La media jornada

Hace un par de semanas comencé a trabajar en una nueva empresa después de unos tres meses en el paro. No tiene nada que ver con mi anterior experiencia laboral: he cambiado una multinacional por una pyme, los rascacielos en el centro de la ciudad por una nave industrial en un polígono, la americana y la corbata por vaqueros y camiseta, un trayecto de hora y media por diez minutos en coche, la jornada completa por la media jornada… Todo es mejor ahora.

Porque, ¿de qué sirve un sueldo si toda la vida gira en torno al trabajo? ¿Si no tienes tiempo para hacer realidad tus proyectos personales? ¿Si tienes sueño durante todo el día por culpa de los madrugones?

Sé que no me haré millonario, pero soy feliz con este trabajo.

Tu nombre

Hace unos días estaba en la cocina preparando la comida cuando Diego llegó a casa.

-Hola, Diego, dije mientras troceaba un calabacín.

Diego entró en la cocina y se me quedó mirando en silencio, sonriendo.

-¿Qué?, le pregunté un poco extrañado.
-Me gusta escucharte decir mi nombre, respondió.

Y yo también sonreí.

Resumen cinéfilo anual

Hace tres semanas que acabó 2017 y ya parece que pertenece al pasado remoto. Pero yo no quiero faltar a mi cita anual con el repaso de las películas que más satisfecho me dejaron el año pasado en una sala de cine. No quiere decir que sean las mejores, pero sí las que más recordaré.

15. Un hombre llamado Ove. Hannes Holm

Éste es Ove

Como si fuera una canción surgida de ese ordenador que tienen en Suecia de donde salen todos los temas pop del mundo, Un hombre llamado Ove es una colorista película de las que alegran el corazón. Y eso que empieza con un anciano cascarrabias que odia el mundo y se quiere suicidar… Estuvo nominada al Oscar a Mejor Película Extranjera.

14. Silencio. Martin Scorsese

San Andrew Garfield, martir

Con sus trabajos en esta película y en Hasta el último hombre, seguramente Andrew Garfield ya pueda celebrar misas en unas cuantas comunidades evangélicas del medio Oeste. Martin Scorsese rueda en Silencio una historia sobre los conflictos de la fé y la espiritualidad que aburrió a medio planeta y a mí me resultó fascinante.

13. La llamada. Javier Ambrossi y Javier Calvo

Lo hacemos y ya vemos

La llamada, en cambio, no aburrió a nadie, pero entre diálogos ingeniosos, reguetón y canciones de Withney Houston, se puede considerar una película tan religiosa como la de Scorsese. ¿Cómo la recordaremos dentro de unos años? ¿Obra de culto o sucesora de las pelis de Marisol en cine de barrio?

12. La tortuga roja. Michaël Dudok de Wit

Sólo uno de los muchos bonitos fotogramas de esta película

El holandés Michaël Dudok de Wit es el director de esta coproducción entre la europea Wild Bunck y la japonesa Ghibli. Tiene algo de la magia de las películas de Miyazaki y del estilo limpio y sencillo del comic belga. Cuenta sin palabras una bonita historia llena de pequeños detalles. Yo, en concreto, tengo una mejor consideración de los cangrejos desde que la vi.

11. Your Name. Makoto Shinkai

Armaggedon… de emociones

El superéxito de taquilla japonés de 2016 llegó a nuestras salas en 2017 y nos descubrió que hay vida más allá de las producciones del estudio Ghibli. Lo que empieza siendo una historia de intercambio de cuerpos mil veces contada en el cine acaba siendo una epopeya romántica llena de puntos de giro que revientan la típica estructura en tres actos de los guiones convencionales. Sorprende también por el minucioso detalismo de su ambientación, basada en escenarios reales.

10. Thor: Ragnarok. Taika Waititi.

No hay nada como un buen corte de pelo

Mientras que DC no deja de regalarnos artefactos ruidosos sin pies ni cabeza (incluida la sobrevalorada Wonder Woman), Marvel hace lo mismo pero con sentido del humor y propuestas coherentes. Thor: Ragnarok es un divertimento lleno de colores y triceps, donde el carisma y naturalidad de sus actores suple las carencias evidentes de su argumento. Y sí, Cate Blanchett es la villana más desperdiciada del universo Marvel.

9. Lion. Garth Davis.

Spoiler: Google Maps te hará llorar

Lion nos devuelve a paisajes que ya vimos en Slumdog Millionaire. De hecho, ahí está Dev Patel con unos cuantos años más como protagonista de esta historia basada en hechos reales: un joven indio adoptado por un matrimonio australiano trata de encontrar su origen mediante Google Earth. Tan convencional como eficaz: el día que la vi en el cine todo el mundo acabó derramando alguna lagrimita.

8. Muchos hijos, un mono y un castillo. Gustavo Salmerón.

Simplemente, Julita.

Gustavo Salmerón rueda a su madre y al resto de su familia durante años y el resultado es un documental a medio camino entre el surrealismo y lo berlanguiano. Como deja claro Julita, a partir de cierta edad, lo único que quiere hacer es divertirse. Y hace bien.

7. Mother! Darren Aronofsky

Santa Jennifer Lawrence, Martir

Darren Aronofsky hace lo que le da la gana y siempre lo hace bien. Mother! es una alegoría bíblica, una reflexión sobre el cambio climático o una historia desquiciada donde Jennifer Lawrence sufre como nunca. Abucheada y masacrada por la crítica, lo que es un hecho es que no deja indiferente al espectador gracias al característico estilo físico y visceral de su director. Las películas de Aronofsky se sienten desde las tripas. Aprende, Nolan.

6. Coco. Lee Unkrich

Altanero, presioso y orgulloso

Como dice el tópico, Coco es “la última maravilla de Pixar”. Y lo es, a pesar de que su guión sea de los más flojos que nos ha entregado la productora de Inside Out, Wall-E o Ratatouille. Sus excesos melodramáticos dignos de telenovela de Galavisión -las lágrimas están aseguradas- quedan compensados por un maravilloso diseño de personajes y escenarios. Coco también sirve para confirmar, como Despacito en las listas de ventas, que lo latino está rompiendo fronteras culturales y comerciales.

5. Manchester junto al mar. Kenneth Lonergan

La vida, ese drama

Manchester junto al mar es un drama rodado con sencillez y sin alardes innecesarios por Kenneth Lonergan. La muerte y la pérdida son sus temas centrales, pero lo que más me sorprendió de la película es que también tiene hueco para momentos cómicos, especialmente en la relación entre tío y sobrino. La vida es así, una tragicomedia continua.

4. Toni Erdmann. Maren Ade.

The greatest love of all

Tragicomedia es también la cinta alemana Toni Erdmann, el título que debería haberse llevado el Oscar a Mejor Película Extranjera en la última edición de los premios. A lo largo de dos horas y media, Maren Ade toca muchos temas, desde la crítica al capitalismo hasta las relaciones entre países ricos y no tan ricos dentro de Europa, pero lo esencial es la relación entre padre e hija. Tiene tres o cuatro Momentos Memorables. Con mayúsculas.

3. Moonlight. Barry Jenkins.

In Moonlight Black Boys Look Blue

Darle el Oscar a Mejor Película a Moonlight parece la manera de la Academia de Hollywood de matar dos pájaros de un tiro y solidarizarse con la población negra y LGBT concediéndole a este título su principal galardón. Puede que algo haya de eso, pero la película de Barry Jenkins va mucho más allá de la corrección película: manejando el idioma del cine independiente pero rehuyendo del feismo, Moonlight es un drama en tres actos sobre la aceptación de uno mismo y las segundas o terceras oportunidades. Sus últimos veinte minutos están excelentemente escritos y brillantemente interpretados.

2. Estiu 1993. Carla Simón.

Llena tu nevera con kilos de pera

Estiu 1993 es una pequeña gran película. Rodada en catalán en un estilo minimalista que puede recordar tanto a Eric Rohmer como a los hermanos Dardenne, la película de Carla Simón consigue atrapar la vida real en celuloide en una de los mejores retratos de la forma que tienen los niños de afrontar la muerte. Independientemente de que triunfe o no en los Goya, ya tiene un hueco en la historia de nuestro cine.

1. La La Land. Damien Chazelle.

Icónica

Llevamos meses debatiendo sobre las virtudes y defectos de La La Land, el musical no musical de Damien Chazelle. ¿Obra maestra o hype prefabricado? El tiempo lo dirá, pero lo que es cierto es que, en un tiempo en que la cinefilia ha sido barrida por la devoción a las series de televisión, se agradece que una película sea tema de conversación. La La Land es un compendio posmoderno y referencial para las nuevas generaciones de todo lo que ofrece el cine clásico y jamás tendrá Netflix: cinemascope, colorido y numeros musicales que llenan pantalla. ¿Icónica? Sí, icónica.

Horror al éxito

Hace unas semanas fuimos a ver a The Horrors en la Sala But. Hacía mucho que no íbamos a un concierto y Diego me regaló el disco y las entradas por mi cumpleaños. No es que sea mi grupo favorito, pero me gusta la música que hacen, entre rock, pop y electrónica. Yo creí que llegarían al gran público con su tercer disco, Skying, que incluso tenía ecos de épica ochentera a lo Simple Minds, pero finalmente se quedaron en tierra de nadie, como tantos otros. Y viendo como se comportó el público durante el concierto, parece que casi todo el mundo los ve así: son correctos pero no entusiasman. Las canciones de V, su último disco, se sucedieron con eficacia, con un sonido distorsionado pero a la vez limpio: todos los elementos del fondo sonoro se distinguían de manera clara. Hubo guiños al pasado, como los ocho minutos de duración de A sea within a sea, el tema que cerraba su segundo disco y que hizo que muchos comenzáramos a prestarles atención.

También cantaron Still Life, canción de Skying y su tema con más reproducciones en Spotify. Sin embargo, me dio la impresión de que el grupo la interpretó con cierta desgana, como por obligación, sin ningún placer. ¿Son The Horrors un ejemplo más de esos artistas que odian su mayor éxito?

¿Será que nos horroriza que lo que mejor hacemos no sea lo que más nos gusta?

Un desayuno para empezar el año

El Año Nuevo no empieza de verdad hasta que terminan las vacaciones de Navidad. De hecho, el 1 de enero es una especie de limbo resacoso en el que confluyen el año que se va y el que llega sin ser uno u otro. Pero cuando llega la hora de volver al curro, entonces sí. Hay es donde los propósitos de Año Nuevo se enfrentan con la cruda realidad. Entrar en la oficina era constatar que el año nuevo no iba a ser demasiado diferente a los doce meses que acabábamos de dejar atrás.

Para contrarrestar este drama, yo tuve un pequeño ritual que comenzó por no tener leche en la nevera. Volví de Pamplona la noche del día uno y descubrí que no tenía nada para desayunar, así que me fui al Vips y seguramente pedí unas tortitas, unos huevos revueltos y un café con leche. En aquellos tiempos en que mi sueldo de redactor en cutreproductora apenas superaba los 650 euros, desayunar fuera de casa era un lujo, así que me tomé mi tiempo para saborear cada mordisco. Y descubrí que era la mejor manera de comenzar el año, así que mantuve la costumbre durante los años siguientes: el primer día que volvía a trabajar después de las vacaciones de Navidad, me levantaba temprano y me tomaba un buen desayuno.

¿Cumplía después mis propósitos de Año Nuevo? Eso ya es otra historia. Aunque en este 2018 voy a hacer un esfuerzo especial para conseguirlo.

La nostalgia es una trampa cálida y confortable

Este fin de semana vi T2: Trainspotting, la secuela de Trainspotting. Esta última es un clásico de los noventa, su continuación no puede ser un clásico de los diez porque ni se lo propone ni lo desea. En realidad, es una manera eficaz de desmontar el mito, de demostrar que aquellos personajes eran lo que parecían: una pandilla de perdedores con un alto concepto de sí mismos. Quizás por eso haya leído tantas críticas negativas sobre T2: a nadie le gusta reconocer que, veinte años después, es imposible seguir viviendo como cuando eras joven. La inmadurez se revela en toda su grandiosidad para mostrarse como lo que es: un fracaso personal.

Este tren ya no volverá a pasar

Es cierto que los lugares cambian, la música evoluciona, las modas se transforman, la sociedad avanza. Hay que asumirlo del mismo modo que uno debe asumir sus propios cambios. Intentar volver al pasado, revisitarlo, resucitarlo, es una trampa tentadora pero fatal: la nostalgia sólo conduce a la irrelevancia. Que sintamos que nuestro presente es peor quizás sea la forma que tiene la vida de revelarnos que somos más sabios y realistas que cuando éramos jóvenes. El esfuerzo es saber combinar esta sabiduría con el idealismo juvenil, las ganas de comerse el mundo, los planes de futuro… Ya sabemos que los sueños no se hacen realidad, asumámoslo, pero ¿quién puede vivir sin ellos?

Así que voy a dejar de sentir nostalgia por los tiempos que ya no volverán y empezaré a sentirla por los tiempos que me esperan.

Esperar

El sábado quedamos a tomar cañas en horario infantil para celebrar el cumpleaños de una amiga. Mientras media docena de niñas correteaban a nuestro alrededor, su marido me preguntó:

-¿Y? ¿Sigues en el paro ahora mismo, qué haces?
-Sí, ahí estoy, esperando oportunidades laborales…

Noté que Diego me miraba mal, así que añadí más verbos a mi discurso.

-Buscando oportunidades, sembrando, esas cosas, ya sabes.

Pero, en realidad, sé que las oportunidades acaban llegando por sorpresa y son en gran medida incontrolables. Por supuesto que hay que buscar, claro que hay que esforzarse. Pero con eso sólo no basta: al final casi todas las historias de éxito se resumen en “estar en el sitio adecuado en el momento adecuado”. Eso sí, ni sabemos cuál es el sitio ni cuál es el momento. Los libros de autoayuda dicen que cada uno se busca su destino, que todo esfuerzo tiene su recompensa, pero eso sólo es una forma de tranquilizarnos y refugiarnos de la evidencia de que el destino sólo existe en la teología protestante y que la única recompensa que nos asegura el esfuerzo es que estemos satisfechos con nosotros mismos. Al final, como decía Woody Allen en Match Point, todo depende de que el azar determine si la bola cae en nuestro campo y en el contrario.

Y mientras espero a que llegue el juego decisivo, sigo entrenando con mi raqueta.