LONDON. Epílogo y Fin de la Primera Parte.

En realidad, la primera parte terminaba con el episodio anterior. La búsqueda de piso de Diego no era más que un McGuffin para contar otras cosas más importantes. De hecho, podéis visualizarme a mí atravesando la puerta del control del aeropuerto y desapareciendo envuelto en luz blanca como si estuviera saliendo de la iglesia en el último episodio de aquella serie que supuestamente giraba en torno a una isla misteriosa y un accidente de avión.

Pero ahora me siento como Carlton y Damon, obligado a dar respuesta a las preguntas que se han quedado en el tintero. ¿Brilla el sol en Londres? ¿Es cierto que los londinenses auténticos no se peinan? ¿Es cierto que no hay londinenses guapos? ¿Es cierto que es más fácil ver mujeres con burka en Londres que en Estambul? ¿Encontró piso Diego o vive escondido en una mazmorra de la Torre de Londres? ¿De dónde salió la madrastra de Jacob? ¿Estaban todos muertos?

Vamos por partes. No, en Londres no brilla el sol. Se supone que hace un buen día de verano cuando no llueve en todo el día, cosa poco frecuente. Pero yo creo que los londinenses no saben que el cielo es azul. No, los jóvenes londinenses no se peinan. Ellos salen de casa y dejan que el pelo crezca a su aire. Peluquerías y estilismos son cosas propias del continente y completamente innecesarias en las islas. Hay que entender que en un lugar donde la genética es poco agradecida, peinarse o no es algo superfluo: ningún peinado puede librarte de siglos de fealdad heredada.

Vale, sí, generalizar está mal y es erróneo por definición. ¡Pero es tan divertido!

El lunes llamé a Diego al móvil con más frecuencia de la habitual (también me quede sin saldo con más frecuencia de la habitual). Parecía repetirse la misma rutina de los días anteriores: inmobiliarias que daban plantón, pisos caros e inhabitables, paseos agotadores por barrios periféricos, repasos exhaustivos a Gumtree, frustración, ganas de volverse a España, sangre, sudor y lágrimas.

El martes, a media mañana, sonó mi móvil. Era Diego. Algo sonaba diferente en su voz:

-Ya está, ya tengo casa, ya he pagado la señal.

El cielo se abrió, una luz dorada nos envolvió y un coro de ángeles comenzó a entonar el Aleluya de Haendel.

En las siguientes conversaciones, Diego se dedicó a contarme lo bonito que es Londres. “¡Discos a 8 libras!”; “¡En Topman está el paraíso de las camisas de franela! ¡Y ropa guay también!”; “¡He ido a un parque y las ardillas se suben a las rodillas de la gente!”; “¡Estoy extrayendo embriones de pez cebra!”. También me contó que todo en la casa está torcido, pero eso ya lo descubriré por mí mismo en mi próxima visita a London, a mediados de octubre. ¿Qué nuevas sorpresas nos traerá la Segunda Parte?

LONDON. Capítulo IV.

Ya era domingo. Diego estaba triste y yo estaba preocupado. Yo estaba triste y Diego estaba preocupado. Él desayunó poco y volvió a sentarse delante del ordenador a seguir buscando anuncios y apuntando teléfonos. Yo terminé de hacer las maletas y dejé la más pesada en la consigna del hostal. Llamé a mi amiga Virginia, residente en Londrés desde hace más de un año, para vernos esa mañana y preguntarle si podía guardar en su casa un par de maletas y fardos de Diego por unos pocos días. Vir nos dijo que sí y fuimos a su casa, en el bonito barrio de Kilburn.

Viendo el estado desolado en el que veníamos, Vir se comportó como una buena amiga y nos llevó al lugar adecuado para hacer terapia: una cafetería situada en una callejuela de casitas de ladrillo que parecía más propia de un pueblo de la campiña inglesa que de la capital del país. Sentados en la terraza, mientras tomábamos café, deliciosos cupcakes de chocolate y suculentos bizcochos, Vir nos contaba sus experiencias personales sobre la búsqueda de pisos en Londres, aparte de contarnos casi en primicia que se iba a casar ese mismo viernes. Su novio y ella lo habían decidido apenas un mes antes, fueron al juzgado, pidieron fecha, hicieron el papeleo y avisaron a los padres para que se pasaran por Londres ese día. Más o menos como en las Vegas, pero sin disfraces.

Poco a poco, Diego se iba animando. Nunca hay que subestimar el poder de una magdalena. Dimos una vuelta por el barrio, pasando por el mercado de verduras, frutas y productos de las granjas de los alrededores (Famrville in real life!) y terminando el paseo en el cementerio local. Sí, en Londres los cementerios se usan como parques donde la gente pasea o se va a hacer picnic junto a la tumba de la bisabuela. Comimos deliciosas viandas con Vir y su futuro marido Pablo y nos volvimos al hostal, a recoger la maleta pesada e ir al nuevo hostal donde Diego se quedaría, ya solo, unos días más.

Se acercaba la hora en la que salía mi avión. Había encontrado un vuelo barato de la British que salía del London City Airport, un miniaeropuerto situado junto al Tamesis. Llegamos con bastante antelación a la terminal y nos tomamos un café. Aun quedaba tiempo para mi vuelo, así que salimos al exterior. Sentados en un banco, pegados el uno al otro, vimos despegar dos o tres aviones. Yo sentía una mezcla de nervios y tristeza. Ya era la hora de separarse. Él me acompañó hasta la puerta de embarque y nos besamos varias veces. Después le enseñé mi tarjeta de embarque a la policía y me separé de Diego. Antes de entrar le miré una vez más, llevándome la mano al corazón.

Desde la ventanilla del avión, vi al despegar el puente de la Torre de Londres sobre el Tamesis. Sin lotería y sin compañía, el vuelo se me hizo largo y aburrido.

Ya era medianoche cuando entré en mi piso madrileño. Flauta maulló para darme la bienvenida. Volvía a estar en casa, pero una parte de mí seguía en Londres.

LONDON. Capítulo III.

El piso perfecto era, según la foto, un pequeño estudio con la cama en una especie de altillo, situado en un barrio céntrico de los considerados “buenos”, y con un precio de alquiler más que razonable. Lo que se conoce con el nombre de “chollo”, vamos.

Así que lo primero que hicimos al salir del hostal el sábado fue ir corriendo a la inmobiliaria para preguntar por él. Nos confirmaron que el piso era real y concertamos cita para verlo a las cuatro de la tarde. Mientras tanto y para hacer tiempo hasta la una, hora en la que teníamos otro piso para ver por la zona de Manor House, montamos en un autobús hasta Archway para seguir viendo las agencias de la zona. Como buenos españolitos en Londres, nos subimos a la segunda planta del autobús, lógicamente. Desde ahí íbamos viendo los monumentos y lugares culturales de interés: “Mira, un Zara, un H&M, un HMV. Mira, otro Zara, otro H&M. Anda, mira, otro Zara, otro H&M, ¿hemos entrado en una especie de bucle?”.

Una hora después llegamos a nuestro destino. Al salir del hotel esa mañana había sentido molestias en el pie derecho, pero al empezar a caminar otra vez por Holloway Road, me comenzó a doler de verdad. Cada vez más. Así que entramos en una farmacia a comprar unos calmantes… ¿Sabéis cuando en los exámenes de inglés te sugieren una situación absurda para hacer la prueba oral? Pues fue algo parecido a esto.

Me: Pain, pain… in my foot. It hurts!
The Chemist: Do you want some pain killers?
Me: Yes, pain killers! Faster, chemist, kill, kill! Kill it with fire!

Bueno, en realidad la conversación no se pareció en nada a esto y fue de lo más anodina, pero es más divertido recordarlo así. Eso sí, el ibuprofeno inglés sabe a caramelo de fresa. Y llegó el momento de ver nuestro primer piso en Londres: un señor de la inmobiliaria más mugrienta del barrio nos montó en un coche y nos llevó hasta un lejano barrio y nos enseñó un piso que hacía que el piso perfecto pareciera una mansión digna de la reina.

El siguiente piso, el de la cita de la una, sólo lo vio Diego mientras yo leía el Times en una cafetería y trataba de no pensar en mi futura cojera. Cuando Diego volvió, la impresión de las cosas terribles que había visto aun estaba presente en sus ojos: extrañas manchas de humedad en el colchón, casa sin electricidad, un cuarto en el sótano donde estaban las lavadoras que parecía el decorado de una película de terror…

Casi corriendo llegamos a la inmobiliaria de Notting Hill unos minutos antes de la cita. La recepcionista nos confirmó que el agente llegaba en seguida, así que entramos en el local de al lado a comer un bocadillo mientras le esperábamos. El local, justo enfrente del palacio de Kensington, se llama “Diana’s” y sus paredes están llenas de fotos de la Princesa de Galas. Mientras yo miraba una en la que Diana de Gales posaba con los dueños del local, sonó el teléfono de Diego. El Acompañante Habitual respondió.

Drama.

El piso perfecto acababa de ser alquilado. “La persona que lo acaba de ver está firmando la señal ahora mismo”, le dijo el agente. Diego le atendió educadamente cuando en realidad se notaba que tenía ganas de estrangularle… Después me miró con ojos tristes y volvió a entonar el mantra ““novoyaencontrarpiso-viviredebajodeunpuente-yomevuelvoaMadrid”.

Nos volvimos al hotel para reflexionar sobre los pasos a seguir después de este golpe de mala fortuna. Pasamos la tarde mirando anuncios y más anuncios de pisos en Internet, buscando alojamiento para Diego por unos días más y abrazándonos en nuestra habitación.

Nubes negras de alzaban en nuestro horizonte.

LONDON. Capitulo II.

El despertador sonó a las ocho. O un poco antes. O quizás un poco después. Lo que sí sé es que sonó a una hora indecentemente temprana, pero buscar piso requiere ciertos sacrificios. Aun medio dormidos bajamos a desayunar a una salita diminuta. Ahí el café, ahí el té, ahí la leche. Mira, cereales, tostadas, mermelada, zumo de naranja. ¿Qué habrá ahí, en ese calentador? Levantemos la tapa…

El horror.

Salchichas. Huevos revueltos. Alubias.

Alubias. De color rojizo. De apariencia blanduzca. En una especie de caldo.

¿Por qué alguien querría desayunar unas alubias? Mi horror aumentó aun más cuando descubrí el modo de empleo del desayuno británico: en un mismo plato, troceas la salchicha, pones los huevos revueltos, colocas las alubias en un extremo… ¡Y a revolver! En fin, llamadme continental, pero prefiero mezclar la mantequilla y la mermelada sobre una tostada.

Una vez desayunados, nos fuimos a una zona de la ciudad que no aparece en las guías turísticas donde Diego había recopilado las direcciones de varias agencias inmobiliarias. Estaban en Holloway Road, así que nos fuimos en metro hasta la estación del mismo nombre. Una vez ahí, tuvimos esta conversación:

-Bien, ya estamos en Holloway Road. ¿Dónde está la agencia?

Diego comenzó a hojear su cuaderno.

-Pues… a ver… Sí, está en Holloway Road 19A 56W.
-Eh?
-19 A 56W
-¿A hora vamos a jugar a “Hundir la flota”?
-Era lo que ponía en la web…
-Habrá que preguntar a alguien a ver qué significa eso. 19A, 56W… Tocado.
-Eeeer… Ah no, jejeje, lo tengo aquí apuntado: Holloway Road, 721
-Ajá, pues estamos en el portal 243…
-Habrá que caminar.

Y ahí comenzó nuestra larga caminata por las calles del norte de Londres. Unos quinientos portales más tarde llegamos a la inmobiliaria. Nos atendió una chica rubia y borde que nos dijo que “no, no tenemos ningún piso que se ajuste a ese presupuesto”. Esta respuesta fue, más o menos, la que recibimos en las otras agencias de la zona a la que entramos. Hartos de sentirnos como Julia Roberts cuando va a buscar ropa sin Richard Gere en “Pretty Woman”, decidimos aprovechar la mañana en algo productivo y entramos a un Phone House (en UK, “The Carphone Warehouse”) para que Diego comprara un móvil prepago inglés. El más barato posible. Salimos de la tienda con un teléfono de diez libras y entramos en el BurgerKing a reponer fuerzas con una nutritiva hamburguesa. Sin alubias.

Holloway Road se cruza con Camden Road, así que decidimos seguir por ahí, en búsqueda del piso adecuado. Muchas casas y pisos tienen los anuncios con el teléfono de la agencia decorando la fachada, así que en poco tiempo nos aprendimos los nombres de una decena o más de inmobiliarias. También descubrimos que en Londres hay iglesias que han sido desacralizadas y convertidas en apartamentos y estudios. En Londres, puedes vivir en un campanario de estilo gótico y tener el cuarto de las lavadoras en una antigua sacristía. También hay casas que, por necesidad, tienen que tener un fantasma. Esos torreones, esas chimeneas y esas altas y estrechas ventanas lo piden a gritos.

Al avanzar en nuestro paseo, entramos en más oficinas de inmobiliarias y, por fin, pudimos concertar alguna cita para el día siguiente. Diego se tranquilizó un poco y abandonó el mantra “novoyaencontrarpiso-viviredebajodeunpuente-yomevuelvoaMadrid” (aunque el mantra terminaría volviendo con más fuerza posteriormente, pero no quiero adelantar acontecimientos). Decidimos ver la zona donde está la Escuela de Farmacia de la Universidad y seguimos caminando. Pasamos cerca de la British Library y vimos el espectacular edificio de la estación de Saint Pancras.

San Pancracio

Sentados en un banco delante de la Facultad, en Brunswick Square, Diego llegó a la conclusión de que Londres es una bonita ciudad donde apetece vivir y me dio un beso para celebrarlo. Desde ahí seguimos caminando hacia el Museo Británico y terminamos la caminata en Piccadilly Circus, donde mi madre había pedido que nos paráramos a pensar en los hippies y los años sesenta. Lo hicimos un momento y nos montamos en el metro, de vuelta al hotel.

En la habitación, Diego volvía a estar un tanto preocupado por el mantra “novoyaencontrarpiso” y estuvo un buen rato navegando por Intenet buscando anuncios propicios. Yo le dije que saliéramos a la calle para airearnos y a cenar algo de comida hindú. Caminamos hacia Notting Hill, a través de bonitas calles de casa victorianas, iluminadas como si fueran a rodar una película de época en cualquier momento. Vimos decenas de restaurantes donde nos hubiera apetecido entrar, un cine donde proyectaban “The Secret of your Eyes”, de Campanella, y más oficinas de agencias inmobiliarias. Dimos por hecho que los precios de la zona serían prohibitivos, así que nos pusimos a ver los escaparates por simple curiosidad.

Y de repente, ahí estaba.

El Piso Perfecto.

LONDON. Capítulo I.

-Y ahora, el momento más esperado del viaje -anunció el aeromozo por los altavoces con entusiasmo-. ¡La lotería de Ryan Air!

Dos azafatas comenzaron a recorrer el pasillo entre los asientos agitando en el aire fajos de tarjetas para rascar. Me lo habían contado, pero yo no terminaba de dar crédito a las historias que describían los vuelos de bajo coste como mercadillos y bazares a miles de metros de altitud. En aquel momento comprobé que esas anécdotas se quedaban cortas. Por supuesto, compré un par de tarjetas, pero no hubo suerte. Diego y yo nos dedicamos a estudiar la revista de la compañía, que debe ser lo único por lo que no te cobran. Entre las opciones gastronómicas destacaba un combo “botellón” que incluye varias bolsitas con alcoholes diversos, refrescos y cosas para picar. Por 40 euros te montas la fiesta en el avión. Perfecto para aquellos que tienen pánico a volar o aspiran a emular a Melendi.

Al aterrizar en Gatwick, sonó una corneta para celebrar que el avión aterrizaba con unos minutos de adelanto sobre el horario previsto. Por si fuera poco, el aeromozo aprovechó para felicitar al pasajero sentado en el asiento 4A por su cumpleaños. Algunos pasajeros aplaudieron y hasta le jalearon un poco. Supongo que eran los consumidores del combo “botellón”. En el próximo vuelo me llevo una vuvuzela.

Sabes que has llegado a Londres cuando intentas comprar un billete de metro y te encuentras delante de una máquina que te ofrece miles de posibilidades y decenas de tipos de pases que no sabes para que sirven exactamente. ¿Dónde está el Metrobus? Ah, que aquí no hay metrobús. ¿Qué es una Tarjeta Ostra? Cuando decides que es demasiado tarde para ponerte a leer el reglamento del Metro de Londres y optas por comprar un billete sencillo para salir del paso, descubres que cuesta cuatro fucking libras (casi cinco euros, ¡ostras! Ah, de ahi el origen del nombre de la tarjeta.) y que las leyendas que decían que “Londres es muy caro” eran tan ciertas como las que contaban sobre los vuelos locos de Ryan Air. Por supuesto, comprar un billete para Gatwick Express queda descartado desde ese momento. Y puede que también haya que prescindir de comer tres veces al día.

Y así, haciendo cuentas mentales sobre el dinero y alegrándonos de que la libra ha bajado respecto al euro, llegamos a nuestra minúscula habitación en el hostal en la capital de la Pérfida Albión, preparados para vivir emocionantes aventuras. Más en el próximo episodio.

MÚSICA DOMINGUERA

Hoy dejamos de recorrer los años noventa para centrarnos en la actualidad. Hace ya unos días que Scissor Sisters publicaron el segundo sencillo de su último disco. Éste es el videoclip de “Any Wich Way”, sencillamente estético pero muy efectivo. Musicalmente también lo es, con la colaboración vocal de Kylie Minogue y esa recuperación de los sonidos más bailables de los setenta y los ochenta que es el eje central en torno al cual gira todo “Night Work”.

También podemos comprobar que Jake Shears ha estado frecuentando la sala de pesas del gimnasio en estos últimos tiempos. Aunque yo me declaro fan absoluto del monólogo que recita Ana Matronic. Just take me.

FROM THE TOP!

Este verano, como tarea para las vacaciones, decidí darle una segunda oportunidad a “Glee”. Diego y yo vimos los dos primeros episodios en primavera y no nos terminó de convencer. Al Acompañante Habitual le molestó, sobre todo, que en los números musicales el playback se notaba más que en un festival escolar de fin de curso (“Gold Digger” se lleva la palma). A mí me desconcertó el tono de la serie: a ratos parecía una comedia sobre ciertos tópicos de la América Profunda, recordándome en ocasiones a “Me llamo Earl” (cesped artificial, animadoras presidentas del Club de Celibato, atropellos cómicos), mientras que en otros no podía evitar pensar en “High School Musical” y similares (“Nunca dejes de creer”).

Una vez vistos varios episodios seguidos, llegué a la conclusión de que “Glee” pretendía ser una parodia de las series de instituto, con personajes extremos, toques de humor negro y una visión ácida del mundo, para terminar convirtiéndose en un homenaje a lo que quería parodiar, añadiendo algo de dimensión a los personajes (hasta Sue Sylvester tiene su lado humano), tomándose en serio los dramas planteados en las tramas iniciales y limitando el humor surrealista a pequeñas pinceladas. Durante los trece primeros episodios, hay momentos realmente brillantes que consiguieron emocionarme y que justifican las buenas críticas y los premios conseguidos por la serie.

De todas formas, hay que reconocer que después del parón invernal, a los guionistas les ha costado recuperar el nivel: la estructura de los episodios, basada en “esta semana tenéis esta tarea para el coro”, resulta repetitiva y termina recordando a las galas temáticas de “American Idol” (Esto no es tan raro, ya que la serie se estrenó en la franja horaria que sigue al reality. De hecho, los creadores de la serie han declarado que el éxito de “American Idol” convenció a los ejecutivos de la Fox para apostar por una serie de temática musical). Algunos personajes secundarios, una vez resueltas las tramas en las que participaban, han perdido su razón de ser y prácticamente han desaparecido. Además, los guionistas no retomaron bien algunas tramas, como recuperar la Tensión Sexual no Resuelta entre Will y Emma, y algunas han sido desarrolladas mal o muy mal (la evolución de la relación entre Rachel y Jesse es horrenda. Y el personaje de él tiene muy poca coherencia). Sin embargo, confieso que el final de la serie me sorprendió (aunque si uno piensa que la serie ha renovado para dos temporadas más, resulta bastante lógico).

En lo que respecta a los números musicales, hay que reconocer que han ido mejorando. Me gusta que los responsables de la serie se atrevan con todo tipo de estilos y no tengan miedo en escoger canciones un tanto olvidadas o de géneros completamente pasados de moda, como el AOR o temas de los ochenta. Quizás sea una de las razones por las que este número se ha convertido en uno de mis favoritos de la serie.

En cambio, cuando la trama incluye éxitos recientes, uno teme que “Glee” termine convirtiéndose en un escaparate comercial de canciones. El hecho de que la BSO de la serie haya sido un éxito en ventas (cuando en realidad no se diferencia mucho de nuestros entrañables discos de versiones de OT, mashups aparte) y que varios artistas estén deseando que sus temas aparezcan en ella no es muy buena señal…