LA CUARTA TEMPORADA

Antes uno organizaba su vida por cursos. Una vez que pudimos escapar de los exámenes y la obligación de culturizarnos académicamente, la vida parecía una larga recta infinita cuyo sentido último se perdía en el horizonte. Tanto vacío terminaba siendo inabarcable, descorazonador y mareante, así que llegue a la conclusión de que lo mejor es estructurar la vida como temporadas de una serie. En principio, se suponía que la vida iba a ser una sitcom, llena de risas, pero como les sucede a todas las comedias, desde “Friends” hasta “Los hombres de Paco”, las risas se van contagiando de dramas y telenovelismo sentimental. Eso sí, a diferencia de ellas, mi serie aun no ha saltado al tiburón… espero.

Las tres primeras temporadas de “Universitario en Madrid” estuvieron ambientadas en la ECAM y se podrían agrupar en un pack titulado “Promesas que no valen nada”. Mucha lucha de egos, mucha inmadurez, mucha pretensión artística, pocos resultados prácticos y alguna que otra decepción. Después de unos cuantos episodios surrealistas ambientados en el mágico mundo de las relaciones públicas del BurgerKing, la segunda temporada finalizó con la entrada de su protagonista en el mundo laboral. La ECAM fue sustituida por la producción audiovisual de reportajes de altos vuelos. Mucha lucha de egos, mucha inmadurez, escasas pretensiones artísticas, enamoramientos unidireccionales, trepismos varios, sueldos irrisorrios, alguna que otra decepción y alguna que otra satisfacción. Esto ocuparía desde la temporada cuarta a la sexta, más o menos. Podríamos agruparlas con el título de “Bailando sin salir de casa”, porque en realidad fue una época bastante más divertida, surrealista y enloquecida que mis primeros tiempos en Madrid.

En mayo de 2004, el mundo audiovisual fue sustituido por mi actual ocupación laboral, esa de la que no hablamos en voz alta. 2004 trajo otros cambios y la serie adoptó un tono más adulto que afectó a todos los integrantes del reparto. Como en aquellos tiempos ya existía la blogosfera, sabéis de lo que hablo. Los antiguos episodios aun están colgados en la red. Ya que estamos haciendo paquetes de tres en tres, vamos a englobar las temporadas séptima, octava y novena con el título de “Viviendo en la Era Pop”.

Y así llegamos a un día como hoy, hace tres años, en el que comenzó la cuarta etapa de esta serie con la incorporacion definitiva del Acompañante Habitual al reparto. Extrañamente, en lugar de estar englobada en tres temporadas, hoy comenzamos una cuarta sin que haya visos de finalizarla por el momento. El departamento de marketing aun no sabe que título ponerle…aunque sí se está estudiando la propuesta del Sr. Q, de llamarla “Sunshine, Lollipops & Rainbows”.

EN EL BALNEARIO

Este viernes fue el cumpleaños de mi abuela. 92 años ya. Nietos y bisnietos le mandamos felicitaciones por e-mail a través de mi madre e incluso le llegó un ramo de flores naranjas desde América. Considerando que hace pocos días que ha salido del hospital, era una celebración muy especial. Mi hermano y yo nos acercamos el fin de semana a Pamplona para ver qué tal estaba en la residencia donde va a pasar estas semanas, haciendo rehabilitación para recuperarse y ver si puede volver a caminar por sí misma.

Como mi otra abuela lleva años en una residencia, ya estamos acostumbrado al ambiente melancólico -por no decir, triste- que suele haber en ellas. Lo habitual, a la hora de visitas, es que los ancianos estén reunidos en un salón, con la televisión de fondo. En efecto, cuando llegamos, mi abuela estaba dormitando en el cuarto de la televisión. Se alegró mucho de vernos y en seguida dimos una vuelta por todo el edificio, limpio, moderno y diáfano. Incluso salimos con la silla de ruedas a la calle para tomar un poco el sol primaveral.

-¿Echas de menos tu casa, abuelita?
-Los primeros días, sí. Es todo tan diferente. Por la noche, hasta los ruidos suenan distintos.
-¿Pero ahora estás a gusto?
-(sonriendo) Sí, sí.
-Tú piensa que estás en un hotel. En un balneario. Dentro de unas semanas, estarás de vuelta en casa. Como nueva.
-Ojalá.

Como decía una nota que le había dejado escrita una de mis tías en la habitación, una de las claves para recuperarse es el buen humor y estar animada. Somos una familia de optimistas, está claro.

MÚSICA DOMINGUERA

Hablando el otro domingo de Bananarama, mencionamos a los productores Stock, Aitken y Waterman como las mentes detrás de su éxito y el de otros artistas de finales de los ochenta. De todos ellos, la única que ha conseguido labrarse una carrera digna ha sido Kylie Minogue. La pequeña australiana despierta fanatismos como pocas artistas y ha sabido reinventarse varias veces. Pasó de ser un producto pop sin pretensiones en los ochenta a labrarse una imagen propia y tomer las riendas de su carrera durante los noventa. Sin embargo, aunque en la última década del siglo XX consiguió ganar en credibilidad artística gracias, por ejemplo, a su famoso dueto con Nick Cave, su popularidad descendió considerablemente hasta que en el año 2000 se enfundó en unos minipantaloncillos dorados y volvió a hacer lo que mejor sabe: música de baile.

“Spinning around”, una canción compuesta en principio para un supuesto disco de regreso de Paula Abdul que nunca llegó a publicarse, se convirtió en el primer número uno de Kylie Minogue en la listas británicas desde “Tears on my pillow”. Sería el inicio de una serie de éxitos para la cantante durante toda esta década. Quitando la ligera decepción que supuso “X” y ese desconcertante “2 Hearts”, si en algo es maestra la minidiva de las antipodas es hacer buenos sencillos.

UNA PROPUESTA IRRESISTIBLE

Corría el año 2010, el volcán Heliodoro sembraba el caos en los cielos europeos, Hannah Montana compartía cartel en el RockinArganda con Rage Against the Machine y las señales anunciaban que la llegada del Apocalipsis era inminente, cuando le hice a mi hermano una propuesta a la que no se podría resistir:

-Hermano, ¿hacemos un duo de humor?
-Oh, sí. Hagamoslo.
-¿Qué nombre nos ponemos?
-Lovely… Digo, ¿qué tal los Hermanos Ce?
-¿O los C-Bros?
-¿Cé-bras?
-¿Cebras?
-¿Sabana?
-¿Abril?
-Cerral
-Abrillllll
-Cerrallllllll
-Bah, siguiente.
-¡Plóximo!

HEY, IT’S MIKA!

En una de mis primeras conversaciones con Diego, él me recomendó una canción de Mika titulada “Relax, take it easy” cuya letra, en cierto sentido, terminó siendo profética. Jugábamos con fuego, no había nada que pudiéramos hacer, así que mejor relajarse y tomárselo con calma.

Tres años después, no es de extrañar que fuéramos con muchas ganas a ver a Mika al Palacio de los Deportes. Fuimos pronto y cogimos un buen sitio en la fila, así que cuando abrieron las puertas, echamos a correr por los pasillos del edificio y nos colocamos en el centro, muy cerca del escenario y rodeados de chicas adolescentes entusiasmadas que se pintaban el nombre de Mika en brazos y cara y que durante el concierto le tiraron flores, cartas y muñecos del hormiguero. Bueno, he de reconocer que Diego corrió más que yo, poniendo en riesgo su integridad física, mientras que yo intentaba disimular mi fanatismo.

Después de una sesión de música variopinta en la que se mezclaron McNamara con Fangoria, pasando por Billy Joel, Queen y los Jackson 5, el concierto arrancó con una conexión con Cabo Cañaveral. Los músicos veían por la TV como IanMcKellen narraba el primer viaje al espacio de un hombre normal, nuestro larguirucho y encantador Mika. Segundos después, el cantante aparecía sobre nuestras cabezas enfundado en un traje espacial para aterrizar en el escenario y abrir el concierto con, precisamente, “Relax, take it easy”. Durante más de hora y media, pudimos comprobar que la vida puede ser en dibujos animados siempre que te la cuente el chico que sabia demasiado. Hubo color, hubo emoción, hubo entierros de muñecos, secuestros a cargo de los goblins y procesiones, hubo canciones para la amargura, hubo baladas en las que Mika lució todo su registro vocal y sus falsetes casi imposibles (“Over my shoulder”, espectacular), hubo momentos para el desenfreno con “Rain” y “Love Today”, hubo espectáculo, hubo Pop y sobre todo, hubo mucha música.

Cuando volvíamos a casa, el metro iba lleno de gente feliz cargada con globos enormes de colores.

IMPRESIONES

Una de las ventajas de mi trabajo es que las semanas que hay guardia te las compensan dándote el viernes libre. Decidí aprovechar la mañana para ir a gestionar algunos asuntos bancarios y acercarme a la Fundación Mapfre a ver la exposición sobre el Impresionismo antes de que la cierren este jueves. Me había acercado hasta ahí en dos ocasiones y la cola que rodeaba al edificio me había ahuyentado. Esta vez también había cola, pero como tenía todo el día por delante, me resigné a hacerla. Me entretuve mirando a las personas que esperaban conmigo y como hacía sol seguramente que me puse moreno y todo. Hay que ser optimista, ¿no? Después de hora y media, pude entrar a ver los cuadros y he de confesar que, después de tanto tiempo de espera, la exposición me supo a poco. Hay varios lienzos más que notables, pero eché en falta algún cuadro un poco más conocido… Lo más interesante fue ver como nació el Impresionismo, como se relacionaban entre sí los pintores de ese movimiento, retratándose los unos a los otros, y ver algunas de las obras que hacían otros autores contemporáneos suyos. Me gustó ver algunas de las obras de Monet, como una de sus pinturas de la Estación de Saint-Lazare, y este cuadro de Gustave Caillebotte.

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Por la tarde di un paseo hasta la oficina de Correos, me vi un par de episodios de “Expediente X” (ya voy por la séptima temporada) y después de dudar entre quedarme en casa remoloneando o no, decidí acercarme al gimnasio para quemar las fajitas mejicanas que me había zampado el día anterior. Ya que no adelgazo, por lo menos evitaré engordar.

El sábado lo pasé en casa del Acompañante Habitual, comiendo comida árabe y jugando a la Wii. Diego terminó desesperándose conmigo porque dice que juego MUY MAL. Yo le intenté explicar que yo dejé de jugar a videojuegos en los lejanos tiempos del Spectrum y que no estoy acostumbrado a manejar tantos mandos y botoncitos a la vez: “Pero muévelos con el mando amarillo! Que se te ahogan! Ya está, todos muertos… vuelve a empezar… Pero estás tonto? Así no hay manera, ¿eh?”. Después fuimos a Madrid para cenar con unas amigas suyas en ese restaurante donde siempre es viernes. Está claro que la pretensión de adelgazar es muy poco compatible con tener una vida social.

El fin de semana terminó con una merienda en mi casa con los amigos. Pasamos el rato charlando y riéndonos mientras mojábamos fresas y trozos de bizcocho en la fontana de chocolata, un artilugio que ya no tiene secretos para mí. Sí, está claro que nos pasamos la vida comiendo… :-D

Y esta noche, ¡Mika! ¿Cantará su canción para la banda sonora de “Kick-Ass”?

Mika – Kick Ass from Fefs Fosé on Vimeo.

MÚSICA DOMINGUERA

Con la excusa de que dentro de poco saca disco una de mis chicas favoritas, Sophie Ellis-Bextor, hoy voy a recuperar uno de sus primeros éxitos. Después de haber sido la cantante de un grupo indie llamado theaudience durante los noventa, Sophie Ellis-Bextor comenzó el siglo XXI colaborando con el DJ italiano Spiller para crear un clásico de las pistas de baile para la nueva década: “Groovejet (If this ain’t love)”.

La canción fue un gran éxito en toda Europa, alcanzando el número uno en la lista británica (y robándole el puesto al primer sencillo en solitario de Victoria Beckham, una anécdota que la prensa británica convirtió en una rivalidad entre las dos artistas). Además, según la Wikipedia, fue la primera canción que sonó en un Ipod.

Un año después, Sophie Ellis-Bextor publicó “Read my lips”, su primer disco, comenzando una carrera en solitario más que notable. Por su parte, Spiller ha publicado más sencillos y ha seguido trabajando como DJ, aunque no ha vuelto a repetir, ni de lejos, el éxito conseguido con esta canción. Si habéis visto el video, habreís podido comprobar que, con más de dos metros de altura, es el DJ más alto del mundo.

GUÍA PARA SER POPULAR EN LOS 90

Tres reglas muy importantes para romper: No retrases la ruptura cuando sabes que quieres dejarlo, prolongar la situación sólo la hace peor. Sé honesta y simplemente díselo, de forma amable pero firme. No hagas una superproducción, no te inventes una historia complicada. Esto te ayudará a evitar la gran escena de lágrimas. Si quieres quedar con otras personas, dilo. Ten en cuenta que el chico se sentirá herido y rechazado, incluso si habéis estado juntos por poco tiempo, incluso si no os lo tomabais muy en serio. Siempre queda esa sensación de rechazo cuando alguien te dice que prefiere la compañía de otros a estar exclusivamente contigo. Pero si eres sincera y directa, y evitas hacer un discurso emocional y floreado, cuando sueltes la bomba, te respetará por tu franqueza y apreciará que le hayas comunicado tu decisión de una manera franca, sin rodeos. A no ser que sea un capullo o un llorica, seguiréis siendo amigos.

Ser atractivo es la cosa más importante. Si quieres cazar al pez más gordo del estanque, tienes que ser lo más atractivo posible. Asegúrate de mantener tu pelo limpio y lavártelo como mínimo cada dos semanas. Repito: una vez cada dos semanas. Y si te cruzas con la estrella del equipo en el pasillo, dile que hizo un gran partido, dile que te gustó su artículo en el periódico.

Propongo que creemos un límite de un mes para salir juntos. Creo que le ayudaría a la gente a manejarse con situaciones absurdas y a conocer a más personas. Si piensas que ya estás lista para salir con Johnny, ahora es el momento para hablarle de tu norma de “no más de un mes”. No le importará. De hecho, apreciará tu innovadora política sobre citas, y una vez que hayas estado saliendo con alguien más, ¡podrás volver a salir con él otra vez! Estoy seguro de que le gustará, a todo el mundo le gustará. “Eres tan original, qué idea tan buena”. Puedes guardar tiempo para ti mismo, no necesitas un “seguro de citas”, puedes salir con quien quieras. Todos los chicos, todos los chicos del planeta pueden ser tuyos si sigues mi plan: la guía adolescente para la popularidad.

Soy el líder de la clase.
Soy el quaterback.
Mi madre me dice que soy un partidazo.
Jamás me escogen el último.
Mi chica es animadora.
Soy la estrella de la fiesta.
Tengo mi propio coche.
Nunca me pillan.
Soy el ojito derecho del profesor.
Hago apuestas al fútbol.
Soy POPULAR.

No lo digo yo, lo dice Nada Surf.

(y pensar que esta canción sonaba mucho en los 40. Eran los 90)

DUERMEVELA

Son las cuatro de la mañana, me he levantado para ir al baño y me he quedado desvelado, tumbado en la cama. No encuentro una postura cómoda. Ni bocarriba, ni bocabajo. ¿O se dice boca arriba y boca abajo? Tengo los ojos cerrados, pero no puedo detener el curso de mis pensamientos, que van saltando de idea en idea sin seguir necesariamente los caminos de la lógica. Dudo entre encender la luz y leer un rato, esperando que el sueño vuelva, o concentrarme en vaciar mi mente a la espera de que aparezca el Hombre de Arena a cargar mis párpados. Pero que sea el de las Chordettes y no el de Metallica, por favor.

Comienzo a impacientarme porque no consigo dormirme. Sé que tarde o temprano lo lograré y que entonces, cuando suene el despertador, me costará levantarme, remolonearé entre las sábanas hasta el límite y terminaré duchándome y vistiéndome a la carrera para no llegar tarde a la oficina. Seguramente no lo conseguiré y terminaré llegando con un retraso de entre cinco y diez minutos, despeinado, mal vestido y ojeroso. Mi jefe me mirará mal, y me despedirán, y no encontraré trabajo, y no podré hacer frente a la hipoteca, y acabaré vagando por las calles haciendo malabares con el gato disfrazado de payaso para enternecer a los paseantes… Y todo por culpa de la duermevela. Qué importante es dormir bien para vivir bien.

EL MUSEO DE LA INOCENCIA

Ayer terminé de leer “El museo de la inocencia”, el último libro del escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Nobel de Literatura en el año 2006, y me dio la sensación de haberme pasado las dos últimas semanas recorriendo las calles y las casas de Estambul, viviendo el Bósforo y viendo como iba evolucionando la ciudad desde los años setenta hasta nuestros días: los lujosos restaurantes para la minoría privilegiada rica y supuestamente occidentalizada, las mansiones de madera a orillas del mar, los cines de verano al aire libre donde se proyectaban melodramas populares, las casas humildes del barrio de Cukurkuma, tan cerca de Taksim y la torre Galata, por donde yo he tenido la suerte de pasear varias veces en la vida real…

“El museo de la inocencia” es una historia de amor entre puro y desquiciante, el que siente Kemal, un hombre de clase alta que, poco antes de la fiesta de compromiso con su novia, se reencuentra con Fusum, una pariente lejana más joven y más pobre que él por la que se siente inmediatamente atraído. Con este material, Pamuk podría haber escrito un melodrama monumental de pasiones desatadas pero convencionales. En su lugar, nos encontramos con el relato de un amor saboteado por su propio protagonista, víctima de sus miedos y su sometimiento a las convenciones sociales de su entorno, una pasión enloquecida hasta lo enfermizo y que Kemal sublima a través de los pequeños objetos cotidianos que le recuerdan a Fusum y con los que va construyendo su museo personal, mucho menos inocente de lo que su nombre dice.

Pamuk participa en su novela como un personaje más, interviniendo como mero cronista de los recuerdos y pensamientos de Kemal, narrador absoluto de los hechos. El lector se enfrenta a la disyuntiva de optar entre creer si, como dice su protagonista, vivió una historia de amor hermosa que le llenó de felicidad o si, en realidad, nos encontramos ante el relato de una obsesión egoísta que destruyó la vida de todos los que se vieron implicados en ella. Los verdaderos sentimientos y deseos de Fusum nos permanecen siempre ocultos y sus acciones y palabras son siempre interpretadas por Kemal de manera que reafirmen su amor. ¿Pero es Kemal un narrador fiable?

Al fin y al cabo, lo que ocurre en el interior de la cabeza y el corazón de la otra persona siempre termina siendo un misterio para nosotros. Todo aquel que haya vivido un amor oculto o unidireccional (es decir, prácticamente todos) sabrá entender y justificar a Kemal. ¿Quién no ha terminado guardando algún objeto vulgar e inservible, convirtiéndolo en una pieza de valor incalculable, sólo porque fue tocado, usado o tuvo relación con esa persona, ese momento especial? Nuestras casas terminan convirtiéndose en museos de nuestras propias vidas.