MÚSICA DOMINGUERA

Como dice Nils en su artículo de hoy, adoro Eurovisión. Me gusta que me guste el Festival, porque, entre delirios estilísticos y horrores musicales variados, siempre aparecen tres o cuatro canciones que merece la pena escuchar, el espectáculo suele ser brillante y es de las pocas ocasiones en las que uno siente que Europa existe de verdad. El flahsmob bailado al ritmo de Madcom en varias ciudades del continente fue un bonito momento digno de ser recordado.

Mi madre, la eurofan primigenia, nos enseñó que en Eurovision siempre gana la mejor canción o la propuesta que se distingue de las demás. Quitando excepciones, el principio acaba cumpliéndose casi siempre. La canción alemana es un tema actual y su intérprete, Lena, por mucho que el cansino Uribarri (jubilación definitiva ya) la definiera como “una chica que parece que está cantando en un karaoke” es un tipo de solista femenina que está muy de moda ahora (Pixie Lott, Kate Nash, Amy MacDonald, Selena Gomez… cada una en su estilo, claro). El hecho de que, antes del Festival, fuera número uno en Alemania y estuviera en los primeros puestos de las listas de sencillos de varios países europeros como Austria o Suiza debería haber sido pista suficiente para pronosticar su victoria frente al aluvión de baladas intercambiables entre sí, las ñoñadas eurovisivas y los temas bailables de aires noventeros (y por tanto, pasados de moda).

Mis otras favoritas, Turquía y Bélgica, quedaron en buenos puestos. El baladón noruego, en cambio, quedó en los últimos puestos, seguramente debido a una puesta en escena anodina, a haber cantado al comienzo de la noche y al exceso de baladas de la noche. Daniel Diges, por su parte, dio toda una lección de elegancia y saber estar con su reacción al momento “espontáneo que se cuela en el festival”. La canción no es gran cosa, pero Diges la hizo mejor de lo que es. El año que mandemos una buena canción y a un buen intérprete, podremos ganar el Festival. El voto vecinal e inmigrante puede hacer que una canción tenga asegurados un buen puñado de votos y un puesto en la parte alta de la tabla, pero nunca asegurará la victoria.

Y ahora vamos a recordar la canción que debería ser el himno oficial de Eurovision: “Euro-Vision”, de Telex.

Telex fue un grupo belga formado a finales de los 70 y se le considera uno de los pioneros del synthpop. En 1980 representaron a su país en Eurovision con una canción sobre el propio festival que dejó a los espectadores atónitos. Tanto vanguardismo hizo que terminaran penúltimos, claro.

BALADOVISIÓN

Este año mi faceta eurofán ha estado aletargada y no se despertó hasta el día de la primera semifinal, supuestamente la más floja de las dos. Sin embargo, después de ver la semifinal de ayer, prefiero definitivamente las canciones bailables y superficiales que se clasificaron el martes que no la sobredosis de baladas de todos los tipos que pasaron el corte el jueves.

Pero antes, un recuerdo para la mejor canción que se ha presentado este año y que no pasó el corte: “Siren”, del duo estonio Malcolm David, con un videoclip realmente llamativo y unos arreglos de piano y coros hipnóticos, entre sigurosianos y fleetfoxianos.

Entre los que han pasado a la final, Turquía ha mandado una propuesta interesante a cargo de una banda llamada maNga a la que en algunos sitios describen como “los Linkin Park turcos”. Entre las baladas, me quedo con la sencillez del participante belga y su guitarra y la épica desatada del representante noruego. La propuesta más bailable de la noche será la de Islandia, con una canción de estilo eurodance noventero poco novedosa pero potente. Quitando el tema pop de la chica alemana, pocas cosas más destacan más este año, así que Daniel Diges podría tener posibilidades de quedar en la parte alta de la tabla.

¿Quién ganará? Pues dicen que Safura, la representante de Azerbaiyan, es la favorita con “Drip Drop”, una canción bastante anodina a la que le salva el estribillo. Dicen que la cantante estuvo a punto de ahogarse rodando el videoclip.

Sin embargo, yo confío en que este año la cosa esté más igualada que en la pasada edición (en la que arrasó el violinista noruego, por si no lo recordáis) y las votaciones sean entretenidas. Y si hay que ir a Bakú en 2011, pues se va!

LAS ARENAS DEL TIEMPO

A finales de los 90, coincidieron en la cartelera una serie de películas que cuestionaban si nuestra realidad era efectivamente real o si era una simulación producida por máquinas (“The Matrix”), un sueño convertido en la pesadilla de un coma inducido (“Abre los ojos”), un juego en el que nos vemos involucrados contra nuestra voluntad (“The Game”) o la grabación de un programa de televisión (“El Show de Truman”), por citar algunos de los ejemplos más famosos. Teorías de la conspiración y estados de ánimo paranoicos eran argumentos habituales en ficciones de éxito como “Expediente X”. Otras películas cuestionaban la fiabilidad del narrador principal (“Sospechosos Habituales”) o su existencia tangible (“El club de la lucha”), e incluso manipulaban los esquemas básicos de la narración cronológica (“Memento” o “Pulp Fiction”, por ejemplo). La realidad virtual era un recurso narrativo que aparecía en películas tan distintas entre sí como “El cortador de cesped”, “Acoso” o “Strange Days”.

Los períodos de fin de siglo suelen considerarse sociológicamente como épocas de crisis y desasosiego espirituales, en las que el miedo al futuro se hace especialmente patente: si en el año 999 mucha gente creía que el año 1000 traería el Segundo Advenimiento de Cristo y el inicio del Apocalipsis, en el año 1999 mucha gente creía que el año 2000 traería la rebelión de las máquinas (vía “Efecto 2000”) y el inicio del Apocalipsis. Cuestionar los fundamentos básicos de la realidad sólo es una expresión más de ese estado de ánimo crítico y de ese miedo. No hace falta leer ensayos y tratados para comprobarlo, es suficiente ver qué las películas que pongo como ejemplo eran superproducciones para todos los públicos, expresiones del arte más comercial, popular y masivo…. y como tales, reflejo hasta cierto punto de las inquietudes de las masas.

Diez años después, las superproducciones se han convertido en un festival de efectos especiales donde la realidad se manipula hasta extremos inverosímiles: los héroes saltan distancias imposibles, caen desde las alturas sin hacerse un rasguño, se recuperan de sus heridas en un tiempo fugaz, sobreviven a explosiones capaces de demoler edificios y además lo hacen todo en cámara lenta. No es de extrañar que para justificar tanta fantasía muchos de los protagonistas de las películas de éxito sean superhéroes o personajes enfrentados a algún tipo de poder mágico o sobrenatural, ya sean fantasmas, ángeles o islas misteriosas. Edificios, ciudades, paisajes enteros son reinterpretados en clave digital para aumentar su espectacularidad, su belleza o su grandiosidad, sobre todo a la hora de destruirlos en pantalla. Paradójicamente, el 3D, antiguamente considerado un recurso que aumentaría el realismo de la narración audiovisual, se está utilizando para hacer más tangibles mundos imaginarios como Pandora o El País de las Maravillas.

Si a este hecho añadimos que nos estamos acostumbrando a que toda la publicidad gráfica (y lo que no es publicidad también) esté filtrada digitalmente para eliminar cualquier imperfección, sombra o defecto, nos encontramos con que, en unos años, hemos pasado de ver narraciones que cuestionaban la realidad a entregarnos a narraciones donde la realidad es sustituida por un simulacro artificial… sin que ello perjudique a la credibilidad o verosimilitud de la película o serie.

¿Cómo interpretarlo en clave sociológica? ¿Dentro de poco, la realidad nos parecerá insoportablemente pobre, gris y triste comparada con las propuestas audiovisuales? O quizás en estos tiempos en que el miedo se ha hecho real (miedo al terrorismo, miedo al colapso económico) nos lo parezca ya, de ahí el éxito de todas estas propuestas escapistas, intrascendentes y artificiales. Con el tiempo, llegará un momento en que la realidad en sí misma parecerá menos auténtica que las imágenes que los medios nos ofrecen de ella. Lo falso se habrá convertido en lo verdadero. ¿Qué haremos entonces?

AND INTRODUCING…

El dueño del restaurante se acercó a saludar a la familia y hubo que hacer las presentaciones.

-Éste es ace76, la pareja de mi hijo.
-Encantado, dije yo.

Es la primera vez que me presentan así. Al menos, estando yo delante. Me gustó.

MÚSICA DOMINGUERA

Sí, otra vez la música dominguera en lunes. Hoy me voy a saltar la temática de estas últimas semanas dedicadas a la música de baile para recordar un tema relacionado con el asunto principal del que llevamos hablando estos días.

En 1987, Mike Oldfield publicó “Islands”, un disco que tuvo como sencillo de presentación este tema del mismo nombre y que, aunque no alcanzó el éxito de otros trabajos publicados por el músico en la década de los 80, sonó bastante en las radios. En esta ocasión la vocalista del tema fue la inconfundible Bonnie Tyler.

THIS PLACE IS DEATH

En este planeta hay miles y miles de islas. De hecho, incluso los continentes podrían ser considerados islas gigantescas, ya que están rodeados por los océanos. Como ha dicho algún estudioso, nuestro planeta, en vez de Tierra, debería llamarse Agua. Tres cuartas partes de la superficie terrestre están cubiertas por mares… y en medio de ellos emergen las islas. Desde la antigüedad se pueden rastrear leyendas y mitos sobre islas misteriosas, mágicas o habitadas por seres monstruosos o maléficos. Por ejemplo, en el Mediterráneo se encontraba la isla Eea, donde habitaba la hechicera Circe, que convirtió en cerdos a los compañeros de Ulises. Las leyendas cuentan que en la muy real isla de Creta estaba el Laberinto del Minotauro. Durante la Edad Media se creía que al norte del Océano Atlántico, a seis días de travesía de las islas británicas, se encontraba la isla de Thule, donde el sol nunca se ponía en verano. Ocultistas decimonónicos se entusiasmaron con la historia sobre la Atlántida que relataba Platón en sus textos y dedicaron tiempo y esfuerzo a buscar los restos de ese continente perdido y de otros como Lemuria o Mu.

Pero la realidad puede ser tan fascinante y evocadora como la ficción. Por este blog ya han aparecido en otros momentos las islas Kerguelen, el atolón Palmyra, Svalbard o la isla de Pascua, pero aun existen muchas otras con historias interesantes. En 1883, un pequeño volcán situado en la isla Krakatoa, en el Estrecho de Sonda, saltó por los aires tiñendo de rojo los atardeceres de todo el mundo durante meses… y haciendo que la luna se viera de color azulado durante dos años. En esa misma región del planeta, en la isla de Flores, paleontólogos anunciaron en 2004 el descubrimiento de restos fosilizados de una especie humana que no superaría el metro de altura. En el Atlántico Sur se encuentra el archipiélago de Tristan de Cunha, considerado el lugar habitado más inaccesible del planeta. Más alejada del mundo está la “vecina” Isla Bouvet, perteneciente a Noruega. Es el punto de tierra firme más aislado que existe, ya que no hay ninguna otra isla o continente en 1.600 kilómetros a la redonda.

Incluso hay islas fantasma. Como cuenta la Wikipedia, “algunas cartas de navegación de la Armada de Chile han descrito una serie de rocas, arrecifes e islotes en el Pacífico Sur, ubicados frente a las costas de Chile y que han sido reportados por navegantes a lo largo de más de un siglo. Como las exploraciones en su búsqueda no han dado con ellos, los puntos son mantenidos en las cartas como alertas de peligro para la navegación”. Una de ellas sería la Isla Podestá, supuestamente descubierta por un marinero italiano en 1879 sin que haya vuelto a ser localizada desde entonces (no puedo dejar de comentar que el marinero italiano se apellidaba Pinocchio… es decir, Pinocho). Otra isla fantasma sería la Isla Bermeja, que estaría situada a cien kilómetros al norte de la península de Yucatán y que aparece en mapas de la zona desde el siglo XVI. En caso de existir realmente, generaría a favor de México un mayor espacio marítimo, ampliando su soberanía en una zona con grandes yacimientos de petróleo.

La antes mencionada isla Bouvet tuvo también una compañera fantasma a 150 kilómetros al Noreste: la isla Thompson. Fue descubierta en 1825 y avistada de nuevo 68 años después. Sin embargo, en 1898 una expedición alemana con destino a la misma no pudo encontrarla: la isla había desaparecido. Se especula que pudo hundirse debido a una erupción volcánica. Pero también podría ser que alguien la hubiera movido… Por lo demás, también hay islas fantasma que han desaparecido y vuelto a aparecer en los mapas, como sucedió con las Islas Aurora, a unos 1.500 kilómetros al este de las costas argentinas, descubiertas por marinos españoles en 1762, no encontradas por posteriores expediciones británicas y localizadas otra vez en el siglo XX.

PAR AVION

Era un día de julio de 1983 cuando monté en mi primer avión. No recuerdo la fecha exacta, pero sí que las azafatas nos regalaron caramelos al despegar y al aterrizar. También recuerdo que las nubes, vistas de cerca, no tienen esa apariencia algodonosa que los dibujos animados habían hecho creer a mi mente infantil. El vuelo, desde Pamplona a Madrid, se me hizo muy corto. Poco rato después de aterrizar en la capital, monté en mi segundo avión: un aparato de Iberia con destino a Nueva York. Recuerdo que nos tocó sentarnos justo donde estaba la salida de emergencia, por lo que teníamos delante de nosotros un amplio espacio libre que mi hermano y yo convertimos en una zona de juegos. Previendo que el vuelo era largo y aburrido, mi madre había comprado varios juguetes que iba sacando de su mochila conforme sobrevolábamos el océano: puzzles de pocas piezas, algún libro…

Aquel verano del 83 monté en más aviones, uno con destino a Washington, otro con destino a Orlando… pero no conservo recuerdo de ellos. Sólo sé que existieron porque sí recuerdo haber estado en esos lugares. Me acuerdo, eso sí, de los aeropuertos, con sus eternos pasillos de cintas y escaleras automáticas y sus salas de espera donde las sillas tenían televisores individuales acoplados. Eso era futurismo de verdad y no el de “Ulises 31”. Cuando se terminaron las vacaciones, volvimos a España en otro vuelo de Iberia. Si recuerdo con qué compañía volamos es porque durante mucho tiempo hubo en el cajón de la cocina una cucharilla con su logotipo que alguno de nosotros se llevó como “souvenir”.

No volví a montar en avión hasta que repetimos el viaje a Nueva York en 1990. En aquella ocasión el aparato era de la PanAm. Mi madre pagó veinte dolares por tres auriculares que costaban doce. La azafata le dijo que no tardaría en traerle el cambio… y aun estamos esperando. Cuando la compañía quebró años después, nos regocijamos internamente. En aquel vuelo vimos la película “Mira quien habla”, todo un clásico. Aquel verano volamos otra vez a Orlando y cambiamos Washington por Cancún. En este último vuelo nos pusieron “Pretty Woman” con doblaje mexicano: en lugar de decir que Julia Roberts era una prostituta, decían que era una “callejera”. En el viaje de vuelta a España, por la noche, el avión iba vacío en su parte final y uno podía tumbarse a lo largo en las líneas de butacas para dormir mejor.

La siguiente vez que cogí un avión fue para el viaje de estudios del colegio. Fuimos a Mallorca en septiembre de 1993. Pero como toda aquella época la tengo sepultada en el olvido, no tengo ninguna anécdota relacionada con él. En cambio, recuerdo que el vuelo del viaje de estudios de la Universidad a Estambul estuvo lleno de risas. Volamos en una especie de autobús con alas de la compañía Onur Air (años después, la UE la puso en la lista de “compañías no recomendables”), nos sirvieron comida turca que nos causó ciertos reparos… pronto superados. ¡Viva el kebab! Por si fuera poco, antes de despegar del aeropuerto de Bilbao llamé a la ECAM y me confirmaron que había superado la primera prueba del examen de acceso. Mi felicidad era plena. Tan bien lo pasamos aquellos días que el vuelo de vuelta lo hicimos en estado semicomatoso.

Con la llegada del siglo XXI, volar dejó de ser una experiencia vital para convertirse en algo relativamente habitual. Eso sí, los aviones ya no han vuelto a ir vacíos casi nunca y la distancia entre butacas se ha ido reduciendo cada vez más. En el puente aéreo entre Madrid y Barcelona, que he podido coger un par de veces, apenas tienes espacio para abrir un periódico. Menos mal que ese vuelo consiste, básicamente, en subir al cielo y bajar. También he ido un par de veces en avión a Pamplona. Esos vuelos los he hecho de noche y he descubierto que es bonito -y hasta relajante- despegar y ver las luces de los pueblos, las ciudades y los coches desde el aire, como constelaciones artificiales. De comer ya no te dan casi nunca, sólo en vuelos transatlánticos en los que te dan a elegir pollo o pasta. Las dos opciones son incorrectas.

Es curioso como, mientras que antes montar en un avión era una divertida aventura, ahora volar se me hace pesado y aburrido. Da igual que te pongan decenas de películas o que entres cargado de revistas y libros que leer, las horas terminan haciéndose eternas. Sobre todo, cuando tus acompañantes son capaces de pasar el vuelo dormidos como troncos y no te dan conversación alguna. Incluso cuando dispones de pantalla individual en clase turista, algo que sólo he visto en Alitalia (que también estuvo al borde de la ruina, por cierto), volar es aburrido.

Además, conforme me hago mayor, volar me pone más nervioso. Supongo que todo viene de una vez que, al despegar, el aparato atravesó una bolsa de aire y cayó durante una breve fracción de segundo. Y cuando digo caer, me refiero a la sensación de caer por una cuesta, gritos y pánico incluidos. No es una experiencia que me apetezca repetir, así que las turbulencias hacen que se me acelere el pulso por mucho que intente pensar que son tan inofensivas como el traqueteo del tren. Al menos, ahora, podemos fantasear con la idea de que, si tenemos un accidente y el avión se rompe en el aire, con un poco de suerte caeremos en una isla misteriosa y correremos intrépidas aventuras rodeados de gente fascinante. O insoportable.