MUSIC WAS MY FIRST LOVE

No eran ni las diez de la noche cuando se encendieron los focos y varios triunfitos de las ediciones anteriores salieron a escena cantando una adaptación al español de “Music”, un tema de John Miles que también sirvió para abrir la final de la primera edición de Fama. Aquello parecía, en algunos momentos, “Los mejores años”. Pudimos ver por un segundo a nuestro añorado DanielZ, comprobamos que Virginia sigue teniendo ataques de pánico cuando canta en ese plató y nos costó reconocer a Lorena, porque han cambiado sin avisar a la actriz que intepretaba ese papel.

Después de este momento de nostalgia por las ediciones pasadas, Jesús Vázquez apareció en pantalla disfrazado de profesor de música con una pajarita tamaño XXL. Detrás de él un grupo de niños y niñas de algún colegio cercano que buscaban su asiento se han perdido y han terminado en el escenario… ah no, que son los concursantes de este año. Pero si son unos críos! ¿O será que nosotros nos vamos haciendo mayores? Me doy cuenta de que podría ser padre de alguno de ellos… glups.

No tenía demasiadas expectativas respecto a esta edición y, de hecho, había leido que la selección de este año no era muy buena. Sin embargo, las actuaciones fueron bastante buenas y no hubo grandes desastres. Como pasa siempre, las chicas lo hicieron mejor que los chicos. Personalmente, me quedo con Cristina Rueda, la adolescente de voz rajada y con Alba Lucía, una murciana que se transforma sobre el escenario. Diego dice que Brenda Mau, la peruana china, es muy buena, pero anoche me provocó el efecto ZZZ por el que una canción de dos minutos para adquirir la duración de una ópera con todos sus actos. También me cayó bien Diana, la niña pija de Burgos con grandes cejas y el carisma de Conchita. Las otras chicas se llaman Guadiana, Nazaret, Patricia Navarro, Silvia y Patty, que ya está nominada. Cantan todas bastante bien, aunque, de momento, les falta personalidad a casi todas ellas, eso que hace que una Virginia temblorosa entusiasme más que cualquier Noelia.

En cambio, los chicos cantaron peor pero parecen más sobrados de carisma, tanto para lo malo como para lo bueno. La cuota almeriense la ponen Samuel y Ángel Capel, detalle que sirvió como excusa para que David Bisbal apareciera y nos cantara una canción con un mariachi. Esto deben de ser efectos de la gripe porcina mejicana, ¿habrá que ponerle en cuarentena? Aprovechamos el momento para ver como iba la final de Fama2… Yurena y Sergi acababan de pasar a la final. En fin, hablemos mejor de los futuros triunfitos. Ni Samuel, ni Ángel Capel cantaron demasiado bien. Tampoco Elías, el gitano de cara inverosimil, o Jon, el bilbaino que quiere emular a los cuatro de Il Divo a la vez, se ganaron nuestro apoyo. Púa, una especie de clon de Fernando Torres de 18 años, cantó por Pereza no demasiado bien pero con mucho desparpajo… está claro que las portadas de Superpop y Loka serán suyas, un puesto que se disputará con Pedro Moreno, que tampoco cantó demasiado bien y que parece un primo sureño de mi Acompañante Habitual. De momento, mis tres chicos favoritos son Maxi, al que Risto le dijo, no se sabe bien por qué, que tiene una voz “desagrasable”; Rafa, un chico que trabajaba en una tienda de electrodomésticos cuya voz me recuerda a la de Alejandro Parreño y que promete convertirse en un Sorayo; y Mario, un ovetense de 23 años que me recuerda a uno de los chanantes de Muchachada Nui y que, entre tanta baladita y tema de aires sureños, se desmarcó cantando el “What is love?” de Haddaway aunque parecía decir “Marisol” en vez de “guatislof”. No creo que el chico llegue mucho más lejos que Reketereke en la edición anterior, pero de momento lo adopto como favorito oficial de este blog, jejeje.

De la presencia de Ramoncín como jurado mejor no decir nada…

WORKING IN THE COAL MINE

Dentro de poco hará cinco años que estoy en este trabajo. La verdad es que se me han hecho cortos, comparados con los casi cuatro años de condena en la productora de vídeos. En aquella época había días en que soñaba con entrar al despacho del jefe y decirle que me iba, combinado con mañanas en las que la sola idea de tener que ir a ese lugar siniestro hacía que se me revolviera el estómago. Sólo por librarme de esa sensación valió la pena hacer el cambio. Por no hablar de otras cuestiones como que el sueldo que cobraba no me hacía llegar ni a la categoría de mileurista, o el placer de trabajar a cinco minutos de casa, algo que en Madrid es un auténtico privilegio.

Hace poco me dijeron que la productora estaba a punto de cerrar. A mí me extrañó que aun siguiera abierta, porque era algo que llevaba esperando desde que las compañías aéreas decidieron entrar en crisis después de que AlQuaeda convirtiera los aviones comerciales en misiles aquel día de septiembre de 2001. De repente, había que recortar gastos en cualquier apartado y volar pasó de ser un placer a convertirse en algo parecido al transporte de ganado en carretera. Lo curioso, en realidad, es que la gente no comenzó a sentir un pánico irracional a montar en pesados aparatos de metal y plástico que se elevan a más de diez mil metros, sino que empezó a volar más que nunca. La culpa de todo, en realidad, la tienen RyanAir, EasyJet y Richard Branson. El caso es que se pasó de una situación en la que no importaba pagar millones por ofrecer contenido audiovisual en los medios de transporte, estrenando superproducciones en los aviones antes que en los cines españoles, a otra muy distinta en la que se regateaba por todo y se acabó eliminando la programación de muchos vuelos o restringiéndola sólo a primera clase. Si te hacen pagar por un bocata seco con sabor a plástico, ¿no esperarás que sigan poniendo pelis para hacerte el vuelo más entretenido?

De todas formas, si la empresa hubiera sido dirigida por alguien con criterio, la situación tampoco hubiera sido tan desastrosa, ya que tenía el monopolio en el sector. El problema estaba en que el jefazo supremo era un señor que soñaba con hacer su propio National Geographic Channel a precios de televisión local. Cuando el dinero entraba a espuertas gracias a la venta de contenidos externos, daba igual que el departamento de producción propia, que englobaba casi al 80% de las personas contratadas, fuera ruinoso y no hiciera más que perder dinero. La estrategia era vender productos audiovisuales a un precio que no llegaba ni a la mitad de lo que habían costado “para fidelizar al cliente y luego subirles los precios”. Sí, esto lo escuché de boca de uno de mis superiores. Evidentemente, la estrategia no funcionó. Pero claro, ¿qué se puede esperar de una empresa donde uno de mis primeros encontronazos fue un diálogo como el que sigue?

Ace76: “Y aquí hablamos de esto, de lo otro y de lo más allá”.
Realizador de anchas espaldas pero escaso criterio: “Esto, lo otro y lo de más allá no lo he grabado”.
Ace76 (no dando crédito): “¿Y por qué?”
Realizador: “Porque no era bonito”.

Cuatro años de carrera estudiando que el criterio del periodista debe basarse en el valor informativo de la noticia se derrumbaron en un plumazo. Eso debió de prepararme para grandes momentos posteriores, como cuando la representante del cliente más importante confundió un efecto de moaré (es decir, rayas) con “un precioso campo de lavanda” o dijo que “es mejor no poner declaraciones de personas porque el viajero se aburre porque la imagen no cambia”. Al viajero, por su parte, le interesaban más los vídeos de cámara oculta del “just for laughs” que cualquier documental sobre rutas pintorescas, mercadillos con encanto o la encuadernación artesanal de libros. Eso sí, aunque el negocio era ruinoso, el dueño del cotarro seguía contratando a gente para luego buscarles una ocupación, comprando a precios millonarios material audiovisual que nunca llegaría a ser utilizado o ampliando la oficina para luego terminar alquilando espacio libre a empresas que fabricaban tejados de uralita.

Lo peor de todo es que los empleados de la empresa, jovenes prometedores con ganas de comerse el mundo, se dedicaron a hacer pandillas como si fuera una versión en la vida real de “Al salir de clase” y perdieron el tiempo haciéndose la vida imposible entre ellos en vez de preocuparse por mejorar sus condiciones laborales o luchar contra los abusos del cuerpo directivo.

¡A BAILAR!

Ya está aquí el Gran Evento Televisivo De La Temporada: esta noche comienza la final de Fama2, con la entrega del premio a la mejor pareja. No hace falta ser muy listo para saber que aquí queremos que el premio se lo lleven Raquel, la fría bailarina clásica, y Ginés, el chaval murciano que vino de un parque. En principio, nadie daba un duro por una pareja tan dispar y tan diferente, pero al final han terminado funcionando a la perfección. Ella ha puesto la técnica y él ha puesto la fuerza y han protagonizado algunos de los mejores momentos del programa.

Que se quieran, se amen, se odien, se soporten, se aprecien o simplemente bailen juntos sólo lo saben ellos. Los espectadores, en cambio, hemos disfrutado de una de las tensiones sexuales no resueltas más entretenidas de la historia de la TV. Riete tú de Mulder y Scully, o de Kate, Jack, Sawyer y Julliet.

Lo que no se puede negar es que los dos dan estupendamente en cámara.

¿Y qué sería de Fama sin estos momentos HotHotHot? Oh Oh Yeah!

La única pareja que les puede hacer sombra son Eva, la hija secreta de Ana Torroja, y Sergi, el Robot Humano. Ésta ha sido una de las mejores coreografías del programa.

No van a ganar, pero Eli, la diosa de ébano y su acompañante, Erik, el chico de goma, también nos han dejado buenos momentos.

No nos podemos olvidar de los malos malvados malvadísimos que requiere todo programa o serie que se precie: Marisa y Nito, aka “los mochos”. Pero hemos de reconocer que no bailan tan mal como nos gustaría.

También han llegado a la final Yurena y Miguel y Ariadna y Omar, pero de ellos ya no incrusto vídeos. Eso sí, gracias al voto canario y victimista, puede que Yurena termine ganado el programa. Y mañana… la Gala 0, esto es un no parar.

REENCAJANDO

Este fin de semana volví a Pamplona porque mi abuela celebraba su cumpleaños. Como ya conté, cumplió esta semana 91 años y pidió ir a comer a un viejo hotel que hay en un pueblo a media hora en coche de Pamplona, sin importarle que el día estuviera gris y lluvioso. A pesar de los achaques típicos de la edad y algún despiste que otro, mi abuela aun tiene el ánimo suficiente para salir de casa y tomarse una sopa de pescado, un ajoarriero y una tarta de postre. Comidas blanditas, que son más fácil de masticar. Yo bromeo con ella y le animo a irse a Nueva York a pasar un tiempo con su hija, y ella me dice que no con una sonrisa, para luego decir que, en cambio, igual se viene algún día a Madrid a vernos. Yo le digo que, cuando quiera, que le preparo la cama en el altillo y que Flauta le hará compañía. El día que ya no esté aquí la echaré mucho de menos.

Yo, por mi parte, devoré una ensalada de pulpo, un confit de pato y una tarta de yogur. Pero eran raciones pequeñas. Casi minúsculas, diría yo. Pero es que era una ocasión especial. Además, me hizo mucha ilusión comprobar que el hotel y el pueblo apenas han cambiado desde que yo era niño. Es agradable comprobar que hay lugares que nunca cambian. Lo malo es que cada vez son menos.

Me fui un poco preocupado a Pamplona, pero volví más tranquilo. La situación, poco a poco, va volviendo a la normalidad. Todo es cuestión de tiempo, y éste pasa mucho más rápido de lo que imaginamos. Hoy hace dos años que invité a cenar a un chico wapísimo, luego le llevé a tomar una copa y nos pasamos la noche bailando. Hoy también le llevaré a cenar y… lo que surja, claro.

MÚSICA DOMINGUERA

Cuando yo era pequeño, mi madre solía ponernos en los viajes unas tres o cuatro cintas con canciones que había grabado de la radio. Así conocí a Mike Oldfield, Rod Stewart, Bruce Srpingtseen, OMD, Alans Parsons Project, Police o Supertramp, entre otros grandes grupos. El problema es que a mi madre se le solían olvidar los títulos de las canciones o el nombre de los artistas, así que con los años he tenido que ir recomponiendo el puzzle musical. La última pieza en encajar era una canción en alemán de la que no había manera de encontrar referencia alguna, hasta que hace un par de semanas, escuchando un disco de tecno-pop, sonó.

Como eran los ochenta…

DISPERSO

En estos últimos días me noto un poco disperso. Me cuesta concentrarme en algo: es como si en la mente se me abrieran varias ventanas de diálogo a la vez y fuera saltando de una a otra sin orden ni concierto. Me pasa también con el estado de ánimo, a veces estoy muy contento y otras tengo cierta sensación de desánimo. Todo un zapping emocional un tanto descontrolado. Supongo que es cuestión de tiempo que todo vuelva a la rutinaria normalidad de siempre. Paciencia.

Además, tengo muchas cosas pendientes. Este fin de semana es el cumpleaños de mi abuela. 91 años ya. La semana que viene tengo turno de guardia, así que no podré ir a mis sesiones habituales de bicicleta. Quizás aproveche para pisar la sala de maquinas y mancuernas, que la tengo un poco abandonada. También iré a ver una, dos o tres películas con el Acompañante Habitual. No me puedo olvidar de que es la final de Fama2 (Raquel! Ginés! Eva! Sergi! Eli! Los demás!) y el inicio de Operación Triunfo 7. Tengo que ayudar a mi hermano a celebrar una nueva Fiesta de la Mudanza, ayuda que me recompensará con una excursión al Ikea, claro. Aun me quedan por ver varios episodios de Gossip Girl, y de Lost, y de Pushing Daisies, y la segunda temporada de Ugly Betty. Y he pensado darle una oportunidad a Mad Men. ¿O retomo ExpedienteX? Por si fuera poco, mis compañeros de la oficina quieren ir a patinar sobre hielo algún día de estos, un plan que, desde luego, no quiero perderme. Y luego llega el puente…

…si es que no tengo tiempo ni para estar disperso. Menos mal!

VINTAGE

Este fin de semana un amigo nos comentaba lo muy enfadado que estaba porque en su trabajo les han pedido que empiecen a ir de traje. A él no le gusta nada la idea porque es una manera de separar y clasificar a los distintos tipos de empleados, agrupándolos en una especie de sistema de clases y castas que no se mezclan entre sí, aparte de que la americana le cambia el estado de ánimo y le pone agresivo. La conversación giró en torno al valor que en el mundo laboral se da a estos símbolos externos, desde la corbata hasta el maletín, pasando por el movil, el coche, el calzado o la agencia. Alguien comentó como una propuesta de ascenso iba acompañada de la “sugerencia” de comprarse un movil más “adecuado al cargo”. Otro se lamentaba de la mayor libertad que tienen las mujeres a la hora de vestirse para el trabajo frente a la uniformidad del traje masculino. Y yo, como ya comenté en otra ocasión, dije que lo que más me preocupa es que se te acabe valorando más por el exterior y por estos factores que podemos considerar poco importantes que por el resultado de tu trabajo. Evidentemente, uno no es tonto y sabe que es conveniente cuidar la imagen y que hay protocolos y convencionalismos que conviene seguir. El problema surge cuando estos agobian al trabajador o se convierten en un rasero injusto. Y en esto pueden ser tan peligrosas las empresas más rancias como las más modernas.

Yo, por mi parte, he decidido venir a trabajar con una bonita camisa. Más que nada, porque si llevo jersey me muero de calor, y si voy con camiseta de Berska siento que voy demasiado informal. Así que he sacado del armario una camisa de mi época universitaria, de cuando Pull&Bear hacía ropa decente. No sólo me cabe y está como nueva, sino que me queda mejor que entonces.

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Y con esta tontería, ya he empezado la mañana con buen pie.

MÚLTIPLES PERSONALIDADES

Recuerdo que en primero de EGB la profesora nos preguntó un día que queríamos ser de mayores. Yo dije que quería ser Arquitecto. En aquella época jugaba mucho con las típicas piezas de madera de colores para construir castillos, torres y casitas, un juego al que le llamábamos “la arquitectura”. Así que, ¿cómo no iba a querer ser arquitecto? Al final, di rienda suelta a mi inquietud constructora jugando al Lego y al Ikea.

Más tarde montamos un periódico en clase y en el recreo jugábamos a Barrio Sésamo. También hacía dibujos de vez en cuando, con predominio de soles amarillos, nubes azules sobre cielos blancos y casitas con tejado naranja. Así pues, la vocación periodístico-audiovisual ya estaba ahí. Pero como el resto de los niños se reía de mi voz de pito (trauma!), decidí que lo mejor sería refugiarme en el laboratorio y mezclar liquidos humeantes en tubos de ensayo. A los nueve años lo tenía claro: yo sería científico y crearía quimeras.

Pero soñar es gratis, así que, cuando nos obligaban a jugar al fútbol en Educación Física y yo terminaba poniéndome en la portería porque nadie quería ocupar ese puesto, imaginaba que de mayor sería un fabuloso guardameta. Tres o cuatro balonazos en la tripa (dolor!) me hicieron abandonar los deportes de riesgo y cambiarlos por el ajedrez. Ahí tuve un breve y fugaz momento como gran promesa de los tableros. También fui joven promesa del tenis, todo hay que decirlo. Al final me instalé en una plateada mediocridad en ambas disciplinas. A mí el deporte que de verdad me gustaba era el ciclismo, pero de eso, mira por donde, no había equipo en el colegio. El destino siempre conspiraba contra mí en la adolescencia. De mi carrera como jugador de MinisBasket mejor no decir nada. Bueno, sí, hablemos: una vez metí una canasta.

Aunque durante un breve tiempo dije que quería ser director de cine, cuando llegué a BUP ya tenía decidido que sería astrónomo. Sí, yo siempre me he distinguido por elegir carreras que no existen en España y que, además, tienen múltiples salidas laborales. Pero ahí me veía yo, en el observatorio de las islas Canarias, detectando nuevos satélites planetarios y resolviendo el enigma de los quasares. Nada podía apartarme del camino de mi Verdadera Vocación… Nada. Salvo una profesora de Física que me hizo aborrecer de la Física, de la Química y de todo lo relacionado con la tabla periódica de los elementos, lantanidos incluidos. Así que me fui a Letras Mixtas (Trauma… para mi tío!), e incluso gané el Segundo Premio en el Concurso de Poesía del Colegio, consistente en la fabulosa suma de doce mil pesetas. Eso sí, los demás intentos de hacer carrera en el mundo de las Bellas Artes se desvanecieron ante mi nulo talento vocal, interpretativo, musical o bailarinesco.

Cuando llegó la hora de elegir carrera me acordé de mi temprana vocación periodística, lo que, sumado a que me gusta escribir, salir por la tele y posar para las cámaras, hizo que Comunicación Audiovisual fuera la opción perfecta. También me cogieron en Sociología en la UPNA, pero decidí seguir el camino de mi Auténtica Vocación y dejar la Sociología para mis ratos libres. En un momento dado, decidí ser guionista y después de un largo proceso de selección digno de Operación Triunfo, terminé en la ECAM. El resto es historia.

Al final, decidí dedicarme a ser feliz y me di cuenta de que, al fin y al cabo, el trabajo es algo que se hace entre medio de las cosas verdaderamente importantes de la vida. ¿Es esto una autojustificación de mi “fracaso” profesional? Hmmm… bueno… sí… quizás… depende.

MUDANZA

Mi hermano lo sabe: las mudanzas son un infierno. Él tiene experiencia en el tema, ya que ha hecho cinco o seis en menos de tres años. Eso sí, como si fuera atravesando circulos dantescos camino del Purgatorio, en cada mudanza tenía menos objetos que en la anterior. La evolución suele ir desde el “me lo llevo todo, incluso lo inútil, como esta olla con restos de arroz requequemado” hasta el “me lo dejo todo salvo lo imprescindible”.

Mi amiga Virginia dice que hay que aprender a tirar cosas a la basura, ya que suele ser una experiencia liberadora. Durante sus últimos años, mi abuelo fue un discípulo fiel de esta filosofía y cada cierto tiempo tiraba cosas inútiles que llevaban acumulando polvo durante décadas en cajas, baules, armarios y desvanes. Sí, las casas viejas eran más grandes que los zulitos habitables de nuestros días.

En mi última fiesta de la mudanza, el cambio de Espacio Enano a Espacio Amplio que hizo Joserra hace un par de semanas, se volvió a demostrar esta ley. Una mesa de ordenador que llevaba años desmontada y guardada debajo de una cama terminó en el cubo de la basura esa misma noche. Bueno, no terminó en la basura porque alguien la recuperó y se la llevó a casa. En mis primeros años, yo también hice eso en varias ocasiones… Más barato que el Ikea, oiga.

Y ahora que he terminado la reforma, me doy cuenta de que no tengo ninguna prisa por bajar muchas de las cosas que subí al altillo para protegerlas de los obreros. Ni las necesito, ni las echo de menos. ¿Qué hago? ¿Las tiro o las pongo a la venta en Ebay?

Eso sí, la vida también me ha enseñado que siempre llega un momento en que uno se arrepiente de haber tirado algo a la basura. Hay objetos que sólo se vuelven útiles o imprescindibles cinco segundos después de que el camión de la basura los haya triturado… Por si acaso, convertiré el altillo en un ChillOut-Dormitorio de invitados-Museo de la Vida de Ace76.

LA SIERRA

Este fin de semana estuve en la Sierra. Más en concreto, en Talamanca del Jarama. Quizás no sea propiamente “la Sierra”, porque el paraje era bastante llano. Tampoco era un pueblo con encanto rural y pintoresco. Tenía encanto, pero de otro tipo. En Navarra, un pueblo es un puñado de casas, con calles de piedra, un supermercado-cooperativa-droguería que vende de todo y dos o tres o cuatro bares, con un población total que oscila entre las 50 y las 500 personas. Lo reconozco, estoy hablando de los pueblos de mi valle, pero son los que conozco desde pequeño y ese conocimiento es un condicionamiento.

Además, para mí la sierra es toda esa parte de la Comunidad de Madrid que está al Norte y a la que se accede por la carretera que va al Ikea. A mí no me digáis si es la A2, la M50 o la carretera de la Coruña. Para mí existen la carretera del Ikea, la que va a Las Rozas y por la que se va a Pamplona y que pasa por Alcalá y Guadalajara. También sé que al Sur de la Comunidad está el Aquapark de Villanueva del Pardillo, pero no sabría ponerlo en el mapa. Porque está al sur, ¿no? ¿O está al Este? ¿O al Sudeste? Bueno, reconozco que también conozco la autopista por la que se va a Murcia. En un momento dado pasas por la fábrica de SOS Cuetara y yo me relamo pensando que las naves están llenas de galletas. Uno, que es muy imaginativo o está condicionado por la televisión. El sábado pasé junto a la fábrica de Amstel y pensé en donde guardarían todos los perros que usan para sarle sabor a la cerveza… como bien sabemos todos los que hemos visto Los Simpsons. Al fin y al cabo, ese episodio sólo lo habrán repetido una miriada de veces.

Resumiendo, ha sido un buen fin de semana, que tuvo un viernes muy urbanita, un sabado de canciones y confesiones, y un domingo de paseos por el campo y episodios de la Reina Cotilla. XO XO.