Ocho segundos

Las hijas de mis primas -es decir, mis sobrinas segundas, ¿no?- prepararon una obra de teatro con ayuda de una de mis tías. Por la tarde la representaron en un claro del bosque. Por supuesto, el evento fue inmortalizado en vídeos de móvil y distribuido por WhatsApp.

-No puedo descargármelo. Tengo la memoria llena… Buf, me han mandado tantos vídeos que parece que me han retransmitido toda la independencia.

Yo no pude contenerme:

-Pero si sólo fueron ocho segundos de independencia, no pueden ocuparte tanto.
-Ay, Antonio, es que cundieron mucho.

En otro momento, caminando por el bosque, otro de mis primos catalanes me dijo: “Hacemos chistes, pero hay gente pasándolo muy mal. Gente que no sabe lo que va a pasar mañana y no duerme por las noches”.

Y sí, la España actual es una comedia de Berlanga, pero deberíamos pararnos a pensar si no estamos tensando demasiado la situación. Cataluña y España pueden ser un matrimonio mal avenido y hasta podemos divorciarnos, pero ¿cómo resolver las diferencias irrenconciliables entre catalanes con distintas ideas del país en el que quieren vivir? ¿Cómo hacer que nadie se sienta perdedor?

La cápsula del tiempo

Deje de vivir en Pamplona en 1998 y, sin embargo, cuando vuelvo aun sigo esperando que todo esté como lo dejé. Pero no, el Ayuntamiento se empeña en cambiar las calles ampliando aceras y sembrando rotondas, a los dueños de bares y tiendas de toda la vida les da por jubilarse y dejarte sin referencias vitales, la Naturaleza hace que los árboles crezcan y hasta mi madre decide aprovechar la jubilación para renovar la casa de arriba abajo. Al final, lo único que permanece prácticamente intacto es mi cuarto. En el corcho de la pared sigue colgado el horario del último semestre de carrera y una docena y media de trozos de papel clavados con chinchetas y pines, cada uno de ellos con el numero de teléfono de algún amigo: los números fijos de sus casas de alquiler o paternas, nada de móviles. En los cajones aun guardo apuntes de la carrera y en las estanterías se amontonan casettes innombrables como Máquina Total 6 o Bombazo Mix 2, entre otros engendros. En una esquina de la mesa, un discman recuerda tiempos mejores y en otra se refugian un puñado de disquetes que sobrevivieron al Efecto 2000.

Es todo inútil y, sin embargo, me resisto a quitar esos recuerdos de un tiempo anterior. Queda ya tan poco de aquella época y del chico que fui que tirarlos a la basura sería como borrar del todo mi pasado. Y no, hay momentos de mi vida que aun no quiero olvidar.

41

Hoy se cumplen 41 años de mi llegada al mundo.

Los 40 se celebran por todo lo alto. Tienen cierto componente de meta alcanzada, de antes y después. Cumplir cuarenta años supone que has atravesado las tenebrosas aguas de la adolescencia, de la primera juventud y de la segunda. Ya eres, por fin, un adulto, por mucho complejo peterpanesco que puedas tener.

Pero, ¿los 41? En comparación, resultan algo anodinos aunque sean número primo. Ya está, ya es innegable, soy un cuarentañero (chiste que podía tener gracia hace 365 días, ahora ya resulta cansino y repetitivo) ¿Qué sucede a partir de ahora? ¿La decadencia? ¿Eso se celebra?

Luego me miro en el espejo y, canas aparte, me veo mejor que hace cinco, diez, quince o veinte años. Llegará algún día en que la fuerza física me abandonará, no tendré energías para aguantar el gimnasio y mis huesos serán frágiles, pero aun no. Aun no me resigno a dejar de lado planes, proyectos y sueños. Aun no ha llegado la hora de arrojar la toalla y abandonar el convencimiento de que el futuro me sigue reservando sorpresas y momentos brillantes. Con una ventaja añadida: a partir de los cuarenta tienes la piel curtida para aguantar decepciones y fracasos. A estas alturas del juego ya sé que la vida es una sucesión de dramas y comedias, una montaña rusa de vertiginosas subidas y bajadas y cambiantes escenarios. Y aunque me esperan altibajos en el mañana, cada vez tengo una mayor sensación de llevar las riendas de mi propia existencia.

Así que sí que tengo muchas cosas que celebrar. ¡Tarta para todos!

Hablemos

La conversación está dominada por el tema catalán. Todo el mundo tiene una opinión sobre el asunto y tiene que expresarla. Hablan en voz alta y, sin embargo, muy pocos parecen tener interés en escuchar al otro. Menos aun parecen dispuestos a cambiar su postura. Y así el ambiente va enrareciéndose y algunos terminan por creer que tienen derecho a todo. Los últimos en aparecer han sido los que creen tener derecho a comportarse violentamente por las calles. Leer las noticias nacionales es cada vez más preocupante y triste.

Por eso deberíamos relajarnos y hablar y pensar antes de actuar. Podemos hablar de Cataluña y España, claro, pero hay muchos otros asuntos en el mundo. Sí, la política internacional, la economía, el Brexit, los refugiados, el cambio climático… Sobre todo, el cambio climático.

Pero echo de menos la época en la que hablábamos de cosas pequeñas e insignificantes, cuando éramos personas y no aspirantes a gurús. No hace falta ser trascendentes, no hace falta trascender. Opinemos menos y narremos más: contemos nuestras pequeñas historias. La verdad está en ellas, en que la segunda palabra que haya aprendido a decir tu sobrino sea “aipad”; en que han aparecido pequeños brotes en la esquina del jardín donde planté semillas de trébol, un lugar donde nunca conseguí que creciera la hierba; en las agujetas que dejan los ejercicios de gemelos; en las risas al volver, medio borrachos, de madrugada en autobús de la boda de la hermana de Diego; en todo eso que no nos podrán quitar.

Twin Peaks, Odessa y la niñita que vivía calle abajo

Is it the story about the little girl who lives down the lane?

Dos personajes preguntan esto durante la tercera temporada de Twin Peaks sin que esperen respuesta. La verdad es que nadie en Twin Peaks espera respuestas… Pero al final resulta que sí, que durante estos 27 años que han pasado entre el estreno de la serie y su ¿cierre?, lo que hemos podido ver es la historia de Laura Palmer, la niñita que vivía calle abajo. Twin Peaks es un cuento donde se enfrentan las fuerzas del bien y del mal, y como buen cuento, tiene sus momentos siniestros y sus detalles sublimes. E incluso cuando nada parece tener sentido, de alguna manera lo tiene. Sólo hay que estar atento a los detalles que David Lynch y Mark Frost van poniendo en el relato, frases e imágenes aparentemente inconexas que terminan resultando tremendamente significativas en el conjunto del relato. Podéis leer este artículo para comprobarlo.

Pero no pasa nada, se puede disfrutar de Twin Peaks sin entenderla. Tampoco entendemos nuestros sueños y sin embargo, los disfrutamos cada noche.

Ahora estamos acostumbrados al tópico de que “el mejor cine actual se hace en la televisión”. Las series de la HBO, Netflix o AMC despiertan pasiones entre críticos y espectadores como lo hacía el cine independiente y el de arte y ensayo en tiempos remotos. Pero en 1990, cuando Twin Peaks se estrenó en la ABC, el concepto “televisión de autor” era tan absurdo que ni siquiera existía. Pensad en que aquel año, Twin Peaks perdió el Emmy a mejor serie dramática frente a La ley de Los Angeles, serie que seguramente sólo recordaremos los mayores de 35. Recordar también que las series míticas los 80 son más por su componente pop que por su calidad: desde Falcon Crest hasta El equipo A pasando por El coche fantástico o MacGyver. Por la televisión sí que habían pasado grandes sitcoms (Las chicas de oro, Cheers…), clásicos del género fantástico (Star Trek, The twilight zone) y grandes miniseries (Raíces, Holocausto…), pero a nadie se le ocurriría sugerir en 1990 que la televisión era comparable al cine, ni en calidad, ni en estética, ni en ambición.

Pero llegó David Lynch con su serie y cambió todo el panorama. La televisión podía aspirar a ser más que la caja tonta y además dirigirse a todos los públicos. Twin Peaks fue un éxito de audiencia fulgurante durante sus primeros episodios, pero el público pronto descubrió cómo se las gasta Lynch y salió huyendo. Los ejecutivos de la ABC perdieron los nervios, la identidad del asesino de Laura en el episodio 16… y la docena de capítulos restantes hasta el final de la segunda temporada podemos hacer como que nunca existieron. De hecho, viendo la tercera temporada, está claro que, excepto el último, Lynch y Frost los han obviado casi por completo a la hora de elaborar esta nueva entrega, recuperando en cambio muchos elementos de Twin Peaks: Fire walk with me, especie de precuela/secuela que Lynch estrenó en los cines en 1992, siendo en aquel momento un gran fracaso crítico y comercial. Sin embargo, a pesar de que en 1991 todos ya parecían haberse olvidado de Twin Peaks, la semilla de una nueva televisión ya estaba ahí. Sin ella, seguramente no habríamos tenido ni Expediente X ni Picket Fences y por consiguiente, la televisión de los 90 habría sido muy diferente… y no digamos la del siglo XXI. Pero ya hablaremos de eso otro día.

Y cuando nadie lo esperaba, llegó la noticia: Lynch y Frost preparaban una nueva temporada de Twin Peaks. Ya se lo había dicho Laura al agente Cooper: “Nos veremos dentro de 25 años”. Al final, fueron 27, pero es que la producción y el rodaje de esta temporada ha debido de ser un drama continuo. Afortunadamente, los ejecutivos de Showtime decidieron firmar cheques en blanco y dejar a Lynch a su bola. ¿El resultado? 16 episodios relucientes que pueden fascinar o desquiciar a partes iguales.

Esta tercera entrega de Twin Peaks retoma la acción 25 años después de los acontecimientos del último episodio emitido en 1991. Pero el escenario ya no se limita a ese encantador pueblos perdido en las montañas del estado de Washington sino que la acción transcurre por todo Estados Unidos: Nueva York, Las Vegas, Nuevo México, Dakota del Sur, Odessa… Conocemos también a multitud de nuevos personajes, interpretados por medio Hollywood (Naomi Watts, Laura Dern, Tim Roth, Jennifer Jason Leigh, Michael Cera, Ashley Judd, Monica Bellucci o Amanda Seyfried son algunos de los rostros que aparecen en esta temporada), además de reencontrarnos con casi todos los que nos acompañaron durante la segunda temporada.

Impresiona un tanto ver a estos actores más de dos décadas después: sus rostros reflejan claramente los 25 años que han pasado desde que los vimos por primera vez. Algunos de ellos, como Miguel Ferrer o Warren Frost fallecerían meses después del rodaje. Especialmente emocionante es la despedida a Catherine Coulson, quien da vida a la mujer del leño y que rodó sus escenas poco antes de morir. Desgraciadamente, como esta temporada se centra en el agente Cooper y sus desventuras, las tramas de estos personajes acaban sabiendo a poco: especialmente decepcionante es la dedicada a Audrey Horne, interpretada por la cautivadora Sherylin Fenn. Hubiéramos querido verla mucho más tiempo. Espero que estos nuevos episodios sirvan para redescubrir a intérpretes que, como ella o Sheryl Lee, hubieran merecido tener mejor suerte en sus carreras… pero es que en 1990 aun era prácticamente imposible para los actores de televisión dar el salto a la gran pantalla.

Seguramente esta tercera temporada no era lo que esperaban los seguidores de Twin Peaks, ya que no es un relato fácil movido por la nostalgia de los noventa. Y sin embargo, a la vez es todo lo que uno puede esperar de la obra de David Lynch, esa manera inconfundible de convertir la realidad cotidiana y una puesta en escena clásica en un mundo absurdo y surrealista, una narración aparentemente inconexa pero dotada de una coherencia profunda. Una cosa está clara: no hay nada actualmente en televisión que se le parezca. ¿Tendremos una cuarta temporada?

Ambiciones

“Ambition makes you look pretty ugly”, cantan Radiohead en Paranoid Android, y la verdad es que la ambición no tiene muy buena prensa. A los niños educados en la tradición católica siempre nos enseñaron la importancia de la humildad y la sencillez, valores que no parecen llevarse bien con la ambición, más cercana a conceptos como la avaricia y la soberbia, pecados capitales ambos. Sea por lo que sea, definirse como ambicioso no parece lo más adecuado.

Y sin embargo, también nos enseñan que uno puede conseguir todo lo que se propone, a luchar por los sueños y todo eso… Incluso algunos llegan a insinuar que el universo conspirará a tu favor para que lo logres. Se supone que es una especie de secreto o algo así. Definirse como soñador o luchador suena mucho mejor que reconocer que uno tiene grandes ambiciones. Pero en el fondo, ¿no son lo mismo? La RAE pone su granito de arena para indicar que la ambición es “el deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama”. Los romanos, por su parte, la representaron con alas a la espalda. La ambición te hará volar.

En Memoria de Almator, Rosa Regás se pregunta si la inspiración no será la capacidad de obsesionarse con algo. Es una frase a la que le llevo dando vueltas desde que la lei, hace ya casi veinte años. Quizás la ambición sea también la capacidad de obsesionarse con un objetivo.

En todo caso, lo único que he aprendido con los años es que procrastinando no se llega a ningún sitio.

Los dinosaurios han muerto

A veces me acuerdo de esta historia.

En el reparto de aficiones científicas infantiles, a mí me tocaron las estrellas y los planetas y a mi hermano, los dinosaurios. Después, ni yo me convertí en astrónomo ni él en paleontólogo, pero conservamos nuestro interés en ambos temas. Por eso, no es de extrañar que mi hermano fuera hace años a una exposición en Barcelona con reproducciones de dinosaurios en sus hábitats primitivos. Creo que algunos incluso se movían.

-¿Qué tal la exposición?
-Bien, muchos muñecos, estaba bien montada. Pero había mucha gente.
-Muchos niños, supongo.
-Sí, de hecho vimos a la salida a un niño pequeño que no dejaba de llorar. Su madre intentaba consolarlo, pero no había manera. Daba una pena…
-Quizás pensaba que iba a ver dinosaurios de verdad.
-Sí, puede ser.

A veces me acuerdo de ese niño y siento un poco de esa tristeza infinita que debió de sentir al descubrir que no iba a ver dinosaurios de verdad… porque todos esos animales formidables que llenaban sus libros de cuentos murieron hace millones de años. Desaparecieron para siempre de la faz de la tierra y sólo nos quedan de ellos un puñado de fósiles y mucha imaginación. Nunca veremos un dinosaurio vivo. ¿Cómo no llorar por un hecho tan irremediablemente definitivo cuando se tienen siete años?