo cedieron en depósito al Museo Británico en 1810 para protegerlo de posibles daños. Poco se imaginaban ellos que el 7 de febrero de 1845, un hombre llamado William Lloyd acudiría a visitar el museo en estado de embriaguez. Al caminar borracho por la sala, empujó una estatua que cayó sobre el jarrón, rompiéndose ambas obras en pedazos. El jarrón, en concreto, terminó hecho añicos. Ésta es una foto obtenida durante la última y definitiva restauración de la vasija, realizada ente junio de 1988 y octubre de 1989.

Educa patrocina este puzzle
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Durante esta última restauración, además de desmontar y volver a montar el jarrón, se pudieron colocar en él treinta y siete fragmentos que llevaban extraviados más de un siglo, treinta y siete pedazos que el primer encargado en restaurar el jarrón en 1845 no había sabido colocar y que habían sido guardados en una pequeña caja de madera de la cual todo el mundo se olvidó durante décadas. Contemplando la obra en el museo una mañana de octubre de 2010, nadie diría que el jarrón Portland es un inmenso y frágil puzzle protegido del mundo exterior por una vitrina de cristal.

Al lado del jarrón Portland se expone otra interesante pieza romana: la copa Warren.

¡Porno Gay!
¡Porno Gay!

Según cuenta la Wikipedia, en los años cincuenta el servicio de aduanas de Estados Unidos prohibió la entrada de la copa Warren en el país y muchos museos rechazaron adquirirla debido a que su contenido homoerótico se consideraba “inexhibible”. No fue hasta los años 80 cuando la obra de arte se expuso por primera vez públicamente, siendo finalmente adquirida por el Museo Británico en 1999 por casi dos millones de libras. Seguramente aun habrá quien se escandalice al verla. Seguramente más de los que puedan pensar que los desnudos del jarrón Portland son pornográficos o pecaminosos.

RETORCIENDO PALABRAS

Las siete maravillas del mundo antiguo eran: la gran pirámide de Guiza, los jardines colgantes de Babilonia, la tumba del rey Mausolo en Halicarnaso, el coloso de Rodas, el templo de Artemisa en Éfeso, la estatua de Zeus en Olimpia y el faro de Alejandría. De todas ellas, la única que se puede seguir contemplando en nuestros días es la primera.

Por eso me quede muy sorprendido cuando, caminando por las salas del Museo Británico, leí un letrero donde ponía: “The Mausoleum of Hallicarnasus”.

Mausolo fue el monarca de un pequeño reino situado en Asia Menor con capital en Halicarnaso (actualmente Bodrum). Su vida no tuvo episodios brillantes, pero a su muerte en el año 353 antes de Cristo su viuda y hermana Artemisia II de Caria decidió construir en su honor la tumba más hermosa y espectacular jamás vista. En ella trabajaron los principales arquitectos y escultores de su tiempo durante más de siete años. El resultado fue una majestuosa construcción de 45 metros de altura decorada con alrededor de 444 estatuas. A lo largo de los siglos, terremotos e invasiones redujeron el monumento a ruinas, pero el nombre de Mausolo ha pasado a la posteridad como origen de la palabra “mausoleo”.

En la semivacía sala del museo, lejos de las masas que se agolpan en torno a la piedra Rosetta y las momias egipcias, me encontré frente a frente con los restos de algunas de las esculturas que decoraban la tumba. Mirando a los ojos de piedra de uno de los caballos de la gran cuadriga que coronaba el monumento, pensé en cómo tenemos que contentarnos con unos pocos fragmentos del pasado y en todas las cosas que hemos perdido y olvidado para siempre. Pensé también en el artista que habría esculpido la obra a partir de un trozo de mármol y en su satisfacción al contemplar el resultado. ¿Se imaginaría aquel hombre que, dos mil años después, aun podríamos admirar su trabajo?

Los museos son uno de esos lugares donde se siente que, como cantaba Fangoria, los milenios son un decimal.

LOVE, ACTUALLY

Me gusta volar de noche. Miro por la ventanilla cuando el aparato despega y la ciudad se convierte en un entramado de luces. El jueves pasado, conseguí distinguir en el paisaje urbano las cuatro torres de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid, tan grandes a ras de suelo, tan pequeñas desde el cielo. Alcanzada cierta altura, pueblos y urbanizaciones parecen brillantes circuitos de chips incrustados en la oscuridad. O células bioluminiscentes observadas al microscopio. Es un paisaje irreal que me gusta mirar. Me relaja y hace que el vuelo se me haga más corto.

Aterricé poco después en el aeropuerto de Gattwick. Esta vez no había facturado ninguna maleta, así que me fui directamente a la salida, en dirección a la parada de tren. Había quedado con Diego en la estación de Victoria, pero al atravesar la puerta lo vi esperándome en el vestíbulo del aeropuerto, apoyado en la barandilla, sonriendo, tan guapo como siempre. O incluso puede que más. De repente, fue como si el mes de separación desapareciera, los malos momentos se disolvieron en el aire y sentí como si hubiera sido el día anterior el último en el que le hubiera visto. Quizás por eso no hubo carreras emocionadas por la terminal, ni empezó a sonar alguna canción almibarada. Simplemente me acerqué a él y le besé. Y después le volví a besar.

Todo volvía a estar en su sitio.

34

Este lunes fue mi cumpleaños. 34. Nunca me ha importado ir cumpliendo años, a pesar de la broma recurrente de los “veinticatorce”. Sin embargo, empieza a parecerme un número contundente. Grande. Tengo la sensación de que estoy adentrándome en la zona ecuatorial de mi vida, como si estuviera en lo alto de una meseta situada a la misma distancia tanto de mi infancia pasada como de mi vejez futura e hipotética. Todo se resume en un sencillo cálculo:

34 x 2 = 68

Me cuesta muchísimo imaginarme con 68 años, pero pensar que el tiempo que me falta para llegar a esa edad es el mismo que me ha costado llegar hasta el día de hoy me produce cierto vértigo.

Pero todo eso es futuro y, por tanto, terreno brumoso e indefinido. Prefiero centrarme en el ahora. Y ahora mismo, hoy mismo, tengo la sensación de estar, en muchos sentidos, mejor que nunca. Y esta noche estaré aun mejor.

VEO UNA VIDA NUEVA

Hace unos días estaba en Vinçon buscando algo bonito que comprar a mi futura suegra por su cumpleaños, cuando sonó mi móvil. Era uno de mis mejores amigos. Nada más descolgar, esto fue lo primero que me dijo:

-ace, que me acaban de despedir.
-¿Cómo?
-Pues eso, que me ha llamado al jefe al despacho y que me han despedido.

Le pregunté donde estaba en ese momento. Dio la casualidad de que estaba al lado de donde me encontraba yo, así que quedamos para que me lo contara todo en persona y con todo tipo de detalles. Cuando le vi, me sorprendió encontrarle mucho más tranquilo y sereno de lo que me esperaba. Mientras tomábamos un café, me fue contando lo que le había pasado: “No creo que te pille por sorpresa que te diga que vamos a prescindir por ti”, había dicho el jefe. “Falta de motivación y descenso del rendimiento”, dijo después. El finiquito estaba preparado sobre la mesa, listo para que lo firmara: once años de trabajo en una empresa reducidos a una hoja de papel y una serie de números. “Son unos hijos de puta”, fue el resumen de mi amigo.

Yo volví a mirar la cifra de la indemnización y le dije:

-Yo creo que te han hecho un favor. Te libras de una pandilla de indeseables y ahora puedes dedicarte a buscar algo que te guste de verdad, sin preocuparte por el dinero durante una temporada.
-Sí, sí, el tópico ese de que en chino el símbolo de “crisis” es también el de “oportunidad”, me respondió mi amigo con cierto sarcasmo.
-Que sí, hombre. No tienes hipoteca porque vives de alquiler. Tampoco tienes nadie que viva a tu cargo. Con el dinero del finiquito y los ahorros tienes para tirar varios meses. A mí si me despiden mañana me hacen una putada, porque no tendré ni indemnización y sí tengo hipoteca. Pero a ti… lo que digo, que te han hecho un favor. Ahora puedes hacer lo que quieras.

Sí, sé que mi discurso es optimista e idealista. Pero el caso es que después de años durmiendo mal y viviendo con nervios, mi amigo ha vuelto a dormir por las noches de un tirón y se le ve mucho más relajado. Puede que después lleguen la angustia y los malos momentos, pero ahora mismo todo es una vida nueva y la empresa no está en ella…