Una vida maravillosa

Después de un grave accidente de tráfico y diez días en coma, Colin Vearncombe, más conocido como Black, moría ayer a los 53 años. A él le debemos una de las grandes canciones de los 80, una magnífica y elegante canción de letra irónica y emocionante: escrita por Black en 1985, un año especialmente complicado para él, Wonderful Life se terminaría convirtiendo en un éxito internacional en 1987. Su videoclip, rodado en un espectacular blanco y negro, es de estas piezas a la altura de la canción: dirigido por Gerard De Thame y rodado en localizaciones cercanas a Liverpool, su imágenes de ferias, ancianos y niños acompañan a la perfección a estrofas como ésta:

I need a friend, oh I need a friend
To make me happy, not so alone
Look at me here
Here on my own again
Up straight in the sunshine

Aunque el éxito de Wonderful Life ha terminado eclipsando el resto de la carrera de Black, hay que reivindicar que su sencillo anterior, Sweetest Smile ya había conseguido un octavo puesto en la lista británica, el mismo que alcanzaría Wonderful Life. También su disco posterior, editado en 1988 con el también irónico nombre de Comedy, tuvo unas ventas decentes. En 1990 colaboraría en el disco Autobiografía, de Duncan Dhu, haciendo los coros de Rozando la Eternidad y cantando a duo con Míkel Erentxun en Amarga. En 1991 publicaría su tercer trabajo, pero como le ocurría a muchos artistas de finales de los ochenta, la explosión grunge y alternativa de los 90, hizo que su estilo musical envejeciera siglos en pocos meses. Desde entonces hasta ahora, Colin ha seguido publicando discos y haciendo música a su aire, sin preocuparse por modas o éxitos. Al fin y al cabo, Wonderful Life le ha garantizado su sitio en la historia del pop: seguro que es de estas canciones que ha conseguido hacer llorar a solas a mucha gente. “No need to run, and hide. It’s a wonderful, wonderful life…”

Adiós, Glenn, adiós.

Ayer, entre tweet y tweet comentando Un Príncipe Para Tres Princesas, leí la noticia de la muerte de Glenn Frey, fundador y guitarrista de The Eagles. Por si no era suficiente haber perdido en pocos días a Guru Josh, a Natalie Cole, a Lemmy y a David Bowie, ahora tocaba despedir al autor de tantas canciones de rock con sabor country que han acompañado a millones de conductores por carreteras solitarias hasta el Hotel California.


Eagles – Hotel California von hushhush112

Supongo que todo el mundo conoce Hotel California. Es una de esas canciones que seguramente estén sonando siempre en alguna emisora del planeta. Alegoría de las drogas, historia de terror, símbolo de los excesos de 1969, himno de sectas satánicas, Hotel California es uno de los grandes momentos de la historia de la música popular del siglo XX, coronado por un glorioso dueto de guitarras guerreras. Editado en 1976, el disco homónimo que la incluye nunca ha dejado de venderse: mi madre se lo compró entonces en casette y yo en compacto hace unos años. Mientras lo escuchaba esta mañana camino del trabajo, me resultaba evidente que prácticamente todo el rock estadounidense de los 80 está encerrada en los ocho temas que lo componen, desde Journey hasta los GunsnRoses pasando por Bon Jovi y llegando quizás hasta The Killers. El country en New Kid in Town, el rock más macarra de Life in the fast lane (“He was brutally handsome and she was terminally pretty”), los coros de Victim of Love, la balada desesperada a lo Wasted Time o la balada denuncia a lo The Last Resort son casi arquetipos de gran parte de lo que sonaría en los walkmans durante la década siguiente. Después, Glenn Frey y Don Henley, el cantante y cofundador, se irían peleando como lo hacían Billy Crudup y Jason Lee en Casi Famosos hasta separarse para hacer temas de placer culpable en los 80 y temas directamente espantosos cuando se volvieron a juntar en los 90.

Supongo que una de las cosas que tiene hacerse mayor es ir viendo morir a los artistas que le acompañaron en su infancia. No sólo Hotel California sonaba en las cintas que mi madre ponía en el coche en nuestros largos viajes ochenteros, también estaban In the city y la balada I Can’t Tell You Why, uno de sus últimos temas y en el que no cantaban ni Frey ni Henley sino el bajista Timothy B. Schmit.

Ron Barceló Desalia. Rock y electrónica en la fiesta más grande del Caribe

Ron Barceló Desalia ya va por su novena edición, habiéndose convertido en este tiempo en una de las citas esenciales del Caribe: una divertida semana de eventos, playa y sol en un marco incomparable que culminará con una gran fiesta musical en Punta Cana el próximo 20 de febrero. Allí se darán cita algunos de los nombres más destacados de la música alternativa y electrónica nacional e internacional.

Entre los primeros nos encontramos con Supersubmarina y Nawjajean. Disco a disco y festival a festival, el grupo de Baeza se ha convertido en uno de los más exitosos del país gracias a sus canciones energéticas y contundentes. Por su parte, el dúo formado por Carlos Jean y Nawja Nimri ha vuelto a demostrar que son parte imprescindible de nuestra música gracias a Bonzo, su tercer trabajo, sucesor de Till it Breaks y el ya mítico No Blood, un disco esencial dentro del mundo indie nacional de finales de los 90.

La mejor música electrónica vendrá de la mano de algunos de los mejores DJs del momento. Los holandeses Blasterjaxx destacan dentro del cartel de Ron Barceló Desalia, pero no nos podemos olvidar de las sesiones B2B (Back to Back) que ofrecerán, respectivamente, Albert Neve junto a Abel Ramos, y JP Candela en compañía de Alexander Som. El toque femenino lo pondrán Crush DJs, el dúo integrado por Katy Sáinz y la top model Cristina Tosío. Y además podremos disfrutar del ganador del concurso Vive Ahora Talent by Ron Barceló, cuyo nombre sabremos a finales de enero.

Decenas de personas han ganado su viaje hasta Punta Cana en las pasadas semanas, pero si quieres seguir todas las novedades de este evento en los próximos días, no te olvides de buscar el hashtag #ViveAhoraDesalia en las redes sociales.

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RESUMEN MUSICAL ANUAL

Cuando yo era un adolescente que vivía pegado a unos auriculares no podía entender como mi madre recordara los nombres de grupos desconocidos de los sesenta y todo tipo de anécdotas de la música de aquel entonces y que, sin embargo, no fuera capaz de retener los títulos de los temas que le gustaban de los que escuchaba en aquel entonces por la radio ni quien las cantaba.

-Hijo, he escuchado una canción en la radio, algo en inglés sobre zombies o así. Lo canta una chica…
-Sí, Zombie, de The Cranberries, son irlandeses, blablabla…
-Ah, pues estos de los arándanos llegarán lejos, ya lo verás.

Han pasado los años y yo me precipito hacia la cuarentena de edad y me doy cuenta de que me he convertido en mi madre. Se me olvidan los nombres de los artistas, identifico a las canciones por el número de pista del CD y no por su título y a veces escucho canciones que me gustan y soy incapaz de recordar quien las canta. Ver el videoclip ayuda, eso sí. ¿Pero quién ve videoclips hoy en día? Eso sí, puedo hablar durante horas y horas de música de los noventa con todo tipo de detalles y anécdotas ilustrativas… Supongo que la parte del cerebro que lleva los temas musicales termina por saturarse y prefiere conservar las maravillosas melodías del pasado antes que sacrificarlas para incorporar los mediocres sonidos del presente. Porque ahí hay otro tema: cuanta más música escuchas, más consciente eres de que todo es un revival constante. ¿Otra vez el grunge? ¿Otra vez los cantautores con guitarra? ¿Otra vez estamos bailando música hecha con sintetizadores?

Entonces es cuando llega el momento de repasar musicalmente el año que se acaba de terminar y uno no sabe muy bien qué decir. Seguramente nunca se ha consumido tanta cantidad y variedad de música como ahora: Internet ha roto con la tiranía de las discográficas y la radiofórmula. Uno puede ser fan del K-Pop o el schlager sueco, enterarse al dedillo de cada uno de los lanzamientos de la industria chilena o vivir en un universo donde La Prohibida es una gran estrella que canta al baloncesto. Sin embargo, seguramente nunca la música ha tenido menos relevancia como fenómeno cultural, aglutinador de masas o revulsivo agitador. La música ya no sirve como bandera, ni como referente, ni como vehículo de denuncia social o testimonio de la transformación social.

Evidentemente, hay excepciones. 2015 será recordado por el año en que Adele publicó un nuevo disco y millones de personas lo compraron como si jamás hubiera existido la piratería. De hecho, hubo gente que compró el compacto para luego descubrir que no tenían un aparato que permitiera reproducirlo… Buzzfeed lo explicó perfectamente. En un mundo donde un disco que venda más de un millón de copias en todo el planeta ya es un éxito, Adele aspira a venderlos por decenas. ¿Y cómo lo consigue? A base de música, clasicismo, sentimientos y pop.

25, al igual que 21 y 19, consigue ser intemporal y auténtico, en un entorno donde casi todo el pop acaba surgiendo del ordenador sueco de Max Martin. Sí, incluso uno de los temas de Adele ha nacido de ahí… No es de extrañar que les resulte tan fácil ganar Eurovisión.

Al lado de las cifras de 25, el resto de discos que se vendieron en 2015 acaban pareciendo fracasos. Recordaremos como Justin Bieber resurgió de sus cenizas cuando nadie daba un duro por él y logró que todo el mundo escuche sus canciones, no sólo las adolescentes que siguen comprándose discos de One Direction, Auryn, Abraham Mateo, Gemeliers o el último ganador de La Voz Kids o Senior (de eso vive el mercado discográfico español, de quienes salen en el programa de Telecinco… y de los variados clones de Vetusta Morla que se reparten por los festivales de España). También fue el año en que se siguieron vendiendo muy bien varios discos publicados en 2014 como los de Ed Sheeran; el ganador del Grammy (¿y futuro ganador del Oscar?), Sam Smith; o la endiosada Taylor Swift, que cambió el country descafeinado por el ordenador sueco con millonarios resultados: ahora se atreve a declararle la guerra a Katy Perry, decirle a Apple Music lo que tiene que hacer, ligarse a Calvin Harris (Calvin, esa chica no te conviene) o ver como Ryan Adams versiona todo su 1989.

A la anciana Madonna le fue mejor de lo que parece con un disco demasiado largo. Desde luego, le fue mejor que a Janet Jackson, a Selena Gomez, a Ariana Grande, a Demi Lovato, a Kelly Clarkson, a Charli XCX o a Carly Rae Jepsen. Meghan Trainor, en cambio, se libró de la condena a ser una One Hit Wonder, aunque ya veremos qué pasa con su segundo disco. Ellie Goulding salvó los muebles gracias al éxito de Love me like you do. Por alguna extraña razón, Billboard nombró “mujer del año” a Lady Gaga cuando lo único que hizo fue cantar Sonrisas y Lágrimas en la entrega de los Oscars cual aspirante a triunfita armada con guantes de fregar. Britney sigue recluida en Las Vegas, Katy Perry se paseó por la Superbowl, Rihanna continúa grabando su próximo disco, Little Mix y Fifth Harmony sueñan con ser las próximas Sugababes, Lana del Rey siguió viviendo en su propio planeta al igual que Björk y Florence, Kylie grabó un disco de villancicos, Sia gritó para ocupar un espacio propio en este firmamento, Miley hizo lo que le dio la realísima gana y regaló al mundo un disco de psicodelia y así es como el planeta pop parece seguir estando dominado por mujeres un año más.

Mientras tanto, las pistas de baile de España siguieron dominadas por todo tipo de variantes de electrolatino, reguetón y similares, con La Gozadera como estandarte. También se puso de moda algo que llamaron Tropical House, aunque no suene nada tropical, y también se supone que Calvin Harris (lo repito: Calvin, esa chica no te conviene) abandonó su EDM tradicional, ese que aun cultiva David Guetta, para pasarse al Deep House en How Deep Is Your Love. En todo caso, resulta más eficaz llamarlo folkito fresquito y disfrutar de temas melancólicos para bailar gracias a Lost Frequencies.

The Chemical Brothers publicaron nuevo disco y les fue mejor que a Disclosure, Rudimenal o Avicii. Drake consiguió su primer éxito global con Hotline Bling, Kendrick Lamar es la apuesta para quitarle los Grammies a Taylor Swift, Bruno Mars y Mark Ronson vendieron millones a base de Uptown Funk, Adam Levine enseñó el culo en el videclip de This summer’s gonna hurt like a motherfucker, canción de Maroon 5 que debería haber sido un éxito y no lo fue al igual que el Ghost Town de Adam Lambert, todo The Desired Effect de Brandon Flowers o el Déjà Vu de Giorgio Moroder, que parecía que iba a ser uno de los grandes discos de 2015 y al que al final nadie le hizo el menor caso. Mika tampoco consiguió recuperar el éxito de antaño, pero nos da igual. Hozier y James Bay se disputan el título de ser el nuevo Gotye. Walk the moon podrán vivir el resto de sus días de las ventas de Shut up and dance with me, lo mismo que Years & Years con King. Mumford & Sons y Muse pueden presumir de tener fans fieles que les compran cualquier cosa donde su nombre salga en portada, mientras que Coldplay demuestran con cada nuevo disco que cada vez se toman a sí mismos menos en serio, la mejor manera de terminar convertidos en los nuevos U2. Y si quieres molar, di que te gustaron los discos de The Vaccines y Tame Impala. Porque molan.

Just Dance 2016: Edurne contra El Rubius

La nueva edición de Just Dance no defraudará a los seguidores de esta saga de videojuegos: nuevas canciones, nuevas coreografías y nuevas posibilidades, como usar el smartphone como mando. Todo pensado para divertirse con -o contra- los amigos, como hicieron Edurne y El Rubius. ¿Quién ganó el desafío?

Entre los temas que podrás encontrar en Just Dance 2016 están éxitos recientes como Uptown Funk de Mark Ronson y Bruno Mars, Cool for the summer de Demi Lovato o Hey Mamma de David Guetta, así como clásicos como el You’re the one that I want, de la banda sonora de Grease, entre otros muchos. Las risas y el sudor están garantizados.

Adele: 25

Adele dijo “Hola, soy yo” y el mundo se rindió a sus pies. 25, su tercer disco, ha pulverizado records de ventas como si fueran los 90 y Napster no hubiera existido nunca: más de tres millones de copias vendidas en su primera semana en Estados Unidos, un millón de copias despachadas en Reino Unido en diez días, número uno en medio planeta (o prácticamente en todo él, menos en Japón donde sólo ha conseguido debutar en el 13). Y es de suponer que las cifras irán en aumento durante las semanas siguientes. ¿Conseguirá superar los 30 millones vendidos por 21?

Adele 25

Y la pregunta que se hace todo el mundo es cómo lo consigue. ¿Por qué sus ventas se cuentan por millones cuando los demás artistas de su generación lo hacen por miles? Centenares de artículos intentan desvelar su secreto y hablan de su discreción en un tiempo en que las estrellas están presentes día y noche en medios y redes sociales. Adele sería a la vez una antidiva, una sencilla y transparente chica de barrio londinense que no se preocupa excesivamente por cultivar una imagen impactante, y una diva como las de antes, interesada en mantener su vida privada lejos de los focos. Pero, por supuesto, el secreto del éxito de Adele está en su música, en su voz, en la calidad de su producción.

Gran parte de lo que se dijo en su momento de 21 es válido para 25, a pesar de que en el fondo son discos bastante diferentes. Donde 21 era más oscuro y compacto, una actualización del soul y el R&B clásicos al siglo XXI, 25 es mucho más variado y hasta luminoso a pesar de mantener cierto tono melancólico en varios de sus cortes. Pero ambos son esencialmente discos donde el POP se escribe con mayúsculas: en unos tiempos donde la mayoría de las canciones pop parecen nacidas de un ordenador situado en Suecia y donde el Autotune convierte a los cantantes en autómatas de voces perfectas, Adele y su equipo de productores le devuelven al estilo su corazón, su organicidad y su sinceridad. 25 suena a verdad, a música nacida de las cuerdas de una guitarra o las teclas de un piano y cantada con gusto, es música que no necesita epatar, que no busca sorprender con juegos modernos o posmodernos, no juega a ser referencial sino que prefiere homenajear sin excusas a los grandes clásicos. A diferencia de miles de aspirantes, Adele no quiere ser la nueva Beyoncé o la nueva Madonna, ella prefiere seguir el camino marcado por las grandes de antaño, por Etta James, Ella Fitzgerald o Dusty Springfield. Todo esto es la fórmula que le permite convertir sus temas en clásicos instantáneos capaces de conectar con millones de oyentes: ella no ofrece nada rompedor, pero ofrece autenticidad en unos tiempos en los que la industria musical la ha perdido entre computadoras, estudios de mercado y selfies.

Por eso presentar 25 con Hello ha sido un gran acierto: una balada a la vez intimista y con coros épicos, una nueva y sencilla historia de desamor con la que millones de oyentes pueden identificarse, acompañada de un videoclip en flamante tonos sepia donde Adele utiliza un móvil obsoleto en una especie de burla de los vídeos repletos de publicidad encubierta que nos hemos acostumbrado a ver en los últimos tiempos. Pero 25 no es un disco hecho con el corazón roto, ni tampoco es un disco de maternidad a lo Ray of Light (aunque Adele ha confesado que el disco de Madonna le sirvió de inspiración durante los años de preparación de este trabajo). 25 es una reflexión sobre el paso del tiempo en baladas como When we were young, las referencias a las raíces de River Lea o, como no, las canciones dedicadas a su bebé como Remedy o Sweetest Devotion. 25 es también un homenaje a las grandes divas de los 70 a los 80: los ecos de Barbra Straisand, Carly Simon o Carole King están presentes en cortes como la épica All I Ask, la ochentera Water Under The Bridge o la emocionante Million Years Ago, con apenas más acompañamiento que una guitarra. Y 25 también tiene sitio para la experimentación, como Send My Love (To Your New Lover), la curiosa aportación del multimillonario Max Martin, el productor sueco detrás de casi todos los grandes éxitos del pop comercial de los últimos años, o la atmosférica (y sexual) I miss you, donde la percusión y los fondos electrónicos nos introducen en terrenos prácticamente inéditos en la trayectoria de Adele.

Se puede decir que no hay ninguna cantante actual que se parezca a Adele ni ningún disco actual que suene como 25. Sin embargo, 25 no es ajeno a su tiempo, ni tampoco es un prodigio que busca la innovación o lo alternativo: entre sus compositores y productores se encuentran algunos de los más destacados -y comerciales- nombres del panorama musical actual. Ahí están Bruno Mars y Danger Mouse; el ya mencionado Max Martin y el cantante de OneRepublic, Ryan Tedder; Ariel Rechtshaid y Tobias Jesso Jr; Linda Perry, Mark Ronson y Rick Nowels en los cortes adicionales de la edición especial del disco… Por eso, la pregunta que nos deberíamos hacer es: ¿por qué no hay más discos como 25? ¿Por qué Adele parece un brillante que brilla solo perdido en medio de un bazar de bisutería barata?

El extraño 1990

Si pensamos musicalmente en los 90, seguramente vienen a nuestra mente palabras como “Grunge” o “BritPop” y pensamos en chicos y chicas despeinados vestidos con camisas de cuadros y guitarras eléctricas en videoclips ambientados en un eterno otoño o Seattle. O quizás pensemos en raves, música electrónica con pretensiones de inteligencia o sin ninguna otra pretensión que hacer bailar a las masas a ritmo de Eurobeat. Y sin embargo, nada de esto era previsible si analizamos algunos de los discos más importantes del año 1990, trabajos que apenas apuntan algunas de las tendencias de la década y que parecen terriblemente antiguos si los comparamos con algunos de los que se publicaron en el maravilloso 1991.

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Phil Collins publicaba …But Seriously a finales de noviembre de 1989 y se convirtió instantáneamente en todo un éxito gracias al piano facilón de Another Day In Paradise. El disco estuvo semanas y semanas en lo más alto de las listas de ventas, despachando en España más de 700.000 copias y millones en el resto del planeta. Con invitados ilustres como Eric Clapton, David Crosby o Steve Winwood, el disco convertía a Phil Collins en la gran estrella de 1990. Nadie sospechaba que la mención de su nombre vendría acompañada pocos años después de risas irónicas.

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Y si Phil Collins fue el hombre de 1990, Sinéad O’Connor fue la mujer del año. Su versión de un tema semidesconocido de Prince llamado Nothing Compares 2u, acompañada de un videoclip tan sencillo como icónico, consiguieron que su segundo trabajo, I do not want what I haven’t got acabara despachando siete millones de copias en todo el mundo a pesar de no ser un disco precisamente sencillo. Con su emocionante voz, Sinéad parecía llamada a ser una gran estrella, pero en 1991 rompió una foto del Papa durante una actuación en Saturday Night Live y ya sabemos que eso no acabó del todo bien…

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Lisa Stansfield publicaba su debut también a finales de 1989, pero Affection no llegó a España hasta principios de 1990 gracias a All Around The World. Su mezcla de pop con toques de dance y una voz con un deje soul parecía asegurarle una larga y exitosa carrera… pero ninguno de sus trabajos posteriores ha respondido a estas expectativas. Eso sí, tuvimos una pista: Lisa Stansfield perdía en 1991 el Grammy a Mejor Artista Revelación por culpa de otra debutante de ese 1990, una tal Mariah Carey.

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Del mismo modo que relacionamos Grunge con los 90, relacionamos SynthPop con los 80. Sin embargo, una de las grandes joyas de este género y quizás el mejor disco de Depeche Mode apareció en 1990. Con ese himno perfecto llamado Enjoy de Silence y temas como Personal Jesus o World in your eyes, Violator pudo dar esperanzas de seguir siendo relevantes durante la nueva década a otros grupos de los ochenta… pero Depeche Mode acabaron siendo la excepción.

Technotronic-Pump_Up_The_Jam-Frontal

El éxito en las listas de ventas del disco de Technotronic sí que fue un anuncio de una de las cosas que íbamos a ver en los 90: bailar iba a convertirse en algo serio. Aunque el sencillo y el maxisingle seguirían siendo los formatos básicos para el género, LPs como este Pump Up The Jam, Infinity de Guru Josh o World Power de Snap servían como indicación de que la música de baile tenía grandes ambiciones y un plan maestro para acabar conquistando el mundo… como veríamos en décadas posteriores.

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En 1990 a George Michael le dio un ataque de madurez artística y decidió que todo lo que había conseguido en los 80 (su carrera con Wham! y esa maravilla que es Faith) iban en contra de su credibilidad, así que amenazó con firmar su segundo disco en solitario con su verdadero nombre, Georgios Kyriacos Panayiotou, además de negarse a salir en la portada y a grabar videoclips. Por si fuera poco, escogió como primer sencillo Praying for Time, una balada tan grandilocuente como anticuada. Menos mal que a alguien de la discografía se le ocurrió publicar Freedom!’90 como sencillo… y su videoclip, poblado de supermodelos, SÍ que define lo que serían los noventa.

Stepbystep_album_cover

Surgidos de algún laboratorio de pop formulaico, New Kids on the Block se proponían conquistar definitivamente el mundo con Step by Step, su tercer disco. ¿Lo consiguieron? Bueno, pues si consideramos que el disco fue número uno en medio mundo, que el grupo tenía todo tipo de merchandising (incluso se planeó lanzar su propia marca de cereales) y hasta protagonizó una serie de dibujos animados, lo consiguieron. Después intentaron hacerse los malotes y sólo consiguieron dar risa… Eso sí, gracias a ellos, otros laboratorios de pop se dedicaron a fabricar boybands y girlbands a lo largo de los 90 con mucha mejor suerte.

Wilson_Phillips_Debut

Las hijas de Brian Wilson, el líder de Beach Boys, se juntaron con la hija de John y Michelle Phillips de The Mamas & the Papas, y formaron un grupo. A base de armonías vocales y guitarras inofensivas, consiguieron tres números uno en la lista de sencillos de Billboard… que ahora suenan entre encantadoramente cursis y terriblemente obsoletos.

Hammer time

21 semanas estuvo en el número uno del Billboard Please Hammer, Don’t Hurt ‘Em, de MC Hammer. Todo gracias al poder de U Can’t Touch This, una canción que debe gran parte de su éxito al sample de Superfreak, de Rick James, del mismo modo que gran parte del éxito de Pray se debió a samplear When doves cry, de Prince. Su éxito, sumado pocos meses después al de Vanilla Ice, avergonzaron a los puristas del rap durante años. De todas formas, sirvieron para que el género fuera conquistando nuevos mercados en años posteriores.

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Del mismo modo que el grunge sepultó en el olvido a gran parte de los grupos de rock estadounidenses de los 80, especialmente a todos aquellos representantes del Hair Metal más hortera, el britpop hizo algo similar con los grupos británicos de principios de la década, los surgidos del llamado sonido Madchester y similares. Nombres como Inspiral Carpets, Soup Dragons o Jesus Jones, favoritos de la crítica en su momento, han palidecido con el paso del tiempo frente a los de Blur, Oasis o Pulp. Otros, como The Stone Roses o The Charlatans, que en 1990 debutaban con Some Friendly, aguantaron un poco mejor la llegada de nueva competencia. En todo caso, estos últimos demostraron con The Only One I Know que los británicos siempre han sabido mucho más lo que es molar que los estadounidenses.

1990 nos dejó también canciones que se han convertido en clásicos tan distintos como Words, de The Christians, o Groove is in the heart, de Dee Lite. Fue también el año en que la factoría Stock Aitken Waterman nos regalaba sus últimos productos como Big Fun o Sonia, así como nuevos discos de Jason Donovan y Kylie Minogue antes de cerrar sus puertas, y el año del éxito de las bandas sonoras de Pretty Woman y de Ghost, el año en que Elton John recuperaba popularidad gracias a Sacrifice y un recopilatorio posterior, una jugada que repetiría Madonna arrasando con Vogue, fracasando con I’m Breathless y cerrando el año con el multiplatino The Inmmaculate Collection. De hecho, 1990 fue un año en que se vendieron mucho los discos de grandes éxitos de Beach Boys, The Police o Status Quo, mientras que en España hubo una cierta fiebre por el bolero gracias a unos recopilatorios de Lucho Gatica y Los Panchos. El pop español también vio triunfar en 1990 a Radio Futura con Veneno en la Pîel, a La Guardia con Cuando brille el sol, a La Unión con Tentación, a Ole Ole con 1990 o a El Último de la Fila con su Nuevo Pequeño Catálogo de Seres y Estares. Los tiempos de Australian Blonde, Los Planetas o Dover aun estaban muy lejos.