Archivo por meses: junio 2010

THERE IS A TRAIN…

Madrid sin metro. Hay gente que lo vive como una catástrofe. Yo les comprendo aunque, en el fondo, me da igual. Yo apenas uso el metro. Ni el autobús. Ni el coche. Me acuerdo ahora de como mi madre prácticamente me obligó a sacarme el carné de conducir. Decía que era “algo necesario”. Desde que llegué a Madrid no he vuelto a conducir salvo en un par de ocasiones. No lo he necesitado para moverme por la ciudad. Curiosamente, tengo la impresión de que si viviera en Pamplona, sí que lo necesitaría: hay muchos lugares (centros comerciales, polígonos industriales, hospitales, barrios periféricos) donde no se puede llegar más que en coche o en un autobús que pasa cada hora. Acostumbrado a darme paseos por la capital, me asombro cuando veo que mi madre coge el coche para ir a sitios que, en Madrid, estarían “al lado”. Las distancias son una cuestión relativa.

Jazztel mandó una carta hace un par de semanas anunciando promociones especiales para abonarse a Digital Plus para todos los clientes de Jazztelia TV. Me pareció extraño. Ayer llegó otra carta de la compañía confirmando mis sospechas: mañana es el último día de emisión de su plataforma de televisión por internet. Quizás me abone al paquete básico del Digital, aunque es cierto que cada vez veo menos la tele. Últimamente sólo usaba Jazztelia para poner de fondo la VH1 o la MTV y escuchar música. Diego me dijo que “si estuvieras más en casa, la verías más”. Como Diego se va a Londres en septiembre, presiento que voy a tener mucho tiempo libre para ver la tele, así que quizás me incorpore al club de la parabólica. Quedará bonita en mi tejado. Por cierto, tengo una amiga que trabajó para Jazztelia y nos contó una vez que apenas tenían cinco mil abonados… No es de extrañar que haya terminado desapareciendo.

Ya tenemos sentencia sobre el Estatut. Veo las noticias y dan más importancia a las reacciones de los políticos que al contenido de la decisión del Constitucional. De hecho, no dicen nada de la misma. Los partidos catalanes llaman a la movilización ciudadana. Sospecho que su reacción habría sido la misma si sólo se hubiera alterado una coma o si se hubieran anulado todos los artículos. Me produce una profunda pereza el tema. A veces pienso que las cuestiones nacionalistas son sólo una pérdida de tiempo, un mero divertimento para evitar hablar de temas más importantes. Y que conste que lo dice uno que procede del Viejo Reyno.

En fin, sé que nada de esto es interesante, pero de alguna manera hay que matar el tiempo hasta que llegue la hora de ver el partido.

OKURIBITO

El pasado miércoles, un rato después de que entrara a trabajar, mi madre me llamó al móvil. Tuve que colgarle porque estaba atendiendo una llamada en el teléfono fijo. Ella insistió de nuevo y tuve que volver a colgarle. Cuando pude llamarla, estaba prácticamente seguro de lo que me iba a contar: mi abuela había fallecido pocas horas antes, de madrugada. Comenzó así el ritual de la despedida: organizar el viaje a Pamplona, avisar a dos o tres amigos cercanos, pensar en lo bien que me vendría tener un traje negro para estas ocasiones, conversar con mi madre para que me informara sobre los últimos días de mi abuela -enfermedad, dolor, morfina, la muerte como alivio agradecido-, momentos de emoción y lágrimas que nacen sin avisar.

El jueves por la mañana la familia se reunió en el tanatorio antes del entierro. Por la tarde fue el funeral. Me pidieron que escribiera algo en nombre de los nietos y esto fue lo que lei:

Hace dos años, mi abuela –la abuelita- cumplió noventa años.Toda la familia se reunió para celebrarlo junto a ella. Hubo una comida especial en San Sebastián, al borde del mar, hubo regalos y entre otras cosas, le preparamos un montaje con fotos y música que resumía lo que habían sido aquellas nueve décadas de vida, un montaje en el que participó toda la familia. Hoy, que estamos reunidos muchos más de los que estuvimos con ella en aquella ocasión, es un buen momento para recordar lo que aprendimos viendo aquellas imágenes.

Las primeras fotos nos recuperaban a la niña y a la joven que fue la abuelita, imágenes en blanco y negro que nos hablaban de un tiempo muy lejano y, seguramente, mucho más difícil. Después venían las primeras fotos con su marido, el abuelito, con sus hijas y con su hijo, imágenes de primeras comuniones y de paseos por el parque. Con la llegada de la fotografía en color, comenzaban las fotos con los nietos y la abuelita salía con todos ellos, de pequeños y de mayores. Y con las fotos digitales, llegaban las imágenes de los bisnietos que convirtieron a la abuelita en una orgullosa bisabuela. Orgullosa y protectora, recordemos como el pasado verano, durante las vacaciones en el Roncal, la abuelita se colocaba siempre cerca de donde se ponía su bisnieta más reciente, vigilándola y cuidándola.

Vistas una tras otra, uno se daba cuenta de lo larga y provechosa que puede ser una vida. La vida de mi abuela lo fue. Hubo momentos difíciles, pero también hubo muchos momentos de felicidad, que son los que al final permanecen. Creo que todos sus nietos recordaremos que la abuelita estuvo presente en muchas ocasiones importantes de nuestras vidas, pero seguramente la recordaremos también en aquellos momentos cotidianos que no parecían especiales y que, sin embargo, lo son. Quizás la recordaremos haciendo la cena de Navidad en su casa, o contando historias de su juventud en las grandes comidas familiares de la Fonda Tapia, o simplemente nos acordemos de aquella tarde en que nos vino a buscar a la salida del colegio y nos llevó a jugar a la plaza de los Fueros antes de llevarnos a casa. O cuando nos regañaba por hacer demasiado ruido jugando con un balón de plástico en el pasillo. Seguro que cada uno de nosotros tiene su pequeño gran recuerdo, su momento especial con la abuelita. Y seguro que son más de uno, de dos y de cien. Hoy es un buen día para celebrar todos esos recuerdos, todos esos momentos, todas esas cosas que nos enseñó y darle las gracias. Gracias, abuelita.

TREINTAYTANTOS

El domingo celebramos cumpleaños pendientes en la terraza del piso del novio de un amigo de quien nunca pensamos que fuera a tener una relación que durara más de dos meses. Estábamos comiendo aceitunas y bebiendo cervezas y cocacola cuando una de nuestras amigas nos anunció oficialmente lo que algunos privilegiados ya sabíamos: que está embarazada de ocho semanas. Las reacciones fueron variadas: alguno se quedó boquiabierto y mudo durante segundos, otra amiga se levantó en seguida a abrazarla mientras exclamaba “¡qué envidia!”, hubo besos, abrazos, risas y chistes del tipo “vamos a ser tíos”.

Durante la comida, la conversación giró sobre planes de futuro. Algunos cercanos, como las vacaciones. “Por fin vamos a Nueva York”, dijo una. “Pues nosotros nos iremos a la Riviera Maya”, dijo otra mientras miraba a su novio. Días antes, me había confesado que esperaba que las palabras “fecha de boda” se pronunciaran durante ese viaje. Yo comenté que mis planes de vacaciones de verano consistirían básicamente en el pueblo y Madrid. Después llegó la hora de hablar de proyectos más lejanos, que generalmente giran siempre en torno a pisos y trabajos. “Yo nunca tengo nada nuevo que contar”, musitó otro amigo tristemente. Yo no supe qué responderle.

MÚSICA DOMINGUERA

“Gonna get along without you now” es una canción compuesta en 1951 por Milton Kellen. La primera artista en grabar el tema fue Teresa Brewer al año siguiente. Era un tema de estilo swing que llegó al puesto 25 del Billboard. Más éxito tuvo la versión grabada en 1956 por el dúo Patience & Prudence, más luminosa y pop que la original. Después de ellas, han sido muchos los artistas que han grabado su versión de este tema, desde Skeeter Davis a She & Him, pasando por Trini Lopez o Soraya Arnelas. Personalmente, yo la primera vez que escuché esta canción fue en la versión disco publicada por Viola Wills en 1980 (gracias al recopilatorio “Sábado Noche”, todo hay que decirlo).

Viola Wills se casó en su adolescencia y tenía ya seis hijos cuando en 1965, a los 27 años fue descubierta por Barry White. Durante los sesenta y setenta trabajó como corista de artistas como el citado White, Joe Cocker y Smokey Robinson, entre otros, hasta despuntar como artista solista gracias a este tema y otras canciones publicadas a principios de los ochenta que la encumbraron como Disco Diva e icono gay. Pasada la moda del disco, Wills trabajó en el campo de la terapia musical, además de formar su propia banda de jazz y musica gospel, hasta su muerte en mayo del año pasado.

MÁQUINAS DE COSER Y RASCACIELOS

Isaac Merritt nació el 27 de octubre de 1811 en Pittstown, un pequeño pueblo situado en el estado de Nueva York. Su primera vocación fue la de ser actor, creando su propia compañía a pesar de que los críticos no le consideraban, ni de lejos, un buen intérprete. Su otra pasión, seguramente, fueron las mujeres: a lo largo de su vida tuvo dieciocho hijos con cuatro mujeres diferentes e incluso llegó a ser acusado de bigamia. Para poder alimentar a tanta boca, Isaac Merritt tuvo que recurrir a su ingenio para desarrollar inventos, algo que se le daba notablemente mejor que la actuación: en 1851 patentó un sistema que hacía de las máquinas de coser artilugios mucho más seguros, sencillos y fáciles de producir. Puede que con el nombre de artístico de “Isaac Merritt” no pasara a la historia, pero con su nombre completo, Isaac Merritt Singer, sí que lo hizo. Preguntad a vuestras abuelas.

A su muerte en 1875, el señor Singer dejó a sus herederos una fortuna de catorce millones de dolares. Podríamos seguir contando historias de sus descendientes (una de sus hijas se casó con un príncipe europeo homosexual mientras ella mantenía romances con diversas mujeres como la escritora Violet Trefusis y patrocinaba como mecenas a varios músicos vanguardistas; otro de sus hijos fue amante de la bailarina Isadora Duncan, una de sus nietas fue directora de la edición francesa de Harper’s Bazaar…), pero vamos a contar una de la empresa que fundó: The Singer Manufacturing Company.

A principios del siglo XX, Singer era una de las principales compañías industriales del mundo y sus directivos decidieron levantar una sede a su altura. Y no se quedaron cortos: en 1908 se terminó la construcción del Singer Building, diseñado por el arquitecto Ernest Flagg. Con sus 47 plantas y 187 metros de altura, no sólo era el rascacielos más alto de Nueva York, sino que era el edificio más alto del mundo.

Singer Building

Aunque pronto perdió el título de edificio más alto del mundo, la silueta de su estilizada torre seguía destacando entre los rascacielos de Nueva York.

Edificio Singer

Por supuesto, el interior del edificio estaba a la altura de la riqueza de la empresa que había encargado su construcción. Como otros rascacielos de la época, su apariencia recordaba a los palacios de antaño.

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En 1967, los propietarios del edificio decidieron que se había quedado obsoleto y mandaron derruirlo. Estas imágenes corresponden a las obras de demolición en el interior de la torre.

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El edificio Singer tiene el honor de haber sido el edificio más alto jamás demolido pacíficamente (las Torres Gemelas y la torre de telecomunicaciones Avala de Belgrado han sido las construcciones más alta destruidas en atentados terroristas y acciones bélicas). Es un honor dudoso, ya que seguramente muchos neoyorquinos preferirían que este rascacielos hubiera sido conservado. Sobre todo, si vemos el que se levanta ahora donde se encontraba el edificio Singer: el One Liberty Plaza.

One Liberty Plaza

El señor Singer debe estar removiéndose en su tumba desde entonces… En ocasiones, conviene pensárselo dos veces antes de deshacerse de ciertas cosas.

(Muchas más fotos de este rascacielos en su artículo de la Wikipedia)

VANITY

En “Bionic”, ese disco que contiene alguna joya y mucha bisutería musical, Christina Aguilera canta en “Vanity” que, cuando se mira en el espejo, da las gracias a su madre y a su padre porque se pone a sí misma, yeah (“Thank you Mum and Daddy cause I turn myself on, yeah”).

A mí nunca se me habría ocurrido agradecérselo a mi herencia genética, pero sí, yo a veces también me dedico un tiempo extra en el espejo, sobre todo estos días en que uno se siente más guapo de lo normal. O guapo, a secas. Supongo que, en realidad, casi todos lo hacemos. Luego las fotografías traicioneras, las grabaciones en vídeo o la mirada de algún amigo se encargan de revelarnos la dura realidad: no eres tan guapo, no eres tan alto, no eres tan fuerte, estás más calvo de lo que piensas, la barriga sigue estando ahí, esa ropa no te sienta bien… Pero, ¿y qué?

El espejo es ese amigo que nos cuenta mentiras piadosas para que nos sintamos bien. De hecho, es mucho mejor tenerlo de nuestro lado, ya que como enemigo puede ser terriblemente cruel. Porque como también cantaba la Aguilera, somos bellos.

SABORES, OLORES, COLORES

En mi recuerdo, Budapest tiene el sabor de la mermelada de arándanos y frutos del bosque. Los kebabs siempre me harán pensar en Estambul, ciudad donde los probé por primera vez, cuando en España seguían siendo algo prácticamente desconocido. La ciudad turca también me trae a la mente el color y el sabor de verduras como pepinos y zanahorias frescas y crujientes. Las estaciones de tren de Italia me recuerdan a variadas chocolatinas de Kinder, mientras que en mi memoria el barrio de Plaka, en Atenas, está iluminado por velas y tiene sabor a moussaka y aceitunas.

Viena es una tarta de chocolate Sacher. Milán es un capuccino saboreado en una cafetería cualquiera de una plazoleta apartada mientras escribía en mi diario. Siena, una porción de pizza con setas que aparté discretamente. Los años de colegio tienen el amargo sabor de la comida de un comedor escolar donde las lentejas siempre me supieron a ceniza. Estados Unidos es la tierra de la golosina convertida en comida, mientras que Inglaterra es ese lugar en el que el desayuno está formado, entre otras cosas, por alubias.

Para mí, Murcia es el sitio donde veo el mar y como paella y pescaico frito. Cuando pienso en Pamplona, suelo imaginarla nublada y otoñal. Bilbao y San Sebastián también me vienen a la mente nublados, pero no otoñales. Sin embargo, las imágenes de mis vacaciones infantiles tienen el color de una fotografía sobreexpuesta, como si hubiera habido mucha luz. Uno de mis primeros recuerdos de Madrid tiene forma de bocadillo de calamares.