Adele en Verona: música entre las ruinas

Poco después de la publicación de 21, Adele se embarcó en una pequeña gira por Europa y Norteamérica. Cuando se anunciaron las fechas, la cantante iba a actuar en Madrid en la Sala Caracol, un recinto de pequeño aforo ideal para una artista cuyo disco de debut había pasado desapercibido por completo para el gran público español. Cuando semana a semana el disco se mantenía en el número uno del Reino Unido, sus ventas se empezaban a contar por millones y en España empezaban a sonar en la radio (primero en Radio 3, luego en el resto del dial) Rolling in the Deep y Someone like you, el concierto se trasladó a La Riviera. Ahí estuve yo, a pocos metros de la diva, y descubrí que un concierto de Adele es algo imprevisible, donde Adele se convierte en la dueña del escenario para hacer con él lo que quiera: entre canción y canción, sentada en una butaca negra mientras bebía ¿té? en un taza grande, nos contaba anécdotas de sus viajes adolescentes a España (es fácil imaginarse a Adele con 15 años como una guiri borracha más en Saloú) y las historias ocultas detrás de cada una de sus canciones. En resumen, aquel concierto podría haberse llamado perfectamente “Una noche de risas y música con Adele”.

Cinco años después, Adele es una gran estrella mundial, la única que vende discos como si viviera en los 90 y la piratería no existiera para ella. Verla en directo en un local de pequeño o mediano aforo se ha convertido en una utopía. De hecho, verla en directo es ya una misión complicada: su gira de este año es solamente la tercera de su carrera y en muchos países sólo actúa en una sola ciudad un par de noches. Era el caso de España, donde como sucede últimamente Madrid había sido relegada al olvido en favor de Barcelona. O el de Italia, donde sólo tendrían la suerte de verla en las ruinas del anfiteatro romano de Verona. Como el concierto era en fin de semana, ahí que nos fuimos, a turistear al norte de Italia.

Desafortunadamente, nadie puede detener la lluvia, ni siquiera Adele, y debido a las tormentas anunciadas desde casi dos semanas antes y que hicieron que los vendedores de ponchos de plástico se forraran, el concierto del día 29 fue más corto que el del día 28 y el resto de la gira. Los temas sacrificados -y por tanto, se puede concluir que Adele los considera los más prescindibles del repertorio de la gira (aviso a navegantes)- fueron I miss you, Don’t you remember, Sweetest Devotion, Chasing Pavements y All I ask. Lo de la lluvia es una teoría sin confirmar; la otra explicación es que, simplemente, Adele se enfadó con el público italiano. Al fin y al cabo, el concierto de esta noche ya ha pasado a la historia porque Adele pidió a una espectadora armada con trípode y cámara profesional que dejara de grabarla. Como a estas alturas todos lo habréis visto en Youtube, os subo una foto de mi móvil en el que se aprecía a Adele cubierta con el chubasquero con el que salió al escenario.

27060739660_888a0249e0_o

“Sois el público más colorista que he tenido nunca”, dijo. Eso sí, no se puede decir que fuera el más animado que yo haya visto. A pesar de eso, de la lluvia y de los recortes en el repertorio, sí que puedo decir que fue un gran concierto. Al igual que en la Riviera, el resumen de la noche sería “Una noche de música y risas con Adele”. Ella canta como quiere y hace lo que le da la gana. Abrió con Hello, como era lógico, y cerró con Rolling in the Deep mientras los cañones de confetti derramaban sobre nosotros miles de papelitos escritos con frases de canciones de Adele. Yo conservo uno que pone “Hello” en mi cartera desde entonces. Sin embargo, los momentos más brillantes vocalmente fueron un Set fire to the rain espectacular, un Skyfall que sonó fabuloso gracias a las cuerdas impecables del equipo de músicos que acompaña a la cantante (quien confesó que la primera vez que le pidieron componer un tema Bond se negó aunque lo estaba deseando), y un Million Miles Away en versión acústica que sono paradójicamente íntimo y sencillo en un recinto tan imponente como la Arena de Verona. Aunque es difícil quedarse con un solo momento cuando también hay que hablar de como hizo que todo el mundo encendiera las linternas de sus móviles para llenar de luces las gradas durante Make you feel my love, ese singalong en el que se convierte Someone like you, la siempre energética Rumour has it o la emoción contenida durante Hometown Glory o When we were young, una canción destinada a ir creciendo con los años hasta convertirse en un clásico. Esperad a que Adele la cante cuando tenga 50 años.

Y entre canción y canción, Adele y sus monólogos (el acosador que dio origen a Send my love), Adele y sus juegos con el público (“¿Hay alguien aquí de Islandia? (gritos aislados en una grada) ¿Y de Nueva Zelandaaa? (gritos desde el fondo del recinto) NO WAAAY”), Adele subiendo a niños al escenario, Adele subiendo a un chico y su novio al escenario (algún silbido entre el público, esto es la muy católica y rancia Italia), Adele bromeando sobre su repertorio (“Si alguien esperaba canciones alegres, ahora llegan dos que lo parecen pero no lo son”), Adele siendo una diva sin hacer ningún esfuerzo por serlo (“No soy Beyoncé, pero yo también sudo”). En resumen, Adele siendo Adele y ganándose su sitio entre las más grandes, conquistando el mundo como una Barbra Straisand para el siglo XXI. Sólo le falta hacer cine.

Canciones para un Festival de Eurovisión: “Euro-Vision”

Esta tarde se celebra el Festival de Eurovisión y todo el mundo pop girará en torno a su escenario. Sería curioso analizar como el evento ha superado en los últimos años el marasmo y la decadencia en las que estuvo sumergido durante los ochenta y noventa: ¿habrá sido el televoto? ¿las redes sociales? ¿Operación Triunfo? En todo caso, este resurgimiento nos ha proporcionado horas de diversión memorables, eurodramas que duran años (algunos aun reivindican una carrera discográfica para Anabel Conde), grandes momentos televisivos, grandes momentos de vergüenza ajena, millones de tweets y un puñado de One Hit Wonders de consumo fácil y olvido rápido.

Pero mucho antes, en la prehistoria de la televisión, antes de la existencia de Internet, el festival ya nos había dejado unas cuantas joyas memorables para el Pop (con mayúsculas), desde Waterloo hasta Puppets on the string, pasando por La La La, Poupée de cire, poupée de son o Volare. Y por supuesto, esta canción: Euro-Vision, de Telex.

Era 1980 y los sintetizadores estaban de moda. Eso sí, nadie los esperaba en un festival donde la orquesta aun era un elemento esencial. Pero los belgas decidieron enviar a Telex, un grupo de synthpop que se destacaba por su sentido del humor y sus versiones ralentizadas de temas clásicos del rock. Claramente seguidores de Kraftwerk y Giorgio Moroder, temas suyos como Moskow Diskow no desentonarían hoy en un disco de Chromeo, Neon Neon o Daft Punk. Como su nombre indica, Euro-Vision es una canción sobre el festival de Eurovisión que termina con las notas del Te Deum, la composición de Marc-Antoine Charpentier identificativa de la emisión de la UER. La puesta en escena no tiene desperdicio: incluye coreografía con bufandas a cargo de un cantante, con gafas y barba, que saca puñados de lentejuelas de sus bolsillos para lanzarlos al aire y termina su actuación haciendo una fotografía al público. Y pensábamos que Sebastian Tellier era moderno…

El plan de Telex era quedar los últimos, pero Portugal se lo fastidió al concederles 10 puntos: terminaron penúltimos y siguieron con su computerizada carrera musical durante los ochenta. ¿El ganador de ese año? Johnny Logan, representando a Irlanda con What’s Another Year.

Utopia: el mejor dance llega a Madrid

Madrid estrena un nuevo festival que reunirá a las mayores estrellas del dance actual: el 4 y 5 de junio nacerá Utopia, una interesante propuesta para el calendario musical de la capital.

Con David Guetta, Nicky Romero o Alesso como grandes estandartes del EDM más comercial junto a propuestas tan interesantes como las de Diplo, Martin Solveig o Rudimental y algunos de los nombres favoritos de la crítica especializada como Dixon, Maceo Plex y Tale of Us, Utopia se celebrará en el campus de la Universidad Complutense, un recinto de más de 40.000 m2 que contará con tres escenarios y todos los servicios necesarios. Las entradas ya están a la venta, a un precio de 69,99€ el abono y de 37,50€ el pase para un día.

Mike Posner: I took a pill in Ibiza

Mike Posner estuvo un verano en Ibiza viendo a Avicii, se tomó una pastilla extraña y el resto, como se suele decir, es historia: “I took a pill in Ibiza / To show Avicii I was cool / And when I finally got sober, felt 10 years older”. Eso sí, él la compuso como un tema acústico que hubiera hecho las delicias de los seguidores de Ed Sheeran.

Pero como pasa tanto últimamente, un equipo de productores cogió I took a pill in Ibiza para remezclarla y la convirtió en un éxito planetario. Los responsables, en este caso, han sido el dúo noruego SeeB. Su remezcla ha llegado esta semana al número uno en la lista británica.

Curiosamente, no parece que Mike Posner esperara que esta canción fuera a ser un éxito. Como dice en la letra (I’m just a singer who already blew his shot/ I get along with old timers / Cause my name’s a reminder of a pop song people forgot”, él ya estaba resignado a pasar el resto de sus días condenado a ser una One Hit Wonder por su tema Cooler Than Me, de 2010 (entre nosotros, una entrega de pop electrónico mucho mejor que este I took a pill in Ibiza). Después de un disco cancelado, sencillos sueltos que pasaron desapercibidos y problemas de depresión, Posner publicará finalmente su segundo trabajo, At Night, Alone, el 6 de mayo. Eso sí, no creáis que el chico tenía problemas de dinero: en estos años ha compuesto temas como Boyfriend para Justin Bieber, Beneath Your Beautiful para Laberinth y Sugar para Maroon 5. Sólo con lo que habrá ganado por este último se puede permitir varias semanas de farra en Ibiza.

¿Qué se puede esperar de The Vaccines?

Parece que no son buenos tiempos para el rock. Comercialmente, el pop y la música electrónica parecen haberle desplazado de las emisoras y las listas de ventas. Los escándalos de las aspirantes a divas hace tiempo que desplazaron de las noticias y los cotilleos a las aventuras de las estrellas del rock, desde Amy hasta Miley, pasando por Lady Gaga y Britney. Y como la música, en general, ha perdido su poder como parte identificativa de movimientos sociales, el rock como elemento movilizador y aglutinador de masas parece haber desaparecido de la cultura popular. ¿Qué banda puede presumir hoy de estar a la altura de unos Rolling Stones, Led Zeppelin, Deep Purple, U2, Metallica, Guns’n’Roses o Nirvana? ¿Muse? ¿Linkin Park? ¿Green Day?

Quizás al rock le perdieron su grandilocuencia y el mirar por encima del hombro al resto de estilos musicales. Afortunadamente, también sabemos que el rock no morirá y como ejemplo de ello, basta con ver un concierto como el que dieron The Vaccines en la Riviera el pasado viernes. El cuarteto inglés, autor de tres buenos discos y un bonito EP, demostraron sobre el escenario que son dignos herederos del rock más clásico de las islas, con momentos que recuerdan a las bandas que tocaban en garajes y sotanos (la contundente Radio Bikini) y otros más sofisticados, cercanos a los sonidos de los años 70 (la maravillosa Dream Lover y muchos de los temas de su tercer disco, English Graffiti). Desde el arranque del concierto con Handsome y Teenage Icon, pudimos ver a una banda que transmite buen rollo sobre el escenario, encabezados por un muy entonado Justin Hayward-Young que consiguió ganarse al público sin necesidad de grandes aspavientos de estrella. Con un sonido sorprendentemente limpio, The Vaccines fueron desgranando su repertorio, formando básicamente por temas de corta duración y largo disfrute. Detalles como el de invitar a un fan a tocar con ellos Post Break-Up Sex como regalo por su 18 cumpleaños no hacen más que convencerme de que The Vaccines son una banda que sabe molar sin darse demasiada importancia por ello. Gracias a ellos, uno todavía puede seguir confiando en que al rock puro le quedan muchos años de buena vida por delante.

Canciones para un anuncio de grandes almacenes: Your Song

Cada semana Shazam publica una lista de las canciones que más número de personas han identificado usando la aplicación y este viernes me ha sorprendido ver a Your Song, de Elton John, en el número uno. La culpa, sin duda alguna, es del Corte Inglés y su campaña de publicidad para celebrar su 75 aniversario. Sin embargo, yo pensaba que este clásico del pop formaba ya parte de la cultura general.

Your Song fue el primer éxito de Elton John, la canción que le daría a conocer internacionalmente a finales de 1970. Con letra de su colaborador habitual durante décadas, Bernie Taupin, el tema es perfecto para reflejar la maestría de Elton como pianista e intérprete. Su sencilla letra, abierta por el emblemático “It’s a little bit funny this feeling inside”, ha emocionado a miles de oyentes desde entonces y fue el arranque de una carrera llena de éxitos y grandes momentos. Por cierto, eso estuvo a punto de no suceder porque alguna mente brillante de la discográfico decidió que el sitio de Your Song era ser cara B de otro tema de Elton y Bernie, Take me to the pilot. Afortunadamente, los DJs de las radios de la época daban la vuelta a los discos y, como se suele decir, el resto es historia.

Your Song es, además, una de estas canciones que van resucitando periódicamente. En 2001, cantada por Ewan McGregor, se convirtió en uno de los momentos fundamentales de la BSO de Moulin Rouge. En 2010, los británicos auparon hasta el segundo puesto de las listas la versión que Ellie Goulding hizo para el anuncio navideño de los grandes almacenes John Lewis. Y ahora parece que le toca ser redescubierta por una nueva generación española de jóvenes con móviles.

Spotlight: un homenaje a un periodismo que ya no existe

Cuando DiosMorgan Freeman abría el sobre con el nombre de la ganadora del Oscar a Mejor Película, todo parecía indicar que El RevenidoRenacido sería la escogida como triunfadora de la noche aunque algunos aun albergaban la esperanza de que Mad Max se lo impidiera. Seguramente nadie esperaba que Spotlight, que hasta el momento sólo había ganado el premio al Mejor Guión Original, justo al comienzo de la velada, fuera la premiada. Y sin embargo, una vez repuestos de la sorpresa, todo parecía ser lo más lógico.

Spotlight_(film)_poster

Aunque parezca lo contrario, la Academia de Hollywood actúa con bastante criterio. Ya lo demostró esta noche, premiando a Mark Rylance por su estupendo trabajo en El puente de los espías antes que darle un galardón nostálgico a Sylvester Stallone o reconociendo al tema de Spectre a cargo de Sam Smith antes de la anodina balada de Lady Gaga y Diane Warren. Eso sí, seguramente Tom McCarthy no haya ganado el Oscar a mejor director por Spotlight por no ajustarse al arquetipo idealizado de gran autor al que Iñarritu sí se ajusta, un prejuicio que ha convertido al mexicano en el único director en conseguir la estatuilla dos años consectuivos junto a John Ford y Joseph L. Mankiewitz. El porqué han preferido endiosar aun más a Iñárritu y no premiar a George Miller por su épica labor al frente de Mad Max ya pertenece a los misterios de la Academia, aunque seguramente se puede aplicar a cierta falta de valor a la hora de reconocer los méritos que implica poner en marcha un gran artefacto de acción sin freno.

Otras pistas nos indicaban que El renacido no sería la triunfadora, como el “pequeño” detalle de que la película no era candidata al premio al mejor guión (es fácil entender por qué), mientras que Spotlight pertenece, indudablemente, a ese grupo de películas con mensaje “importante” y, por tanto, fácilmente merecedoras de premios (sí, 12 años de esclavitud, te estoy mirando a ti). Sin embargo, la explicación más sencilla es que Spotlight es mejor película. Y ya.

Esta recreación de como el equipo de investigación Spotlight del periódico The Boston Globe destapó como las autoridades de la Iglesia católica habían tapado durante décadas centenares de casos de abusos sexuales a niños por parte de sacerdores es una de esas películas que podemos adjetivar como “necesarias”. Excelentemente interpretada por un equilibrado reparto en el que quizás destaquen Mark Ruffalo, Liev Schreiber y Michael Keaton, Spotlight no carga las tintas en ningún momento ni narrativa ni estilísticamente. De hecho, su estilo de dirección y de montaje casi invisible la acerca más a las cintas de los años setenta que quiere homenajear, como Todos los hombres del presidente, de la que puede ser una sucesora en los corazones de los estudiantes de Periodismo del mundo. Esta contención es su gran virtud, ya que deja que el horror de los hechos denunciados hable por sí mismo: aquí no hay una gran conspiración que destapar, ni grandes melodramas que afecten a los periodistas. Apenas sabemos nada de sus circunstancias personales: lo importante es verlos hacer un trabajo que consiste en saber qué preguntar, a quién preguntar y no descansar hasta obtener una respuesta. Y ese tono realista permite decubrir otro gran horror actual, al comprobarse que es el propio sistema el que impide destapar estos casos sin que nadie haga ningún esfuerzo consciente para ello: los periodistas se preocupan por otras noticias, o no tienen tiempo para investigar a fondo un asunto que requiere esfuerzo y dedicación, los responsables del periódico no demuestran demasiado interés por temas que puedan ser polémicos, la burocracia se convierte en un obstáculo en sí misma sin que nadie la controle… Cuando no hay un gran enémigo, no se sabe contra quien hay que luchar.

Spotlight es también un homenaje a un periodismo que seguramente esté en vías de extinción si no ha muerto ya. Esas grandes redacciones que se podían permitir mantener equipos de periodistas dedicados a la investigación porque tenían unos lectores fieles que daban credibilidad a lo que aparecía publicado en las páginas del diario son ya cosa del pasado, arrastradas por la crisis económica y el cambio de modelo que ha supuesto la irrupción de Internet y las redes sociales. Ya no se valora la profundidad, sino que prima la inmediatez, el click impulsivo, el contenido fácil, sensacionalista y youtubiano. Los medios no pueden enfrentrarse a anunciantes, autoridades y mercado, atados de pies y manos por unos ingresos menguantes. Spotlight está ambientada en 2001, pero en muchos aspectos es como si transcurriera en un tiempo muy, muy lejano.